Que arda nuestro corazón

Carta de
Mons. D.  Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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Domingo 18 de febrero de 2018

Queridos diocesanos:

Sabemos por experiencia que nuestro corazón fácilmente se torna gélido y egoísta, porque tenemos una tendencia a mirarnos sólo a nosotros mismos, a buscar sólo nuestro bien, despreocupándonos de los demás. El profeta Ezequiel hablaba de corazones “de piedra” (36, 26); en el nuevo testamento se describen como corazones “fríos”, de hielo (Mt 24, 12). Son corazones carentes de vida, que se han vuelto insensibles ante los sufrimientos ajenos. Corazones rígidos e inmisericordes, que siempre condenan y son incapaces de amar. Corazones cómodos, que rehúyen todo lo que suponga esfuerzo y servicio. La Cuaresma es tiempo de purificar el corazón, de dejar que se renueve, para que nunca se apague el fuego del amor, para que arda siempre.

Un corazón de carne, un corazón que arde es, en primer lugar, un corazón que ve, es decir, que es sensible ante las necesidades de los demás. Con frecuencia caemos en la indiferencia, nos volvemos insensibles ante los gritos de los otros, nos acostumbramos a su sufrimiento. La cultura del bienestar -ha recordado el Papa- nos anestesia haciéndonos “incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos” (EG 54). Un corazón que arde en el amor sabe descubrir ese drama y no se olvida de los demás.

El corazón arde también cuando manifiesta a los demás cercanía y ternura. El corazón se hace grande cuando ama, cuando se entrega generosamente a los demás. Durante esta Cuaresma tengamos gestos, aunque sean pequeños, en los que mostremos a los demás que les queremos. Gestos de servicio a los demás, de amabilidad, de paciencia, de humildad, de confianza y de perdón. “Amar” es un verbo muy hermoso, que exige ser conjugado cada día y traducido en gestos concretos.

Finalmente, un corazón que arde es un corazón que se compromete, que no tiene miedo a complicarse la vida en el servicio a los demás, sobre todo a los más pobres. El buen samaritano no sólo “vio y se conmovió” (Lc 10, 33) ante el hombre malherido, sino que vendó sus heridas, le cuidó, estuvo a su lado y, después, procuró que estuviera atendido. El Evangelio nos exige comprometernos con los últimos, con aquellos que la sociedad descarta y desecha. Acercarnos a ellos es acercarnos a Dios.

Preparémonos para la Pascua dejando que el Señor cambie nuestro corazón y renueve nuestra mente. Él tiene el poder de transformar los corazones de piedra en corazones de carne (cf. Ez 36, 26); Él puede hacer que arda nuestro corazón (cf. Lc 24, 34). Gocemos de la ternura de Dios y dejemos que su fuego ablande nuestro corazón. Cuando llegue la noche de Pascua y encendamos nuestros cirios, pediremos que también se encienda nuestro corazón y que esa luz de Cristo resucitado disipe sus tinieblas y lo haga arder de nuevo.

✠ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca

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