Reflexión teológico-pastoral con motivo del Día del Seminario 2018

seminarios universidades

«Apóstoles para los jóvenes»

Jesús llama

En la película Un hombre para la eternidad [1], un joven se acerca a Tomás Moro, importante magistrado de Inglaterra, con el fin de alcanzar un puesto de relevancia en la corte. Después de mucho insistir, Moro sorprende al joven: «Ya tengo un trabajo para ti». «¿Cuál?», responde él con ojos brillantes. «Serás maestro». «¿Maestro? ¿Y quién sabrá que soy maestro»? «Tus alumnos, tu familia, Dios… ¡no es mal público ese!». En todo encuentro vocacional es muy importante la sinceridad. No elegimos nosotros, somos elegidos; no decidimos la misión, se nos da.

Esto se ve muy claro al comienzo de la vida pública de Jesús, cuando invita a Simón y Andrés a que se vayan con Él: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17), y cuando poco después hace lo mismo con Santiago y Juan, que «estaban repasando las redes» (Mc 1, 19). Así, hasta completar el grupo de los Doce, a los que también se conoce en el evangelio como discípulos, y a los que, sobre todo, se les llama apóstoles. Ellos han sido elegidos por Jesús (Lc 6, 13ss), pero al mismo tiempo saben que esta elección se remonta al Padre, de quien el mismo Jesús se considera enviado, y en cuyo nombre actúa. Esto es lo que está en el origen de todo lo que se vive en un lugar como el seminario. Si sus paredes hablaran nos contarían mil historias, iguales o diferentes, todas ellas fruto de la experiencia compartida en los años de formación.

Vivimos con preocupación la falta de sacerdotes, y por supuesto nos preocupa igualmente que aquellos que pasan por el seminario tengan una buena preparación. Los formadores, sacerdotes que acompañan y alientan este tiempo de especial discernimiento, conocen muy bien hasta qué punto se vive este interés en nuestras parroquias y comunidades diocesanas por lo que pasa en el seminario:

«Un amigo me regaló una Biblia al poco de entrar al seminario, y me la dedicó con una frase que he recordado muchas veces a lo largo de los años: “Dios cuida a los hombres a través de otros hombres”. Es una experiencia común, que en el camino de la vocación no estamos solos, el Señor se vale de mediaciones. Es a través de algunas personas, y de algunos acontecimientos, que nos habla y nos sugiere cuál es el camino que nos anima a seguir. Os invito a traerlos a la memoria de nuevo, a volver a pasar por el corazón a las personas, a los momentos y a las circunstancias que nos envolvieron. Quizá os ocurra como a mí, y alguna de esas personas, familiares, amigos, compañeros que ya hayan partido a la casa del Padre. La vida avanza y nosotros con ella. Precisamente la evidencia de esto me llevó a pensar que ahora debo ser yo para los demás lo que antes otros habían sido para mí. Que lo que ellos han hecho de manera tan generosa conmigo lo debo hacer con los demás. Creo que este debe ser nuestro punto de partida, en cualquier tipo de acompañamiento que realicemos. De manera muy especial en la búsqueda vocacional» [2].

1. ¿Qué es el seminario?

El seminario como institución surgió en el Concilio de Trento (1545-1563), los padres conciliares estaban preocupados porque los futuros sacerdotes tuvieran una mejor formación. Por eso mandó que se erigieran seminarios en todas las diócesis, y el camino fue largo, pasaron muchos años hasta que fueron una realidad en la mayoría de ellas. En sus edificios debían vivir y prepararse juntos aquellos que aspiraban al sacerdocio. ¿Por qué? Pues porque la vocación es personal, pero no se vive en solitario [3]. Todos necesitamos la ayuda de hermanos que nos escuchen, y en ocasiones nos corrijan y nos ayuden a discernir la voluntad de Dios. En el seminario se preparan viviendo en comunidad, para servir mejor el día de mañana a las comunidades donde se les envíe.

«Cuando se generalizaron los seminarios diocesanos, cambió la Iglesia, cambió el clero secular a una vida más ejemplar, adquirió una mayor capacidad para predicar y dar la catequesis, mucho mejor que en épocas anteriores. Se empezó a cumplir el ideal del sacerdote diocesano que habían tenido y vivido santos de la talla de san Juan de Ávila y san Juan de Ribera entre otros» (Mons. Repetto Betes).

El Concilio Vaticano II (1962-1965) fijó su atención en la institución de los seminarios y dedicó al tema de la formación de los futuros sacerdotes el decreto Optatam totius. Como recordarían tiempo después los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI:

«La adecuada preparación del sacerdote es el punto de partida de una auténtica reforma de la vida y del apostolado de los presbíteros. (…) También hoy se advierte la necesidad de que los sacerdotes sean testimonio de la infinita misericordia de Dios con una vida toda conquistada por Cristo, y aprendan esto desde los años de preparación en el seminario» [4].

«El sacerdocio es un don que se nos da, pero que tenemos la obligación de cuidar y acompañar desde el primer momento en el que surge la semilla de la vocación, en especial de las vocaciones al sacerdocio» [5].

Al seminario llegan aquellos que están en búsqueda y presentan signos de llamada. La nueva Ratio fundamentalis recuerda que los responsables de acompañar este proceso no son solo el obispo y los formadores, lo son también la familia, las parroquia y, sobre todo,
es responsable de su propia formación el seminarista. Cada uno, desde el lugar que le corresponde, ora y trabaja, para que aquellos que son llamados por el Señor a ocuparse de su viña respondan con generosidad.

2. Rezar por las vocaciones al sacerdocio

Si no nos parecen suficientes los que se preparan en nuestro seminario debemos recordar que la tarea de animar las vocaciones corresponde a la Iglesia entera, no solo al obispo, o a los responsables diocesanos; todos somos responsables en verdad. A los que preguntan de manera insistente al rector o a los formadores cuántos entran el próximo curso al seminario cuando todavía no ha acabado el anterior, o les parecen pocos los que efectivamente van a hacerlo, les podríamos contestar: «¿rezas habitualmente por las vocaciones?» o «¿animarías a algún hijo tuyo, nieto o sobrino a que fuera al seminario?».

Debemos rezar mucho y trabajar por las vocaciones. No hay tarea, por pequeña e insignificante que nos parezca, que no esté llamada a ser vivida desde esta perspectiva. En el centro de toda ayuda que demos a las personas se debe encontrar precisamente este planteamiento. Ayudarles a conocer y decir sí al proyecto que Dios tiene sobre sus vidas, a que reconozcan y hagan crecer sus dones y cualidades personales, a que lleguen a ponerlas al servicio de los demás. Toda nuestra pastoral y labor de evangelización debería estar impregnada por esta solicitud.

Para que nos entendamos un poco mejor. ¿A qué nos llama el Señor?, ¿adónde nos conduce?

«Una vez escuché a un párroco dirigiéndose a la asamblea reunida preguntar: “¿cómo se hace santo un cristiano?”. Pensé en ese momento que, a través de la familia, el trabajo, el compromiso social, pero, casi sin tiempo, volvió a preguntar: “¿cómo se hace santo un sacerdote?”. Me quedé pensativa. Enseguida habló de nuevo el párroco: “el sacerdote se hace santo ayudando a que los demás se hagan santos. Toda su vida, toda su acción en favor de los demás, adquiere su pleno sentido en la medida que es capaz de vivir esta dimensión fundamental de su propia existencia”» [6].

El seminario es una comunidad, cuyos miembros se encuentran en proceso de formación y discernimiento. Cuando ese proceso termine volverán ungidos y serán empujados por la fuerza del Espíritu. Entonces habrán de ser auténticos apóstoles, pastores al servicio del Pueblo de Dios. Es la esperanza la que garantiza que, de modos y por caminos a veces muy diversos, y que no siempre podemos entender con facilidad, no faltarán en el seminario jóvenes que se vean iluminados por una palabra que ha sido dicha sobre ellos.

«Tras muchos años de sacerdote, recuerdo la alegría con que recibí la noticia de que un joven que conocía había decidido ingresar en el seminario. Nos lo dijo en un breve mensaje que encabezaba con esta frase: “Os escribo para comunicaros un cambio radical en mi vida”. Después de la sorpresa inicial, me vinieron a la mente muchos momentos compartidos, que sin duda anunciaban, para quien los supiera leer, un alma que estaba buscando amar con más radicalidad. No dejó indiferente a nadie, y yo mismo me pregunté: “ ¿Dónde surgen las vocaciones?”» [7].

Todo joven que vive su fe con autenticidad, antes o después tiene que hacerse esta pregunta: ¿Dios me llama?

«La fe, en cuanto participación en el modo de ver de Jesús, es la fuente del discernimiento vocacional, porque ofrece sus contenidos fundamentales, sus articulaciones específicas, el estilo singular y la pedagogía propia. Acoger con alegría y disponibilidad este don de la gracia exige hacerlo fecundo a través de elecciones de vida concretas y coherentes» [8].

Somos uno más en medio de muchos, tantos mejores que nosotros, y, sin embargo, hay un instante en que uno puede llegar a vivir en diálogo sincero con el Señor, como este le invita a dejarlo todo para seguirle y colaborar de su misma misión en el mundo. Y eso, sin merecerlo de ningún modo.

3. Apóstoles para jóvenes

Todo joven, de manera especial los que se forman para ser los sacerdotes del día de mañana, está llamado a responder desde el corazón a las preguntas que hizo el papa Benedicto XVI a los jóvenes reunidos en Sydney:

«¿Qué dejaréis vosotros a la próxima generación? ¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis construyendo algo que durará? ¿Estáis viviendo vuestras vidas de modo que dejéis espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, rechazarlo incluso en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los dones que se os han dado, la “fuerza” que el Espíritu Santo está ahora dispuesto a derramar sobre vosotros? ¿Qué herencia dejaréis a los jóvenes que os sucederán? ¿Qué os distinguirá?» [9].

Jesús eligió a doce hombres y les invitó a seguirle. Los eligió a ellos y no a otros, y les quiso de una manera especial, con predilección. Los llamó para que estuvieran con Él y para enviarles a anunciar la buena nueva del reino de Dios. Les formó durante varios años, les acogió en su compañía, les abrió el corazón y les fue enseñando todo. Esa misma historia se repite en cada joven que entra al seminario.

«A vosotros, queridos hijos, que vais a ser ordenados presbíteros, os incumbirá, en la parte que os corresponde, la función de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Transmitid a todos la Palabra de Dios que habéis recibido con alegría. Y, al meditar en la ley del Señor, procurad creer lo que leéis, enseñar lo que creéis y practicar lo que enseñáis. Que vuestra enseñanza sea alimento para el Pueblo de Dios; que vuestra vida sea un estímulo para los discípulos de Cristo, a fin de que con vuestra palabra y vuestro ejemplo se vaya edificando la casa, que es la Iglesia de Dios» [10].

Anexo

Hay diversos tipos de apostolado

El apostolado del testimonio: consiste en actuar siempre bien, en privado y en público; en convencer a los demás del camino a seguir, caminando tú primero. Que al verte feliz y realizado los demás deseen seguirte e imitarte.

El apostolado de la palabra: consiste en hablar de lo que has descubierto. Puedes realizarlo escribiendo libros, dando conferencias o en pláticas informales, durante un rato de convivencia o en la comida, en donde compartas con los demás tus experiencias y tus conocimientos sobre el camino a la felicidad.

El apostolado de la acción: consiste en organizar, dirigir o colaborar en alguna obra o acción específica de ayuda a los demás. Esto se puede realizar a través de la acción social, las misiones o cualquier otra acción que dé a conocer a Dios a los demás.

El apostolado de la oración y el sacrificio: consiste en orar, rezar y sacrificarse por los demás. Muchas veces te encontrarás con personas a las que es imposible convencer mediante las palabras o el testimonio. Con ellas necesitas más que nunca el poder de Dios, recurrir a Él y pedirle su ayuda.

En cierta ocasión los discípulos de Jesús llegaron con Él muy desanimados por no poder sacar un demonio, y Cristo les contestó: «Ese tipo de demonios solo pueden expulsarse con la oración y el sacrificio». (Mt 17, 21).

(www.mercaba.org)

 


[1] Dirigida por Fred Zinnemann, en 1966.

[2] Experiencia personal de un sacerdote.

[3] «Esta formación tiene un carácter eminentemente comunitario desde su mismo origen. La vocación al presbiterado, de hecho, es un don de Dios a la Iglesia y al mundo, es una vía para santificarse y santificar a los demás, que nos e recorre de manera individual, sino teniendo siempre como referencia una porción concreta del Pueblo de Dios» (RFIS, n, 3; introducción).

[4] BENEDICTO XVI, Audiencia general (19.VIII.2009).

[5] JUAN PABLO II, Pastores dabo vobis, n. 34.

[6] Recuerdos de un catequista.

[7] Testimonio de un sacerdote mayor.

[8] Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, Documento preparatorio, cap. II, n. 1.

[9] BENEDICTO XVI, Homilía (Randwick, 20.VII.2008).

[10] FRANCISCO, Homilía en las ordenaciones sacerdotales en Daca (1.XII.2017)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s