Santa Misa vespertina de la Cena del Señor

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

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S.I. Catedral Basílica de Ntra. Sra. del Pilar, Zaragoza
Jueves Santo, 29 de marzo de 2018

JUEVES SANTO
Misa in Coena Domini

Nos convoca el Señor esta tarde aquí en la Catedral Basílica de Ntra. Sra. del Pilar “para celebrar aquella misma memorable cena”, en que Jesús “antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza eterna” (cfr. Oración colecta).

En la tarde de Jueves Santo todo respira amor. Toda la atención del espíritu se concentra en los grandes misterios que conmemoramos y actualizamos sacramentalmente. Son tres: la institución de la Eucaristía; la institución del sacerdocio; y el mandamiento nuevo del amor fraterno. Los tres misterios están atravesados por el amor de Jesús a los suyos: los amó hasta el extremo.

Institución de la Eucaristía

Las dos primeras lecturas bíblicas están en mutua relación: la cena del Señor, en que instituye la Eucaristía, es la pascua de la nueva Alianza (2ª lect.), que sustituye a la cena pascual del Antigua Testamento (1ª lect.). La pascua judía prefiguraba la cristiana. Jesús fue el definitivo cordero pascual, sacrificado durante la pascua en la cruz y compartido en la cena eucarística.

“Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: ‘sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad’, banquete pascual, en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (Vat. II, SC 47).

La lectura del Evangelio según San Juan narra la escena del lavatorio de los pies, que es también un signo de amor y de entrega como la Eucaristía; y como tal, significa tener parte con Jesús en su sacrificio redentor, es decir, en su pasión y muerte salvadoras, así como en su Reino glorioso por la resurrección que corona su obra.

Institución del sacerdocio

Para perpetuar en el tiempo la celebración de la Eucaristía, Jesús en la última Cena instituyó a la vez, el sacerdocio, ordenándoles a los Apóstoles: “haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19). “No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin Eucaristía” (Don y misterio. Madrid 1966, 95). Los sacerdotes hemos nacido de la Eucaristía en el calor del Cenáculo. El sacerdocio ministerial tiene su origen, vive y da frutos ‘de Eucaristía’ (cfr. Con. Trid., Sess. XXII, can. 2: DS 1752).

Los sacerdotes, en nombre de Cristo, renuevan el sacrificio de la redención, preparan para los fieles el banquete pascual, presiden al pueblo santo en el amor, lo alimentan con la palabra y lo fortalecen con los sacramentos (cfr. Prefacio de la Misa Crismal).

Hoy, Jueves Santo, es una ocasión para agradecer a Cristo el regalo del sacerdocio a su Iglesia, para pedir por la fidelidad de los sacerdotes al ministerio recibido y para orar sin cesar para que el Señor nos siga bendiciendo con numerosas y santas vocaciones sacerdotales y nuevos ingresos en nuestro Seminario Metropolitano.

Mandamiento nuevo del amor fraterno

Finalmente, el Jueves Santo nos remite al mandamiento nuevo del amor fraterno. Tan nuevo que lo estrenó Jesús; tan original que lo hizo típicamente suyo. Jesús nos deja este mandato, que es testamento de amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 34). De la misma celebración de la Eucaristía brota el don y la exigencia del amor fraterno, el impulso a trabajar por al justicia y la paz en el mundo, la ayuda a los más  pobres y necesitados. En una de las plegarias eucarísticas (V/b) oramos así: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren un motivo para seguir esperando”.

Conclusión: Te bendecimos, Padre Santo, porque el cuerpo sacrificado de tu Hijo y su sangre derramada son sacramento de amor hasta la muerte. Gracias a Cristo son posibles el cielo y la tierra nuevos, el amor, la unidad, el perdón y la fraternidad entre los hombres. Concédenos, Señor, tu Espíritu para seguir creyendo y amando, porque ése es tu mandato y nuestro compromiso para siempre. Amén.

 

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