Pregón de Semana Santa en Teruel

Pregón de Semana Santa
Teruel 2018

por
Mons. D. ANTONIO GÓMEZ CANTERO
Obispo de Teruel y Albarracín

gomez cantero pregon

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Teruel
Viernes 16 de marzo de 2018

Saludos

Sr. Vicario General y Sr. Deán del Cabildo de la Catedral. Presidente y Consiliario de la Junta de hermandades.

Cada una de las 8 Hermandades Penitenciales de Semana Santa y sus Juntas, especialmente hoy la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima del Rosario, que cumple 75 años.

Dignas autoridades…

y amigos todos de esta hermosa ciudad de Teruel, no sólo enclavada en un cruce de caminos y fronteras, sino también ya en mi corazón.

El Sr. Presidente de la Junta Hermandades, en el nombre de todas las cofradías, ha tenido la amabilidad de encargarme el Pregón de la Semana Santa, y un pregón, como bien sabéis, es un discurso elogioso en el que se anuncia al público la celebración de una fiesta con el fin de animar a participar en ella. Un pregón no se puede decir en voz baja. Ni se escribe para ser leído. Sería completamente ridículo. También puede ser un rollo incomestible.

Pregón

Intentaré alzar la voz hasta que se convierta en grito, porque conviene que todo el mundo se entere que estamos de fiesta. Me cabe, pues, el honor de convocaros a la Semana Santa de 2018 y, dentro de ella, al triduo pascual en que conmemoramos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador Jesucristo. ¡Esto hay que celebrarlo! Puse en un cartel hace muchos años a la puerta de mi parroquia para invitar a los jóvenes a vivir la Semana Santa, y os aseguro que el cartel atrajo la atención de muchos. Sí, hay que celebrarla, porque acaba bien. Precisamente, en el Triduo Pascual (Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección –el jueves es un pórtico-) dentro de las celebraciones litúrgicas, ya existe un Pregón, el de la gran noche de la Vigilia Pascual, la celebración más importante del año, en que se canta con alegría desbordante:

“… por la victoria de rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.
Goce también la tierra, inundada de toda claridad,
y… se sienta libre de la tiniebla…
Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante”

Es decir, que no se puede pregonar la tristeza, para que todos huyan despavoridos (o aburridos), sino la Pasión (en letras mayúsculas, esa por lo que se entrega TODO) y la alegría de la fiesta.

Estos días nos asomamos primero a la pasión, a la vida que se entrega, al abandono, al miedo, a la confianza… En realidad nos asomamos a la HONDURA del ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor; y a la TERNURA de Dios, capaz de un amor que se vacía de sí mismo para poder llenar al otro (estamos hablando de amor). Y ahí están también nuestros dolores y nuestras esperanzas, nuestra soledad, las gentes que nos acompañan y a quienes acompañamos… La coherencia y el desaliento, la fortaleza y la debilidad entrelazadas en cada ser humano. El abandono y el encuentro. En realidad, todos somos personajes de la Pasión con nuestras vidas.

Por eso, estos días que os anuncio, con pregón, como el día de Pascua, son días rebosantes de signos, rostros, olores, sentimientos, palabras y miradas… son días cargados de memoria, memoria de un pueblo apiñado y creyente, alrededor de Aquel que mueve su tiempo y su historia.

¿Qué vivimos y sentimos estos días de pasión y gloria? ¿Por qué procesionamos conmovidos por nuestras calles? ¿Por qué la memoria se hace ternura en estos días y se nos agolpan los recuerdos de la infancia, y mantenemos en nuestras pupilas los rostros de aquellos que nos han dejado y que tanto amamos y hemos amado? ¿Por qué estas costumbres, cargadas de sentimiento, de religiosidad, de unción?

1. Las tradiciones que sostenemos comenzaron un día y debemos volver a su sentido primero, porque esto es lo que significa mantener una tradición. Mirad, allá por el siglo IV, algunos fieles piadosos pudieron viajar a Palestina, en virtud de la paz concedida a la Iglesia por el Emperador Constantino. Allí visitaban los “Santos Lugares” y veneraban los mismos escenarios de la pasión de Cristo. De regreso a sus pueblos de origen se esforzaban por compartir su fervor y su emoción con los que no pudieron emprender tan aventurero viaje. Así comenzaron las primeras escenificaciones de los Viacrucis.

A partir del Siglo IX, la devoción a la Pasión del Señor se rodea de ternura, ante la necesidad de representar y vivir de otra manera el mensaje cristiano: lo primero fue la Procesión del Domingo de Ramos, los Improperios y las Tinieblas del Viernes Santo, que aún conocisteis los mayores. La gente sencilla quería vivir, ver y palpar aquellos hechos que eran el fundamento de su fe. Lo repetimos tantas veces en el Credo:

“Por nosotros y por nuestra salvación…”

En los siglos posteriores la guerra, el hambre, la peste y la miseria cargaron las celebraciones de la Pasión del Señor de tintes dramáticos que el mismo pueblo vivía en sus propias carnes: tanto dolor, tanta muerte, tanta oscuridad, tanto vacío.

Esta forma de piedad cayó en excesos, alejándose cada vez más del sentido del Evangelio. Pero no creáis que estaban muy lejos de él. Si el pueblo sufre, Dios sufre con él, “del mismo modo que una madre no olvida jamás a su hijo, yo tampoco te olvidaré”, dice el Señor, por medio del profeta. Así en María descubrimos a Nuestra Señora de los Dolores, de las Angustias, de la Esperanza o de la Soledad, o la mujer orante del Rosario, como nuestras madres, y en sus rostros muestran el mismo sufrimiento de los hijos que la imploran… y como una verdadera y desconsolada madre que ha perdido a su hijo, -lo único que la quedaba en su viudedad- pasea por nuestras calles con el rostro cubierto de dolor y de amargura… soledad de nuestras soledades, dolor de nuestros dolores.

Aquí estamos todos, y a la vez que le rezamos, tenemos también compasión de ella. Qué diálogo de sentimientos y miradas. Y aun cuando el evangelio nos dice que María permanecía de pie junto a la cruz, nuestros imagineros la representan desfallecida a los pies de su hijo o sentada de espaldas desolada ante una cruz vacía. Piedad de una madre, con el corazón rasgado mientras contempla a su hijo muerto. Sólo las que habéis perdido un hijo podéis comprender esto.

Así pues, la mirada de fe sobre los acontecimientos de la pasión, no sólo pertenecen a los teólogos y predicadores, sino que también son privilegio y forman parte de la reflexión de los creyentes. No es sólo lo escrito en los libros de teología o proclamado en los púlpitos lo que manifiesta la fe de un pueblo, también lo orado, lo esculpido, lo bordado, lo procesionado, lo sufrido… Pues cada uno hemos puesto en el rostro de María o de Jesús nuestro drama particular y el de toda la humanidad.

Esta es la Semana Santa de Teruel, como la de cualquier pueblo de Aragón (tan distintas de otras) sobria, austera, ¿silenciosa?, signo y expresión de un pueblo templado y forjado como el acero, que aguanta duros golpes sin quebrarse, sin doblarse, –así lo manifiestan los tambores insistentemente– que sabe de fríos y heladas, de esta dura tierra, que tantas veces le niega el pan y el vino y que le hace poner su esperanza en el duro trabajo diario y en Dios, dueño de su vida y de su historia, que tantas veces permanece en silencio o no sabemos escucharle. ¿Cuántas miradas no se habrán encontrado suplicantes ante las imágenes que sacamos en procesión cada Semana Santa? Esos rostros de nuestros cristos que dan serenidad ante el dolor y el sufrimiento, cuántas veces no se habrán encontrado con nuestros rostros y el de nuestros antepasados.

“Por nosotros y por nuestra salvación…”

Pero ahora, vivimos mejor, somos menos fraternos, creemos menos… quizás ya no necesitamos a Dios, porque pensamos que hemos conseguido dominar al árbol de la ciencia del bien y del mal. Y aun así, queremos mantener nuestras tradiciones como un “bien cultural” corriendo el riesgo de vaciarlas de contenido, olvidando que las tradiciones religiosas surgen del corazón de una comunidad que celebra y del espíritu del que se siente necesitado de Dios.

Corremos el riesgo de paganizar las procesiones de Semana Santa –para dejar de ser expresión de la fe de un pueblo– convirtiéndolas tan sólo en museo ambulante o pasarela escénica, de hábitos penitenciales que ya no llevan penitentes, porque en realidad nuestro corazón hace tiempo que no se pregunta sobre el misterio de Dios. Pensémoslo un poco, ¿de qué sirven nuestros Cristos y nuestras Vírgenes, sino expresan la teología para lo que fueron creadas? ¿Es que nos vamos a dejar, hasta que nuestras procesiones tan sólo hablen de antiguas creencias, de antiguas expresiones de fe, que ahora representamos, pero sólo eso… representamos? Si nuestras celebraciones de Semana Santa pierden esa gota de eternidad, sólo serán puestas en escena para disfrute de algo raro, de turistas y visitantes.

Ojalá, cada Semana Santa nos ayude a todos –a los que creemos y a los que no creemos– a profundizar o a buscar la fe en este Señor de la mirada compasiva, del corazón que perdona, del que es capaz de servir como un esclavo… O al menos, –y aquí cabemos todos– sigamos preguntándonos por el mal en el mundo, la falta de fraternidad, las traiciones continuas, la ausencia de compasión, el perdón y la misericordia.

Pero esto no es el motivo de mi Pregón, sino simplemente una llamada de atención a la cordura y a la conversión. Yo, como los antiguos pregoneros os anuncio algo que está al caer, a alguien que viene y avisa… pero sobre todo os anuncio una buena noticia. ¡Atención! ¿Buena noticia cuando parece que los cristianos llevamos siempre puesta la cara del Viernes Santo? Por qué no sonreímos y nos manifestamos alegres si sabemos, es más, creemos, que esta historia acaba bien y nos hemos comprometido con ella. ¡Dios mío! cuánta penitencia nos queda por hacer hasta que salgamos de nuestros fanatismos, nuestra pasividad y acomodación. ¡No pertenecemos a la secta de los fariseos! Que fueron los que condenaron a Jesús.

2. Dentro de 9 días comenzaremos con la Procesión litúrgica de los Ramos. Durante los primeros siglos del cristianismo, el domingo de Ramos estaba dedicado a la entrega del CREDO, el símbolo de la fe, a los catecúmenos que iban recibir el bautismo en la noche de la Vigilia Pascual. En la procesión del Domingo de Ramos nos unimos a la muchedumbre de discípulos que, con alegría festiva, acompañamos al Señor en su entrada en Jerusalén. Como aquellos, hoy seguimos alabando al Señor alzando la voz por todos los prodigios que hemos visto y que vivimos en nosotros. ¡Cuidado, esta fiesta tiene trampa! ¿Estamos aclamando a un rey sobre un asno? ¿Rey de locos? ¿Qué es esto, una carnavalada?

No. Jesús podía haber elegido entre ser un rey como todos, con un gran séquito y un hermoso corcel… pero se quedó con ser siervo, esclavo, entregado hasta la muerte. Es una de las dos maneras como se había profetizado la venida del Mesías. Creemos en un Dios, que se hizo uno de tantos. Y si nació en un establo, si no tenía donde reclinar la cabeza, si murió de la manera más indecente que podía elegir… es para que en él entremos todos, sí, todos, también los más humillados de la historia. Nuestro Dios está con todos. ¿Y nosotros?

El Evangelio siempre será perseguido por aquellos que absoluticen el poder, la seguridad personal, el placer, el bienestar, el dinero y el confort… por aquellos que proponen que todos tienen que pensar como ellos. No buscamos sufrir, aunque el seguimiento de Jesús nos llevará siempre a la cruz. Por eso el discípulo debe sufrir el conflicto, la persecución… Quizás los creyentes tengamos hoy que aprender a descubrir las exigencias concretas que puede tener el tomar la cruz de Cristo. Por eso Jesús no fue ni guerrillero, ni líder político, ni fanático religioso, sino el único hombre en el que se encarnó y se hizo realidad el amor ilimitado de Dios a la humanidad.

3. El Jueves Santo, os lo anuncio, seremos convocados como una gran familia, familia de hermanos. Mirad la mesa preparada, los manteles, las flores, los candelabros. Una mesa es el lugar de familia, el espacio de la comunicación, del encuentro y de la fiesta. La mesa también es signo de los grandes acontecimientos y símbolo de la humanidad reunida. No tenemos que ser perfectos… tenemos que ser amigos de Jesús… Imaginaros la escena os voy a pedir un esfuerzo…. observad a Jesús: nos da el mandamiento del amor y nos sirve como lo hacían los esclavos. Mirad a los que le rodean y quédate con lo que dicen y hacen… ¿no te ves a ti mismo? En la testarudez o impaciencia de Pedro, en la ternura de Juan, el discípulo amado, en el inconformismo de Andrés, en la incredulidad de Tomás, en la violencia de Simón el celota, en el liderazgo de Santiago… o hasta en el idealismo fracasado de Judas… todos tenemos algo de algún apóstol… hasta entonces no eran un ejemplo a seguir…pero eran sus amigos… Y nosotros, tu y yo, cada día procesionamos por las calles a cada uno de ellos llevando en nuestro rostro la tragedia, o la incomprensión, o la indiferencia, o la impaciencia, o la duda, o el dolor. Y eso sí que nos puede invitar a repensar nuestra vida en la Hora Santa que celebremos el Jueves Santo por la noche, en esa trágica noche de la entrega.

Y esta tragedia de Getsemaní, la siguen viviendo nuestros hermanos cristianos en África, en Medio Oriente, y tantos y tantos países del mundo, donde se juegan la vida por asistir a la Eucaristía, incluso haciendo kilómetros y kilómetros, mientras nosotros en este mundo caduco de la vieja Europa, nos quejamos por un cambio de horario en nuestras tradiciones. El martirio es violencia, incomprensión, dolor, desprecio, angustia… Contemplad si no los mártires del siglo XXI, los de estos últimos años… jóvenes, ancianos, niños, matrimonios, sacerdotes y personas consagradas… iglesias quemadas, pueblos arrasados, persecución, exilio, asesinatos… y una profunda sinrazón enlutada de odio y visceralidad. Y nuestra tierra está plagada de mártires. Esta sí que es una verdadera Semana Santa. Aquí no hay representación, ni bordados, ni flores, es la vida misma hecha Pasión, quizás mientras pronuncio estas palabras, alguien muere al pie de una cruz. Ya casi no nos dicen nada las ejecuciones de nuestros hermanos contempladas en directo en la sala de estar, en nuestros hogares seguros, en la tranquilidad de nuestras conciencias adormecidas, mientras llevamos a nuestras bocas el alimento que nos engorda día a día, mientras millones de personas mueren de hambre en esta mesa del mundo. Y mientras paladeamos el postre vemos a la muchedumbre –con muchos niños pequeños, ¡nuestros hijos! que huyen de la guerra hacia lo desconocido o hacia la nada… porque hemos cerrado las puertas de nuestras casas y nuestras naciones (Recordad a María y a José buscando posada. Perdonad, me estoy pasando a la dulce Navidad)

4. Y el Viernes Santo, celebramos la cruz… parece una contradicción.

He leído hace unos días que en la pasión lo superfluo desaparece. Lo artificial no existe. El ruido se acalla y se concentra la atención en lo esencial: el servicio como tarea; el amor como motivo; el odio como causante del mal; el perdón como respuesta; la soledad,
no siempre sonora, del justo; el coraje y el temor de los seguidores. Se desvanece lo que distrae nuestras miradas, y la atención se centra en el corazón del evangelio: un Dios que nos ama con locura, sí, a ti y a mí, tal y como somos. Y que nos muestra un único camino. Vivir dándolo todo. Todo.

Pero Jesús no inventó la cruz, se la encontró en el camino, como toda persona, como cada uno de nosotros. ¡La cruz! ¡Soportamos tantas cruces! a menudo son cruces sin nombre o sin esperanza… a veces son cruces maldecidas o sólo toleradas… A veces nos llevan a la desesperanza o simplemente a la resignación… Si queremos vivir esta Semana Santa, como Dios manda, pensemos en nuestras cruces, en las que soportamos o en las que hacemos soportar… y sembremos en ellas, como el Señor lo hizo, el germen del amor y la esperanza. Pensemos también en la muerte que nos acecha. ¡Pobres vasijas de barro! ¡Recordad!

“Por nosotros y por nuestra salvación…”

El velo del Templo, la cortina que impedía que se pudiese ver el Santo de los Santos, se rasgó de arriba abajo. Terminó el tiempo de la ocultación, Cristo había cumplido la voluntad de Dios entregándolo todo. Tembló la tierra, temblaron los montes y las colinas, y como una herida se abrió la tierra y escupió la muerte. Temblaron los corazones de la humanidad. Algunos que volvían del espectáculo se daban golpes de pecho, y el centurión que le abrió el costado para ratificar su muerte, exclamó: “Verdaderamente este era un Justo”.

Se desperdigaron los discípulos como ovejas sin pastor. El sentido de sus vidas se había hecho añicos. La desilusión y la desesperanza se reflejaban en el vacío de sus miradas: “Creímos que iba a salvar a su pueblo y al final…”

Al final desolación, soledad y muerte.

Nos hemos imaginado a María sola, porque nosotros también nos sentimos solos ante la realidad de la muerte, ¡que es la única soledad! Soledad, desolación y muerte, que nos desangra… Vivimos con la muerte, pero nos cuesta hablar de ella, es una limitación –nosotros que creemos controlar todo– que supone fugacidad y amargura. ¿Pero qué celebramos, la muerte o el amor?

“Por nosotros y por nuestra salvación…”

La vida de Cristo nos puede convencer de que sólo el amor puede borrar el rastro de la muerte: “Porque el amor es más fuerte que la muerte, a condición de que el amor sea más fuerte que la vida”.

El Viernes Santo se adelanta todos los años en heridas que mantenemos abiertas, llorando suspiros de desconsuelo. Vacíos imposibles de llenar, sin razón como garra de presa ahogando la garganta.

Las guerras son los Viernes Santos, el fracaso de la humanidad: Siria e Irak, Sudán del Sur, Afganistán, Yemen y la cuenca del lago Chad. Entre ellos figuran conflictos en Estados influyentes y funcionales como Turquía y otros desintegrados como Libia. Algunas pueden empeorar mucho más si no se produce una intervención inteligente, como el de Burundi, y tensiones soterradas pero que aún no han estallado, como las del Mar de Sur de China. En la mitad de los conflictos intervienen grupos extremistas cuyos objetivos e ideologías son difíciles de encajar mediante acuerdos negociados, lo cual complica el camino hacia la paz. Siria, lleva más de seis años de guerra civil. ¡Y cuidado que cuesta sanar una guerra civil! Y ahora parece que se recalienta la famosa “guerra fría”, entre Rusia y EEUU.

Más clavos, más llagas, más cruces… Si, contemplémoslo en Cristo crucificado, pero actuemos… Somos personajes de la pasión, pero porque hemos huido como los apóstoles. Sólo siguieron hasta el final algunas mujeres, en medio de tanta traición a Jesús, de tanto volverle la espalda los que se habían beneficiado de sus milagros, en medio de tanto odio de fariseos y sacerdotes, en medio de tanta indiferencia y malsana curiosidad, tenía que haber una excepción. No digo que alguno de sus seguidores no fuesen entre la muchedumbre, digo que los pros y contras del momento no les permitió dar la cara. Tuvo que ser otra vez la mujer, para que tomemos ejemplo los que nos creemos fuertes.

No hay nada más engañoso que ver las cosas desde lejos, desde arriba, asépticamente. Pero Jesús se acerca a los “infiernos” de este mundo. Se agacha, para lavar nuestros pies, para llegar allá abajo, adonde están quienes no tienen quién les alce. Cristo aprende a ver con los ojos heridos del inocente golpeado; con los ojos implorantes del hombre abandonado; con los ojos serenos del justo que obra en conciencia; El Señor ve con los ojos cansados de quien pone todo en juego; con los ojos húmedos de quien llora los llantos de este mundo. La mirada cercana te transforma de espectador en protagonista de una historia eterna. La historia de quienes viven tratando de construir el Reino.

Y nosotros padecemos casi indiferentes demasiadas muertes. Demasiados calvarios salpicados entre surcos labrados de sangre, de rencor y odio. Muertes abiertas en canal, fotografiadas sin pudor, servidas inmisericordes en las mesas de nuestras vidas cotidianas. Ya ni somos capaces de hacer silencio, como si sobraran las palabras en los momentos de trascendencia. Esta Semana Santa no puede ser igual que otras. El terrorismo, los asesinatos, la gente que huye de la guerra pidiendo asilo, y el clamor de un pueblo, salpicado por la sangre del inocente, como una eterna Pascua de corderos inmolados. Salgamos del insomnio, su sangre cuando cae sobre nosotros se convierte en candente fuego que nos abrasa hasta los tuétanos.

5. En la novela Quo vadis, un pagano, pregunta al apóstol Pedro, recién llegado a Roma: «Atenas nos ha dado la sabiduría, Roma el poder; vuestra religión, ¿qué nos ofrece?». Y Pedro le responde: «¡El Amor!» El amor es lo más frágil que existe en el mundo; se le representa, y lo es, como un niño. Se le puede dar muerte con muy poco, como se puede hacer con un niño. Sabemos por experiencia en qué se convierten el poder y la ciencia, la fuerza y el genio, sin el amor y la bondad…

¿Para qué está la Semana Santa?

Para que pensemos esta verdad: ¿Cómo podré expresar un amor limitado, con minúsculas, un amor que se corrompe? ¿Cómo podré empapar mis soledades, mis desiertos de frescor y de vida si no vierto en ellos una gota de eternidad? Que las personas que nos han precedido, aquellas que crearon esta manera de vivir y manifestar nuestra Semana Santa, tan distinta de otras… Aquellas que nos entregaron su vida, aquellas que vivieron su fe con intensidad… nos ayuden a aprender a creer… Que cada rostro de las imágenes de nuestra procesión, nos enseñen a saber esperar, en este largo sábado santo que es la vida, … porque las fronteras de la resurrección no pueden estar determinadas por los límites del tiempo presente, ni por los pensamientos y sentimientos que vivimos… El AMOR, con mayúsculas, no tiene límites y menos los que nosotros le queramos poner, el Amor no pasa nunca, permanece… porque el amor es la misma intimidad de este Dios que celebramos siempre vivo, resucitado.

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Al final “la palabra” de este PREGÓN es de vida y de esperanza. Y las sombras se retiran y permiten vislumbrar la gloria de Dios: ¡que la humanidad viva! Para eso ha venido Cristo: “para que tengáis vida y ésta, en abundancia”. Tendremos que ver un mundo sanado, aunque a veces no lo parezca. Porque la palabra definitiva de Dios es un canto de AMOR. Y su caricia sana las heridas. Y el mal no vence jamás. Alegre porque el caído encontrará la fuerza para levantarse de su derrota. Porque el verdugo callará, confundido (y quizás convertido). Alegre porque Dios y el prójimo llenan la soledad, dan sentido y convierten en canto el silencio antes deshabitado.

No miremos al mundo desde la sombra o la queja. No lo miremos desde el lamento o desde la rendición. Busquemos en él los destellos de Dios, los milagros cotidianos, las pequeñas o grandes victorias del amor, de la mística, de la santidad, de la Vida. Sólo quien reconoce a Dios como el Señor de su historia y busca su voluntad vivirá la alegría de la esperanza.

Termino, si aprendiésemos de nuestra historia, seríamos capaces de enseñar el sentido de las cosas a nuestros hijos y nietos. Sacaríamos, como de un viejo arcón, las verdaderas esencias, las creencias difuminadas en olores y sensaciones renacidas en la memoria y en el tacto de las cosas viejas que se vuelven entrañable ternura. Se llenaría nuestro sin sentido de un verdadero y profundo perfume de resurrección que iluminaría las sombras de nuestra vida y a cada espacio vacío de nuestro corazón le convertiría en un cálido hogar para todos.

Si aprendiéramos a amar, comenzaríamos a comprender.

Todo está pregonado y anunciado. Muchas Gracias.

En la Catedral, viernes 16 de marzo de 2018

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