Santa Misa de despedida y acción de gracias

Homilía de
Mons. D. JOAQUÍN Mº LÓPEZ DE ANDUJAR Y CÁNOVAS DEL CASTILLO
Administrador apostólico de Getafe

lopezandujarloquehevividogetafe

S.I. Catedral Santa María Magdalena, Getafe
Sábado 10 de febrero de 2018

LA VIRGEN MARÍA, IMAGEN Y MADRE DE LA IGLESIA

Muy querido señor cardenal arzobispo de Madrid, D. Carlos; querido obispo auxiliar de Getafe D. José; y a la alcaldesa de Getafe y los alcaldes de diversas localidades, también a las autoridades. Queridos sacerdotes; queridos seminaristas; queridos consagrados y consagradas; queridas familias; muy queridos amigos y hermanos todos.

Os agradezco de todo corazón que hayáis querido estar conmigo en esta Misa de Acción de Gracias a Dios por los muchos años que me ha concedido el Señor estar con vosotros en esta queridísima Diócesis de Getafe, a la que, de la mano de mi antecesor, D. Francisco José Pérez y Fernández-Golfín, como Vicario General, he visto nacer y a la que después como obispo auxiliar y más tarde como obispo diocesano a lo largo de veintiséis años, ha visto crecer y desarrollarse.

Quiero vivir con vosotros esta Misa de Acción de Gracias, poniendo la mirada en la Virgen María, Imagen y Madre de la Iglesia, porque contemplando a María, contemplo la Iglesia y contemplando la Iglesia, contemplo la Diócesis y me contemplo a mí mismo, en medio de ella, recibiendo el tesoro más grande, que llena mi vida, que es Jesucristo, la perla preciosa que siempre ha cautivado mi corazón y contemplo también la misión que, de una manera claramente inmerecida, el Señor que me ha confiado durante tantos años, como sacerdote y como obispo; y os contemplo a todos vosotros, hijos de la Iglesia, con los que tanto he gozado, con los que también he sufrido y con los que siempre me he sentido como en una gran familia.

Os tengo a todos muy dentro del alma, por lo mucho que he recibido de vosotros, y lo mucho que he aprendido, por vuestra paciencia y benevolencia conmigo, por los muchos ejemplos de santidad que he recibido de vosotros y los muchos detalles de ternura y de afecto con que me tratáis

En el Prefacio de esta Misa, dedicada a la Virgen, diremos, al comenzar la plegaria Eucarística:

“Te damos gracias Señor, porque por tu inmensa bondad, has dado a tu Iglesia Virgen, como modelo del verdadero culto, a la Virgen María.

l.- Virgen oyente, que escucha con gozo tus palabras y las medita en silencio en lo hondo de su corazón.

2.- Virgen orante, que ensalza tu misericordia con su cántico de alabanza, intercede solícita por los novios de Caná y está unida a sus apóstoles en su oración.

3.- Virgen fecunda, que  concibe al Hijo por obra del Espíritu Santo y, junto a la cruz, es proclamada madre de la nueva Alianza.

4.- Virgen oferente, que te presenta en el templo a su Hijo Primogénito y, al pie del árbol de la vida, se une a la ofrenda de su vida.

5.- Virgen vigilante, que espera sin vacilar la resurrección de su Hijo y aguarda fielmente la efusión del Espíritu Santo”.

Estas cualidades de la Virgen María, puedo decir con inmensa gratitud que yo las he vivido en esta Iglesia diocesana de Getafe. He vivido en estos años el Misterio de una Iglesia oyente de la Palabra, orante, fecunda, oferente y vigilante.

1. He vivido, en primer lugar, el Misterio de una Iglesia oyente de la Palabra. A pesar de lo que muchos puedan decir sobre la crisis espiritual de Occidente, yo me asombro, cada día, descubriendo las muchas personas, que como la tierra buena de la parábola del sembrador, escuchan la Palabra, la guardan en su corazón y hacen que fructifique en ellos de forma sorprendente.

Hay mucho deseo de Dios, hay mucha hambre de verdad, hay mucho anhelo de formarse y de conocer la verdad. Hay mucha gente buena y honrada que, en su trabajo, en su familia, con su espíritu servicial, silenciosamente, guiados por la luz de la Palabra divina hacen un bien inmenso a los demás. Yo lo he visto y lo he gozado. Y doy gracias a Dios por ello.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no deja de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no deja de buscar” (n.27). Esta búsqueda de Dios yo la he visto en muchas personas y puedo decir que es verdad.

Esta atracción de Dios la he sentido en mí mismo y la he compartido con muchas personas especialmente en esos momentos de la vida, delicados y difíciles, en los necesariamente uno se pregunta  dónde está y para qué vive. El hombre, antes o después, se plantea el interrogante sobre qué es la verdad y qué es el bien y le surge la pregunta sobre algo distinto de sí mismo, que el hombre no puede construir, pero que está llamado a reconocer.

Es un “algo” que, en cierta manera, le hace salir de sí mismo y le empuja a buscar una respuesta que sacie sus deseos más hondos de bien y de verdad.

Este deseo hondo del corazón, buscando el bien y la verdad y, en definitiva, buscando a Dios, yo he visto, a lo largo de estos años y en mi trato diario con personas muy diversas, como se convertía en muchos en una auténtica peregrinación espiritual, en un camino permanente, en un salir del yo cerrado de sí mismo, hacia el reencuentro consigo mismo y, en última instancia hacia el descubrimiento de Dios.

Y es que el hombre, todo hombre lleva en su corazón un deseo profundo de amar y de ser amado y ni siquiera la persona amada es capaz de saciar este deseo que lleva en el corazón. Yo he visto cómo cuanto más auténtico es el amor por el otro, más deja que se entreabra el interrogante sobre su origen y su destino y sobre el modo de encontrar un amor que dure para siempre.

2. En segundo lugar he vivido el misterio de una Iglesia orante. Tengo grabado en el corazón aquel momento de la Vigilia de oración en Cuatro Vientos, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid, estando el Santísimo expuesto en la magnífica custodia de la procesión del Corpus de Toledo, después de una fuerte tormenta que hizo tambalear la estructura del monumento levantado para este acontecimiento, estando el Papa Benedicto de rodillas, postrado ante el Señor y, junto a él, cientos de obispos, miles de sacerdotes, y de consagrados y cerca de dos millones de jóvenes se hizo un impresionante silencio.

Era un silencio orante, un silencio de adoración. El silencio de una Iglesia joven reconociendo la presencia de Jesús, que permanentemente nos muestra en este sacramento de Amor el misterio de su vida entregada por nosotros en la cruz y se nos da como alimento de inmortalidad.

Y recuerdo, en un camino de Santiago, en una noche admirable, en Galicia, junto a la ría de Muros, después de una hora de adoración ante el Señor, expuesto, como en un singular altar, en un hórreo ornamental iluminado por un potente foco, que uno de los seiscientos jóvenes de la Diócesis que allí estaban, me decía: ha venido conmigo, solo por amistad y curiosidad,  un amigo del Instituto, que en su vida ha pisado la Iglesia y muy conmovido me ha dicho, “después de ver esto empiezo a pensar que eso de que Dios existe puede ser verdad”. Fue el comienzo de uno de los muchos caminos de conversión de los que he sido testigo en estos años.

Dice el apóstol Pablo que “nadie puede decir: “Jesús es el Señor”,  si no es por la acción del Espíritu Santo”. Y el Espíritu Santo está en la Iglesia, es el alma de la Iglesia y sigue tocando muchos corazones. Vivimos momentos en los que hay que ir a lo esencial. Lo que no es esencial, aunque pueda deslumbrar al principio,          pronto se desvanece. Y lo esencial es que Dios existe, Dios es,  y Él es la fuente de la verdad, de la belleza, del amor y de la vida. Y Él ha querido mostrarnos su Rostro en Jesucristo. Él es el Señor, el único Señor.

He vivido muchos momentos de adoración silenciosa con familias, con niños, y con toda clase de gente, en las capillas de la adoración perpetua, en las parroquias, en los conventos  de clausura y, en estos dos últimos cursos, todos los segundos viernes de mes, con los jóvenes en la catedral.

Ayer estuve con ellos, a las diez de la noche, y, a pesar de la inclemencia del  tiempo, la catedral estaba llena. ¿Quién dice que los jóvenes no quieren saber nada de Dios? Eso es falso. Los jóvenes buscan a Dios y cuando lo encuentran en Jesucristo y en la Iglesia le siguen y algunos, de una manera radical en el sacerdocio y en la vida consagrada.

Doy muchas gracias a Dios por los seminaristas. He vivido con ellos en el Seminario y estoy seguro de que ellos, siendo fieles a la llamada que un día escucharon, serán un fermento de savia nueva, que hará a la Iglesia permanentemente joven.

3. En tercer lugar he vivido el misterio de una Iglesia fecunda. Me ha impresionado siempre mucho y he pasado ratos muy felices, en mis visitas pastorales, en el trato con los niños. Los niños van felices a la Iglesia. Y van felices porque allí se ven muy queridos. En los catequistas encuentran mucho amor. Esta multitud de catequistas, que tenemos en la Diócesis, que constituyen un verdadero tesoro, son la viva imagen de una Iglesia Madre, que sigue engendrando hijos para Cristo.

Es verdad que, después de la primera Comunión muchos niños  se van. Pero esa semilla de la fe que recibieron en su Bautismo y que fue alimentada, siendo niños en la catequesis, algún día, de manera desconocida, para nosotros dará su fruto.

He visto continuamente la maternidad fecunda de la Iglesia en muchos momentos. Primero en mí mismo. La Iglesia ha sido madre para mí desde el momento mismo de nacer, en el cuidado lleno de ternura de mis padres, que no sólo me dieron   la vida,  sino también la fe, en el acompañamiento de muchas personas, profesores, catequistas, testigos de Jesucristo, que me enseñaron a amarle y en la guía espiritual, de gente admirable, en mis años de seminario, de vida sacerdotal y de ministerio episcopal. Nunca he estado sólo. Siempre he sentido a la Iglesia  madre, junto a mí, mostrándome a  esús, perdonando mis pecados, iluminándome con su Palabra y fortaleciéndome, en los sacramentos, con la gracia del Espíritu Santo.

Y he visto la maternidad fecunda de la Iglesia en la vida de nuestra Diócesis. He visto a una Iglesia madre cuidando a sus hijos. La he visto consolando y alentando con la esperanza de la vida eterna a los que estaban tristes por la pérdida de un ser querido, ayudando a los padres en la educación de sus hijos, visitando a los enfermos en sus casas y en los hospitales, estando presente en las cárceles, acompañando a los jóvenes en el descubrimiento de su vocación, bendiciendo el amor de los esposos. La Iglesia es madre atenta a lo que sucede en el mundo, abierta al diálogo con todos, ofreciendo el tesoro de su doctrina social como respuesta a los problemas que vive nuestro mundo.

Y he visto a la Iglesia, especialmente madre, atendiendo con particular delicadeza a los más desamparados, a los que no tienen lo necesario para vivir dignamente; a los que viven lejos de sus hogares, o a los que están pasado momentos difíciles, de soledad o de tristeza.

4.- En cuarto lugar, he visto a una Iglesia oferente, como María. Lo mismo que la Virgen ofrece a su Hijo en el Templo y, al pie de la cruz se une a la ofrenda de su vida, así la Iglesia, en el sacrificio eucarístico, se une también a Cristo, diariamente, y con él se ofrece y se entrega para que el mundo tenga vida.

Dios me ha concedido la gracia de haber celebrado la Eucaristía en todas las parroquias de la Diócesis y en todos los monasterios de clausura y en todos los colegios católicos.

He celebrado la Eucaristía con pequeños grupos y en grandes encuentros diocesanos; la he celebrado junto al Papa con  multitudes y la he celebrado en los lugares más humildes o solo en mi   capilla.

La he celebrado acompañando a los jóvenes en sus peregrinaciones o visitando a los niños en  sus campamentos de verano, o disfrutando de días de descanso con las familias en Tortosa. La Eucaristía ha llenado mi vida. Le doy gracias a Dios por este privilegio tan extraordinario.

En la Eucaristía, la Iglesia recoge el clamor de las criaturas, para presentarlo al Padre, unida al sacrificio de Cristo en la Cruz y a su  resurrección gloriosa.

“Tomad y comed esto es mi Cuerpo (…) Tomad y bebed esta es mi Sangre”. La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor,  alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la cruz anticipado sacramentalmente en la Última Cena. En el misterio de la cruz, que celebramos en la Eucaristía, el Hijo, en un acto de suprema obediencia al Padre, se entrega a nosotros por amor, para dar muerte al pecado y, de esta manera, abrirnos después con su resurrección las puertas de la vida.

Al celebrar la Eucaristía, al vivir de la Eucaristía, Dios me ha permitido de manera excepcional, entrar en este Misterio de la Redención, en este Misterio de la entrega del Hijo, en la cruz, por nosotros y por nuestra salvación, como decimos en el Credo.

La celebración de la Eucaristía me ha empujado constantemente, a pesar de mis debilidades y pecados, a darme y entregarme continuamente a los demás, como pan que se parte y se reparte para que los que el Señor quiso confiarme en esta Diócesis de Getafe se alimenten y tengan vida. La espiritualidad del sacerdote, debe ser y ¡ojala haya sucedido así en mi caso! una espiritualidad de entrega generosa a los demás. La vida del sacerdote sólo tiene sentido si se da a los demás, si vive para los demás, si sus preocupaciones y sus deseos más hondos, sus inquietudes y sus proyectos, su pensamientos, su oración, sus alegrías y sus sufrimientos los vive siempre, en el corazón de Cristo, pensando en los demás intentando acercarles al Misterio de Dios,  fuente de todo  Amor. Sé que he estado muy lejos de realizar esto plenamente, pero lo he intentado con toda mi alma y el Señor ha tenido misericordia de mí.

5. Y, finalmente, he visto en la Diócesis de Getafe, una Iglesia vigilante que como la Virgen María espera sin vacilar la resurrección de su Hijo y aguarda fielmente la efusión del Espíritu Santo. Y, en esta espera llena de fe, mira con atención lo que sucede en el mundo y está vigilante para que el mal, bajo apariencia de bien, no engañe a sus hijos.

Doy muchas gracias a Dios porque nuestras instituciones diocesanas encargadas de cuidar la transmisión de la fe y de la moral han sido siempre muy fieles al sentir de la Iglesia y, con actitud vigilante no han permitido que entraran en nuestra Iglesia “lobos con piel de oveja”. Doy gracias al secretariado de Catequesis, a las delegaciones de familia y de enseñanza, al Centro Diocesana de Teología y al Centro de Orientación familiar por su plena comunión con la Iglesia, por su fuerte sentido evangelizador y por su clara postura, sin ambigüedades, frente a ideologías, como la ideología de género, que niegan la verdad sobre Dios y sobre el hombre, destruyen la familia y siembran una cultura de muerte, negando el derecho a vivir de los no nacidos.

En el Evangelio hemos visto a María, pidiendo a Jesús que atendiera a aquellos novios en apuros. Y Jesús, escuchando a su Madre convierte el agua en vino. Pidamos a la Virgen que siga intercediendo por nosotros para que su Hijo, por medio de la Iglesia lleve la alegría  del vino nuevo de la salvación a todos los hombres. Muchas gracias a todos. Que Dios os bendiga. Desde mi retiro en la Aldehuela os llevaré a todos en mi corazón. Amen.

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