El entrenamiento cuaresmal

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 25 de febrero de 2018

Queridos diocesanos:

El miércoles de Ceniza comenzábamos el tiempo fuerte de Cuaresma. Hemos emprendido el largo camino hacia la meta de la montaña santa de la Pascua, es decir, hacia la renovación de la alianza con Dios, sellada en el bautismo. Para alcanzar esa meta hemos de convertirnos y creer en el Evangelio (cfr. Mc 1, 12-15).

En la noche de la Vigilia Pascual oiremos de labios del sacerdote: “Terminado el ejercicio de la Cuaresma, renovemos las promesas del santo bautismo con que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras, y prometimos servir fielmente a Dios en la santa Iglesia católica”. He aquí la meta gozosa de la carrera inaugurada ya el Miércoles de Ceniza.

En la Cuaresma realizamos un entrenamiento cuaresmal: un ejercicio práctico de la vida cristiana, de escucha de la Palabra de Dios, de oración, de renovación bautismal, de conversión al Señor, de amor a los hermanos y de práctica de las obras de misericordia. La figura de Jesús en el desierto superando las tentaciones de Satanás, y la consigna de su mensaje inicial: “convertíos y creed el Evangelio”, nos marcan el objetivo de este gran retiro del pueblo cristiano que es la Cuaresma.

Si la vida cristiana es estar siempre en camino, ha de tener un objetivo o finalidad que dé sentido a la marcha. Bien lo expresó el poeta castellano Jorge Manrique: “Este mundo es el camino/ para el otro, que es morada sin pesar;/ mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, /andamos mientras vivimos, / y llegamos al tiempo que fenecemos;/ así que cuando morimos descansamos”.

Un camino de conversión

El evangelista Marcos no describe las tres clásicas tentaciones de Jesús, como Mateo y Lucas, ni tampoco menciona el ayuno, sino que se limita a constatar esquemáticamente: “A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1, 12-13). Es la preparación inmediata a la vida apostólica y misión profética de Jesús, que Él inaugura con estas palabras: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Para asegurar nuestra renovación bautismal debemos proponernos con realismo unas metas personales y comunitarias, que sean realistas y eficaces. Me atrevo a sugerir unas pistas para el camino de esta Cuaresma: la penitencia cuaresmal y la práctica del ayuno (Miércoles de Ceniza y Viernes Santo) y la abstinencia de carnes (todos los viernes de Cuaresma); participación en el sacramento de la Penitencia, confesando con humildad y valentía nuestros pecados (horarios en las parroquias); la oración más asidua y prolongada como diálogo con Dios; la escucha de la Palabra de Dios (Ejercicios Espirituales, charlas cuaresmales); la caridad, el amor al hermano pobre y desamparado; la limosna penitencial, como expresión de nuestro paso del egoísmo, de la soberbia y de la avaricia a compartir con los demás nuestro dinero y nuestro tiempo.

Conversión al reino de Dios

La proclamación del reino de Dios por Jesús nos pide una conversión profunda, aceptando vivencialmente el Evangelio, que nos libera del materialismo, de la religión ritualista y de la tiranía de los ídolos de este mundo. Convertirse a ser cristiano es morir al hombre viejo y terreno para abrirse al hombre nuevo y celestial, a la tierra nueva y los cielos nuevos que esperamos donde habite la justicia.

La conversión supone asumir un programa de mortificación y de liberación. El hombre “exterior” debe dar paso al hombre “interior”. El hombre “nuevo” debe absorber al hombre “viejo”; el hombre “espiritual” debe transfigurar lo que en él hay de hombre “carnal”. El juego de las antítesis se prolonga, diverso en sus fórmulas, pero idéntico y uniforme en su significación real. Los que son de Cristo han crucificado la carne con las pasiones y sus deseos. Si vivimos del Espíritu, dejémonos conducir por el Espíritu (cfr. Gál 5, 24-25). No os engañéis unos a otros, pues os habéis despojado del hombre viejo y sus costumbres y os habéis revestido del hombre nuevo, que va renovándose a imagen de su Creador (cfr. Col 3, 10).

Tal conversión parte del corazón de la persona, de su interior, porque del corazón del hombre brota todo el mal que hace inhabitable nuestro mundo. Jesús lo dice: de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, los fraudes, el desenfreno, la envidia, la difamación, el orgullo y la frivolidad (cfr. Mc 7, 21).

En la medida en que vayamos convirtiendo nuestro corazón a los valores del reino de Dios, iremos secando el manantial del pecado en nuestra tierra. Para que haya desarme de las armas, hace falta el desarme de las conciencias y de los corazones, como decía Juan XXIII, en la en cíclica Pacem in terris.

El cristiano convertido, rehace sus criterios, su escala de valores y su estructura personal, abandona los ídolos que lo esclavizan y prefiere ser pobre a ser explotador, ser perseguido antes que ser perseguidor, ser pacífico (que no es lo mismo que pacifista) y no violento, ser hermano y no enemigo, perdonar y no odiar.

Con mi afecto y bendición,

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