Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D.  FRANCISCO CONESA FERRER
Obispo de Menorca

conesa crismal 2018

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Menorca
Miércoles Santo, 28 de marzo de 2018

El momento que estamos viviendo esta tarde es particularmente intenso y emotivo. Es encuentro esperado y muy significativo, porque el presbiterio diocesano hace hoy asamblea, unido a su Obispo, en torno a la Eucaristía. Agradezco vuestra presencia, como también la de los diáconos y la de nuestros seminaristas. Nos acompañan los religiosos y muchas personas de nuestras parroquias, que han querido unirse a esta celebración, en la que pediremos especialmente por los sacerdotes y seremos testigos de la renovación de sus promesas sacerdotales.

La celebración de la Misa Crismal nos introduce en el ambiente del Jueves Santo, momento en el que nacimos como sacerdotes. Cada año volvemos al Cenáculo para volver a escuchar a Jesús que nos dice: “Haced esto en conmemoración mía”. Esta tarde también volvemos a redescubrir el don extraordinario que recibimos y caemos en la cuenta de la confianza que Jesucristo puso en nosotros. Las lecturas que hemos escuchado nos ayudan a comprender nuestro sacerdocio y a dar gracias sin cansarnos por el regalo que recibimos.

El Espíritu del Señor sobre mí

El profeta proclamaba con gozo la presencia sobre él del Espíritu de Dios. “El Espíritu del Señor está sobre mí, Él me ha ungido”. Cuando Jesús lee este texto en la Sinagoga de su pueblo, también siente sobre sí la presencia del Espíritu y proclama que aquella Escritura Santa se cumple en Él, que ha sido ungido por el Espíritu. Con esta misma certeza se despierta cada día el sacerdote: “El Espíritu del Señor está sobre mí”. El Espíritu nos cubrió con su sombra en el diaconado y después desplegó su fuerza en la ordenación de presbítero. El Espíritu nos ungió.

Desde ese momento toda la vida ministerial será actividad de dos. El sacerdote no está solo. El Espíritu rompe su soledad. De modo constante sentimos su hálito en cada tarea que emprendemos. Él es quien nos conduce, nos fortalece para vencer los miedos y nos da coraje para abrir las puertas del Cenáculo, como hizo en el primer Pentecostés de la historia.

Somos hombres ungidos por el Espíritu. Nuestras manos vacías recibieron el aceite de la unción, que significaba todo el Espíritu que se derramaba sobre nosotros. Hemos de vivir como ungidos, como hombres del Espíritu, que no temen dejar que sople en nuestra vida y nos conduzca donde quiera.

Para dar la buena noticia a los pobres

El texto de Isaías, que Jesús hace suyo, continúa diciendo: “Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres”. Recibimos el Espíritu para proclamar una Buena Noticia. La primera misión que tenemos encomendada es anunciar el Evangelio. En la tarde de Pascua, Jesús recordará a sus discípulos este compromiso. Sopla sobre ellos, entregando su Espíritu Santo y les dice: “como el Padre me ha enviado, así os envío yo”.

Somos sus enviados para evangelizar, para revelar a los hombres todo el amor del Padre y su proyecto de salvación y liberación. Somos curas para evangelizar, para anunciar a Jesucristo con voz clara. Nos debemos a la Palabra.

Podemos evangelizar desde nuestras parroquias, pero, en su forma primera, evangelizar sugiere caminos, requiere pisar la calle, acercarnos a las personas y convivir. Así lo hizo Jesús durante su vida, recorriendo los caminos de Galilea, poniéndose en y estando cercano de todos los que eran marginados, los que sufrían y de los pecadores. Evangelizamos con esta cercanía y con toda nuestra vida. El sacerdote hace la mejor homilía con su propia vida.

Queridos sacerdotes: Menorca necesita vuestra voz. Si de verdad amamos a Jesucristo, debemos ponernos en camino. Si de verdad amamos a nuestro pueblo, cada día saldremos con esperanza a anunciarles la Buena Nueva.

Esta buena noticia tiene que llegar al corazón de todos. Isaías habla de los pobres y de los que sufren, de los que tienen desgarrado el corazón, de los que carecen de libertad, tanto los que están en las cárceles como aquellos que andan por nuestras calles agarrotados por nuevas esclavitudes. El pastor conoce el corazón del hombre y se acerca sin miedo al dolor, a la vida de nuestras calles, al barro, hasta al hombre que puede mancharle.

Para liberar e iluminar

Junto al anuncio del Evangelio se nos encomienda también la tarea de “anunciar a los cautivos, la libertad y a los ciegos la vista”. Somos enviados a liberar e iluminar. Sabemos que el Evangelio que proclamamos es liberador, porque hace que el hombre descubra todas las cadenas que le atenazan, los miedos que le impiden volar, el egoísmo que obstaculiza su entrega generosa a los demás. Dirá San Pablo que “para ser libres, nos liberó Cristo” (Gal 5). El Evangelio es una oferta extraordinaria de libertad. Nosotros debemos ser los primeros en vivirlo de esta manera y, desde la libertad, ponernos al servicio de la comunidad. Porque Jesús nos enseñó que la libertad se realiza plenamente cuando escoge el camino del amor y se vive la entrega generosa y permanente a los demás.

Además de liberar, al cura se le pide también que sane a los hombres de su ceguera. Vivimos en un mundo que ha olvidado mirar en profundidad, que sólo ve lo inmediato y lo hace, además, de modo superficial. A nosotros corresponde iluminar el corazón de los hombres con la luz que es Cristo, para sanar su ceguera, para ayudarles a ver. La fe tiene una capacidad extraordinaria de alumbrar la vida de los hombres, de llenarla de sentido y de hacerla fecunda. Somos sacerdotes para curar la ceguera de nuestros contemporáneos con la luz de la fe.

Anunciar el año de gracia

La última tarea que se nos pide es “anunciar el año de gracia del Señor”. Somos pregoneros del perdón y la misericordia de Dios. Nuestro mensaje nunca puede ser negativo, de censura o de condena. Es mensaje de gracia desbordante, de perdón gratuito, como fue el mensaje de Jesús. Nuestra voz, como la de Jesús, debe proclamar con nitidez la entrañable misericordia del Padre.

Somos heraldos de una noticia alegre, extraordinaria. Hay que borrar todo rastro de tristeza y desánimo de nuestros rostros; no podemos dar paso al pesimismo ni a los sentimientos de derrota. Somos pregoneros gozosos de algo extraordinario y sorprendente: la gracia y el amor de Dios.

En la Misa Crismal del año pasado decía el Papa Francisco: “Todo lo que Jesús anuncia, y también nosotros, sacerdotes, es Buena Noticia. Alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás. Y, al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona (…) Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser”.

Como presbiterio

“Evangelizar es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su vocación más profunda”, dejó escrito el Beato Pablo VI. Evangelizar es también nuestra dicha y vocación. Al hacerlo no podemos olvidar que esta tarea corresponde a cada uno personalmente y a todos como presbiterio. Ningún presbítero puede vivir de modo aislado su ministerio. Nos necesitamos unos a otros.

Jesús instituyó el sacerdocio durante la Cena, cuando estaba reunido con los Doce. Sin la comunión con mis hermanos sacerdotes, no puedo ejercer el ministerio de modo fecundo. Los sacerdotes, a veces, se dejan contagiar por el feroz individualismo que caracteriza nuestra sociedad y piensan que es mejor trabajar solos, que se es más eficaz actuando cada uno por su cuenta. Pero sin los demás, corremos en vano; si nos aislamos, perdemos la capacidad de proclamar el Evangelio. La misión nos exige crecer cada día en la fraternidad que el sacramento creó entre nosotros. En la “Ratio fundamentalis” que estamos estudiando durante este año se dice que “tot això s’assolirà amb l’ajuda de l’Esperit Sant i amb un combat espiritual personal, que haurà de purificar el sacerdot de toda forma d’individualisme” (n. 87).

Acción de gracias

La última palabra es de gratitud. Os doy las gracias con todo el corazón. En el tiempo que estoy entre vosotros he sentido el calor de este presbiterio. Me impresiona vuestra madurez, vuestra pasión por el Evangelio y vuestro amor a la Iglesia. Tenemos limitaciones y fallos, que hoy confesamos y por los que pedimos perdón al Señor y a nuestras comunidades. Pero puedo decir a la Diócesis que dé gracias a Dios por los curas que tiene. Y se lo digo a los seminaristas. Gracias por vuestro trabajo de pastores. Gracias a los mayores y a los más jóvenes. Y a los que habéis soportado el calor del mediodía.

Pedid por mí, como yo lo hago por vosotros. Al acabar esta celebración regresaréis a vuestras comunidades. Dadles el saludo de paz y, ungidos con el aceite del Espíritu, llevadles la Buena Noticia de que Dios quiere liberar y salvar al hombre, abrir sus ojos y sanar su corazón  derramando sobre él toda su gracia y de su amor.

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