Mensaje con motivo del Día de Hispanoamérica en las diócesis de España, 2018

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MENSAJE
con motivo del Día de Hispanoamérica
en las diócesis de España

— Domingo 4 de marzo de 2018 —

Iglesias jóvenes, alegría y esperanza

Al celebrarse en todas las diócesis españolas el Día de Hispanoamérica, la Pontificia Comisión para América Latina envía un saludo a todos los fieles de esa querida nación y una vez más los invita a renovar su vocación misionera, con el deseo de que la fe cristiana tome forma en los corazones más jóvenes y renazca en aquellos que la han olvidado. Nuestro Señor Jesucristo no deja de renovar en todos diariamente la gracia del llamado y su invitación a llevar su Evangelio hasta los confines del mundo.

La ocasión nos permite al mismo tiempo renovar el agradecimiento de todas las Iglesias que, a través de estos años de cooperación misionera, se han beneficiado de la generosidad de numerosas vocaciones de España que, incluso desde muy jóvenes, decidieron entregar sus vidas y ponerlas al servicio del anuncio evangélico en las jóvenes Iglesias de América Latina.

Los jóvenes: alegría y esperanza para el mundo

El lema de esta jornada está en clara sintonía con el tema elegido por el papa Francisco para la XV Asamblea del Sínodo de los Obispos que se celebrará en octubre de este año 2018: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». En la carta que el santo padre dirigió a los jóvenes del mundo, con ocasión de la presentación del documento preparatorio a la Asamblea, los invitó a escuchar la voz del Padre, quien los llama a “salir” para lanzarse sin miedo «hacia un futuro no conocido pero prometedor de seguras realizaciones, a cuyo encuentro Él mismo los acompaña» [1].

Tal como señala dicho documento preparatorio, luego de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, y de dos Asambleas del Sínodo de los Obispos dedicadas a la familia, con la posterior exhortación apostólica Amoris laetitia, la Iglesia se propone «interrogarse sobre cómo acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud, y también pedir a los mismos jóvenes que la ayuden a identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia» [2].

En ello se coloca a los jóvenes, por un lado, como principales destinatarios de un mensaje de vida en plenitud, pero al mismo tiempo como protagonistas de un mundo en constante transformación y llamados a ser, por tanto, dinámicos comunicadores del Evangelio a través de su palabra y con un testimonio vital de alegría y esperanza.

Los jóvenes en el mundo de hoy

Precisamente, el lema elegido para esta jornada evoca las palabras que Francisco dirigió a un grupo de jóvenes al comenzar su visita apostólica en Colombia, el 6 de diciembre del año pasado: «¡No se dejen robar la alegría y la esperanza!». Un llamado positivo, ciertamente, pero al mismo tiempo con una carga de dramatismo, pues no son pocos los peligros que hoy atentan contra estas dos características tan propias de la edad juvenil.

En efecto, tal vez una de las mayores amenazas contra la alegría y la esperanza de los jóvenes está en la falta de razones profundas para esperar en un futuro mejor, y sobre todo en uno que se sitúe más allá de lo meramente temporal y que lleve a mirar hacia horizontes capaces de satisfacer sus anhelos más elevados. En esta línea, el documento preparatorio para la XV Asamblea del Sínodo plantea algunas interrogantes importantes sobre la vida de los jóvenes en un contexto mundial de acelerado cambio y los retos que
enfrentan las nuevas generaciones.

Uno de los más graves es ciertamente la falta de significado que aqueja a un mundo cada vez más secularizado, que no pocas veces deja a los jóvenes desarmados frente a tantas cosas dolorosas y desalentadoras que nos muestra la realidad. En las últimas décadas se ha difundido en nuestras sociedades una cierta mentalidad, que muchos pensadores señalan como uno de los frutos del llamado “post-modernismo”, que convierte a “la verdad” en una idea completamente vaga e inalcanzable, y reduce el natural impulso del
joven hacia ideales altos y consistentes a la persecución de satisfacciones cada vez más inmediatas, o a la búsqueda de experiencias “fuertes” capaces de llenar un vacío interior acuciante. En el fondo, sin embargo, el corazón de muchos sigue sumiéndose en una desilusión profunda y en la desconfianza frente a la posibilidad de vivir una alegría auténtica, que no sea fruto del momento, sino de la experiencia de una existencia llena de sentido.

¿Qué alegría y esperanza?

Efectivamente, la alegría y la esperanza de las que habla el papa Francisco, aquellas que los jóvenes deben atesorar y defender, no son el producto de una vida superficial, aunque llena de ilusiones pasajeras, sino el fruto de ideales altos y profundos, que solo pueden ser satisfechos plenamente en el encuentro con quien es «el camino, la verdad y la vida». Solo Jesucristo puede responder totalmente a las preguntas más interpelantes y a los deseos más profundos de los jóvenes. Solo el encuentro con Él produce una alegría y una esperanza verdaderamente capaces de transformar la realidad y dotarla de significado.

La Iglesia en América Latina está llamada a ver en los jóvenes de hoy un nuevo «rostro de la pobreza» que debe ser atendido con gran sentido de urgencia. Así lo señalaron los Obispos en la Conferencia de Aparecida (ver n. 65). Y más que las pobrezas de índole material, como aquellas derivadas de la marginación y de la violencia, han de pesar las pobrezas espirituales y morales, muchas veces más nefastas que las anteriores.

En vista de este reto, la Iglesia necesita hoy transformarse. Especialmente en referencia al anuncio del Evangelio a los jóvenes, se debe continuar el proceso de «conversión pastoral», para que los métodos, las formas y el lenguaje se adapten siempre mejor a la nueva realidad y sean un conducto adecuado para que la semilla del Evangelio encuentre un terreno adecuado y eche raíces profundas. La sed y el hambre de verdad que existen naturalmente en los corazones jóvenes son la materia prima del anuncio; así lo recordaron también los Obispos de América Latina en Aparecida: ellos «son sensibles a descubrir su vocación a ser amigos y discípulos de Cristo”. Y por ello “están llamados a ser centinelas del mañana» (DA, n. 443).

Los jóvenes, protagonistas de un cambio

Pero el Evangelio también nos muestra que los jóvenes no solamente deben ser destinatarios de un mensaje esperanzador y que llene de sentido sus vidas, sino que también pueden ser los protagonistas de un verdadero cambio en nuestras sociedades y en el mundo. No debemos olvidar que ellos, que «constituyen la gran mayoría de la población de América Latina y de El Caribe», «representan un enorme potencial para el presente y el futuro de la Iglesia y de nuestros pueblos, como discípulos y misioneros del Señor Jesús» (ibíd.)

Resulta tremendamente esperanzador, en este sentido, que el Espíritu haya suscitado en nuestro tiempo numerosos grupos juveniles que, a través de parroquias, movimientos y numerosas asociaciones y nuevas comunidades constituyen una principal fuente de atracción hacia Cristo. Allí donde algunas realidades eclesiales, por diferentes razones, van pasando o dejan de existir, la Iglesia ve el surgir de nuevas experiencias, llenas de entusiasmo y de dinamismo, y que tienen en la juventud su principal fuerza motora y transformadora. Pero todas estas realidades necesitan ser convenientemente acompañadas y alimentadas por la presencia de buenos pastores, especialmente de los sacerdotes, encargados por Cristo a impartir la Palabra de la Verdad y el Pan de la Vida.

El ejemplo de María, la joven discípula del Evangelio

Otro elemento del contexto que da particular relevancia al tema elegido para esta jornada es el anuncio hecho por el papa Francisco de la celebración de la próxima Jornada Mundial de la Juventud en la ciudad de Panamá, en el centro del continente americano.

No puede pasar desapercibido que la JMJ del último año 2017, y las dos que siguen (2018 y 2019), llevan por lema frases eminentemente marianas, tomadas del primer capítulo del evangelio de Lucas. En el primer caso, fue aquella tomada del cántico de María: «El poderoso ha hecho cosas grandes en mí» (Lc 1, 49); el 2018 serán las palabras dirigidas por el ángel a María, ante el hecho maravilloso de la Encarnación: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1, 30); el 2019, en cambio, en la gran JMJ que se llevará a cabo en Panamá, serán las palabras de asentimiento de María al designio divino: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

En estas tres frases evangélicas se condensa el mensaje asombroso que encierra la vida de la joven doncella de Nazaret. Recuerdan, en primer lugar, que Dios efectivamente puede realizar cosas extraordinarias a través de sus siervos más humildes y jóvenes. La juventud nunca ha sido un obstáculo para la realización de las promesas divinas, tal como lo recordó el papa en su reciente carta a los jóvenes; por el contrario, Dios pone por obra su plan de redención, en la plenitud de los tiempos, a través de una joven muchacha, elegida para una obra a todas luces sobrehumana: concebir en su seno y ser madre del Mesías salvador. De ahí las palabras del ángel ante la fragilidad de la joven madre: «No temas», que son la confirmación necesaria de que ella no está sola frente al misterio, sino que posee, a pesar de todas las limitaciones humanas, la fuerza poderosa de la gracia.

Y de todo ello proviene la respuesta firme de María: «Hágase en mí según tu palabra», que no demuestra una seguridad absoluta en términos humanos, sino simplemente la confianza total en el poder de Dios, que la vuelca milagrosamente muy por encima de sus capacidades personales o de su inteligencia, a la dimensión de la gracia, aquella en la que «nada es imposible para Dios».

El papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud del pasado año 2017, puso de relieve este aspecto sorprendente, aunque a veces un poco ignorado, que es la notable juventud de María. Y no es solamente que Dios se vale de una vida tan joven para realizar sus designios, sino que la gracia encuentra en María a una persona verdaderamente madura en la fe que, lejos de buscar la comodidad o “pasarla bien”, como sería tanto de esperar en una jovencita de esa edad y, más aún, sin dejarse paralizar por el miedo o el orgullo, se pone inmediatamente en camino y afronta el llamado con notable valentía.

Un pasado que ilumina el presente

¡Cuánto coraje necesitan los jóvenes de nuestro tiempo!, amenazados por una mentalidad que desea sumirlos en búsquedas egoístas y en una falsa tranquilidad, cuando su natural fuerza interior quiere impulsarlos a ideales grandes y apasionados, y cuando verdaderamente sus vidas pueden ser «un instrumento para mejorar el mundo» [3].

En ese mismo mensaje el santo padre señala categóricamente que «ser joven no significa estar desconectado del pasado». Y hoy, ciertamente, especialmente cuando se es joven, se necesita también tomar del pasado la fuerza inspiradora para iluminar el presente. En efecto, de cara a la misión evangelizadora de la Iglesia, siempre viva y vigente, ¿acaso nos han dejado de asombrar y entusiasmar los ejemplos preclaros de su pasado glorioso, aquellos de los grandes santos y misioneros que, como María, pusieron toda su juventud al servicio del Evangelio? ¿Qué pueden decirnos hoy tan tas vidas jóvenes consumidas en el amor a Cristo, que se traduce en el amor más grande por el ser humano? Ciertamente siguen siendo una voz que irrumpe en nuestro presente y quiebra los paradigmas de ese aburguesamiento de nuestra vida moderna, que amenaza, sobre todo, a tantos jóvenes corazones.

Por todo ello, resulta particularmente urgente el llamado de Francisco a los jóvenes a no dejarse robar la alegría y la esperanza. Ellas constituyen la fuerza transformadora del espíritu juvenil y la “sal” preciosa que da sabor a la existencia, la que puede resultar insulsa a fuerza de búsquedas vanas y sin horizonte. ¡Ellas son la clave para una Iglesia joven!

Un nuevo entusiasmo misionero

Siguiendo el modelo de la joven doncella de Nazaret y el de tantos jóvenes misioneros que han revitalizado a la Iglesia en momentos de oscuridad y de “envejecimiento” de la fe, el Día de Hispanoamérica nos invita a un nuevo entusiasmo misionero. La idea de una “Iglesia joven” tal vez evoca una cierta precariedad o adolescencia, pero lleva también el sentido de una “Iglesia en salida”, como suele repetir el santo padre, una Iglesia que no se queda anquilosada en las formas o en esquemas petrificados en el tiempo, sino que se renueva constantemente por su creatividad misionera.

Junto con el papa Francisco, renuevo mi invitación a todos los católicos de España, especialmente a los más jóvenes, a no dejarse robar la alegría y la esperanza que provienen de Cristo, y a sentirse destinatarios principales y directos de su Palabra de Verdad. Y al mismo tiempo los invito una vez más a renovar su vocación misionera. ¡El mundo necesita de su testimonio alegre y esperanzador! ¡La Iglesia necesita de su vitalidad y de su entusiasmo!

Que santa María Virgen, la primera y más joven discípula del Evangelio, guíe siempre nuestros pasos para renovar nuestra vocación de discípulos y apóstoles de Cristo en la Iglesia y en el mundo.

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MARC CARD. OUELLET
Presidente
Pontificia Comisión para América Latina


[1] Carta del santo padre Francisco a los jóvenes con ocasión de la presentación del documento preparatorio de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.

[2] Documento preparatorio a la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional».

[3] Mensaje del santo padre Francisco para la Jornada Mundial de la Juventud 2017.

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