Cargar con la cruz siguiendo a Jesús (y II)

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Marzo 2018

Ser cristiano significa ser discípulo de Jesús, ser bautizado en su nombre e imitar su ejemplo. Así nos exhorta San Pedro: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Ped.2, 21-24). La muerte de Jesús es causa de salvación para la humanidad; el Señor nos sirvió no sólo con su palabra y con sus obras, sino también con su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc. 10, 45).

Estamos llamados a cargar diariamente con la cruz siguiendo a Jesús. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc.9, 23-24). En la aceptación de la cruz se condensa nuestra fidelidad a Jesús que fue crucificado y está vivo para siempre. Todos eliminaríamos de nuestra vida, si en nuestro poder estuviera, la cruz; ya que la cruz es como la “cifra” de lo temible y doloroso. Pero en la cruz santificada por el Señor está la sabiduría divina. “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos” (cf. Sal 118, 71) La maduración personal más honda acontece en la victoria sobre las pruebas; las personas “curtidas” por la cruz vencen fácilmente las banalidades. La cruz llevada humildemente es el reconocimiento de la gloria de Dios y el crisol de la confianza en los designios insondables del Señor. Dios Padre aparece en algunos crucifijos sosteniendo con sus manos la cruz de su Hijo y también podemos afirmar que nos apoya en nuestra cruz.

Santa Teresa de Jesús escribió sobre el sentido de la cruz los siguientes versos: “En la cruz está la vida / y el consuelo, / y ella sola es el camino / para el cielo /. Después que se puso en cruz / el Salvador, / en la cruz “está la gloria / y el honor”, / y en el padecer dolor / vida y consuelo, y el camino más seguro / para el cielo”. Santa Teresa unió la cuna y la cruz, la pobreza del establo de Belén y el despojo del Calvario, con el hilo conductor del amor humilde y entregado del Señor.

La cruz es comunión con Jesucristo y es vínculo de paz entre los hombres. “Reconcilió con Dios a los dos (gentiles y judíos), uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad” (Ef. 2, 16). En la cruz Jesús ha dado muerte al odio, perdonando y otorgándonos la fuerza para perdonar.

La cruz del Señor ya está iluminada por la resurrección; es una cruz gloriosa; ha sido levantada en lo alto como centro de las miradas que piden clemencia y es árbol de vida eterna. Delante de nosotros, está alzada la Cruz del Señor para que la miremos con fe y recibamos la vida eterna (cf.Jn.3,13-17). Los cristianos no consideramos la cruz como consuelo de personas masoquistas que gozaran siendo maltratadas; para nosotros la cruz es el símbolo del amor de Jesucristo que nos amó hasta el extremo (cf. Jn.3, 16; 13, 1; 1Jn. 3, 16; 4, 9-10). Como Jesús fue crucificado, pero resucitó y está vivo para siempre, podemos sus discípulos estar ya desde ahora alegres al participar en las pruebas por Él y con Él. “Os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas: así la autenticidad de vuestra fe se aquilata al fuego” (cf. 1 Ped. 1, 6-7). “Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante” (1Ped. 4, 13; y cf. 2Cor. 1. 5-7; Fil. 3, 10). La existencia del cristiano, bautizado en Jesucristo muerto y resucitado (cf. Rom.6, 4-11; 8, 17), es una vida pascual que participa de la cruz y de la victoria del Señor.

La entrega de Jesús que culmina en la crucifixión ha pasado a los” misterios de la Iglesia” (San León Magno). En la celebración eucarística con el poder del Espíritu Santo se actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo. La irradiación de la cruz se amplía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Tertuliano (160-220) enseñaba cómo los cristianos trazaban sobre su cuerpo en diferentes ocasiones la imagen de la cruz; se santiguaban recordando los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Redención. Es conmovedor ver a unos papás hacer la señal de la cruz cuando a su hijo pequeño le confían al sueño de la noche. La cruz ha sido mil veces representada en la iconografía cristiana y piadosamente veneradas sus reliquias por los cristianos.

Lo que fue el suplicio de Jesucristo en la cruz es para los fieles cristianos fundamento de esperanza y sacramento central de la Iglesia. Cuando el sacerdote muestra el pan convertido en el Cuerpo del Señor y el cáliz con el vino en su Sangre, diciendo: “Este es el sacramento de nuestra fe”, la comunidad responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! O también puede aclamar la asamblea: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

La vida de los cristianos está insertada en el misterio pascual del Señor, en su muerte y resurrección. Esto celebramos en Semana Santa, que ya está a las puertas.

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