Santa Misa en la fiesta de la Presentación del Señor

Homilía de
Mons. D. Ángel Fernández Collado
Obispo auxiliar de Toledo

angel fernandez

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Viernes 2 de febrero de 2018

El Señor nos ha reunido en esta tarde para celebrar con gozo la Fiesta de la Presentación de Jesús en el templo y la “Jornada Mundial de la Vida Consagrada”: “Encuentro con el amor de Dios”. Todos elegidos y llamados para vivir llenos del amor de Dios, habiendo experimentado la grandeza de su presencia, del encuentro, y abocados a comunicar de mil maneras pastorales nuestra pertenencia a Él, su señorío sobre nuestras vidas y la exigencia de hacerlo vida y testimonio del amor de Dios hacia los hombres y mujeres de buena voluntad.

Todos consagrados, entregados de por vida y en totalidad al Señor, pero cada uno viviendo el amor de Dios y ejerciendo la caridad en un camino o carisma concreto, al servicio siempre de la Iglesia. Encontramos muchos matices en la entrega, pero un mismo Señor y Salvador: Jesucristo. Muchas lámparas encendidas, muchas vidas entregadas, pero todas tomando la luz de la única llama verdaderamente luminosa y eterna: Jesucristo, luz del mundo, camino, verdad y vida.

En esta tarde renovamos nuestra consagración en el seguimiento e imitación de Jesucristo y en la misión de la Iglesia. La Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo nos impulsa a agradecer al Señor nuestra vida consagrada, suscitada en la Iglesia como una luz que Dios-Padre ha puesto sobre un candelero. Llamados por Dios, hacemos presente en el mundo el Amor Trinitario a través de nuestras vidas entregadas, de la vivencia convencida de los votos de pobreza, obediencia y castidad, y de la fidelidad al carisma, como don del Espíritu para la Iglesia. Diversidad de carismas en distintas formas de consagración, que ponen de manifiesto la multitud de gracias con las que el Señor ha querido adornar y embellecer a su Iglesia.

La Vida Consagrada está insertada en el mismo ser de la Iglesia con sus características propias y necesarias para el bien de los consagrados y de toda la Iglesia. Porque ella “está en el corazón mismo de la Iglesia y pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión”. Además, si una diócesis se quedara sin miembros de la vida consagrada, correría el riesgo de ver muy limitado su espíritu misionero. La vida consagrada es una fuente de continuas bendiciones para la vida de la Iglesia universal y de las Iglesias locales.

Hoy renovamos nuestro particular seguimiento a Jesucristo, pobre, casto y siempre obediente al Padre. Jesucristo es nuestro único Camino y todos nosotros somos caminantes con Él y en El. Multitud de hombres y mujeres, antes que nosotros, eligieron y vivieron este camino de vida consagrada, de especial seguimiento a Jesucristo para dedicarse a Él con corazón indiviso, y ponerse como Él al servicio de Dios y de los hermanos, contribuyendo así a manifestar el misterio y la misión de la Iglesia.

Todos nosotros, en cuanto consagrados, hemos recibido un don divino especial, un don del Espíritu, una vocación, una misión y un ámbito para nuestra santificación. Por ello, damos gracias a Dios con gozo y gran confianza. “Aquel que inició en nosotros la obra buena, Él mismo la lleve a su término”. Hablar de nuestra vida consagrada es hablar de Dios en nosotros, de su trabajo en nuestras personas y a través de ellas. Es tomar conciencia de que vivimos en un ámbito de dones (los de Dios) y de pobrezas (las nuestras). Y sentir que nuestra vida no tiene sentido pleno si no vivimos a su modo, con Él y para Él. El encuentro con el amor de Cristo de forma personal, diaria y profunda es ineludible. Es un encuentro que nos salva, ilusiona y nos llena de fuerza interior y apostólica.

Celebramos esta “Jornada de la Vida Consagrada” a la luz de la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo y purificación de María. La Palabra de Dios nos transmite el acontecimiento, haciéndole actual en nuestras vidas, y las enseñanzas que de él dimanan para nuestra vida de consagrados, de amigos de Dios que viven en el entorno del Templo dedicados a la alabanza divina y al servicio al prójimo necesitado.

Cuando llegó el momento, la Sagrada Familia inició el camino hacia Jerusalén para cumplir con la ley del Señor. El Evangelio nos habla de dos personas: Simeón y Ana, quienes, nada más llegar la Sagrada Familia al Templo, fueron capaces de reconocer en el Niño al Salvador del mundo, de gozarse con el descubrimiento y de alabar entusiasmados al Señor.

¿Qué nos dice el Evangelio de Simeón? Que era “honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel, y que el Espíritu Santo moraba en él”. ¿Y de Ana?: Que “no se apartaba del Templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. Actitudes que anticipan y reflejan aspectos concretos de la vida y configuración de un consagrado: personas, hombres y mujeres, honradas, piadosas, esperanzadas en el Señor, llenas de la presencia del Espíritu en sus vidas y en sus obras, viviendo gozosas en el templo, día y noche, y sirviendo al Señor con ayunos y oraciones.

Simeón era un santo varón, a quien el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin conocer al Mesías prometido. Por ello, “impulsado por el Espíritu Santo fue al Templo cuando José y María entraban con el Niño Jesús para cumplir lo prescrito por la Ley”.

Asimismo, una santa mujer llamada Ana, tuvo el gran regalo del Señor de conocer al Niño y de reconocerlo como el Salvador, por lo que “daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. Agradecimiento por el gran don de nuestra vocación.

El devoto Simeón no pudo contener su emoción, y al saber quién era el Niño, nos dice el Evangelio que “lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: ‘Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Luego Simeón los bendijo y se dirigió a la Virgen María, diciéndole: “Mira, este niño está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida, así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma.

La Santísima Virgen y San José, Simeón y Ana son modelos de lo que Dios nos pide para realizar en nosotros su obra de salvación: docilidad a Dios y entrega a su voluntad, “Encuentro con el amor de Dios”, lo cual alcanzamos especialmente con el recogimiento y la oración. Si nosotros somos capaces de imitarles con fidelidad, el Espíritu Santo nos hará comprender que Jesús es nuestro único Salvador y así El podrá cumplir en nosotros su obra de salvación.

El Papa Benedicto XVI señalaba que la vida y esencia de un consagrado no es otra cosa que “Pertenecer al Señor, (encontrarse con el amor de Dios). Esta es la misión de los hombres y mujeres que han optado por seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y se salve. Y, pertenecer totalmente a Cristo quiere decir arder con su amor incandescente, quedar transformados por el esplendor de su belleza”.

Que el Señor nos haga arder siempre con su amor incandescente, que haga de nosotros lámparas siempre encendidas en su Iglesia y en el mundo y que el Espíritu Santo nos transforme y santifique.

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