Catequesis en preparación al IX Encuentro Mundial de las Familias 2018

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PRO LAICIS, FAMILIA ET VITA

 

CATEQUESIS EN PREPARACIÓN AL
IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS 2018

 

PRESENTACIÓN

Como preparación al IX Encuentro Mundial de las Familias que se celebrará en Dublín del 21 al 26 de agosto de 2018, les proponemos un itinerario catequético a la luz de lo que el Papa Francisco ha transmitido al mundo entero con la Exhortación Apostólica post-sinodal Amoris laetitia. Este itinerario consta de siete catequesis, está acompañado del icono evangélico de Lucas (2,41-52), que relata el pasaje del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo. En un entramado formado por el texto de Amoris laetitia y la singular historia de la Sagrada Familia de Nazaret, se pretende mostrar cuán actual y profético es el anuncio del Evangelio de la familia.

A partir de una mirada concreta a las familias de hoy (1ª catequesis), podemos ver la extraordinaria concreción y actualidad de la Palabra de Dios, capaz de iluminar siempre, en todas sus facetas, la vida familiar cotidiana del hogar (2ª catequesis) para alcanzar el gran sueño que Dios tiene para cada familia (3ª catequesis), incluso allí donde la fragilidad y las debilidades humanas parecen fragmentarlo (4ª catequesis). Todo esto hace que la familia en el mundo sea la verdadera generadora de una nueva cultura, que no puede dejar de ser una cultura de la vida (5ª catequesis), de la esperanza (6ª catequesis) y de la alegría (7ª catequesis). Cada una de las catequesis es introducida por una oración tomada del magisterio pontificio o de la tradición patrística, y termina con la aportación de algunas preguntas que invitan a reflexionar en familia, primera Iglesia doméstica, para luego abrirse a la comunidad cristiana. Las preguntas propuestas no pretenden limitarse a un momento de reflexión, sino que tienen el objetivo de estimular a la familia y a la Iglesia para que avancen hacia una verdadera opción pastoral a la luz de las orientaciones del Papa Francisco.

En este punto agradecemos sinceramente las sugerencias y preguntas enviadas por las organizaciones de Irlanda, que desde hace algún tiempo han presentado a la Iglesia de este país el programa catequético Let’s talk about Family. También hemos elegido algunas obras de arte y música en línea con el texto de la Exhortación Amoris Laetitia que hacen aún más bellas las palabras del mismo texto a través del arte.

Pongamos estas catequesis en manos de las familias, parroquias, Iglesias locales, obispos, presbíteros, diáconos, consagrados, asociaciones y movimientos familiares, para que “el Evangelio de la Familia sea la alegría del mundo”, tal y como el tema de la Jornada Mundial de las Familias nos quiere anunciar a todos nosotros. Encomendamos este camino de preparación a la Sagrada Familia de Nazaret.

Kevin Cardenal Farrell
Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida

Ciudad del Vaticano, 4 diciembre 2017

 

Del Evangelio según san Lucas (2,41-52)

Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

 

PRIMERA CATEQUESIS
LAS FAMILIAS DE HOY

“HIJO, ¿POR QUÉ NOS HAS TRATADO ASÍ? TU PADRE Y YO TE BUSCÁBAMOS ANGUSTIADOS” (Lc 2, 48)

María, mujer de la escucha, haz que se abran nuestros oídos;
que sepamos escuchar la Palabra de tu Hijo Jesús
entre las miles de palabras de este mundo;
haz que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos,
a cada persona que encontramos,
especialmente a quien es pobre, necesitado, tiene dificultades.
María, mujer de la decisión,
ilumina nuestra mente y nuestro corazón,
para que sepamos obedecer a la Palabra de tu Hijo Jesús
sin vacilaciones;
danos la valentía de la decisión,
de no dejarnos arrastrar para que otros orienten nuestra vida.
María, mujer de la acción,
haz que nuestras manos y nuestros pies se muevan «deprisa» hacia los demás,
para llevar la caridad y el amor de tu Hijo Jesús,
para llevar, como tú, la luz del Evangelio al mundo. Amén.

(Papa Francisco, Plaza San Pedro 31 mayo 2013)

Los Evangelios narran muy pocos acontecimientos de la Sagrada Familia de Nazaret. El resto es dejado a nuestra imaginación, teniendo en cuenta que fueron alrededor de treinta años los que Jesús vivió en Nazaret con los suyos. Los pocos episodios que nos son transmitidos son, por lo tanto, fundamentales para percibir el misterio de esta Familia. El único pasaje que nos presenta a Jesús con doce años (en aquel tiempo a esa edad ya no se era un niño, sino una persona que acaba de alcanzar la edad de la madurez) interactuando con sus padres se encuentra en el Evangelio de Lucas y es el pasaje llamado comúnmente “el niño Jesús perdido y hallado en el Templo”. Seguramente hubiéramos esperado la narración de una página idílica de la Sagrada Familia, un poco como la de los anuncios publicitarios, en la que todos los miembros de la familia son guapos, siempre sonrientes y luminosos, gozando de una comprensión mutua total y absoluta. En cambio, para nuestra gran sorpresa, el Evangelio nos cuenta una historia muy diferente. Para usar un término muy de moda hoy en día, la Familia de Nazareth “está en crisis”. María y José son personas muy religiosas, van puntualmente todos los años al templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua, como nos dice el mismo Lucas, llevan consigo a Jesús para educarlo en estos ritmos religiosos, pero de repente, durante el viaje de vuelta de Jerusalén, después de un día de camino, no encuentran a Jesús en el grupo. Esta Familia va a rezar, pero aparentemente su oración y devoción religiosa no la preserva de este tipo de vicisitudes familiares. Imaginemos entonces lo que María y José pueden experimentar frente a este acontecimiento absolutamente inesperado. Un padre y, sobre todo, una madre pueden comprender bien la terrible angustia en la que se hunden los padres cuando no encuentran a su hijo y no saben dónde buscarlo. En definitiva, esta Sagrada Familia no nos causa una buena impresión, no nos da un buen testimonio y no puede servirnos de ejemplo. ¿Por qué el evangelista Lucas nos narra y quiere que quede reflejada en la historia este episodio tan dramático? Todo esto desmonta nuestra manera de imaginar a esta Familia, y ciertamente nos lleva más allá, hacia un misterio más grande que escapa a nuestra comprensión. Así pues, el Papa Francisco en Amoris laetitia, abre nuestros ojos a este misterio: «La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4)» (AL 8). La Palabra de Dios no nos presenta en absoluto una imagen idealista y abstracta de la familia, como hubiéramos esperado, sino que ofrece a nuestra mirada diferentes historias de familias concretas, con la singularidad y particularidad de sus problemas, dificultades y desafíos. La Palabra nos remite directamente a la realidad con «la presencia del dolor, del mal, de la violencia que rompen la vida de la familia y su íntima comunión de vida y de amor» (AL 19). Del mismo modo «se presenta el icono de la familia de Nazaret, con su cotidianeidad hecha de cansancios y hasta de pesadillas, como cuando tuvo que sufrir la incomprensible violencia de Herodes, exeriencia que se repite trágicamente todavía hoy en tantas familias de prófugos desechados e inermes» (AL 30). El punto fundamental, por lo tanto, no es la ausencia de crisis en las familias (no hay una sola familia, ni siquiera la Sagrada Familia, que esté exenta), sino cómo reaccionar ante cualquier crisis. El pasaje evangélico de Lucas en su visión de futuro y concreción ofrece a todas las familias las coordenadas fundamentales que se convierten en una verdadera escuela de vida para todos. En un primer impacto nosotros, los padres de hoy, que cuidamos premurosamente y prestamos atención a nuestros hijos, inmediatamente nos daríamos cuenta de la imprudencia de José y María al dejar a su Hijo solo y desatendido durante un día entero en el viaje de regreso a casa. En realidad, en aquella cultura Jesús ya no era considerado menor de edad, razón por la cual es tratado como uno de su edad. Además de esto, también podemos darnos cuenta de otro elemento más profundo, dándole un nombre ampliamente utilizado, tanto en el ámbito social como en el eclesial: “desafío educativo”. A este respecto, el Papa Francisco nos ofrece a todos una clarividente indicación: «la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo. […] Entonces la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida. Por eso, las preguntas que hago a los padres son: «¿Intentamos comprender “dónde” están los hijos realmente en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos saberlo?» (AL 261). A menudo nos encontramos ante un gran número de padres, que se afanan para que sus hijos puedan aprender muchas actividades, didácticas, deportivas y artísticas, incluso empujándolos a hacer las cosas que ellos mismos hubieran querido hacer cuando eran jóvenes, pero que nunca se detienen a escuchar ni siquiera por un momento todo lo que hay en su corazón. José y María corren este riesgo, con toda la angustia que conlleva, y sólo después de tres días, tres largos e interminables días, encuentran a Jesús en el templo. Su primera reacción es el asombro, porque, como leemos en Amoris laetitia, «es inevitable que cada hijo nos sorprenda con los proyectos que broten de esa libertad, que nos rompa los esquemas, y es bueno que eso suceda. La educación entraña la tarea de promover libertades responsables, que opten en las encrucijadas con sentido e inteligencia; personas que comprendan sin recortes que su vida y la de su comunidad está en sus manos y que esa libertad es un don inmenso» (AL 262). El hijo es siempre una sorpresa, siempre es un misterio para los padres, ya desde su concepción. «Con los avances de las ciencias hoy se puede saber de antemano qué color de cabellos tendrá el niño y qué enfermedades podrá sufrir en el futuro, porque todas las características somáticas de esa persona están inscritas en su código genético ya en el estado embrionario. Pero sólo el Padre que lo creó lo conoce en plenitud. Sólo él conoce lo más valioso, lo más importante, porque él sabe quién es ese niño, cuál es su identidad más honda» (AL 170). Por lo tanto, ante el misterio del hijo, la actitud que se ha de tener nunca puede ser una actitud de juicio, decepción, acusación y condena. Cuántas veces salen de los labios de los padres afirmaciones que realmente matan a un hijo: “¡Tú no eres el hijo que yo esperaba!”. Ante este «reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre» (Al 165) la actitud más santa es la apertura a la sorpresa de Dios. Todo esto no se logra de manera espiritualista o, por decirlo de otro modo, inhumana. Es evidente que lo inesperado molesta, perturba y provoca angustia, como en el caso de José y María, que buscan a Jesús angustiados. El Evangelio no deshumaniza el corazón del hombre, sino que respeta y da voz a los sentimientos, que no son ni buenos ni malos, y al mismo tiempo nos enseña a relacionarnos con nuestros sentimientos: siempre debemos preguntarnos y preguntar. Le hacen una pregunta a Jesús, de hecho es María quién la hace en nombre de ambos a Jesús. Utilizando las palabras de manera extraordinariamente concisa nos abre al verdadero misterio de la genitorialidad: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2, 48). El hijo es siempre un hijo, y como tal siempre ha de ser llamado, reconocido y amado. Al hijo hay que preguntarle siempre, nunca hay que acusarlo y condenarlo, y un padre nunca tiene miedo de ponerse en juego a sí mismo en la relación con el hijo. “¿Por qué me has hecho esto?”. Lo que está en juego no es la regla o el deber moral ni lo que está bien o mal. Lo que más importa es la relación, y en este caso la relación fundamental entre padre e hijo. María va aún más lejos. Ella no solo subraya la relación entre padre e hijo, sino también la relación entre padre y madre e hijo en su entereza e integridad. Ella, la madre, no sólo habla en su propio nombre, sino que habla primero en nombre del padre y luego en el de ella misma. Detrás de esta secuencia hay un orden extraordinario de la paternidad y de la maternidad en relación con los hijos. El Papa Francisco afirma con razón que «ambos “contribuyen, cada uno de una manera distinta, a la crianza de un niño. Respetar la dignidad de un niño significa afirmar su necesidad y derecho natural a una madre y a un padre”. No se trata sólo del amor del padre y de la madre por separado, sino también del amor entre ellos, percibido como fuente de la propia existencia, como nido que acoge y como fundamento de la familia. De otro modo, el hijo parece reducirse a una posesión caprichosa. Ambos, varón y mujer, padre y madre, son “cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes”. Muestran a sus hijos el rostro materno y el rostro paterno del Señor» (AL 172). ¿Por qué habla María y no José? ¿Por qué nombra primero a su marido? Porque desde que el mundo es mundo no podemos negar de ninguna manera la singularidad de la relación de la madre con su hijo concebido y llevado en su vientre: es ella la que «acompaña a Dios para que se produzca el milagro de una nueva vida» (AL 168). Esto de llevar al niño dentro de sí, en sus propias entrañas no es sólo un elemento anatómico o fisiológico o temporal de la madre, sino que afirma una dimensión permanente que caracteriza la maternidad de la madre. María habla a Jesús porque ella tiene una relación más cercana e intima con su hijo, pero al mismo tiempo (algo que deberían aprender a hacer siempre todas las madres de hoy) actúa como intermediaria de José y afirma la antecedencia de la paternidad respecto a la maternidad. Aquí estamos lejos de un discurso cultural, social o moral o, más aún, de un discurso machista, en el que se afirma la prioridad del padre sobre la madre. El pasaje evangélico hace que nuestra mirada se eleve, vaya mucho más lejos y más en profundidad: el padre es un signo de la Paternidad de Dios. Sin embargo ¿qué ocurre en nuestros días? En « una “sociedad sin padres”. En la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida» (AL 176). El Evangelio nos ilumina entonces sobre una verdad fundamental: «los hijos necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos. Harán de todo por no admitirlo, para no hacerlo ver, pero lo necesitan» (AL 177). Si María y José logran relacionarse como madre y padre con Jesús, es porque en la base está viva su complicidad conyugal. Cuántas veces olvidamos que el fundamento de la paternidad no es la filiación (uno no se convierte automáticamente en padre con el nacimiento natural del hijo, y José es un testimonio concreto de ello), sino la conyugalidad de la pareja. De hecho, la crisis fundamental que las familias de hoy en día atraviesan se refiere al analfabetismo afectivo, que comienza en la relación fundamental entre los dos cónyuges y se  extiende a todas las demás esferas, generando la «“cultura de lo provisorio”. Me refiero, por ejemplo, a la velocidad con la que las personas pasan de una relación afectiva a otra. Creen que el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente. Pienso también en el temor que despierta la perspectiva de un compromiso permanente, en la obsesión por el tiempo libre, en las relaciones que miden costos y beneficios y se mantienen únicamente si son un medio para remediar la soledad, para tener protección o para recibir algún servicio. Se traslada a las relaciones afectivas lo que sucede con los objetos y el medio ambiente: todo es descartable, cada uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha y estruja mientras sirva. Después, ¡adiós!» (AL 39). Evidentemente todo esto desanima a las generaciones más jóvenes a formar una familia, asustadas por el fracaso de quienes hicieron esta elección antes que ellos. En este sentido, la Familia de Nazaret se convierte en un faro que no es ideal, sino real, porque también ella, en las contradicciones y absurdos de sus acontecimientos vitales, muestra a todas las generaciones «la alegría del amor» (AL 1) que se vive dentro del hogar. Por este motivo, el Santo Padre afirma rotundamente que: «La alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz en la oscuridad del mundo. “Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología”» (AL 66). ¿Queremos aprender a ser una familia? Tiremos por la borda el modelo idealizado que tenemos en nuestras cabezas, y miremos a la Sagrada Familia, que muestra a todos cómo los acontecimientos críticos de la vida son una fuente inagotable de gracia y santificación para el mundo entero.

En Familia

Reflexionemos

1. ¿Qué significa que una crisis familiar puede convertirse en una fuente inagotable de gracia?

2. En vuestra opinión, ¿cuál es la singularidad propia de la maternidad o de la paternidad?

Vivamos

1. Seguramente en vuestra vida familiar y conyugal no han faltado las dificultades, los problemas y las llamadas “crisis”. ¿Cómo las habéis afrontado? ¿Cómo las deberíais haber afrontado a la luz de la catequesis que habéis meditado?

2. ¿Cómo vives el ser padre o ser madre en relación con el cónyuge que Dios ha puesto a tu lado? ¿Cómo puedes hacer experimentar a tu hijo o a tus hijos la interrelación entre la paternidad y la maternidad?

En Iglesia

Reflexionemos

1. ¿Por qué es difícil que la belleza de la cultura del amor para siempre resulte atractiva ante la cultura de lo temporal?

2. ¿En qué sentido la Paternidad de Dios es el fundamento de toda genitorialidad terrenal?

Vivamos

1. ¿Cómo debería interactuar una comunidad eclesial con las múltiples y frecuentes crisis familiares? ¿Qué estilo, qué métodos, qué instrumentos, qué espacios y qué más está llamada a ofrecer?

2. Ser padres y madres es la misión más difícil y compleja. ¿Cómo está llamada la Iglesia a contribuir a esta misión única y singular?

 

SEGUNDA CATEQUESIS
LAS FAMILIAS A LA LUZ DE LA PALABRA DE DIOS

“SUS PADRES SOLÍAN IR CADA AÑO A JERUSALÉN POR LA FIESTA DE LA PASCUA” (LC 2, 41)

¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra,
para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos,
saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor,
sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz,
cuando nuestra fe está llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús,
para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros,
hasta que llegue el día sin ocaso,
que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

(Papa Francisco, Encíclica Lumen fidei 29 junio 2013)

El icono evangélico, trasfondo de esta catequesis, nos hace tomar conciencia inmediatamente de la profundidad religiosa de la Sagrada Familia de Nazaret. Como leemos en el Evangelio de Lucas, cada año, precisamente para la fiesta de la Pascua, José y María con Jesús van juntos al templo de Jerusalén para llevar a cabo su acto de fe. Estamos ante una familia en la que todos los miembros, padre, madre e hijo, juntos emprenden un largo camino, con todas las penalidades y acontecimientos imprevistos del tiempo (hasta el punto de que en el camino de regreso Jesús se llega a perder), para celebrar su acto de acción de gracias pascual a Dios por la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Es una familia que, al hacer memoria del amor salvador de Dios, lo hace vivo y activo en su presente con vistas a un futuro en el que la fidelidad divina dará plenitud y cumplimiento a Su promesa. La peregrinación no es sólo un simple acto devocional y religioso que forma parte de las tradiciones del propio pueblo. Ciertamente no es nuevo el ver a familias enteras, con todos sus miembros, participando en fiestas religiosas que atraen la atención de comunidades enteras, como la fiesta del Santo Patrono o los eventos religiosos que caracterizan a algunas culturas en su vivencia de los tiempos fuertes del año litúrgico, especialmente la Navidad, Semana Santa y Pascua. Lo que hace la Sagrada Familia no es sólo un acto tradicional, sino algo que revela un importante “background” que conocemos a través de los anteriores pasajes evangélicos, antes de la narración de este episodio. Tanto María como José son interpelados por una Palabra que, viniendo de lo Alto de una manera completamente inesperada y sorprendente, les provoca una respuesta de fe. Si no se realiza una lectura en profundidad de los dos relatos evangélicos, el de Lucas sobre María y el de Mateo sobre José, es difícil comprender la total adhesión de fe de ambos al misterioso proyecto divino. A menudo damos por sentado y por evidente que la aparición del ángel a María se realiza en su casa de Nazaret y la del ángel a José en el sueño, y nos parece normal que ambos den su consentimiento. En realidad, los dos relatos evangélicos están destinados a transmitir un encuentro con lo divino y su consiguiente llamada envuelta en un misterio tan profundo que las palabras no serían capaces de expresarlo. Lucas no habla precisamente de una aparición, sino que usa la expresión “entrando en su presencia” (Lc 1, 28), mientras que Mateo, aunque escribe “se le apareció en sueños un ángel” (Mt 1, 20), afirma que la manifestación de lo divino no es tan evidente porque en realidad sucede en el sueño. Por lo tanto, no es la llamada “teofanía” el mensaje central de los dos evangelistas, sino la Palabra de Dios que interpela el corazón de María y el corazón de José a una respuesta total que marcará toda su vida. Esta Palabra comunica, informa, anuncia, indica y hace tomar conciencia a las dos personas de acontecimientos nuevos, extraordinarios e inesperados, pero sobre todo quiere crear una relación con la persona interpelada. Dios comunica a ambos la misma Palabra: “No temas” (Lc 1, 30; Mt 1, 20). En este sentido, las palabras del Papa Francisco en Amoris laetitia son esclarecedoras: «la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios “enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (Ap 21, 4)» (AL 22). Si María y José van cada año al templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua, bien dispuestos a los sacrificios y acontecimientos imprevistos que conllevaba un viaje de aquel tiempo, llevando también consigo a Jesús, es porque han experimentado y continúan experimentando la Palabra de Dios en su vida concreta. Toda su historia es una trama tejida con el mismo hilo: la Palabra. Es la Palabra la que los conduce a dar a luz a Jesús en la gruta de Belén, cumpliendo lo que la Escritura había profetizado por medio de Miqueas: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel» (Mt 2, 6); es la misma Palabra la que los invita a huir a Egipto para salvar a Jesús de las manos de Herodes (Mt 2, 13); y sigue siendo la Palabra la que los hace volver a la tierra de Israel una vez que Herodes ha muerto (Mt 2, 19-23). La Sagrada Familia con sus vicisitudes nos enseña a todos que la Palabra de Dios no es una transmisión de verdades religiosas, ni una catequesis, ni una enseñanza de normas morales para poner en práctica; la Palabra es una relación viva y profunda con Dios que se convierte en historia en la vida de cada familia. Por eso el lugar original en el que se transmite la narración de la experiencia de la Palabra divina es precisamente la familia, como afirma el mismo Papa Francisco: «La Biblia considera también a la familia como la sede de la catequesis de los hijos. Eso brilla en la descripción de la celebración pascual (cf. Ex 12, 26-27; Dt 6, 20-25), y luego fue explicitado en la haggadah judía, o sea, en la narración dialógica que acompaña el rito de la cena pascual. Más aún, un Salmo exalta el anuncio familiar de la fe: “Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó. Porque él estableció una norma para Jacob, dio una ley a Israel: él mandó a nuestros padres que lo enseñaran a sus hijos, para que lo supiera la generación siguiente, y los hijos que nacieran después. Que surjan y lo cuenten a sus hijos” (Sal 78,3-6). Por lo tanto, la familia es el lugar donde los padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus hijos. Es una tarea artesanal, de persona a persona: “Cuando el día de mañana tu hijo te pregunte […] le responderás…” (Ex 13, 14) » (AL 16). Estamos tan acostumbrados a reducir la transmisión de la fe a la sola enseñanza de normas, verdades, prácticas religiosas, que llegamos a olvidar que la fe es una experiencia viva y concreta de Dios. Pero si esta experiencia no se realiza y no se hace carne entre las cuatro paredes domésticas, la fe cristiana se limita a un mero acto religioso ritual dentro de los edificios de nuestras iglesias con muy pocas resonancias en la realidad cotidiana. Es común quejarse de que los muchachos y jóvenes de hoy, habiendo completado el proceso de iniciación cristiana con la admisión a los sacramentos, ya no frecuentan las parroquias, ya no entran en las iglesias para ningún acto litúrgico, ni siquiera para las llamadas “fiestas de precepto” de Navidad y Pascua. Hay pocas personas que se pregunten cómo puede ser que un joven tenga el deseo de ir a la iglesia si no experimenta la concreción de la Palabra de Dios en el hogar y en la vida cotidiana. Es urgente, por lo tanto, cambiar de esquemas y comenzar de nuevo como si Jesucristo fuera anunciado por primera vez. Con razón, el Papa Francisco insiste mucho en esto: «Ante las familias, y en medio de ellas, debe volver a resonar siempre el primer anuncio, que es “lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”, y “debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora”. Es el anuncio principal, “ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra”. Porque “nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio” y “toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerigma”» (AL 58). ¿Cómo podemos anunciar el kerigma hoy en día? Una vez más José y María nos preparan el camino. No van a Jerusalén para una fiesta ordinaria, sino precisamente para la Pascua, que no sólo es la fiesta más importante para el pueblo de Israel, por su significado, sino que es la que realmente toca la experiencia concreta de la persona. En otras palabras, los padres de Jesús han experimentado la Pascua en los acontecimientos de sus vidas; no es pura memoria del pasado, no es sólo una celebración ritual, sino una experiencia viva de muerte y resurrección en su existencia. Ciertamente no tienen el más mínimo conocimiento y conciencia de la Pascua del Hijo Jesús, pero sabemos que los que escriben en el Evangelio toman siempre como punto de partida el kerigma, la proclamación fundamental de la muerte y resurrección de Cristo y luego narran todos los demás episodios a la luz de este acontecimiento. María y José viven su ser Familia siguiendo los ritmos de la Palabra porque están totalmente injertados en la lógica pascual. De la misma manera, la Palabra de Dios se hace carne en cada una de las llamadas Iglesias domésticas cuando se vive el misterio pascual en la vida familiar; aún más, es precisamente la Pascua de Cristo la que da gusto y sabor de familia a nuestros hogares. Y la Pascua no es una idea, o una verdad o un anuncio a transmitir a las familias, sino que ya está presente en cada familia desde el día de la celebración del sacramento del matrimonio. El sacramento nupcial es la actualización del misterio pascual de Cristo vivo y operante en su relación de amor. ¿Cuántos esposos cristianos son conscientes de esta extraordinaria verdad? ¿Cuántos saben que su vida conyugal y familiar, en virtud de la gracia matrimonial dada por el Sacramento del matrimonio, es una continua celebración de la Pascua? ¿A cuántas personas les ha sido revelado que todos los acontecimientos de sufrimiento, dolor y muerte se injertan en la lógica pascual, razón por la cual no existe ningún acontecimiento, por muy doloroso que sea, que no sea el preludio de una sorprendente resurrección? Si nadie desmiga la Palabra de Dios para ellos, ¿quién podrá jamás elevar su mirada y percibir el Gran Misterio oculto en su carne? Es por eso que «los Padres sinodales también remarcaron que «la Palabra de Dios es fuente de vida y espiritualidad para la familia. Toda la pastoral familiar deberá dejarse modelar interiormente y formar a los miembros de la iglesia doméstica mediante la lectura orante y eclesial de la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios no sólo es una buena nueva para la vida privada de las personas, sino también un criterio de juicio y una luz para el discernimiento de los diversos desafíos que deben afrontar los cónyuges y las familias”» (AL 227). Para que nuestras familias se conviertan en lo que son en virtud del Sacramento, es esencial tener una pastoral ordinaria que se mueva y se oriente en esta dirección. Es un trabajo artesanal que requiere pequeñas atenciones cotidianas para allanar el camino hacia una verdadera espiritualidad conyugal y familiar. Por lo tanto, es muy valiosa la contribución y el apoyo de los pastores que están llamados a «alentar a las familias a crecer en la fe. Para ello es bueno animar a la confesión frecuente, la dirección espiritual, la asistencia a retiros. Pero no hay que dejar de invitar a crear espacios semanales de oración familiar, porque «la familia que reza unida permanece unida». A su vez, cuando visitemos los hogares, deberíamos convocar a todos los miembros de la familia a un momento para orar unos por otros y para poner la familia en las manos del Señor. Al mismo tiempo, conviene alentar a cada uno de los cónyuges a tener momentos de oración en soledad ante Dios, porque cada uno tiene sus cruces secretas. ¿Por qué no contarle a Dios lo que perturba al corazón, o pedirle la fuerza para sanar las propias heridas, e implorar las luces que se necesitan para poder mantener el propio compromiso?» (AL 227). En vez de enseñar, o de instruir o de educar, el Papa Francisco habla varias veces de “alentar”, porque sabe que el verdadero arte del maestro no es sólo saber enseñar, sino sobre todo infundir fuerza ante las dificultades y ser capaz de transmitir más con el corazón que con la razón lo que se quiere dar al otro. El Santo Padre es muy consciente de que se necesita mucho coraje para formar una familia, y él mismo está muy sorprendido (y así lo escribe al principio de Amoris laetitia) de que «a pesar de las numerosas señales de crisis del matrimonio, “el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia”» (AL 1). Rezar, pues, ante un drama familiar, como la pérdida repentina de un hijo o la muerte prematura del cónyuge o la pérdida del trabajo de ambos o una fuerte crisis de pareja, no es tan fácil y evidente. Si uno no entra en la lógica del misterio pascual que siempre está vivo y operante en cada matrimonio, las enseñanzas siguen siendo palabras que vuelan fácilmente al primer soplo de viento. Por lo tanto, necesitamos mucho ánimo, pero también necesitamos testimonios concretos que allanen el camino y muestren que en Cristo muerto y resucitado todo es posible. Qué mejor testimonio de vida podemos encontrar que la Familia de Nazaret. Las familias «como María, son exhortadas a vivir con coraje y serenidad sus desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y a custodiar y meditar en el corazón las maravillas de Dios (cf. Lc 2,19.51). En el tesoro del corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias, que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios» (AL 30). La Palabra de Dios, por lo tanto, da a cada familia la sabiduría de vida y la luz necesaria para poder interpretar cada acontecimiento familiar, grande o pequeño, y así gustar el preludio de las Bodas Eternas a las que cada familia ha sido llamada desde siempre.

En Familia

Reflexionemos

1. ¿Por qué se ve a menudo la Palabra de Dios en nuestras familias como algo lejano, puramente religioso e incomprensible? ¿Cuáles son las causas y posibles propuestas?

2. Rara vez una familia, en tiempos de profundas dificultades y duras crisis, se vuelve hacia la Palabra de Dios para encontrar luz y apoyo. ¿Qué ha faltado para hacerlo y qué se puede hacer?

Vivamos

1. ¿Ha habido acontecimientos familiares en los cuales la Palabra de Dios fue verdaderamente encarnada dentro de vuestro hogar? Contadlo.

2. La Pascua se celebra en familia sólo si se vive. Dar sabor de Pascua a los acontecimientos familiares es como degustar el vino nuevo de las bodas de Caná. A la luz de la catequesis, ¿habéis experimentado el misterio pascual vivo y operante en vuestro hogar?

En Iglesia

Reflexionemos

1. Si «la Biblia está poblada de familias» (AL 8), como nos dice el Papa Francisco, ¿Cómo es que la Sagrada Escritura para las familias de hoy en día resulta demasiado abstracta y demasiado distante? ¿Qué pastoral o, mejor, qué espiritualidad ha faltado en nuestras comunidades cristianas?

2. Somos testigos, de que cada vez hay menos católicos que asisten a nuestras liturgias y a menudo nos detenemos ante este signo externo, síntoma de un problema más profundo. ¿Cómo podría o debería la Iglesia afrontar esta situación?

Vivamos

1. ¿Cómo podemos hacer para que la Biblia no sólo entre o sea leída en las casas sino que se convierta en una verdadera luz para las familias?

2. ¿Se está más preocupado por celebrar el misterio pascual en nuestras Iglesias y se le da menos importancia a vivirlo en familia? ¿Cuáles podrían ser las propuestas para un cambio de mentalidad?

 

TERCERA CATEQUESIS
EL GRAN SUEÑO DE DIOS

“¿NO SABÍAIS QUE YO DEBÍA ESTAR EN LA CASA DE MI PADRE?” (LC 2,49)

Que a nosotros, que ya creemos, en cualquier situación que se nos presente,
el Esposo sea bello.
Hermoso por ser Dios, la Palabra con Dios;
hermoso en el seno de la Virgen,
donde no perdió su divinidad, y tomó la humanidad;
hermoso como la Palabra recién nacida;
porque aun siendo un infante sin palabras,
al mamar, al ser llevado en brazos,
los cielos hablaron,
los ángeles cantaron alabanzas, una estrella guió a los Magos,
fue adorado en el pesebre y manjar de los mansos.
Es, pues, hermoso en el cielo, hermoso en la tierra,
hermoso en el seno materno, hermoso en brazos de sus padres;
hermoso en sus milagros, hermoso en los azotes;
hermoso al invitar a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte;
hermoso entregando su vida, hermoso al recuperarla;
hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro, hermoso en el cielo.
Escuchad este cántico para entenderlo,
y que la debilidad de la carne no aparte vuestros ojos
del esplendor de su hermosura.
La suprema y auténtica hermosura es la justicia;
a nadie verás ser hermoso si lo encuentras malvado;
si es totalmente justo, lo es también bello.

(S. Agustín, Comentarios a los Salmos, 44, 3)

“¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49): estas son las únicas palabras que los Evangelios nos transmiten de Jesús a los doce años. Ninguna otra exclamación o afirmación o palabra de Él a esa edad. Ciertamente, nos encontramos ante una expresión bastante compleja que a primera vista nos haría percibir casi una falta de respeto de Jesús hacia José y María, como si estuviese sorprendido e indignado porque los Suyos deberían haber conocido la razón de su permanencia en el templo de Dios sin necesidad de avisarlos. En realidad, detrás de estas palabras algo enigmáticas, se oculta el misterio de Su Filiación y el misterio de la filiación de todo hombre, porque cada hijo del hombre, antes incluso de ser tejido en las entrañas maternas, incluso antes de ser deseado por sus padres (y cuántas veces también indeseado porque llega cuando no había sido programado), siempre ha sido anhelado por el corazón de Dios. Así el Papa Francisco afirma con determinación: «Cada niño que se forma dentro de su madre es un proyecto eterno del Padre Dios y de su amor eterno: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jr 1,5). Cada niño está en el corazón de Dios desde siempre, y en el momento en que es concebido se cumple el sueño eterno del Creador. Pensemos cuánto vale ese embrión desde el instante en que es concebido. Hay que mirarlo con esos ojos de amor del Padre, que mira más allá de toda apariencia» (Al 168). No sólo Jesús, como Hijo de Dios, está llamado a ocuparse de las cosas de su Padre, sino que cada hijo, ya que nunca es propiedad de sus padres, pertenece al Padre Celestial. El Padre, desde siempre, tiene para cada uno de sus hijos un sueño tan grande y sorprendente que supera con creces la imaginación y las expectativas de los padres terrenales. La pregunta fundamental, por lo tanto, es la siguiente: ¿Cuál es el sueño de Dios para todo hombre? ¿Qué es lo que sueña para que realmente cada uno de sus hijos pueda hacer que su vida sea grande y extraordinaria? Con asombrosa prontitud y profundidad, San Juan Pablo II responde a esta pregunta: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Redemptor hominis 10). Se habla justamente de la revelación del amor, del encuentro con el amor, de la experiencia y también de la participación en el amor, para significar que más que un movimiento interior del alma o un acto de entrega personal, el amor revelado, encontrado, experimentado y compartido es una Persona concreta, es una Persona Viva, es Cristo mismo que «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes 22). Dios no tiene ningún sueño de amor abstracto o idílico para cada uno de nosotros. En el Hijo, en Aquel que, ante el asombro de José y María, responde que Él ha de ocuparse de las cosas de su Padre, se nos revela el camino verdadero y concreto del amor. Y el amor tiene su propio lenguaje específico, su expresión original, su propia manera de hacerse carne. ¿Cuál? ¡El nupcial! Por eso el Papa Benedicto XVI afirma que sólo «el matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano» (Deus caritas est 11). De hecho, existe un «vasto campo semántico de la palabra “amor”: se habla de amor a la patria, de amor por la profesión o el trabajo, de amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo y del amor a Dios. Sin embargo, en toda esta multiplicidad de significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor» (Deus caritas est 2). Es el amor nupcial entre el hombre y la mujer el que revela la excelencia del amor de Dios realizado en Cristo. Es un lenguaje que esconde un verdadero Gran Misterio. Pensar que Dios ha asumido tal amor para revelar su corazón a la humanidad es afirmar solo una parte de la verdad del misterio. Ciertamente, leyendo toda la Escritura, especialmente los libros proféticos, vemos cuán a menudo Dios usa el lenguaje nupcial para expresar y revelar Su singular relación con el pueblo escogido de Israel. Sin embargo, antes de esto, no sólo cronológicamente, sino también y sobre todo teológicamente, en el misterio divino se oculta una verdad mucho más grande: Dios no asume el amor nupcial para revelarse, sino que el amor nupcial ha sido desde siempre la revelación por excelencia del rostro de Dios. «La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. […] Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad que contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente. […] Este aspecto trinitario de la pareja tiene una nueva representación en la teología paulina» (AL 11). Cuando el Apóstol en la Epístola a los Efesios escribe: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,31-32), afirma que en la creación de Adán y Eva, al ser creados para formar una sola carne, Dios siempre ha pensado en el Gran Misterio refiriéndose a Cristo y a la Iglesia. Desde la fundación del mundo, antes incluso de modelar a Adán y sacar una costilla de su costado y revestirla de carne para crear a Eva, Dios miraba Su gran sueño, el Gran Misterio de Cristo y la Iglesia, revelado hoy a nosotros en el Hijo. Por esta razón, el Papa Francisco afirma con convicción que «querer formar una familia es animarse a ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con él, es animarse a construir con él, es animarse a jugarse con él esta historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo» (AL 321). Este Gran Misterio no es un ideal o una verdad, sino un acontecimiento real con una forma concreta, la cruz, que nadie se hubiera esperado jamás y que, de una manera siempre nueva y creativa, está siendo constantemente reinterpretada en nuestra historia. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? «Los esposos son por tanto el recuerdo permanente para la Iglesia de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes» (Familiaris Consortio 13, retomada en AL 72). Todas estas razones hacen vacilar ese difundido conocimiento del Sacramento del matrimonio, más bien superficial y distorsionado: no puede ser entendido y vivido como «una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque “su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia” (AL 72). Puesto que estamos hablando del Gran Misterio del cual las palabras humanas nunca podrían expresar plenamente la profundidad, amplitud, altura y grandeza, el Papa Francisco escribe en un lenguaje más cercano que «el sacramento no es una «cosa» o una «fuerza», porque en realidad Cristo mismo «mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (cf. Gaudium et spes, 48). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros». El matrimonio cristiano es un signo que no sólo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la Alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos» (AL 73). El mismo e idéntico amor de Cristo entregado en la cruz por la Iglesia es el mismo amor de los esposos y viceversa. De esta manera, se realiza una extraordinaria ecuación que nos hace temblar tan solo de pensarlo. Los esposos, en virtud de la gracia del Sacramento del matrimonio, se aman divinamente, se aman desde Dios. ¿Dónde ha alcanzado Dios el culmen de su amor? «Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 13,18). Los esposos realizan y muestran al mundo entero la locura de tal amor divino. Como afirma el Papa Francisco, «toda la vida en común de los esposos, toda la red de relaciones que tejerán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará impregnada y fortalecida por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor por la humanidad y se unió íntimamente a ella. Nunca estarán solos con sus propias fuerzas para enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos están llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida se manifieste nuevamente en cada nueva situación» (AL 74). Ciertamente, su amor es un «signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia» (AL 72), y «la analogía entre la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia es una analogía imperfecta» (AL 73), porque el matrimonio, incluso el más exitoso, el más logrado y el más santo, no puede y no debe ser nunca el cumplimiento de una persona. La causa de tantos sufrimientos familiares es justamente esta: la creencia generalizada y común de que el propio matrimonio es el logro del objetivo final tan anhelado. No es el amor nupcial con el propio cónyuge lo que nos hace realizar la felicidad humana, ya que no existe un cónyuge que no tenga límites, debilidades o fragilidades y, por lo tanto, no puede responder a las grandes expectativas de amor que una persona puede tener.

El matrimonio nunca es el fin, pero «en las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero» (AL 73). Por lo tanto, los esposos no están destinados al matrimonio terrenal, sino al matrimonio eterno: las bodas de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Al perder esta orientación fundamental, la misma alianza matrimonial pierde su sentido y su solidez. Es lo eterno lo que da verdadero gusto y sabor a lo humano, pero sin esta referencia todo se vuelve insípido y pierde su rumbo, provocando crisis conyugales y familiares generalizadas de las que no se salva nadie. El matrimonio es sólo el aperitivo de la felicidad, pero no la felicidad en sí misma. ¿Deseas la felicidad? No te esfuerces en construir una morada eterna en el matrimonio para encontrarla. El matrimonio es la verdadera puerta de entrada al sendero que conduce a la alegría plena, pero detenerse en la puerta equivale a arriesgarse a no participar nunca en el banquete de las bodas eternas. Por lo tanto, se necesita urgentemente una verdadera proclamación del Evangelio de Jesucristo a las familias, mostrando cómo «en la encarnación, él asume el amor humano, lo purifica, lo lleva a plenitud, y dona a los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vivirlo, impregnando toda su vida de fe, esperanza y caridad. De este modo, los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica» (AL 67). Aquí no se trata de cuidar la dimensión religiosa o espiritual de las familias, sino de hacerles experimentar la extraordinaria obra redentora que Cristo realiza en nuestra humanidad: sin Él el amor humano nunca sería él mismo y perdería su belleza original. La comunidad eclesial, por lo tanto, debe necesariamente emplear todas sus energías en las familias, porque si es verdad que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (AL 31), del mismo modo «la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino» (AL 67). El Gran Misterio de Cristo y de la Iglesia está en juego en la familia. En otras palabras, salvando a la familia no sólo la Iglesia llega a ser ella misma, sino que Dios muestra Su Rostro al mundo en la carne humana de las relaciones familiares, cumpliendo así su gran sueño para la humanidad.

En Familia

Reflexionemos

1. El Gran Sueño que Dios tiene para el hombre ¿tiene alguna relación con el sueño que el hombre tiene para sí mismo?

2. El matrimonio no es la felicidad, sino sólo el aperitivo de la felicidad. ¿Qué consecuencias prácticas tiene esta afirmación en la vida conyugal y familiar?

Vivamos

1. «Toda la vida en común de los esposos, toda la red de relaciones que tejerán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará impregnada y fortalecida por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor por la humanidad y se unió íntimamente a ella. Nunca estarán solos con sus propias fuerzas para enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos están llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida se manifieste nuevamente en cada nueva situación» (AL 74). ¿Cómo actúa el Espíritu Santo en vuestra vida conyugal y familiar?

2. Amar de Dios. Amarse a lo divino. Amarse a sí mismo como Cristo amó a la Iglesia dando Su vida en la Cruz. ¿Cómo se puede realizar todo esto?

En Iglesia

Reflexionemos

1. ¿Por qué a la proclamación del Evangelio del matrimonio y de la familia le cuesta hacerse camino en la pastoral de la Iglesia?

2. En la familia está en juego el Gran Misterio de Cristo y de la Iglesia. ¿Qué significa esto?

Vivamos

1. «La Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino» (AL 67). ¿Cómo es posible realizar todo esto?

2. Si verdaderamente «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (AL 31), ¿cómo tendría que moverse la pastoral de la Iglesia?

 

CUARTA CATEQUESIS
EL GRANDE SUEÑO PARA TODOS

“TODOS CUANTOS LE OÍAN ESTABAN ESTUPEFACTOS
POR SU INTELIGENCIA Y SUS RESPUESTAS” (LC 2,47)

Señor Jesucristo,
tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo,
y nos has dicho que quien te ve, lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación.
Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero;
a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en una creatura;
hizo llorar a Pedro luego de la traición,
y aseguró el Paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia
la palabra que dijiste a la samaritana:
¡Si conocieras el don de Dios!
Tú eres el rostro visible del Padre invisible,
del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia:
haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti,
su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros fueran revestidos de debilidad
para que sientan sincera compasión por los que se encuentran en la ignorancia o en el error: haz que
quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado,
amado y perdonado por Dios.
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción
para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor
y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los pobres
proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos
y restituir la vista a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María, Madre de la Misericordia,
a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.

(Papa Francisco, Oración para el Jubileo Extraordinario de la Misericordia 8 diciembre 2015)

Es la primera vez que el Evangelio presenta a Jesús hablando e interactuando con los maestros del templo por medio de preguntas y respuestas, y Sus palabras dejan a todos sorprendidos y asombrados por Su inteligencia. Es interesante notar que Su primera intervención no es una simple enseñanza ante la cual sus interlocutores están en silencio para escuchar y nada más. Él, por el contrario, interactúa, dialoga, pregunta, escucha, responde, y en este diálogo bastante dinámico y animado, sorprende a todos, nadie está excluido. Su Palabra logra llegar a todos, y esto se ve desde la primera vez que habla. Desde el principio, Él no solo muestra la capacidad de personalizar su diálogo con todos los que encuentra en su camino, sino que también, y sobre todo, manifiesta el deseo de dirigirse a todos porque Él «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2,4). Todos necesitan la salvación de Dios, y esta redención llega a todos los hombres a través de la misericordia divina revelada en el rostro del Hijo. «Es por esto – dice el Papa Francisco – que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes» (Misericordiae vultus 3). Esta invitación está dirigida principalmente a la Iglesia, porque es sobre todo ella quien «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno» (Misericordiae vultus 12). No existe fragilidad o debilidad o miseria humana que anule o detenga la misericordia divina, sino que, al contrario, «una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera» (Misericordia et misera 1). Es erróneo y algo engañoso pensar en la acción misericordiosa de Dios como si se tratase de una recompensa dada a aquellos que han abandonado su miseria. La misericordia de Dios nunca es conquistada o pagada a un alto precio, sino que siempre es dada y ofrecida gratuitamente a todos, para que cada uno, al igual que el hijo pródigo, una vez revestido con la túnica más hermosa del Padre, que lo espera desde el día de su partida, pueda abrazar una nueva vida. Después de todo, es la misericordia de Dios la que genera la conversión, y no al contrario. La conversión humana nunca será la que atraiga y conquiste la misericordia divina. Es la experiencia siempre gratuita y sorprendente del perdón de Dios lo que pone en movimiento en el corazón humano un verdadero y sincero deseo de conversión y cambio para una nueva vida. Este anuncio vale para todos y todas, para cada uno en su situación y condición personal y única. ¡Nadie, absolutamente nadie está excluido de la misericordia de Dios! Incluso para aquellos que por diversas razones permanecen en un estado que no se ajusta al ideal evangélico, los brazos del Padre misericordioso están siempre abiertos. Por lo tanto, también «a las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que “no están excomulgadas” y no son tratadas como tales, porque siempre integran la comunión eclesial» (AL 243). ¡Atención! Aquí la doctrina cristiana sobre el don de la indisolubilidad del sacramento del matrimonio no se pone absolutamente en duda. La Iglesia sabe muy bien que «toda ruptura del vínculo matrimonial va contra la voluntad de Dios» (AL 291), ya que la indisolubilidad matrimonial es «fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia» (Familiaris consortio 20). De ahí el llamamiento que el Papa Francisco hace a toda la comunidad eclesial: «la pastoral prematrimonial y la pastoral matrimonial deben ser ante todo una pastoral del vínculo, donde se aporten elementos que ayuden tanto a madurar el amor como a superar los momentos duros. Estos aportes no son únicamente convicciones doctrinales, ni siquiera pueden reducirse a los preciosos recursos espirituales que siempre ofrece la Iglesia, sino que también deben ser caminos prácticos, consejos bien encarnados, tácticas tomadas de la experiencia, orientaciones psicológicas. Todo esto configura una pedagogía del amor que no puede ignorar la sensibilidad actual de los jóvenes, en orden a movilizarlos interiormente. A su vez, en la preparación de los novios, debe ser posible indicarles lugares y personas, consultorías o familias disponibles, donde puedan acudir en busca de ayuda cuando surjan dificultades. Pero nunca hay que olvidar la propuesta de la Reconciliación sacramental, que permite colocar los pecados y los errores de la vida pasada, y de la misma relación, bajo el influjo del perdón misericordioso de Dios y de su fuerza sanadora» (AL 211). Por lo tanto, es urgente ofrecer todas las herramientas necesarias para que podamos vivir y llevar a su plenitud el don extraordinario de la indisolubilidad del sacramento nupcial; y, sobre todo, debemos hacer que todos sean conscientes de que Cristo «en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un “corazón nuevo”: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la “dureza de corazón” (Mt 19,8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el “testigo fiel”(Ap 3,14), es el “sí” de las promesas de Dios(cfr. 2Cor 1,20) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin» (Familiaris consortio 20). Ante toda esta gran riqueza de verdades extraordinarias del Evangelio y de pautas concretas y realistas de orden pastoral, es necesario y fundamental preguntarnos ¿cuánto tiempo, cuánto espacio y cuántos recursos dedican nuestras comunidades cristianas a la pastoral prematrimonial y matrimonial? Es demasiado fácil hacer que toda la responsabilidad de los numerosos fracasos matrimoniales recaiga solo sobre los cónyuges. Tal vez sea importante, como comunidad eclesial, hacerse esta pregunta: ¿cómo fueron acompañadas y ayudadas en el discernimiento las parejas jóvenes antes de dar el gran paso de sus vidas que es el sacramento del matrimonio? Debemos comenzar a ofrecerles lo que se les debe; sobre todo «los primeros años de matrimonio son un período vital y delicado durante el cual los cónyuges crecen en la conciencia de los desafíos y del significado del matrimonio. De aquí la exigencia de un acompañamiento pastoral que continúe después de la celebración del sacramento (cf. Familiaris consortio, 3ª parte). Resulta de gran importancia en esta pastoral la presencia de esposos con experiencia. La parroquia se considera el lugar donde los cónyuges expertos pueden ofrecer su disponibilidad a ayudar a los más jóvenes, con el eventual apoyo de asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades» (AL 223). El mismo cuidado y atención ha de ser prodigado a todas las situaciones familiares conflictivas. «Iluminada por la mirada de Jesucristo, “mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de Dios también obra en sus vidas, dándoles la valentía para hacer el bien, para hacerse cargo con amor el uno del otro y estar al servicio de la comunidad en la que viven y trabajan”» (AL 291). Nadie podrá jamás medir los límites de la obra de la gracia divina, porque siempre actúa, donde sea y más allá de la imaginación humana. Sin embargo, a la comunidad eclesial se le pide una misión especial que el Papa Francisco ama interpretar de esta manera: «creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, “no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino”» (AL 308). Ahora nos encontramos en un punto central y crucial de la fe cristiana en el que es muy fácil caer en dos excesos: el primero, quizás culturalmente más común y generalizado, tiende a no dar importancia a cualquier estado matrimonial siempre que la propia conciencia sea recta ante Dios; el otro, considerado ahora más anticuado, distingue a los llamados cristianos regulares de aquellos en situaciones “irregulares”. Claramente, ninguno de estos dos excesos están alineados con las enseñanzas del Evangelio ni con el Magisterio de la Iglesia. El gran anuncio que Cristo ha traído al mundo y que siempre debemos reiterar en todo lugar y en todo tiempo es que Dios tiene un Gran Sueño para todos, nadie queda excluido. ¿Cuál es este Gran Sueño de Dios para todos? Quizás es mejor empezar por lo que no es. El sueño divino no es el matrimonio, no es la constitución de la familia; éstos forman parte del Sueño, porque trazan el camino, la ruta, la vía, el itinerario, pero nunca constituyen la meta final de la vida de una persona. Esto significa que aquellos que viven plenamente el sacramento del matrimonio ya pregustan en la tierra un anticipo de lo que será la llegada a la meta final de las bodas eternas de Cristo con toda la humanidad. Sin embargo, a quien por diversas razones vive su existencia terrenal en una situación de fragilidad humana en la cual su propio matrimonio sacramental es probado y golpeado por heridas incurables en esta tierra, no se le impedirá el acceso al banquete de bodas eterno, por el contrario, tal vez en su corazón arderá con una intensidad mucho más grande el deseo de alcanzar esta meta debido a su condición humana actual. ¿Cuál es entonces el Gran Sueño de Dios para todos, sin excluir a ninguno? ¡Las bodas eternas con cada criatura humana! ¿Por qué en la reflexión y, consecuentemente, en la pastoral de la Iglesia, tales divergencias se afirman como para crear ambigüedad y confusión en la mente de los cristianos? Porque a menudo miramos el Sueño de Dios desde la tierra y no desde el cielo. Cuando se mira un bordado desde abajo, solo se ve el enredo de muchos hilos entrelazados de una manera confusa y sin sentido. En cambio, mirándolo desde arriba se puede ver con gran sorpresa que gracias a ese desordenado entrelazado de hilos se realiza el extraordinario diseño, bordado con amor y paciencia por la mano de Dios. Del mismo modo podremos percibir la belleza y la grandeza del Sueño de Dios solamente si lo miramos desde el lado de lo eterno. Esta es precisamente la invitación del Papa Francisco, que se encuentra como conclusión de Amoris laetitia: «contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo. También nos impide juzgar con dureza a quienes viven en condiciones de mucha fragilidad. Todos estamos llamados a mantener viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites, y cada familia debe vivir en ese estímulo constante. Caminemos familias, sigamos caminando. Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido» (AL 325). Además, aquellos que viven en la gracia del sacramento del matrimonio también tienen una responsabilidad más grande en lo que respecta a las situaciones de crisis conyugales y familiares si es verdad que el sacramento del matrimonio, como el del orden, es para la misión y la edificación de la Iglesia. De hecho, «estas situaciones “exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación en la vida de la comunidad. Para la comunidad cristiana, hacerse cargo de ellos no implica un debilitamiento de su fe y de su testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese cuidado expresa precisamente su caridad”» (AL 243). Por lo tanto, la indisolubilidad matrimonial no es solo un don para los cónyuges, sino para toda la comunidad y especialmente para aquellos que viven la herida de su matrimonio en crisis. En otras palabras, si es verdad que los cónyuges, en virtud de la gracia nupcial, viven la fuerza de su comunión con lo divino, esta fuerza irrefrenable no puede encerrarlos en ellos mismos o dentro de los muros domésticos de su familia, sino que debido a su naturaleza se extiende para expandirse en todas partes y para hacer que todos, sobre todo aquellos que viven dramas conyugales y familiares, reciban el bálsamo de la comunión, de la ternura y de la compasión de Dios que pasa a través de la gracia de su indisolubilidad matrimonial. La indisolubilidad es, por lo tanto, un gran don para toda la Iglesia porque comunica a todos el amor eterno y fiel de Dios en Cristo Jesús.

En Familia

Reflexionemos

1. ¿En qué sentido el don de la indisolubilidad matrimonial no es solo para los cónyuges sino para toda la comunidad eclesial?

2. ¿Qué se le debería ofrecer a una pareja joven que llama a la puerta de la Iglesia para pedir el sacramento del matrimonio?

Vivamos

1. ¿Cómo podrían las familias convertirse en sujeto responsable de la pastoral prematrimonial y matrimonial en nuestras comunidades eclesiales?

2. ¿En qué sentido y de qué manera los cónyuges están llamados a aportar una contribución preciosa y única a las muchas familias heridas por todo tipo de crisis y fragilidad conyugal?

En Iglesia

Reflexionemos

1. ¿Cuál es el Gran Sueño de Dios para todos, sin excluir a ninguno?

2. ¿Cuánto tiempo, cuánto espacio y cuántos recursos dedican nuestras comunidades cristianas a la pastoral prematrimonial y matrimonial?

Vivamos

1. ¿Qué tipo de pastoral de acompañamiento, de discernimiento y de integración está llamada la comunidad cristiana a ofrecer a tantas familias heridas por todo tipo de crisis y fragilidad conyugal?

2. ¿Cuáles son las dificultades encontradas en la pastoral en relación con las personas que a veces se sienten un poco excluidas de la comunidad eclesial debido a su particular situación conyugal y familiar? ¿Cuáles son las propuestas concretas para un anuncio real del Gran Sueño de Dios sobre ellos?

 

QUINTA CATEQUESIS
LA CULTURA DE LA VIDA

“JESÚS CRECÍA EN SABIDURÍA, EN ESTATURA Y EN GRACIA ANTE DIOS
Y ANTE LOS HOMBRES” (LC 2,52)

Señor Jesús,
que con fidelidad visitas y colmas con tu Presencia la Iglesia y la historia de los hombres;
que en el admirable Sacramento de tu Cuerpo y tu Sangre
nos haces partícipes de la vida divina y nos concedes saborear anticipadamente
la alegría de la vida eterna; te adoramos y te bendecimos.
Postrados delante de ti, fuente y amante de la vida,
realmente presente y vivo en medio de nosotros, te suplicamos:
Aviva en nosotros el respeto por toda vida humana naciente,
haz que veamos en el fruto del seno materno la admirable obra del Creador;
abre nuestro corazón a la generosa acogida de cada niño que se asoma a la vida.
Bendice a las familias, santifica la unión de los esposos, haz que su amor sea fecundo.
Acompaña con la luz de tu Espíritu las decisiones de las asambleas legislativas,
a fin de que los pueblos y las naciones reconozcan y respeten
el carácter sagrado de la vida, de toda vida humana.
Guía la labor de los científicos y de los médicos,
para que el progreso contribuya al bien integral de la persona
y nadie sufra supresión e injusticia.
Concede caridad creativa a los administradores
y a los economistas,
para que sepan intuir y promover
condiciones suficientes
a fin de que las familias jóvenes puedan abrirse
serenamente al nacimiento de nuevos hijos.
Consuela a las parejas de esposos que sufren a causa
de la imposibilidad de tener hijos, y en tu bondad provee.
Educa a todos a hacerse cargo
de los niños huérfanos o abandonados,
para que experimenten el calor de tu caridad,
el consuelo de tu Corazón divino.
Con María tu Madre, la gran creyente,
en cuyo seno asumiste nuestra naturaleza humana,
esperamos de ti,
nuestro único verdadero Bien y Salvador,
la fuerza de amar y servir a la vida,
a la espera de vivir siempre en ti,
en la comunión de la santísima Trinidad. Amén.

(Benedicto XVI, Basílica Vaticana 27 noviembre 2010)

Es muy interesante fijarse en la conclusión inesperada de este episodio del Evangelio. Ver cómo evoluciona la dinámica familiar de esta escena, y especialmente ver cómo Jesús responde a las angustiosas palabras de sus padres que temían haberlo perdido, parece como si se hubiese producido una especie de ruptura entre los miembros de la Sagrada Familia. Parece que ha llegado el momento en que el Hijo, que ya ha alcanzado la mayoría de edad, comienza a marcar y a poner límites a la autoridad parental para afirmar su propia autonomía y su propia responsabilidad sobre sí mismo. Es una escena muy común en el hogar de todas las familias. Es la llegada repentina e improvista de esa famosa hora para la que ningún padre está nunca preparado adecuadamente. Es el momento en que un hijo de repente se presenta grande y comienza a manifestar su capacidad de elegir por sí mismo su vida. Es muy sorprendente ver cómo la Familia de Nazaret también vive la misma e idéntica dinámica de todas las familias. En realidad, luego, si continuamos leyendo el texto, nos damos cuenta de que, efectivamente, no se da ninguna ruptura familiar.

Por el contrario, sorprende el hecho de que se da el efecto opuesto. Lucas, a continuación, escribe que Jesús «volvió con ellos a Nazaret y vivió sujeto a ellos» (Lc 2,51). Parecería ser la clásica reacción de aquellos que, al fallar en llevar a cabo sus reivindicaciones, por temor a algún castigo, hacen al final lo que dicen sus padres. En realidad, Jesús se defiende bastante bien y con Su respuesta logra enmudecer a sus padres. Permanecer bajo la autoridad de ellos no es una elección obligada y forzada sino que manifiesta una decisión libre y responsable de afirmar una vez más Su natural predilección por la Familia. El Verbo de Dios viene al mundo en la más absoluta pobreza e indigencia, renunciando prácticamente a todo excepto a una cosa: encarnarse en una familia con una madre y un padre. De hecho, después de este episodio, Jesús continúa viviendo sujeto a los suyos ya que «ellos juntos enseñan el valor de la reciprocidad, del encuentro entre diferentes, donde cada uno aporta su propia identidad y sabe también recibir del otro. Si por alguna razón inevitable falta uno de los dos, es importante buscar algún modo de compensarlo, para favorecer la adecuada maduración del hijo» (AL 172). Lucas concluye el pasaje de este modo: «Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). En pocas palabras, el Evangelio logra afirmar las mejores y más fundamentales cosas que se pueden garantizar para el crecimiento de un niño en su integridad total. Es bueno subrayar que el primer crecimiento mencionado es “sabiduría”. No debe entenderse como la progresiva adquisición de una gran cantidad de conocimientos o habilidades. El verbo “sapere” en su sentido etimológico latino, la verdadera sabiduría, significa gustar el sabor o el significado profundo de la propia vida. La sabiduría se coloca antes de la “edad”. ¿Por qué? Nos enfrentamos a una verdadera revolución copernicana respecto a la modalidad del desarrollo de la persona humana. En general, pensamos que los años pasan antes y luego gradualmente, en el transcurso del tiempo, uno aprende a descubrir el sabor y el sentido de la vida.

El Evangelio, por otro lado, afirma una verdad que se opone a este pensamiento común, es decir, primero viene el verdadero sabor de la vida y luego sigue el paso de los años. Todo esto significa que cada santo día de la propia existencia, empezando por el primero, siempre debe experimentarse disfrutando de su belleza y profundidad. Solamente con este estilo de vida es posible que también se de la fecundidad de la obra de la gracia divina. A menudo estamos acostumbrados a pedirle a Dios su intervención en nuestra realidad humana, olvidando un famoso dicho de la filosofía escolástica: “gratia supponit naturam”. Ciertamente, la gracia de Dios precede siempre cualquier obra humana, pero su eficacia solo es posible si el hombre se hace dócil a Su acción. Finalmente, el Evangelio subraya cómo el crecimiento de Jesús no es un hecho privado que afecta solo a su familia, sino que se realiza “ante los hombres”, es decir, bajo la mirada de todos los que forman parte de la comunidad del lugar en el que vive. Aquí nuevamente, el mensaje del Evangelio contrasta con la manera, a menudo estrecha e individualista, de pensar sobre las cosas que conciernen el entorno familiar. En otras palabras, el crecimiento gradual de un pequeño ser humano no es algo que interese y preocupe solo a sus padres. Su evolución y su madurez incumbe a todos, porque cada persona es siempre un capital humano para el bien de todos, y todos son interpelados para que le sea dado a cada pequeño ser humano en crecimiento lo que le permita alcanzar su máximo desarrollo. Estamos ante un verdadero himno de la cultura de la vida, de la cual la familia es el útero original. El Papa Francisco precisa que «la familia es el ámbito no sólo de la generación sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios. Cada nueva vida “nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen”. Esto nos refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, porque los hijos “son amados antes de haber hecho algo para merecerlo”» (AL 166). También «la madre que lo lleva en su seno necesita pedir luz a Dios para poder conocer en profundidad a su propio hijo y para esperarlo tal cual es» (AL 170). Hoy más que nunca somos testigos de la difusión de una mentalidad que manipula en todo y para todo el acto generador de la criatura humana hasta tal punto que lo separa por completo de su vínculo original con la familia. En la mentalidad actual, ya no se percibe la más mínima diferencia entre generar un ser humano a través del acto conyugal natural y generarlo a través de la inseminación artificial u otras prácticas en continua evolución. Este pensamiento común se está extendiendo cada vez más por una sola razón: el hombre ha perdido la percepción de que el hijo es un gran don que proviene de lo Alto. En este sentido, resulta paradigmática la afirmación que la Sagrada Escritura nos transmite con el nacimiento del primer hombre: «Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: “He adquirido un varón con el favor del Señor”» (Gn 4,1). La causa de la situación actual, por lo tanto, no es simplemente cultural, moral, social, económica o antropológica. A la raíz de este nuevo escenario mundial está principalmente la pérdida del sentido de Dios y, como consecuencia, el hombre mismo se siente señor, incluso en la concepción de una nueva vida humana. Por lo tanto, solo una visión desde la fe cambia por completo la perspectiva de la vida. Incluso cuando «un niño llega al mundo en circunstancias no deseadas, los padres, u otros miembros de la familia, deben hacer todo lo posible por aceptarlo como don de Dios y por asumir la responsabilidad de acogerlo con apertura y cariño. Porque “cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres”. El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna. Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado» (AL 166). En este sentido «con particular gratitud, la Iglesia “sostiene a las familias que acogen, educan y rodean con su afecto a los hijos diversamente hábiles”» (AL 82): ellas, mejor que nadie, muestran a todo el mundo el valor sagrado y absoluto de la vida humana. De hecho, «es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano. La familia protege la vida en todas sus etapas y también en su ocaso» (AL 83). Ciertamente, la generación es un acto divino, y el Papa Francisco destaca cómo «cada mujer participa del “misterio de la creación, que se renueva en la generación humana”» (AL 168). Sin embargo, el acto de acogida de una nueva vida no es menos sagrado. Después de todo, María y José testifican que su grandeza radica en haber acogido, cada uno en su singularidad, al Verbo de Dios, permitiendo de esta manera, que Se encarnarse en el mundo. Por lo tanto, si es cierto que no todos generan biológicamente hablando, no es menos cierto que todos están llamados a acoger la vida siempre, en cualquier lugar y situación. «La maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras» (AL 178), y sobre todo «los que asumen el desafío de adoptar y acogen a una persona de manera incondicional y gratuita, se convierten en mediaciones de ese amor de Dios que dice: “Aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría” (Is 49,15)» (AL 179). Es precisamente este amor acogedor de la familia lo que da vida a aquellos a quien, lamentablemente, les ha sido a menudo negado. «Un matrimonio que experimente la fuerza del amor, sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia. Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer “doméstico” el mundo, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano » (AL 183). Quién mejor que la familia puede ampliar concretamente los horizontes de la cultura de la vida en el mundo. De esta manera pintan «el gris del espacio público llenándolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa, de la esperanza activa» (AL 184). Desgraciadamente, hoy en día «el narcisismo vuelve a las personas incapaces de mirar más allá de sí mismas, de sus deseos y necesidades. Pero quien utiliza a los demás tarde o temprano termina siendo utilizado, manipulado y abandonado con la misma lógica. Llama la atención que las rupturas se dan muchas veces en adultos mayores que buscan una especie de «autonomía», y rechazan el ideal de envejecer juntos cuidándose y sosteniéndose» (AL 39). En cambio, la familia es la única que tiene inscrito en su ADN un incesante dinamismo de comunión que debería empujarla a «integrar con mucho amor a las madres adolescentes, a los niños sin padres, a las mujeres solas que deben llevar adelante la educación de sus hijos, a las personas con alguna discapacidad que requieren mucho afecto y cercanía, a los jóvenes que luchan contra una adicción, a los solteros, separados o viudos que sufren la soledad, a los ancianos y enfermos que no reciben el apoyo de sus hijos, y en su seno tienen cabida “incluso los más desastrosos en las conductas de su vida”» (AL 197). La familia es el lugar por antonomasia de la cultura de la vida porque es el lugar por excelencia de la presencia de Dios. Cuando en cada hogar sea reconocido este binomio natural entre Dios y la vida, el mundo será más humano y cada hombre estará siempre protegido en su singular dignidad.

En Familia

Reflexionemos

1. Cada vida humana es un don sagrado e inviolable de Dios. Hoy, sin embargo, está cada vez más extendida la mentalidad de que se puede satisfacer el deseo de tener un hijo a cualquier precio hasta el punto de que es fácil recurrir a todas esas técnicas, en constante evolución, que permiten la concepción independientemente del acto conyugal natural. Toda criatura humana, sea cual sea su modalidad de concepción, es siempre un don de Dios. Por consiguiente, ¿qué relación existe entre el don de Dios de la vida y el acto conyugal natural?

2. ¿En qué sentido la familia puede convertirse en promotora de la cultura de la vida cuando se reconoce a sí misma como el lugar por excelencia de la presencia de Dios?

Vivamos

1. Toda familia tiene en sí misma el dinamismo de la acogida de la vida en cualquier condición, pero esta naturaleza no siempre sale a la luz. ¿Qué es lo que se lo impide y cómo se le podría ayudar a incentivarlo?

2. Cuando los dos cónyuges son capaces de acogerse mutuamente en su totalidad, abren sus corazones a todos. ¿Qué significa esto? Explícalo concretamente, tal vez contando experiencias concretas.

En Iglesia

Reflexionemos

1. A menudo se piensa que la promoción de la vida es algo que concierne a la Iglesia con su aparato doctrinal y no un derecho inviolable independientemente de sea cual sea la adhesión religiosa o moral. ¿Qué podría hacer o debería hacer la Iglesia para afirmar el derecho sagrado e inviolable de la vida independientemente de todo y de todos?

2. El nexo original e inseparable entre el amor y la vida se vuelve cada vez más débil e incluso llega a ser objeto de discusión. ¿Cuáles son los errores? ¿Cuáles son las dificultades? ¿Cuáles son las propuestas?

Vivamos

1. No se puede promover la cultura de la vida sin la familia y sin su intrínseca naturaleza de acogida. ¿Qué se podría hacer en la pastoral para poner en marcha este círculo virtuoso?

2. ¿Cuáles serían las propuestas para que la Iglesia pueda ayudar a las familias a vivir la verdadera cultura de la vida?

 

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