El pecado de pensamiento

Carta de
Mons. D. Juan Antonio Menéndez Fernández
Obispo de Astorga

JuanAntonioMenendez

Domingo 25 de febrero de 2018

Queridos diocesanos:

Durante el tiempo de la Cuaresma quiero dedicar estas cartas semanales a reflexionar sobre el pecado que es una desobediencia a la voluntad de Dios manifestada en la Nueva Ley de Cristo: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Podemos pecar de pensamiento, palabra, obra u omisión. Os invito a examinar cada una de estas modalidades de pecado que pueden darse en nuestra vida cristiana. Comencemos, pues, por examinar nuestros pecados de pensamiento.

A lo largo del día tenemos multitud de pensamientos. La mayoría son buenos; otros son verdaderamente nocivos y tóxicos. Estos malos pensamientos nos pueden enredar de tal manera que al final ponen nuestra vida cristiana en peligro. Pecamos con el pensamiento cuando nos deleitamos en pensar en nosotros mismos. Nos ensimismamos de tal manera que nos consideramos absolutos de modo que todas las cosas, las personas e incluso el mismo Dios tienen que estar a nuestra disposición para usar y abusar de ellas. Recordemos las palabras de Jesús: “El hombre bueno, de la bondad que atesora en el corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal, porque de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Lc 6, 45-46).

El cristiano debe aprender a pensar bien para obrar bien. Este proceso de aprendizaje es una lucha constante contra los malos pensamientos que nos perturban y molestan e impiden caminar limpiamente por la vida. Por eso es muy importante que pidamos la gracia de vencer el mal a fuerza de bien. Uno de los frutos del Espíritu Santo es precisamente el dominio de sí, es decir, el saber encauzar las pasiones, sentimientos y acciones hacia el bien, hacia el crecimiento en el amor a Dios y al prójimo. El apóstol san Pablo amonestaba a los romanos con estas palabras: “Los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu. Es deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu es vida y paz. Por ello el deseo de la carne es hostil a Dios; pues no se somete a la ley de Dios ni puede someterse” (Rm. 8,5-9).

Es claro que para que haya pecado de pensamiento es necesario que haya una voluntad de pecar. Una cosa es tener tentaciones y otra caer en ellas. Así, por ejemplo, cuando yo supero un mal pensamiento que cruza por mi mente no he pecado, todo lo contrario, realicé una acción meritoria que fortalece mi voluntad. En cambio, cuando empiezo a consentir y recrearme con ese mal pensamiento, debilito mi voluntad, exponiéndome a caer en acciones graves.

Imitemos a la Virgen María que “meditaba todas las cosas en su corazón”.

Vuestro obispo.

menendezfernandez_firma
✠ Juan Antonio Menéndez Fernández
Obispo de Astorga

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