Misa funeral por el P. Luis maría Mendizabal

Homilía de
Mons. D. Ángel Fernández Collado
Obispo auxiliar de Toledo

angel fernandez

Santuario de los Sagrados Corazones
Jueves 1 de febrero de 2018

MISA FUNERAL POR EL P. LUIS MARÍA MENDIZABAL

El pasado viernes 19 de enero nos llegaba a todos la noticia de la muerte del P. Luis María Mendizábal, jesuita. Aunque teníamos noticias de su delicada salud, el hecho nos sorprendió y removió interiormente. Al día siguiente, sábado, asistíamos en Alcalá, en la Capilla de la Residencia de PP. Jesuitas, abarrotada de gente, a la Santa Misa “de corpore insepulto” y a su entierro. Tanto el Sr. Arzobispo de Toledo como un servidor asistimos a esta Misa acompañando a las Hermanas de la Fraternidad Reparadora en el Corazón de Cristo y a tantas personas: sacerdotes, religiosos y religiosas, consagrados, matrimonios, jóvenes y niños, laicos cristianos, que conocieron al P. Luis María Mendizábal y recibieron de él su ayuda, enseñanzas, consuelo, ánimos, escucha, perdón, acompañamiento, bendición, ejemplo de vida, coherencia cristiana y presencia cercana de Dios.

“Es una obra buena y justa rezar por los difuntos”. Hoy la Iglesia de Toledo, presidida por uno de sus obispos, celebra esta Misa para rezar por el P. Mendizábal y para dar gracias al Señor por su persona y por tantas gracias y bendiciones que hemos recibido de Dios a través de él a lo largo de tantos años de ministerio sacerdotal, últimamente en sus años de permanencia en Toledo y en este Santuario de los Sagrados Corazones, y con las Hermanas de la Fraternidad Reparadora.

Como comunidad cristiana, insertos en el Misterio Pascual, celebramos con fe y esperanza la muerte del P. Mendizábal. Imitando a Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz cuando puso su vida en manos de su Padre del cielo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, mi vida, también nosotros rezando le decimos: “Padre en tus manos misericordiosas ponemos al P. Mendizábal”. Al realizar esta acción caritativa, rezar por los difuntos, escuchamos la voz tranquilizadora de Jesucristo: “No temáis, Yo he vencido a la muerte”. “Yo soy la resurrección y la vida: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en Mi no morirá para siempre”.

Al recordar y rezar por el P. Mendizábal, hacemos presente su condición de cristiano y sacerdote, por tanto, de amado por Dios, creado, elegido, llamado y enviado a llevar adelante una misión espiritual y evangelizadora y, siendo voz, palabra, pies, manos, corazón ardiente y amado de Cristo para los demás.

A la vez, damos juntos gracias a Dios por la vida del P. Mendizábal y por tantos dones, delicadezas espirituales y bendiciones que a través de él y en él hemos recibido del Señor. Sus buenas obras y su vida cristiana y sacerdotal enriquecen a la Iglesia. Oramos por él por si necesita de nuestras oraciones y porque ayudan a toda la Iglesia y, si ya ha sido purificado en el amor divino, pedimos su intercesión ante el Señor por nosotros y nuestras.

Esta realidad de la muerte y nuestra separación física de la persona a quién queríamos, hay que vivirla desde la fe y la esperanza, para no perder la paz interior, ni la alegría exterior, y para seguir viviendo en autenticidad y coherencia cristiana en la condición, carisma o realidad en que nos encontremos. Creer es esperar y confiar en el amor de Dios y en su misericordia.

Fortalece nuestra convicción cristiana y nuestro amor a Dios las palabras del apóstol Pablo en sus cartas a los cristianos de Tesalónica y de Roma (1 Tes 4,13-18): “Hermanos no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevara con él, por medio de Jesús, a los que han muerto”. (Rom 14,8-9): “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos”. No olvidamos tampoco estas otras palabras consoladoras del Señor: “Quién come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”; “Quién come mi carne y bebe mi sangre tiene ya la vida eterna”; “Se deshace nuestra vida terrenal y adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

Algunos recuerdos y percepciones del P. Mendizábal

Conocí personalmente al P. Mendizábal en el Seminario Mayor de Toledo, siendo seminarista, en la celebración de los encuentros en verano del CETE (Centro de Estudios de Teología Espiritual), impulsados por el buen hacer del cardenal arzobispo don Marcelo González Martín. Allí me alimente espiritualmente de sus meditaciones y reflexiones espirituales que fueron templando mi alma y sus chistes y sucesos curiosos que alegraban la convivencia al relatarlos con su gracia personal. Más adelante vinieron la asistencia a diversas charlas, a los Ejercicios Espirituales que él impartía en los primeros años de mi sacerdocio, las confesiones y conversaciones. Después tuve el grande y gozoso regalo de acompañar el nacimiento de las Hermanas de la Fraternidad Reparadora y de concelebrar en la Misa de su toma de hábito y recepción de votos en la Capilla privada del cardenal don Marcelo, en el Palacio Arzobispal.

Siempre encontré en el P. Mendizábal una rica personalidad humana y espiritual. Un maestro en la vida espiritual y un acompañante seguro, sabio y prudente, siempre positivo y esperanzado. Con un profundo respeto a las personas (obispos, sacerdotes, consagrados, matrimonios, ancianos, adultos, jóvenes o niños), trataba de ayudarles a buscar y encontrar la voluntad de Dios en sus vidas. Todos sabíamos que teníamos junto a nosotros a un “hombre de Dios y a un sacerdote jesuita maestro de espiritualidad cristiana” que, con la ciencia y la virtud que había ido recibiendo y acumulando, nos ayudaba y orientaba en nuestras situaciones concretas.

Un buen Padre Jesuita. Su vida consagrada como miembro de la Compañía de Jesús estaba sustentada en una base profundamente humana: amplia formación teológica y en otros campos, conocimientos de países y sus Iglesias particulares, gentes y comunidades muy diferentes, don de gentes, carácter alegre, acogedor y servicial. Aprendió y supo dar vida a las indicaciones o fórmula de su pertenencia a la Compañía de Jesús: “Procure, mientras viviere, poner delante de sus ojos ante todo a Dios y luego el modo de ser de este Instituto”. Del profundo conocimiento de la naturaleza del Instituto nacía su constante y perpetuo amor a la Compañía y su respeto y obediencia a los superiores.

Apóstol del Corazón de Jesús, lleno de amor divino. Este aspecto de su vida sacerdotal marcó su corazón cristiano y sacerdotal, así como su ferviente apostolado. Fue director e impulsor del Apostolado de la Oración durante muchísimos años; toda su vida y relaciones. Su objetivo era dar a conocer a Jesucristo, su corazón divino, lleno de amor y de misericordia, para así amarle y seguirle.

En toda esta riqueza humana y espiritual no podía faltar su amor a la Iglesia y al Papa como sucesor de Pedro. Él lo vivió siempre con intensidad y fidelidad. Integridad en la doctrina, corazón inflamado de amor y siempre disponible para servirla allí donde fuese requerido o enviado. Una vida gastada al servicio de Reino, y de su Rey, el Sagrado Corazón de Jesús.

Termino compartiendo una experiencia concreta de amor a la Iglesia, vivida por mí en primera persona. Expresión sorprendente y llena de riqueza espiritual como respeto y veneración a la persona del Obispo como pastor de la Iglesia y apóstol de Jesucristo.

La víspera de la Coronación canónica de la Virgen de Peñitas me encontraba yo en la parroquia de Oropesa. Al conocer que el P. Mendizábal estaba en Oropesa con las Hermanas de la Fraternidad Reparadora expresé mi deseo de poder verle un momento y de recibir su bendición. En cuanto me fue posible me acerqué al Convento. Al vernos nos dimos un abrazo y nos expresamos todo nuestro cariño y gozo por este encuentro no preparado. Conversamos unos instantes. Al despedirme, como en otras ocasiones, me incliné un poco delante de él y le dije: Padre, bendígame. Inesperadamente él se echó al suelo, su puso de rodillas y me dijo: Ángel tu eres ahora obispo, bendíceme tu a mí. Lleno de emoción interior lo bendije, le di un abrazo y regresé conmocionado junto a la Virgen de Peñitas y después a Toledo. Amor a la Iglesia en la persona de un obispo, sucesor de los apóstoles.

Rezamos por el P. Luis María Mendizábal, damos gracias a Dios por su persona y ministerio y por todas las gracias y bendiciones que a través de él hemos recibido de Dios; y nos encomendamos, si ya está gozando de la presencia amorosa de Dios, a su protección e intercesión ante el Señor. Dale Señor el descanso eterno y brille para él la luz perpetua. Descanse en Dios. Amén.

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