Santa Misa con motivo del 50 aniversario del Movimiento Familiar Cristiano

Homilía de
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo

Primado de España

braulio16012018

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Domingo 25 de febrero de 2018

Habéis querido celebrar la Eucaristía en esta Catedral los que formáis parte del Movimiento Familiar Cristiano, para dar gracias a Dios por los 50 años del vuestro Movimiento. Desde aquí saludamos a tantos matrimonios en toda España que, con la ayuda del MFC, han vivido esa comunidad de vida y amor que es el matrimonio, el misterio nupcial de Cristo y la Iglesia. No quiero olvidar a cuantos en MFC habéis vivido la muerte del esposo o esposa y mantenéis el amor con quienes os esperan en la vida sin fin.

A nosotros nos ayuda muchos escuchar la peripecia de Abraham que, con su hijo Isaac, camina al monte Moria con el mandato de ofrecérselo a Dios en holocausto. Es una lectura terrible, si el final hubiera sido otro. Fue una formidable tentación para Abraham. También nosotros tenemos pruebas y tentaciones; y los esposos mantenéis el tipo en tantos avatares de vuestra vida en el cuidado y educación de vuestros hijos, y nietos. Mirad ahora al Padre de los cielos, que, al contrario de lo sucedido a Abraham, no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Ese es un amor suyo hacia nosotros sin límites. Amor del Padre.

Nosotros, pues, necesitamos la luz y la alegría de la trasfiguración de Jesús. Sí, porque Él quería infundir en sus apóstoles una gran fortaleza de ánimo y una constancia que les permitiera tomar su cruz sin temor, a pesar de su aspereza. Porque podemos avergonzarnos de la Cruz que padeció Jesús y padece también hoy por nosotros. Además, tenemos miedo de mantener nuestro combate cristiano y el testimonio de la fe. La trasfiguración tiene, pues, por meta en el inicio de la Cuaresma quitar de nuestro corazón el escándalo de la cruz; y lo hace mostrándonos la esperanza de la trasformación que un día se realizará en nosotros, miembros de Cristo, como sucedió en nuestra Cabeza, Cristo, el que resucitó.

Permitidme, hermanos, una reflexión sobre lo que sois en la Iglesia como esposos cristianos unidos por el sacramento del Matrimonio, a la luz de la riqueza que la familia tiene en toda la sociedad. Lo primero que he de decir es resaltar la gran preocupación que ha llevado al Papa Francisco a escribir el documento postsinodal Amoris Laetitia: renovar la pastoral familiar de la Iglesia, para así llegar a todas las familias y, sobre todo, a las que están heridas, para acogerlas, acompañarlas e integrarlas en la vida de la Iglesia. Dicha preocupación hay que vincularla a la conversión pastoral, a ese salir que él describía en la exhortación Evangelii Gaudium, 20.

Creo que la preocupación pastoral del Santo Padre está determinada por la intención de buscar, de nuevo, el mensaje de Jesús acerca de la familia. ¿Qué aporta Cristo a la familia? Algo muy grande y, por ello la intención de llegar a las personas allí donde se encuentran para anunciar el Evangelio de la familia. Esta intención pastoral no sólo está en plena unidad con la doctrina sobre la familia (AL 3); también es coherente con la colegialidad y con el Magisterio precedente (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI). El Papa Francisco, pues, no ha cambiado el depósito de la fe o los sacramentos. Impulsado por el anhelo pastoral de llegar a los  alejados, los heridos y los pecadores ha querido, más bien, renovar el enfoque pastoral abriendo nuevos caminos y recorridos, partiendo de una toma de conciencia realista sobre la situación concreta de las familias, para llevar “la alegría del amor”, el que procede del Evangelio.

Vosotros tenéis una rica experiencia de amor, desde que formasteis vuestra familia y con esperanza celebrasteis vuestro matrimonio. Pero Cristo no os prometió que en la construcción de vuestra casa no caería nunca un aguacero, o que una violenta ola no pudiera arrollar lo que más amáis; ni siquiera os prometió que no habría vientos impetuosos que soplarían sobre lo construido, a veces al precio de sacrificios grandes. Pero también habéis conocido que esas tormentas y borrascas que hay, o puede haber, en la vida de los esposos sólo se pueden resistir, si la vivienda, si vuestra casa, vuestro matrimonio, ha sido construido con fundamentos sólidos.

Cristo mira con simpatía el deseo de los hombres y mujeres de dar una morada a su amor, de construir una familia sólida que dure en el tiempo y que resista a las pruebas, las múltiples amenazas. Él se inclina lleno de misericordia sobre la fragilidad, las derrotas, los pecados que provocan grietas en los muros, en los corazones, derrumbes desastrosos y ruinas desoladoras. Solo os digo y os dice hoy: “¡Construid sobre la roca, la escucha y la práctica de mi Palabra!”. Él es, por tanto, la Roca sobre la que construir, aunque algunos o muchos prefieran edificar sobre la arena refugios provisionales.

En esta época del amor liquido o, tal vez, por definirlo de una manera más evangélica, del amor “arenoso”, cualquier vínculo estable parece un sueño imposible o un peso insoportable. La modernidad líquida, en efecto, está dominada por deseos momentáneos que contrastan con los vínculos cultivados, principio de estabilidad. Esto explica la ofensiva contra la familia fundada en el matrimonio, que no se adecúa a las normas, es decir, a la desregulación; esto es, hay que liquidarla. Lo mismo ocurre con el discurso sobre los distintos modelos de familia, porque en realidad se trata de la negación de la familia auténtica, que no es una agregación provisional de individuos, sino una relación fuerte y generadora de vida a partir de la comunión de un hombre y una mujer, unidos en alianza para toda la vida.

Sabemos bien que no se puede vivir mucho tiempo en tiendas o en viviendas precarias y provisionales. Antes o después llega el invierno. Ante esta situación, la inspiración pastoral ha llevado al Papa Francisco a salir al encuentro de las personas que están en dificultad, marcadas por el fracaso, siendo conscientes que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (AL 31).

Todo esto no es posible sin vosotros, matrimonios y familias cristianas, que vivís no un amor líquido, ni “arenoso”, sino bien anclado en el amor de Jesucristo, con dificultades, pero dispuestos a afrontar las periferias existenciales a acoger, acompañar y, si es posible, integrar a matrimonios en dificultades, a jóvenes o no tan jóvenes dispuestos a preparar su boda, a jóvenes esposos que pasan sus primeras crisis. No estáis solos en esta tarea: os acompañan sacerdotes y otras personas que ayudan a conseguir lo más grande: un proyecto de vida y amor que da paz a las personas, centrar su amor y expresión afectiva del amor humano.

Nuestra Señora intercede y el Espíritu Santo os fortalezca. Gracias.

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