Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León

julianlopezmartin_crismal2018

(S.I. Catedral, 28-III-2018)

“Me ha ungido y me ha enviado”

Is 61,1-3a.6a.8b-9; Sal 88                     Ap 1,5-8                      Lc 4,16-21       

 “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo…
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo…”  (Ef 1,3-4a)

Un año más, convocados por la liturgia de estos días santos, nos encontramos participando en la Misa en la que se bendicen los óleos y se consagra el Crisma destinados a la celebración de algunos sacramentos y, en definitiva, a la santificación de los fieles y de los ministros de la Iglesia. Las palabras del Señor proclamadas en el evangelio Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21), nos invitan a reflexionar unos momentos para acoger lo que Él nos sugiere a todos en esta convocatoria, una de las más importantes del año litúrgico, porque en ella no solo se hace presente el Señor, según su promesa: ‘donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,20), sino que también se manifiesta la Iglesia local como enseñó el Concilio Vaticano II al aludir a la asamblea eucarística (cf. SC 7).

1.- La “vocación” de Jesús, vocación del “Siervo paciente”

Deseo recordar esta hermosa realidad que nos permite, como pueblo de Dios y como presbiterio diocesano, celebrar juntos el misterio pascual de Jesucristo que después, cada uno presidirá en las respectivas parroquias o comunidades que tiene confiadas. Esta circunstancia y el hecho de que el objetivo pastoral del presente curso está especialmente orientado al impulso de las vocaciones, me mueven también a compartir con vosotros, dentro del marco de la liturgia que estamos celebrando, unas reflexiones sobre la vocación sacerdotal.

El pasaje evangélico que se acaba de proclamar alude a la primera predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret en la que comentó la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado… » (Lc 4,18-19a; cf. Is 61,1-3a). El propio Señor se atribuyó el contenido de la lectura al ratificar las palabras del profeta: “Hoy se ha cumplido esta Escritura” (Lc 4,21). De este modo reconocía y manifestaba su propia vocación de Siervo de Yahvéh, identificándose como el ungido por el Espíritu para realizar la misión en el “año de gracia del Señor”.

Anteriormente a este episodio, habían tenido lugar dos hechos muy significativos en la vida de Jesús. El primero fue el bautismo en el Jordán, momento en el que fue ungido y consagrado por el Espíritu Santo para la misión mesiánica (cf. Lc 3,21ss.) Este hecho puede ser contemplado como un acontecimiento fundamentalmente vocacional. Jesús ya era un adulto cuando se somete al bautismo del profeta. ¿Por qué lo hizo? ¿Era la señal para comenzar la misión que había recibido del Padre? El segundo acontecimiento fue el episodio de las tentaciones que pusieron a prueba su vocación, y de las que salió robustecido por la fuerza del mismo Espíritu (cf. 4,1-14). En adelante su vocación y misión consistió en hacer siempre la voluntad del Padre que lo había enviado (cf. Jn 4,33). Son numerosos los pasajes evangélicos en los que Jesús manifiesta poseer esa conciencia. Por ejemplo, cuando afirmó haber venido “no a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45; etc.). A los doce años ya había respondido a María y a José, cuando lo buscaron angustiados: “¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49). Esta sencilla pero sorprendente frase revelaba ya la temprana conciencia que tuvo Jesús de su singular vocación mesiánica.

2.- De la “vocación” de Jesús a la “vocación” de los discípulos

Esta vocación comprendió también una unción espiritual, como reconoció la Iglesia primitiva en palabras del apóstol  Pedro refiriéndose al Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10,38), el “don de Dios” por antonomasia (cf. Jn 4,10; Hch 11,17). Vocación y unción que fue comunicada también, posteriormente, a los discípulos, llamados a compartir la misión de su Maestro y Señor. Esta realidad respondía a la realización del plan divino de la salvación que se manifestó después de Pentecostés, desde los primeros momentos de la predicación apostólica, en la comunicación del Espíritu Santo y en la transmisión de la misión recibida. En el Nuevo Testamento hay suficientes ejemplos de esta realidad, germen a su vez de lo que hemos conocido después como el rito de la ordenación para el ministerio.

De este modo vocación y misión han estado siempre unidas y relacionadas entre sí en la vida pastoral de manera que, para comprobar la primera y conferir la segunda, la Iglesia ha procurado siempre verificar la llamada del Señor mediante el oportuno discernimiento.  El principal motivo de este proceder se basa en la idea de que la vocación, cuando es verdadera, tiene su origen en Dios y se manifiesta inicialmente, entre otros signos, en el deseo o voluntad de la persona para dedicarse a la misión dentro del ministerio ordenado, de la vida consagrada e incluso en algunos ámbitos del apostolado seglar.

Este proceder facilita y fomenta lo que realmente está en el origen de toda vocación auténtica y que nace en el coloquio o convicción íntima de quien se siente llamado por Jesucristo. En este sentido la vocación será siempre un don inmerecido que el Señor concede a aquellos a los que elige y llama para que estén con Él, gocen de su intimidad y de su amistad y compartan su misión redentora. Por eso toda vocación, y especialmente la vocación al ministerio, es siempre un don y una gracia, primeramente para quienes son llamados pero también para toda la Iglesia. De ahí que nunca debe faltar en nuestras comunidades y en nosotros mismos la oración por las vocaciones, en coherencia con lo que el propio Señor nos mandó: “Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10,2).

3.- Vocación, consagración y misión

Estamos celebrando la Misa crismal. El significado y alcance de esta hermosa acción litúrgica, profundamente renovada después del Concilio Vaticano II, está fuera de toda duda. Pero importa que la vivamos en profundidad, con sentimientos de alegría y de acción de gracias al Señor, como presbiterio diocesano al servicio de la Iglesia y para nuestro aprovechamiento personal. Permitidme invitaros a cada uno a vivir esta celebración en la perspectiva de la vocación personal, como una nueva llamada, como una renovada confirmación. Dentro de unos momentos, en un gesto especialmente significativo de la liturgia de esta Misa crismal,  tendréis, tendremos todos, la oportunidad de renovar las promesas sacerdotales en presencia del pueblo de Dios, a modo de actualización del diálogo entre el obispo y cada uno de nosotros el día de nuestra ordenación. No en vano fuimos nominalmente llamados, elegidos y consagrados para el bien espiritual de todos los fieles.

El sacramento del Orden hizo de nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1) en favor de la comunidad eclesial. Hemos sido, por tanto, llamados como lo fue el Señor en el bautismo del Jordán (cf. Mt 3,17 y par.), ungidos en la ordenación para representar en medio de los fieles a Cristo cabeza de la Iglesia (cf. Ef 1,22) y enviados para la misión como los discípulos de Jesús (cf. Mt 28,19-20). Aunque el paso del tiempo haya podido reducir el entusiasmo y la alegría de los primeros años de nuestro sacerdocio, sabemos que el Señor jamás abandona o se olvida de sus elegidos. Lo ha prometido Él mismo: “¿Puede una madre olvidar al niño… no tener compasión del hijo de su seno? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré” (Is 49,15).

Queridos hermanos en el sacerdocio y en el ministerio, queridos seminaristas también: Hoy nos encontramos todos junto al altar del Señor para darle gracias por el don de la vocación. Conscientes de las limitaciones de nuestra respuesta, pero animados por la misericordia del Señor renovemos los sacerdotes las promesas que hicimos un día cada uno poniendo nuestras manos en las manos del obispo. Al actualizar una vez más nuestra entrega, pidamos para todos la gracia de la fidelidad y de la perseverancia. Y pidamos también que la llamada de la vocación sacerdotal sea escuchada por los niños, los adolescentes y los jóvenes de nuestras parroquias, colegios y movimientos. Invoquemos finalmente la intercesión de la Santísima Virgen María, de San Froilán y de los Santos Pastores. Que así sea.

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