La Cruz de Jesús: De suplicio cruel a signo de esperanza (I)

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Marzo 2018

En la celebración litúrgica del Viernes Santo destacan la lectura de la Pasión del Señor y la adoración de la cruz. Cuando la Cruz es introducida solemnemente por los ministros en la asamblea, uno canta: “Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”, y los participantes responden: “Venid a adorarlo”. La cruz, donde fue crucificado Jesús, ha pasado de ser considerada por los cristianos como instrumento cruel de ejecución a ser saludada como signo supremo del amor de nuestro Señor y de esperanza de la humanidad. Los discípulos de Jesucristo tuvieron que hacer un cambio radical para comprender el sentido cristiano de la cruz.

La cruz fue la forma de suplicio más infame y más cruel que hemos inventado los hombres (mors crudelissima omnium). En Roma estaba reservado este suplicio a los esclavos y los ciudadanos romanos no podían ser ajusticiados de esta manera. Jesús murió en la cruz, y su ejecución fue llevada a cabo por soldados romanos, a las órdenes del Procurador de Roma. En un artículo del credo de nuestra fe se alude a esta circunstancia: “Fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato”. No sabemos históricamente si el patibulum, es decirla barra transversal colocada en lo alto del poste levantado verticalmente, transportada por el reo, era en forma de la letra tau griega o en forma de cruz latina. Ciertamente Jesús fue crucificado y contado entre los malhechores. Llevaría colgada del cuello en el camino hasta el Calvario una tablilla llamada titulus, que indicaba el nombre y el motivo de su condenación: “Este es Jesús, el rey de los judíos” (Mt.27,37 ; Jn.19,19). En lo alto de la cruz fue colocada la inscripción (cf. Mt. 27, 37; Mc. 15, 26; Lc. 33, 38; Jn. 19, 19-22).

¿Por qué pasó la cruz en que murió Jesús de ser considerada suplicio ignominioso a cruz gloriosa? ¿Por qué en la celebración litúrgica del Viernes Santo saludamos con estremecimiento y gratitud la cruz, “el árbol de la vida”, la besamos y nos postramos ante ella?.La razón es la nítida profesión cristiana: Porque en ella murió Nuestro Señor. Jesús fue condenado a ser crucificado, convirtiéndose la cruz en la concentración de su entrega al Padre y a los hombres. Podemos enumerar los eslabones de una cadena de entregas: Judas entregó a Jesús (Mt.26,15-16.46) a quienes habían ido a prenderlo en Getsemaní, ellos lo entregaron al Sanedrín (Mt.26,57), este a Pilato (Mt.27,2), Pilato a los soldados (Mt.27,26) que lo arrastraron hasta el Calvario donde lo crucificaron.

No sólo los hombres entregaron a Jesús. Él mismo se entregó (Lc.22,19) a sus perseguidores porque quiso, en el doble sentido de la palabra, es decir, por libre decisión y por amor, y se puso en manos del Padre con filial obediencia. Se entregó por nosotros; su muerte fue un servicio sublime a la humanidad. Nos redimió a través de la cruz símbolo supremo de su amor. Jesús fue contado entre los malhechores; fue crucificado como un esclavo, como un hombre peligroso y de cuidado

Más todavía, el mismo Padre consintió en la entrega de su Hijo. Por amor del esclavo entregó al Hijo, cantamos sorprendidos en la Vigilia Pascual. Al afirmar la entrega del Hijo por el Padre Dios tocamos lo inefable. El relato sobrecogedor del sacrificio de Abrahán es, como rezamos en el Canon Romano, símbolo de la entrega de Dios que nos dio a su Hijo; e Isaac es figura de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn.1,29; 3,16; 8,56; Rom. 8, 31-39; Heb. 11, 17-19; Gén. 22, 1-19). El sacrificio de Abrahán era una anticipación que columbraba a lo lejos y esperaba su cumplimiento insospechado en la entrega del Hijo Jesús por el Padre Dios.

A veces nos preguntamos nosotros desde el abismo y con lágrimas o somos interrogados con burlas por los adversarios, “¿dónde está tu Dios?”, cuando padecemos en densa oscuridad (cf. Sal. 41, 4.11). ¿Por qué Dios no acudió a salvar a Jesús clavado en la cruz? (cf. Mt. 27, 39-44). Hay acontecimientos de la historia de la humanidad en que el silencio de Dios se hace impenetrable, por ejemplo en enormes catástrofes naturales y sobre todo en tragedias históricas inmensamente crueles causadas por los hombres. El Papa emérito, Benedicto XVI, cuando visitó el campo de concentración de Auschwitz, cerca de Cracovia en Polonia, hizo consideraciones de este tenor: El silencio de Dios nos estremece al considerar cómo cientos de miles de personas aquí fueron humillados, torturados y masacrados. La crueldad de los hombres desbordó toda medida. Pero a la luz de la fe podemos reconocer que Dios estaba en Jesucristo reconciliando a la humanidad consigo (cf. 2 Cor. 5, 18-21) y que nos acompaña en la tribulación (Sal. 90, 15). Dios no cambia el curso de la historia en un alarde de omnipotencia; se hace vulnerable al ejercicio rebelde de nuestra libertad; se deja rechazar por nosotros. La historia de Jesús no es despliegue de un poder arrollador; al contrario, su poder es el del amor humilde y paciente.

Jesús, colgado de la cruz, levantado entre el cielo y la tierra, insultado por muchos con sarcasmo (cf. M. 27, 39-44), y contemplado por muchos con fe y esperanza de salvación (cf. Jn. 3, 14-15; 12. 32) “entregó su espíritu” (cf. Jn. 19, 30).

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