El don de la vida consagrada

Carta de
Mons. D.  Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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Domingo 4 de febrero de 2018

Queridos diocesanos:

El Espíritu de Dios, que enriquece la Iglesia con diversidad de carismas y ministerios, llama a algunas personas a vivir una especial consagración de todo su ser a Dios. Desde los mismos inicios de la fe cristiana hubo hombres y mujeres que se sintieron llamados a seguir a Jesucristo virgen, pobre y obediente.

En los primeros tiempos surgieron las vírgenes y las viudas, que se consagraban al servicio de Dios y de la comunidad cristiana; después aparecieron los eremitas y anacoretas, que buscaron la santidad en la soledad del desierto; más tarde se fundaron monasterios, en los que los monjes y monjas buscaron el camino hacia Dios mediante la vida en comunidad, la contemplación y el trabajo; ya en la Edad Media florecieron las órdenes mendicantes (los “frailes”), dedicadas especialmente a la predicación y a la atención de los más necesitados (pobres, presos, enfermos); a partir del siglo XVI aparecieron las congregaciones religiosas que, inspiradas generalmente por un santo fundador, se dedicaron a la predicación, la caridad o el estudio; en el siglo pasado encontraron su camino numerosos institutos seculares, llamados a vivir la consagración en medio del mundo; en nuestros días surgen “nuevas formas de vida consagrada” que intentan hacer actual este modo de entrega a Dios.

La diversidad de la vida consagrada, la multitud de formas institucionales en las que se va configurando, manifiesta la sabiduría y belleza de Dios, que quiere que su Iglesia aparezca ricamente ataviada para su Esposo. La vida consagrada -dice el Concilio un gran árbol, maravilloso y lleno de ramas, que ha crecido a partir de la semilla sembrada por Dios (cf. LG 43). Cada congregación, cada modo de entender la vida consagrada, es respuesta, de un modo particular, al inmenso amor y misericordia de Dios. Cada una recuerda a toda la Iglesia, desde su propio carisma, algún aspecto del mensaje del Evangelio, que quizás la historia había eclipsado: la necesidad de la oración y la vida espiritual, el servicio a los pobres, la atención a las personas o la importancia de la educación.

La vida consagrada es un desarrollo de la vocación recibida en el bautismo. Los que son llamados a este modo de vida, reciben el don de una configuración con Cristo más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia). De esta forma los religiosos, junto con los laicos y los sacerdotes, contribuyen al anuncio de Jesucristo en nuestra tierra.

Hemos de considerar la vida consagrada como un gran regalo para nuestra Diócesis. Lo es por todas las tareas a las que se dedican: la contemplación, la educación de los jóvenes, la acción social y caritativa, la evangelización. Pero, más allá de las cosas que hacen, son una riqueza por lo que son: signo del Reino de Dios, anuncio del mundo futuro, estímulo para vivir la santidad a la que todos somos llamados. Es bueno dar gracias a Dios por la vida consagrada que está presente en nuestra Diócesis y, al mismo tiempo, rezar para que el Señor siga suscitando entre nosotros vocaciones que enriquezcan la vida de la Iglesia de Menorca. Los consagrados son, en medio de un mundo sediento de Dios, prueba de que se puede vivir de un modo distinto, de una vida alternativa respecto de lo que se dice el mundo.

✠ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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