Comunicación social y verdad

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Febrero 2018

La Real Academia Española ha admitido hace poco tiempo hasta 3.345 vocablos nuevos, con los que manifiesta atención a la vitalidad de la lengua y a la actualización del Diccionario. Me ha llamado la atención el número de palabras que se refieren a la verdad o a su debilitamiento en la comunicación. Recojo algunos de los vocablos más significativos al respecto. El más relevante es “posverdad”, que significa “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias o sentimientos con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad”. “Buenismo” es la “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad y cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”. “Postureo” es la “actitud artificiosa o impostada que se adopta por conveniencia o presunción”. “Mariposear” es “andar o vagar de un lugar a otro cambiando de objeto de interés o sin propósito establecido”. Estos términos y otros son deudores de una cultura que tiende a debilitar la verdad, la autenticidad y la sinceridad. Propende al relativismo y a la ambigüedad en la comunicación.

En consonancia con esta actitud fundamental se explican diferentes manifestaciones. Se narran los hechos selectivamente según los intereses, acentuando unos aspectos y silenciando otros, hasta el punto de que se duda de que se trate de los mismos acontecimientos. Se distorsionan las imágenes de lo realmente acontecido.

En ocasiones se pasa del desacuerdo legítimo con lo que alguien ha dicho o hecho a la descalificación personal, que puede incluso afectar a la conducta ética, enturbiando de esta manera la confianza hacia los demás. Esta falta de responsabilidad es más acusada en los periódicos “digitales”, donde se procede demasiadas veces según prejuicios.

Se parte de la simpatía o de la antipatía, de la pertenencia a un grupo o a otro, convirtiendo la legítima diferencia en adversidad o incluso animadversión. Procediendo así se corre el peligro de dividir previamente a las personas en buenas o malas.

A veces se tiene la impresión de que alguien traza unos “guiones” de los cuales nadie puede disentir ni desviarse, si no quiere ser víctima del desprecio. Así padece la libertad en la comunicación de las personas y se eliminan aportaciones leales a la configuración de la opinión pública. Por razones extrañas las contribuciones de unos merecen ser tenidas en cuenta y las de otros deben ser excluidas.

Otras maneras de influir en la opinión y en el ambiente que crea consiste en repetir muchas veces o decir muchas personas lo que se puede fácilmente descubrir como falso, desfigurando lo verdadero para que no sea tenido en cuenta.

En este contexto de comunicación entorpecida se ha repetido con razón la expresión inglesa “fake news”, es decir, noticias falsas, contaminadas, manipuladas para dificultar la comunicación de la verdad. Así cunde la sospecha en la relación entre las personas y
sobre la fiabilidad de lo dicho y escuchado. Padece la confianza en la comunicación.

Hay probablemente más signos de esta situación cultural que, como era comprensible, han encontrado cabida en el Diccionario de la Real Academia. Esto nos exige una mayor atención para contrastar las noticias, para buscar las fuentes de información, para cerciorarnos de no ser engañados. En realidad se trata de poner obstáculos en la búsqueda y comunicación de la verdad, entorpeciendo la vida en común.

La verdad es originalmente la misma realidad de las cosas. No la inventamos ni la creamos, sino la hallamos y respetamos. Encontrar la verdad es laborioso; por ello la búsqueda en la unidad de esfuerzos facilita el camino hacia la meta. La verdad es la transparencia de lo escondido, según la imagen predominante en la cultura griega; en la cultura semita actúa como intuición básica la estabilidad; la verdad tiene que ver con lo permanente, con lo que da seguridad y confianza.

Además de la adecuación de la mente con el ser de las cosas y con lo auténticamente acontecido, existe la coherencia entre la verdad encontrada y la actuación personal. No debemos adaptar la verdad a nuestros deseos y caprichos sino vivir con autenticidad, como discípulos de la verdad. Debemos buscar, debemos compartir lo encontrado, debemos comunicar los hallazgos y debemos unificar lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. A esta incoherencia el Evangelio llama hipocresía: “Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen”. Los términos incorporados en el Diccionario se refieren a un estadio u otro del itinerario de la verdad en nuestra existencia personal y social.

En este recorrido de la verdad en la vida y en su comunicación está también la sinceridad, es decir, la exclusión de la mentira y del engaño. Podemos equivocarnos, ya que la condición humana es siempre frágil y limitada; pero no debemos fingir, comunicar como verdadero lo que sabemos que es falso. La simulación, el “postureo”, tiene que ver con la apariencia falseada.

Los fallos en la comunicación hacen difícil diagnosticar las enfermedades, compartir el diagnóstico y curarlas. Nuestras sociedades son plurales, como hasta hace algunos años no lo han sido. Si en la pluralidad no se distingue y comparte lo verdadero, lo auténtico, lo genuino, ¿cómo vamos a vivir en el mutuo respeto y la concordia? Degeneraría lo diferente en contradictorio, lo diverso en incompatible, la pluralidad en ruptura y exclusión. ¿No ocurre algo de esto en los grandes desafíos que dificultan la convivencia en nuestra sociedad? Sin comunicación fiable nos empobrecemos todos.

firma_ricardo_blazquez

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