Santa Misa vespertina de la Cena del Señor

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

braulio misa

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Jueves Santo, 29 de marzo de 2018

Queridos hermanos:

El Jueves Santo destaca ante nosotros por la increíble entrega de Cristo por nosotros para nuestra salvación. Su ejemplo consiste en lavar los pies a sus discípulos, pero para mostrar su servicio único a la humanidad: limpiar nuestra suciedad y desamor a Dios y a los demás. Una suciedad de la que no podemos salir sin su muerte y resurrección. Por ello comenzamos esta tarde el Triduo Pascual de la crucifixión y muerte de Cristo y de su sepultura, su resurrección y ascensión a los cielos. Una tarde-noche de Jueves Santo ha de ser una fecha muy adentrada en nuestro corazón. Estoy seguro de que la falta de vibración con Cristo en este día único tiene que ver el despiste de los jóvenes católicos, que apenas se diferencian del resto de sus compañeros no católicos o alejados de toda práctica religiosa. No conocen a Jesús en la Eucaristía, les aburre.

El Jueves Santo nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrifico de la Cruz y confiar a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la vida futura. Esto es posible porque Cristo Sacerdote ha resucitado y nos ha conseguido perpetuar su sacerdocio en medio de su Pueblo por el ministerio de los sacerdotes.

¿Qué ves, pues, en el Pan consagrado utilizado por Jesús y en el Cáliz con su sangre en la Última Cena? ¿Un mero símbolo o una realidad sorprendente, su Persona puesta a nuestro servicio? Toda reflexión y toda devoción eucarística ha de conservar siempre su mirada dirigida a esta misteriosa contemporaneidad de Jesucristo, que en el Triduo Pascual nos introduce en la celebración del sacramento. Lo que Él dijo e hizo el Jueves Santo, se realiza hoy entre nosotros. Por eso, hay una relación estrecha entre esta Santa Misa de hoy y la adoración al Santísimo Sacramento, que es llevado al tabernáculo/monumento para vivir hoy nosotros todo lo que pasó en esas horas, desde la Última Cena, la despedida de Jesús y todo lo que en los evangelios conocemos como pasión y muerte de Jesús.

Podemos haber asistido y asistiremos a los desfiles procesionales, que tanto ayudan a nuestra fe en Cristo, pero, ¿cómo rechazar la adoración y el diálogo con Cristo en esta tarde-noche en tantas horas santas de nuestras parroquias y otras iglesias? Ya decía san Agustín: “Nadie come esta carne sin antes adorarla…, pecaríamos si no la adoráramos” (Cometario al Salmo 98,9). En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación lógica de la celebración eucarística de este Jueves “en la Cena del Señor”, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración en la Iglesia. Recibir la Eucaristía en la comunión significa adorar al que recibimos, hacernos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial.

Precisamente en el acto personal de encuentro con el Señor por la confesión de los pecados, la comunión eucarística y la adoración debe madurar en nosotros el mandamiento nuevo de Jesucristo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. En ese amor de Cristo a cada uno de nosotros no escapamos a sentir vergüenza porque no nos preocupamos de los más pobres, ni luchamos porque cambie el sentido de la política y de la economía, de la manera de tratar a los emigrantes y refugiados. Pero tampoco escapamos a renunciar a nuestra responsabilidad en la vida pública, a dar el testimonio cristiano, a construir un bien común para todos, cuidando de la casa común que nuestra naturaleza, la creada por Dios en Cristo, Verbo creador del Padre.

Tal intensidad única de la presencia del Señor en el misterio de la Eucaristía hace surgir el asombro en el creyente, como actitud primera. Este asombro, entreverado de gratitud y de alegría, permanece siempre en el corazón de la fe verdadera y conduce a la adoración, ante el don completamente desproporcionado del Hijo eterno, ante el amor inmenso e inexplicable del Señor, que se abaja, lava los pies, entrega su vida en rescate por cada uno de nosotros. Es la tradición que, como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy, hemos recibido y hemos de transmitir, sobre todo a niños, adolescentes y jóvenes hastiados de un mundo virtual en el fondo aburrido.

Ante este Misterio, la razón humana experimenta su propia limitación, pero, como decía Juan Pablo II, “el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 62). Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía.

Digamos con Santo Tomás de Aquino en esta tarde:

Buen pastor, pan verdadero,
o Jesús, piedad de nosotros:
nútrenos y defiéndenos,
llévanos a los bienes eternos
en la tierra de los vivos.
Tú que todo lo sabes y puedes,
que nos alimentas en la tierra,
conduce a tus hermanos
a la mesa del cielo,
a la alegría de tus santos”. Amén.

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