Teología y pastoral de la Iglesia particular

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Carta Pastoral de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

Con motivo del VII Centenario
de la Archidiócesis de Zaragoza (1318)

Introducción: aniversario y conmemoración de varios acontecimientos.

Queridos Diocesanos:

Con gozo y esperanza nos disponemos a conmemorar a lo largo del año 2018 distintos aniversarios importantes para nuestra Diócesis de Zaragoza y  para la historia de la Ciudad y de Aragón. Son acontecimientos que se agolpan y se fecundan mutuamente.

En efecto, en el año 2018 se celebran conjuntamente: los 1000 años de la taifa de la ciudad de Zaragoza (1018). Los 900 años de la conquista de la ciudad de Zaragoza por el rey Alfonso I y su nombramiento como capital del reino de Aragón (1118). Ese mismo año era nombrado Obispo de la Diócesis Cesaraugustana Don Pedro de Librana, encargado de organizar la Diócesis después de la invasión musulmana (1118). Se cumplen los 800 años de la creación de la Casa de Ganaderos por el Rey Jaime I (1218). Finalmente, conmemoramos los 700 años de la erección canónica de nuestra Diócesis como Archidiócesis y Sede Metropolitana.

La convergencia de todos estos acontecimientos de diverso calado y significado han movido a las Instituciones de Zaragoza y de Aragón a organizar un rico y variado programa de actos para conmemorar estas gloriosas efemérides. Nuestra Diócesis de Zaragoza, a través del Arzobispado, participa también en la organización del programa de actividades.

Como Arzobispo Metropolitano y Pastor de la Archidiócesis de Zaragoza me corresponde destacar el significado teológico y pastoral de la Diócesis, con motivo de la elevación de la antigua Diócesis a la categoría de Archidiócesis y Sede Metropolitana, mediante la Bula de Juan XXII Romanus Pontifex, promulgada el 18 de julio de 1318.

Este acontecimiento último me mueve a escribir una breve carta pastoral titulada: Teología y Pastoral de la Iglesia Particular.

La celebración gozosa y jubilar del VII Centenario de nuestra Archidiócesis de Zaragoza debe ser un tiempo (kairós) de gracia y bendición. Una oportunidad para hacer memoria agradecida de nuestro pasado, un momento para vivir con pasión el presente en esta nueva etapa evangelizadora, a la que nos convoca el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium y un aliento para abrirnos a la acción del Espíritu Santo abrazando con esperanza el futuro.

La conmemoración de este VII Centenario de la Archidiócesis viene a potenciar y fecundar más la acción pastoral de nuestra Diócesis, a la luz del Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020. No se trata de solapar las acciones pastorales, sino de insertarlas en el surco abierto por nuestro Plan Diocesano de Pastoral y en la Programación Pastoral de este curso 2017-2018.

El plan o esquema de esta carta pastoral es el siguiente: después de la introducción, en la primera parte hago una breve evocación histórica sobe nuestra Diócesis. En la segunda parte, que es la central y principal, ofrezco unas reflexiones sobre la teología y pastoral de la Iglesia particular, presentándola como misterio de comunión para la misión. En la tercera y última recuerdo las grandes líneas y prioridades pastorales, a la luz de nuestro Plan Diocesano de Pastoral 201520120 y de la carta de los Obispos de las Diócesis Aragonesas, Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo de Aragón. Las Unidades Pastorales: instrumentos de comunión para la misión, Zaragoza 2016. Nuestro Plan Diocesano de Pastoral está concebido en clave de conversión pastoral y misionera.

En definitiva, con esta carta pastoral quiero ofrecer unas reflexiones teológicas y pastorales sobre la principal finalidad y significado de la Diócesis, con motivo del VII Centenario de nuestra Archidiócesis: concienciar a todos los diocesanos (sacerdotes, miembros de vida consagrada, fieles laicos) sobre su sentido de pertenencia a la Iglesia Diocesana. Se trata de profundizar en el misterio y en la vida de la Iglesia Diocesana; comprender mejor su naturaleza teológica y pastoral; mostrar la “eclesialidad” de la Diócesis; acoger el don de Dios que con ella nos brinda y responder con nuestra entrega y compromiso en su misión evangelizadora. “Cada uno debe sentirse feliz de pertenecer a la propia Diócesis. Cada uno puede decir de la propia Iglesia Local: aquí  Cristo me ha esperado. Aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su Cuerpo Místico. Aquí me encuentro dentro de su unidad”.[1]

I. BREVE EVOCACIÓN HISTÓRICA

En esta parte resumo las notas históricas que aparecen en la página Web de nuestra Archidiócesis de Zaragoza: http:/www.archizaragoza.org.[2]

Según una piadosa y antigua tradición, la Virgen María se manifestó al apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos, a orillas del río Ebro, el 2 de enero del año 40. La Virgen hizo que se levantara en ese lugar el primer santuario mariano.

Desde entonces María se hizo Pilar y templo de nuestra fe. Morada que tiene a Dios en medio y no vacila (cfr. Sal 46, 5-6); casa del Señor que Dios ha llenado con su presencia (cfr. LG8, 11; Sal 84, 11), casa de oro adornada por el Espíritu Santo con toda clase de virtudes; palacio real, resplandeciente por el fulgor de la Verdad, en el que habitó el Rey de los reyes; ciudad santa que alegran los ríos de la gracia (cfr. Sal 46, 5).

La primera mención de una comunidad cristiana data del siglo III, cuando San Cipriano de Cartago menciona a Félix de Zaragoza, en la epístola 67, escrita en 254/255. De él se dice “fidei cultor ac defensor veritatis”. Esta escueta mención referida a la comunidad cristiana de Caesaraugusta a la cual pertenece Félix, a mediados del siglo III, es la noticia escrita más antigua conocida sobre el Cristianismo en Zaragoza.

Durante la persecución del siglo IV, el año 303 Santa Engracia padeció cruel martirio, según el testimonio del poeta Prudencio en el libro IV del Peristephanon. Con ella murieron los protomártires de Zaragoza, que se veneran en la cripta de la Basílica Parroquia de Santa Engracia. San Isidoro de Sevilla, en el siglo VI, aseguraba que Zaragoza es la ciudad que supera a todas las demás de España y es más ilustre que ninguna por las sepulturas de sus santos Mártires. El Papa San Juan Pablo II veneró sus reliquias en el año 1982 y escribió luego: “Nos no podemos olvidar nunca la profunda emoción que sentimos y el gran aliento que recibimos cuando honramos y veneramos las reliquias de los Mártires allí presentes” (Breve Difficilius quidem, 12 de septiembre de 1991).

San Vicente, diácono del Obispo San Valero en la Iglesia de Zaragoza, sufrió martirio tras crueles tormentos en Valencia en el tribunal del prefecto Daciano, a comienzos del siglo IV.

San Valero es el Patrono de Zaragoza y de la Archidiócesis, probablemente relacionado con la familia de los Valerios, de la que habla el poeta Prudencio. Fue apresado junto a su diácono San Vicente y conducido a Valencia ante la presencia de Daciano. Allí sufrió prisión y un proceso que le condenó al destierro, donde murió. Aunque no fue propiamente mártir, sí confesó la fe, sufrió persecución y mantuvo fidelidad a su misión episcopal. Su cuerpo se venera en la iglesia de San Vicente de Roda de Isábena, de donde, ya en el siglo XII, fueron trasladadas a la Seo de Zaragoza las reliquias de su Cabeza y uno de sus brazos.

Durante la época visigoda brilló la estrella de San Braulio, discípulo de San Isidoro y el Obispo Tajón. El culto cristiano siguió durante la larga dominación musulmana en torno a las iglesias de Santa María y las Santas Masas (Santa Engracia).

En el año 1118 fue reconquistada la ciudad de Zaragoza por Alfonso I el Batallador. El vizconde Gastón de Bearne era el nuevo Señor de la Ciudad y Don Pedro de Librana fue el nuevo Obispo de Zaragoza. Durante doscientos años fue sufragánea de la Archidiócesis de Tarragona, única para toda la Corona de Aragón. El Papa Juan XXII, residente en Avignon, la erigió en Archidiócesis el 18 de julio de 1318, mediante la Bula Romanus Pontifex. El último Obispo y primer Arzobispo fue Pedro López de Luna. Sus Diócesis sufragáneas han sido siempre las aragonesas (Albarracín, Barbastro, Huesca, Jaca, Tarazona y Teruel) más los Obispados de Calahorra y Pamplona en algunas etapas. Por el decreto Pontificio Caecesaraugustanae et aliarum, del 2 de septiembre de 1955, se circunscribió el área Archidiocesana de Zaragoza a los Obispados aragoneses, a excepción del de Jaca que fue adscrito a la Archidiócesis de Pamplona. En el año 1998 culminó la incorporación a la nueva Diócesis de Barbastro-Monzón de las parroquias de Huesca que, hasta entonces, habían pertenecido a la Diócesis de Lérida, dependiente de la Archidiócesis de Tarragona.

El territorio de la Diócesis de Zaragoza constituye un triángulo irregular de 13.309 kilómetros cuadrados en el centro del Valle del Ebro, en plena Comunidad Autónoma de Aragón, Abarca la mayor parte de la provincia de Zaragoza, con excepción de la zona oeste (Diócesis de Tarazona) y una breve extensión al norte de las Cinco Villas (Diócesis de Jaca). Se extiende también por una amplia zona de la provincia de Teruel (el Bajo Aragón). Tiene una población aproximada de 917.000 habitantes, de los que unos 700.000 viven en la ciudad de Zaragoza y el resto en los 183 municipios de la Diócesis. 

II. LA DIÓCESIS: SIGNIFICADO TEOLÓGICO Y PASTORAL

1. Punto de partida: algunas deficiencias en la comprensión de la Diócesis.

A pesar de que, a partir del Concilio Vaticano II, se ha dado una notable recuperación de la teología de la Iglesia particular, sin embargo, en la práctica, la “eclesialidad” de la Diócesis es una realidad ampliamente ignorada y poco vivida por una mayoría de cristianos.

Globalmente, se puede decir que el sentido de Iglesia se vive – por así decir – en los extremos: por un extremo, a nivel práctico-existencial, la Iglesia es la parroquia, el pequeño grupo, el movimiento, la comunidad religiosa o congregación de pertenencia; y, por otro extremo, la Iglesia, en su dimensión universal, es percibida en un sentido meramente empírico o sociológico: es una institución mundial gobernada por el Papa, cuyo centro es Roma y desde donde se imparten normas que todos deben seguir.

Mientras tanto, en la conciencia de muchos cristianos, la Diócesis aparece como una instancia intermedia de tipo administrativo sin apenas valor teológico-eclesial y dentro de la cual se tiende a considerar al Obispo como un delegado del Papa; es un hecho, que en  el sentir común de los fieles prevalece la idea de que el Obispo sólo desempeña una función jurídica, en virtud de la cual tiene autoridad sobre los fieles de un determinado territorio, como si fuera un “gerente” o “gobernador civil” eclesiástico.

En una situación así, aunque presentada de un modo exagerado, no son de extrañar estas afirmaciones de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española: “Con frecuencia vemos que el reconocimiento y la práctica de la eclesialidad tienen entre nosotros deficiencias preocupantes. Hay quienes se presentan como muy devotos del Papa, pero prescinden de la presidencia efectiva de su Obispo respectivo en comunión con el Papa y con la Iglesia universal”.[3]

2. Meta de llegada: comprensión y vivencia del valor teológico de la Diócesis.

Es necesario, por tanto, recuperar el valor teológico de la Diócesis y, lo que es más importante, hacer que la Diócesis cobre vida en la conciencia cristiana de las personas y los grupos eclesiales. Es urgente que todos cultivemos sin cesar el afecto a la Diócesis, de la que la parroquia es como una célula, siempre dispuestos, cuando seamos invitados por el Pastor, a unir las propias fuerzas a las iniciativas diocesanas.

En su esencia más profunda, la Diócesis es siempre una realidad teológica; “signo e instrumento de salvación”, porque en ella, mediante sus estructuras visibles, – y algunas veces incluso a pesar de las deficiencias de las mismas – Jesucristo está presente y actúa su salvación en favor de los hombres; “en ella podemos reconocer el punto de contacto efectivo donde el hombre encuentra a Cristo y donde se le abren las puertas al plan concreto de la salvación”.[4]

Esta realidad íntima de la Diócesis debe aparecer realmente significada en todas las personas y proyectos de la vida diocesana, para que así, sobre la faz de la Diócesis resplandezca Cristo, luz de las gentes (cfr. LG 1). De lo contrario, la Diócesis, a los ojos del mundo y en la conciencia de los propios cristianos no pasa de ser una “organización eclesiástica”, a la que se pertenece, porque así lo establece el ordenamiento jurídico, pero no por razones de fe, y hasta la misma vida cristiana corre el peligro de acabar reduciéndose a una práctica ético-religiosa, obscureciendo su carácter de misterio, de acontecimiento de salvación, de experiencia de gracia y de comunión vital con Dios y con los hermanos.

Quiero, desde el principio, dejar claro que usaré indistintamente los términos de Iglesia Diocesana, Diócesis, Iglesia Particular e Iglesia Local. El ConcilioVaticano II utiliza toda esta terminología, mientras el Nuevo Código de Derecho Canónico prefiere utilizar el término de Iglesia Particular para referirse a la Diócesis.

3. La Iglesia particular: misterio de comunión para la misión.

La Iglesia, toda ella, tiene un origen trinitario y se expresa como Pueblo de Dios (Iglesia del Padre y nacida por el Bautismo); Cuerpo de Cristo (Iglesia del Hijo que se articula y crece desde la Eucaristía) y Templo del Espíritu (Iglesia del Espíritu Santo que transparenta y hace posible la comunión con Dios y de los hombres entre sí). Desde estos presupuestos teológicos y eclesiales podemos afirmar que la Iglesia particular es un verdadero misterio de comunión para la misión, conformada a imagen de la Trinidad.

Nuestra Iglesia particular de Zaragoza es un evento de salvación, que acontece en un tiempo y espacio determinados.

Una primera definición de Iglesia Diocesana, tomada del Decreto del Concilio Vaticano II Christus Dominus 11, que recoge también el Código de Derecho Canónico (cc.368-369), es la siguiente: “Una porción del Pueblo de Dios, que se confía al Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de modo que, adherida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular en la que verdaderamente se encuentra y opera la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica (ChD 11; cfr. CIC, cc 368-369).

Nuestra Iglesia Diocesana es verdadera Iglesia. En ella opera, se encuentra y se hace presente en un contexto concreto la única Iglesia de Cristo: es un misterio de comunión para la misión; una, santa, católica y apostólica para promover y vivir la unidad, la santidad y la universalidad de la misión en sus miembros e instituciones, en la sucesión de los Apóstoles.

La Iglesia Diocesana de Zaragoza es la comunidad de los cristianos, que vivimos en el territorio de Aragón: Arzobispo, sacerdotes, laicos y miembros de vida consagrada; una comunidad, que peregrina y crece en la fe, en la que se debe vivir y a la que se debe servir. A su vez, la Iglesia Diocesana es una gran comunidad de comunidades, que integra en su comunión y misión las Parroquias y los Arciprestazgos, las Unidades Pastorales y los Vicarías Territoriales, las comunidades de vida consagrada y otras comunidades eclesiales, los movimientos y las asociaciones.

Al Obispo diocesano le está confiada la comunidad Diocesana como su Pastor con la cooperación de los presbíteros. Ninguna palabra define mejor la misión del Obispo diocesano como la de Pastor; como Jesucristo, a quien representa en la Diócesis como su cabeza y en cuyo nombre actúa, el Obispo es quien debe reunir a su rebaño, alimentarlo, conducirlo, buscar la oveja perdida, dar la vida por los suyos. El es Maestro, Sacerdote y Pastor de la comunidad diocesana (cfr. LG 21; 25-27; ChD 8; 11).

El Obispo es quien garantiza la comunión en la Iglesia particular y la comunión de ésta con la Iglesia universal. El es Obispo de su Diócesis, pero junto con los demás Obispos de todo el mundo, presididos por el Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal. El Obispo es pues “signo y agente de comunión”: el que manifiesta y alienta esa unidad y comunión dentro de la Diócesis e integra a la Iglesia Diocesana en la Iglesia universal.

La Iglesia Diocesana se nutre de la Palabra y de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, centro y cima de toda comunidad eclesial, para el cumplimiento de la misión.

La Iglesia particular en la que vive y se manifiesta la única Iglesia es, teológicamente hablando, un profundo misterio de comunión para la misión. ¿Qué significan estas tres realidades: misterio, comunión y misión? Pasamos a desarrollarlas brevemente.

3.1. La Iglesia es misterio.

Insistimos en que la Iglesia Diocesana, reflejo de la universal, y donde vive y se expresa la universal, es misterio de comunión para la misión.[5]

Que la Iglesia es misterio significa que “es una realidad últimamente penetrada por la divina presencia, y por ello es de tal naturaleza que admite siempre nuevas y más profundas investigaciones…El misterio de la Iglesia no es un mero objeto de conocimiento teológico, sino un hecho vivido”.[6] 

La Iglesia particular encarna sacramentalmente el misterio de la única Iglesia y ésta, a partir de su origen trinitario, se organiza en torno a la comunión y a la misión. Uno y otro elemento, en indisoluble interacción, modelan trinitariamente a cada Iglesia Diocesana y sustentan toda su eclesialidad.

La Iglesia es una realidad profunda y mística de comunión y misión al mismo tiempo (cfr. LG 1-13).  Es la acción salvífica de Dios  en el mundo que hace nuevas todas las cosas, creando fraternidad. Comunión y misión constituyen los dos aspectos fundamentales del misterio de la Iglesia. Se sostienen o caen juntos. Considerar sólo la comunión es arriesgarse al “ghetto”, al grupo cerrado, a la secta. Quedarse sólo con la misión sería reducir la Iglesia a acciones humanas y técnicas pastorales.

3.2. La Iglesia es comunión.

El concepto de comunión (koinonía), ya puesto de relieve en los textos del Concilio Vaticano II (LG 4, 8, 13-15, 118, 21, 24-25; DV 10; GS 32; UR 2-4;14-15, 17-19, 22), es muy adecuado para expresar el núcleo profundo del misterio de la Iglesia y, ciertamente, puede ser una clave de lectura para una renovada eclesiología católica.

El concepto de comunión está en el corazón del autoconocimiento de la Iglesia, en cuanto misterio de la unión personal de cada hombre con la Trinidad y con los otros hombres, iniciada por la fe y orientada a la plenitud escatológica en la Iglesia celeste, aun siendo ya una realidad incoada en la Iglesia sobre la tierra (Cfr. Fil 3, 20-21; Col 3, 1- 4; LG 48).

Para que el concepto de comunión, que no es unívoco, pueda servir como clave interpretativa de la Eclesiología, debe ser entendido dentro de la enseñanza bíblica y de la tradición patrística, en las cuales la comunión implica siempre una doble dimensión: vertical (comunión con Dios) y horizontal (comunión entre los hombres).

3.2.1. Comunión con Dios Uno y Trino.

La comunión con Dios Trino significa comunión con Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo.

La comunión con el Padre es respuesta a la llamada que convoca a los “santos” a vivir la misma vida (cfr. Rom 1, 7) en el seno de la asamblea de los llamados. Comunión por el Hijo, para ser miembros de su Cuerpo (LG 50; GS 32), cuya expresión máxima es la Eucaristía, misterio pascual de Jesucristo (LG 7; AG 39; PC 15). Comunión con el Espíritu Santo. El es quien guía a la comunidad de los santos y convocados por el Padre, confirmados en el Hijo, hacia la plena comunión y unidad (cfr. Gál 5, 16-18; 1 Cor 12, 4-12; 2 Cor 13, 13). El Espíritu Santo, que vive en los creyentes y en la Iglesia, realiza aquella maravillosa comunión de los fieles y une tan íntimamente a todos en Cristo que es el principio de unidad en la Iglesia (cfr. UR 2). El Espíritu Santo es, para la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes, principio de asociación y de unidad en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en la oración (cfr. LG 13). El Espíritu Santo unifica, sin uniformidades, y regala diversos dones jerárquicos y carismáticos (cfr. LG 4; AG 4).

3.2.2. Comunión con los hermanos.

Pero el misterio de la comunión no es sólo con el Dios Trino, sino, como hemos afirmado anteriormente, con los hermanos, porque la comunión se hace fraternidad desde la participación en la vida teologal de Dios, sabiendo que esa misma fraternidad es al mismo tiempo don y tarea. Esta comunión con los hombres ofrece, al menos, estas características: comunidad, pluralidad en la unidad, libertad de los hijos de Dios, reciprocidad, participación y corresponsabilidad mutuas. Rasgos o notas, todos ellos, que hacen posible la experiencia eclesial y se articulan y se expresan en dicha experiencia.

La comunión con el Señor es la fuente y el dinamismo para la comunión con nuestros hermanos. Jesús nos ha prometido estar en medio de nosotros (cfr. Mt 18, 19-20), vivificando, guiando, enseñando, consolando, obrando como Buen Pastor. Nos ha pedido vivir el amor a Dios y al prójimo como el mandamiento principal, vivirlo en comunidad. Con la presencia y amistad de Jesús podemos conocernos, amarnos y servirnos los unos a los otros como expresión de la comunión y del amor de Dios. Alimentos decisivos para la vida en comunión con los hermanos son compartir la Palabra, la fraternidad y el servicio, con amor a la Iglesia. Estamos llamados a amar a la Iglesia como la ama Jesús. Este amor lo expresamos en la comunión fraterna que vivimos con los demás y a través de la cual realizamos la misión.

Esta comunión fraterna en la Diócesis hay que vivirla en comunidades vivas y evangelizadoras. O sea, reunidos en el nombre del Señor, amándonos, sirviéndonos; en Iglesia, compartiendo la fe y todo lo que tiene que ver con la fe; evangelizándonos y evangelizando. Comunidades vivas, que vivan en el  Señor, que crezcan por la fuerza del Espíritu Santo y que hagan crecer a los demás comunicando la fe: comunidades en conversión pastoral y en salida misionera.

4. Relación entre Iglesia universal e Iglesia particular.

El tema de la Iglesia como misterio de comunión adquiere una singular importancia en la relación entre Iglesia universal e Iglesia particular. Son principalmente dos los textos básicos en los que el Concilio Vaticano II se ocupa expresamente de ese binomio: en LG 23 y en ChD 11.

Sobre esta relación hay una interesante Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe.[7] La misma Congregación para la Doctrina de la Fe dedica el número 21 de la Carta Iuvenescit Ecclesia para tratar la relación esencial y constitutiva entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, cuando habla de los dones carismáticos en la Iglesia universal y particular.[8]

La Iglesia de Cristo, que en el símbolo de la fe confesamos una, santa, católica y apostólica, es la Iglesia universal, es decir, la universal comunidad de los discípulos del Señor, que se hace presente y operativa en la particularidad y diversidad de personas, grupos, tiempos y lugares. Entre estas múltiples expresiones particulares de la presencia salvífica de la única Iglesia de Cristo, desde la época apostólica se encuentran aquellas que en sí mismas son Iglesias (cfr. Hc 8, 1; 11, 22; 1 Cor 1, 2; 16, 19; Gál 1, 22; Apoc 2, 18), porque aun siendo particulares, en ellas se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales. Están, por eso, constituidas “a imagen de la Iglesia universal” (LG 23; AG 20), y cada una de ellas es “una porción del Pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio “(ChD 11).

La Iglesia universal es, pues, el Cuerpo de las Iglesias  (LG 23 b), por lo que se puede aplicar de manera analógica el concepto de comunión también a la unión entre las Iglesias particulares y entender la Iglesia universal como comunión de Iglesias. A veces, sin embargo, la idea de “comunión de Iglesias particulares”, es presentada de modo tal que se debilita la concepción de la unidad de la Iglesia en el plano visible e institucional. Se llega así a afirmar que cada Iglesia particular es un sujeto en sí mismo completo, y que la Iglesia universal resulta del reconocimiento recíproco de las Iglesias particulares. Esta unilateralidad eclesiológica, reductiva no sólo del concepto de Iglesia universal sino también del de Iglesia particular, manifiesta una insuficiente comprensión del concepto de comunión. Como la misma historia demuestra, cuando una Iglesia particular ha intentado alcanzar una propia autosuficiencia, debilitando su real comunión con la Iglesia universal y con su centro vital y visible, ha venido también a menos su unidad interna y, además, se ha visto en peligro de perder la propia libertad ante las más diversas fuerzas de sometimiento y explotación.[9]

Para entender el verdadero sentido de la aplicación analógica del término comunión al conjunto de las Iglesias particulares, es necesario ante todo tener presente que éstas, en cuanto “partes que son de la Iglesia única de Cristo, tienen con el todo, es decir, con la Iglesia universal, una peculiar relación de “mutua interioridad”. La Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares, ni como una federación de Iglesias particulares. No es el resultado de la comunión de las Iglesias, sino que, en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular.

En efecto, ontológicamente, la Iglesia-misterio, la una y única según los Santos Padres precede a la creación de las Iglesias particulares (cfr. Clemente Romano y Pastor de Hermas) y da a luz a las Iglesias particulares como hijas, se expresa en ellas, es madre y no producto de las Iglesias particulares. De otra parte, temporalmente, la Iglesia se manifiesta el día de Pentecostés en la comunidad de los ciento veinte reunidos en torno a María y a los doce Apóstoles, representantes de la única Iglesia y futuros fundadores de las Iglesias locales, que tiene una misión orientada al mundo; ya entonces la Iglesia habla todas las lenguas (cfr. Hc 2, 1 ss). De ella, originada y manifestada universal, tomaron origen las diversas Iglesias locales, como realizaciones particulares de esa una y única Iglesia de Jesucristo. Naciendo en y a partir de la Iglesia universal, en ella y de ella tienen su propia eclesialidad. Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre Iglesia universal e Iglesia particular, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana.

Cada fiel, mediante la fe y el bautismo, es incorporado a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. No se pertenece a la Iglesia universal de modo mediato, a través de la pertenencia a una Iglesia particular, sino de modo inmediato, aunque el ingreso y la vida en la Iglesia universal se realizan necesariamente en una Iglesia particular. Desde la perspectiva de la Iglesia considerada como comunión, la universal comunión de los fieles y la comunión de las Iglesias no son, pues, la una consecuencia de la otra, sino que constituyen la misma realidad desde perspectivas diversas.

Además, la pertenencia a una Iglesia particular no está nunca en contradicción con la realidad de que en la Iglesia nadie es extranjero (Gál 3, 28): especialmente en la celebración de la Eucaristía, todo fiel se encuentra en su Iglesia, en la Iglesia de Cristo, pertenezca o no, desde el punto de vista canónico, a la Diócesis, parroquia y otra comunidad particular donde tiene lugar tal celebración. En este sentido, permaneciendo firmes las necesarias determinaciones de dependencia jurídica, quien pertenece a una Iglesia particular pertenece a todas las Iglesias; ya que la pertenencia a la Comunión, como pertenencia a la Iglesia, nunca es sólo particular, sino que por su misma naturaleza es siempre universal.

5. La Iglesia es misión.

La Iglesia es también misión. La misión es una proyección de la comunión. Se ejercita desde, en y para la comunión. Es una misión comunional. Una misión que tiene su origen en el proyecto trinitario de la historia de la salvación, desde la creación y la elección del pueblo, hasta la misión de Jesús y la conciencia misionera de la Iglesia apostólica. La misión, pues, encierra un significado trinitario y teologal. Nace de la caridad del Padre (RM 5), actualiza en cada momento de la historia la misión de Jesús, el Hijo de Dios (LG 13; AG 5; RM 20 y 24) y se hace posible por el Espíritu Santo (RM 21-30).

La misión es, además de don, una tarea histórica, en un espacio y en un tiempo, como servicio (diakonía) de la caridad y diálogo interreligioso e intercultural. Las mediaciones de la misión son el anuncio (que incluye el kerigma, la doxología y la confesión de fe), unido al compromiso transformador y al testimonio martirial. Los destinatarios, son todos los hombres y todo el hombre. El fin último es la glorificación y el culto a Dios, haciendo que El sea todo en todos. En otras palabras, se trata de hacer realidad el señorío de Cristo, su Reinado.

La Iglesia es enviada a todas las gentes (cfr. Mt 18, 20; 28, 19-20). Todo el pueblo participa, en el Espíritu Santo, de la triple misión: sacerdotal, profética y real de Cristo. La comunión es la fuente y al mismo tiempo el fruto de la misión. Esta misión es universal y compromete la evangelización y la promoción humana. La evangelización es la profunda vocación de la Iglesia. La Iglesia existe para evangelizar (EN 14). Y el hombre, todo el hombre, es el camino fundamental de la Iglesia (cfr. RH 14). El diálogo con la sociedad y su transformación, aunque no sea exclusivo, es una obligación propia de los fieles laicos.

No olvidemos que es una Iglesia peregrina hacia el Reino definitivo, acompañada de la maternidad de María y de la comunión de los santos. La Iglesia, peregrina y triunfante, no vive sólo en el tiempo. En algunos de sus miembros, ella se está purificando o ya vive la gloria de Cristo. En María, particularmente, el pueblo peregrino ve la imagen escatológica de Esposa del Cordero, en cuyo seno virginal los hombres son generados por el Padre por medio del Espíritu Santo.

La Iglesia universal  y la Iglesia particular son un mismo misterio de unidad en la multiplicidad. El misterio de la Iglesia comunión y misión se realiza en la Iglesia universal y en la Iglesia particular. La comunión entre las Iglesias particulares en la única Iglesia universal radica en la misma fe y bautismo común, y, sobre todo, en la Eucaristía y en el Episcopado. La multiplicidad de Iglesias particulares, basadas en la única unidad de ser Iglesia de Cristo, expresa la verdadera catolicidad de la Iglesia y el dinamismo de su vida de comunión.

6. La Catedral en la Iglesia particular. Singularidad de la Diócesis de Zaragoza.

La Catedral es la sede del Obispo. La Catedral es una realidad mistérica, que hay que verla a la luz de la Teología de la Iglesia particular y del ministerio del Obispo. El Concilio Vaticano II, en el decreto Christus Dominus, al describir el oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia, enseña que por su ministerio, al predicar el Evangelio y al celebrar la Eucaristía, el Espíritu Santo congrega en unidad a la Iglesia particular (cfr. ChD 11).

El ministerio del Obispo hace la Iglesia desde la cátedra y el altar, que están radicados simbólica y realmente en la Catedral.

La cátedra es un elemento definitorio de la Catedral. La Iglesia católica y apostólica no existe sin la cátedra episcopal, es decir, sin la presencia de la sucesión apostólica que asegure el testimonio del Evangelio con la autoridad de su interpretación auténtica; como no existe la comunión eclesial sin el altar para reunir al Pueblo de Dios en la celebración del memorial del Señor Jesús Muerto y Resucitado. La cátedra que está en el templo, adquiere su significación en la Iglesia de la fe, y a la vez, el Obispo que está sentado en la cátedra es el garante de la fe de la Iglesia. La cátedra, pues, tiene una función capital en la inserción del Obispo en el corazón mismo de la apostolicidad de la Iglesia.

El altar. En él se concentra la mediación jerárquica y la mediación sacramental, que son las dos mediaciones que estructuran la comunión entre Dios y los hombres. Participar del altar donde celebra el Obispo, concelebrar con él en su altar, es la forma más expresiva de reafirmar y confirmar la comunión eclesial.

La cátedra y el altar, por tanto, no interesan tanto como objetos y lugares cuanto como signos y símbolos. Desde esta breve reflexión teológica, y si hablamos de la Iglesia en términos de simbolismo sacramental y no desde categorías de sociología, habremos de concluir que la Catedral es el centro de la realidad sobrenatural de la Diócesis, mediante la predicación del Evangelio y la celebración de la Eucaristía.

Zaragoza goza del privilegio de tener dos Catedrales: La Seo y El Pilar. El Papa Clemente X, mediante la Bula de Unión In apostolicae dignitatis  (11 de febrero de 1675, aunque no se ejecutó hasta el año siguiente 1676) unía las iglesias de La Seo y del Pilar, convirtiéndolas en una sola Iglesia Metropolitana, y un solo Cabildo. La cláusula final es muy precisa. “De aquí en adelante, la iglesia de Santa María y la del Salvador, aunque subsistan realmente como dos iglesias materiales, constituyen una sola e idéntica Iglesia Catedral Metropolitana de Zaragoza, y sus dignidades y canónigos forman un solo e idéntico Cabildo”.

Desde que se ejecutó la bula, el Cabildo tiene un solo escudo de armas: un Agnus Dei (primitivo escudo del Cabildo de la Seo), sobre el que va, cruzándolo verticalmente, una Columna (primitivo escudo del Pilar).

III. IGLESIA AL SERVICIO DE NUESTRO PUEBLO

Nuestra Iglesia particular de Zaragoza, en fidelidad a Jesucristo y en respuesta a las necesidades pastorales de nuestra Diócesis, ha venido recorriendo desde hace años un largo camino de trabajo pastoral orgánico, para realizar la misión evangelizadora al servicio de nuestro pueblo.

Por eso, hemos considerado necesario elaborar un Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020, con el lema Id y anunciad el Evangelio (Mc 16, 15), después de consultar al pueblo de Dios. Es el fruto de un proceso de oración, reflexión y diálogo en las parroquias, arciprestazgos, vicarías, delegaciones episcopales, asociaciones y movimientos laicales, comunidades religiosas, otros grupos y personas individuales. Ha sido un camino comunitario y de sinodalidad caminando juntos.

El nuevo Plan está en sintonía y comunión con el momento que vive el mundo y la Iglesia, guiada por el Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, el Papa Francisco.

El Papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, espera, precisamente por el carácter programático de esta Exhortación Apostólica, “que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una simple “administración” (EG 25).

El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una perenne reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: “Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad” (Concilio Vaticano II, Decreto sobre el Ecumenismo, Unitatis Redintegratio 6).

El Beato Pablo VI, en su Exhortación Apostólica, Evangelii Nuntiandi, afirmaba que “la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia […] Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (EN 14).

Ahora el Papa Francisco nos vuelve a insistir con especial fuerza y con sus gestos proféticos en la “conversión pastoral”. Con palabras apremiantes nos exhorta a inaugurar “una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría” (EG 1).

Los Obispos de las Diócesis Aragonesas, en nuestros últimos encuentros junto con los vicarios generales y episcopales, hemos reflexionado también sobre la situación social, cultural y religiosa que vive nuestro pueblo de Aragón y sobre la necesidad de una renovación pastoral, personal y comunitaria de nuestras Diócesis. Esto nos exige constituirnos en “estado permanente de misión” (cfr. EG 25), como nos repite constantemente el Papa Francisco. En este horizonte hemos publicado una Carta Pastoral titulada, Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo de Aragón. Las Unidades Pastorales: instrumentos de comunión para la misión (Zaragoza, 10 de febrero de 2016).

En nuestra Diócesis de Zaragoza, cada año elaboramos una Programación que desarrolla el Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020, con la idea clave de que uno y otra sean un instrumento al servicio de la misión evangelizadora de nuestra Diócesis.

Como el principal agente evangelizador es el Espíritu Santo, él nos facilita en este curso 2017-2018 un nuevo impulso para trabajar y caminar unidos en un mismo horizonte, coordinando y compartiendo criterios, planteamientos y acciones en la Diócesis, con una reestructuración de las Delegaciones Episcopales y con la puesta en marcha de las Unidades Pastorales.

1. Una Iglesia Diocesana de “puertas abiertas”.

Nuestra Programación para este curso pastoral insiste en edificar una Iglesia de “puertas abiertas”: acogedora, comunitaria, sencilla. En el texto de la Programación (páginas 13 y 14) decimos que la renovación pastoral y estructural de nuestra Diócesis exige de todos nosotros lo que se ha llamado “un coraje nuevo de ser Iglesia”, Iglesia al estilo de Jesús, fiel a su propia identidad y vocación, fiel al Evangelio.

Con la mirada puesta en el Evangelio, Evangelii Gaudium habla de una Iglesia centrada en Jesucristo, una Iglesia en salida”, obediente al mandato misionero: “Id y anunciad”, “Id, sin miedo, a servir”…, una Iglesia no autorreferencial, con las puertas abiertas, incluso físicamente hablando. Esto tiene un doble sentido. En primer lugar, abrir las puertas nos permite salir de nosotros mismos, salir a la calle, sin miedo a accidentarnos, al estilo de Jesús, donde se juega la vida de la gente (cfr. EG 49). Nos permite estar en las periferias, cerca de la gente, de los pobres, de los que sufren, de los alejados, de los jóvenes… Nos permite dialogar con la cultura, con la sociedad, evangelizar nuestra cultura para encarnar mejor el Evangelio.

Pero, de la misma manera que las puertas de la Iglesia están abiertas para salir, lo están también para acoger e invitar a entrar, a todos, sin exclusión. La Iglesia es madre de corazón abierto, casa paterna donde todos tienen sitio, con su vida a cuestas. En su seno espera la comunidad y, con ella, el gran abrazo del Padre.

2. Las Unidades Pastorales: instrumentos de comunión para la misión.

Otro foco de interés en el que estamos insistiendo en este curso pastoral es la puesta en marcha del “mapa” de las Unidades Pastorales, que acabamos de aprobar. Las Unidades Pastorales son un desafío al modo de evangelizar. Son una estructura pastoral para realizar la misión evangelizadora en nuestras comunidades. En este campo la tarea requiere audacia y creatividad. El Papa Francisco nos dice que “la pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así”. Nos invita a todos “a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” (EG 33).

El trabajo realizado durante el curso pasado nos ha ayudado a familiarizarnos con lo que suponen estas nuevas estructuras pastorales. Con fecha 30 de junio de 2017, como Arzobispo he aprobado ad experimentum por tres años el “mapa” inicial de las Unidades Pastorales, después de haberlo valorado con los diferentes órganos consultivos de la Diócesis. En su puesta en marcha, decimos en la página 32 de la Programación Pastoral 2017-2018, juegan a nuestro favor las experiencias en los diferentes arciprestazgos y vicarías de colaboración recíproca y trabajo en común y en red. Y en contra, miedos y resistencias personales y comunitarias que nos inducen a quedarnos como estamos. Ello equivaldría a enterrar el talento que se nos ha confiado (cfr. Mt 25, 18; Lc 19, 20).

Por eso, sigue siendo necesario detenernos a orar, reflexionar, discernir y dialogar juntos sobre el proceso iniciado, los pasos que hay que dar, las dificultades y posibilidades, los miedos y resistencias. La configuración y puesta en marcha de las Unidades Pastorales es un proceso complejo, no exento de dificultades, en el que han de conjugarse la prudencia, el respeto y el diálogo con la responsabilidad, el coraje y la visión de futuro. Tal vez no se pueda pedir que todos avancemos al mismo ritmo, pero sí, unidos y en una misma dirección, cuidando de que nadie se quede ni se sienta descartado o excluido, como decimos los Obispos de las Diócesis Aragonesas en la carta citada (cfr. IMSPA 6). Con todo, como nos recuerda el Papa Francisco en su primera Encíclica Lumen Fidei, el camino se ilumina siempre a la par que caminamos. Si nos detenemos, si no damos un primer paso, sólo veremos oscuridad. Todo se resume en confiar.

Conclusión

Para concluir nuestra carta pastoral, nada mejor que recordar la condición de igualdad de todos los miembros del Pueblo de Dios (sacerdotal, profético y real), a los que corresponde, por derecho y deber derivados del Bautismo, y según la condición de cada uno, la tarea de edificar la Iglesia. Cada cristiano (por encima de su adhesión a congregaciones, asociaciones, grupos, movimientos, comunidades) pertenece a la Iglesia, al único Cuerpo de Cristo, y, como hace el propio Cristo, ha de amar a la Iglesia y entregarse a sí mismo por ella, para que sea resplandeciente, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada (cfr. Ef 5, 25).

Este amor y entrega a la Iglesia no es un simple sentimiento espiritual o afecto místico a una presunta “Iglesia invisible”; más bien, cada cristiano debe amar y entregarse de modo efectivo, hasta dar la vida, para la edificación de la concreta y visible Iglesia Diocesana, en la cual y por la cual él mismo pertenece al único Cuerpo de Cristo, porque es en ella donde verdaderamente subsiste y actúa la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

Hablar de Iglesia Diocesana no es hablar de algo abstracto o teórico, sino de algo concreto y comprometido, porque es nuestra casa y nuestra familia, en ella descubrimos y vivimos nuestra identidad y misión cristianas. Sin la Diócesis se pierde la referencia a la Iglesia del Señor. Lo diocesano es algo que nos pertenece y nos afecta.

Deseo y espero que el acontecimiento del VII Centenario de nuestra Archidiócesis de Zaragoza sea una ocasión privilegiada para dar gracias a Dios por el don y misterio de nuestra Iglesia Diocesana de Zaragoza, por pertenecer gozosamente a ella y por ser humildes trabajadores en la viña del Señor.

Que nos guíen en nuestro camino eclesial nuestro Patrono, San Valero y demás santos y beatos de nuestra Diócesis, y que nos acompañe siempre la protección maternal de la Virgen María, en la secular advocación del Pilar, tan querida y venerada en nuestra tierra y en nuestro pueblo de Zaragoza y Aragón.

Zaragoza, 2 de enero de 2018.
Conmemoración de la venida
de Nuestra Señora del Pilar

jimenezzamora_firma

 


[1] PABLO VI, Homilía en el XVIII Congreso Eucarístico Italiano, Revista Ecclesia 32 [1972] 1401.

[2] http:/www.archizaragoza.org. Pueden consultarse también las notas introductorias de las Misas propias de la Diócesis de Zaragoza 1999.

[3] Documento de la Conferencia Episcopal Española, Testigos del Dios vivo  39.

[4] PABLO VI, La Eucaristía, vínculo de unión y centro de la Iglesia local y universal, Revista Ecclesia 32 [1972] 1400.

[5] Cfr. G. PHILIPS, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II. Historia, texto y comentario de la constitución “Lumen Gentium”, Herder, Barcelona 1968; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica, “Christifideles Laici”, Editrice Vaticana, Cittá del Vaticano 1988.

[6] PABLO VI, Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II (29.09.1963: AAS 55 [1963] 848. Cfr. Sobre este tema, R. Blázquez, La Iglesia del Vaticano II, Sígueme, Salamanca 1988, 27-54.

[7] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión, [Communionis notio], Ciudad del Vaticano 1992. Al frente de la Congregación estaba entonces el Cardenal Ratzinger. De esta cara extracto algunos puntos.

[8] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta “Iuvenescit Ecclesia” a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la relación entre los dones jerárquicos y carismáticos para la vida y misión de la Iglesia, Ciudad del Vaticano 2016.

[9] Cfr. PABLO VI, Exhortación Apostólica, Evangelii Nuntiandi 54 y 55.

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