Santa Misa vespertina de la Cena del Señor

Homilía de
Mons. Fr. JESÚS SANZ MONTES, OFM
Arzobispo metropolitano de Oviedo

sanz jueves santo

S.I. Catedral Basílica de San Salvador, Oviedo
Jueves Santo, 29 de marzo de 2018

Miramos al cielo en estos días, entre soles que nos guiñan recelosos y nubes que amenazan sus aguaceros o lloviznas. Días especiales por ser los centrales del año cristiano cuando damos comienzo al Triduo Pascual. Rememoramos el desenlace final de una historia de amor por la que Dios quiso mostrarnos en su Hijo Bienamado su decisión de salvarnos. Quedan atrás tantos momentos: los que conocemos por los evangelios, y los que quedan sin escribir, pero no por eso menos ciertos. Mil situaciones en tantas encrucijadas humanas en las que había lágrimas que enjugar, interrogantes a los que dar respuesta, deseos sinceros que se tornaron posibles y verdaderos, y un sinfín de inquietudes que palpitaban en los corazones y a los que Jesús regaló el cauce, les puso nombre y, sobre todo, les dio un destino resuelto.

La oración central de esta Misa vespertina de la Cena del Señor en el Jueves Santo, nos dice ya de entrada que hemos sido convocados en esta tarde para celebrar aquella misma memorable Cena en la que tuvo lugar un apretado recordatorio que se hará memorial para los cristianos. Estamos en el corazón de un relato de toda una vida, que se centra y concentra en el drama redentor de Jesús.

En primer lugar, la cena remite a un gesto del pueblo judío en el que cada año rememoraban el paso de Dios en sus vidas que arrancó sus esclavitudes, sus exilios, todos sus sufrimientos y sus pecados. Era una cena rápida, casi con prisa, porque había que comer el cordero en familia, compartiendo ese don con el de al lado, habiendo rociado con la sangre las jambas de las puertas para que el ángel exterminador pasase de largo en aquel Egipto de cadenas, abusos y menosprecios. Lo hemos escuchado en la primera lectura del libro del Éxodo (12, 1‑8. 11‑14), verdadera epopeya de todos nuestros exilios en el mapa de nuestro extravío particular.

Tal relato era como un anticipo de otra cena, en la que otro cordero se dejaría también comer como alimento eterno, y cuya sangre se vertería de modo colmado en las jambas de las puertas por donde entramos y salimos, por donde adentramos lo más grande y bello o por donde con alevosía y nocturnidad metemos nuestro costo por puertas traseras para mercadear con lo que ofende al Señor, hace daño a nuestro prójimo y a nosotros nos hiere profundamente en nuestra conciencia. Aquella escenificación simbólica supuso no el paso anónimo de un Dios que con su ángel extermina, sino el paso de un Dios que abre su corazón para que, con palabras y gestos, vuelva a declarar el amor a una humanidad esquiva, torpe, extraña al amor del mismo Dios.

Fue una noche de intimidades. Jesús comenzó a orar al Padre diciendo lo mucho que le importaban aquellos que el Padre le confió. Eran los afectos con los que, por amor al Padre Dios, Él se entregaba a sus hermanos. El Padre y los hermanos, dos amores distintos pero inseparables: fue un fiarse del Padre mientras nos daba a los hombres su abrazo y su verbo, y fue también entregarse a los hombres para intentar que comprendiésemos en su entrega el gesto supremo de parte del Buen Dios. Una noche que vino a contar entre manteles fraternos lo que toda una vida de mil modos había entregado y deletreado con tantos gestos y palabras.

El amor tiene esa dimensión fraterna, que nos desvela finalmente el rostro de un Padre que haciéndonos sus hijos quiso hacernos hermanos en su Hijo predilecto. Y así nos lo dijo Jesús, así nos lo dejó escrito de tantas maneras como estrofas del más bello canto poniendo todas sus músicas a todas nuestras letras. Pero tuvo un lance que sólo se entiende si alguna vez se ha estado enamorado: que el amor verdadero no se aviene con la distancia que tiene lejos a los que amamos, con la caducidad que hace corto y mezquino el ensueño enamorado. No quiso el Señor que su amor se hiciera compañero que no acompaña, o que se cansa de hacerlo como si caducase el intento, o que se hace tan extraño y distante, que termina siendo ajeno. Por este motivo, durante aquella Cena memorable Jesús hizo la multiplicación más grande del Pan de su vida, la multiplicación más increíble y hermosa que nunca sucedió antes y que siempre se repetirá cada día en las misas que celebramos. Tomad y comed, tomad y bebed. Una amistad que se hace tierna como el pan que no se endurece ni termina, una alegría que se hace gozosa en el vino escanciado con generosa medida. Su Cuerpo y su Sangre se hicieron santa Eucaristía, humildes como una espiga de trigo y un racimo de uvas, y silenciosos y discretos como un Sagrario de puertas abiertas siempre adorante.

Amor de hermano, amor eucarístico, que se hace gesto al ponerse a lavar los pies de los discípulos. Aquellos pies que no siempre anduvieron prestos, ni ágiles, ni frecuentadores de los caminos ciertos por los que Dios mismo frecuenta y por los venía a nuestro encuentro. Pero aquellos pies, que son también los tuyos y los míos, así de ambiguos, de sucios, de polvorientos y cansinos, son los que Jesús el Maestro quiso lavar con sus manos, y secar con cuidado, como un modo hermoso e insólito de repetir lo mucho que nos había amado, lo mucho que nos quería y nos sigue queriendo. ¿Quiénes son hoy los que tienen los pies gastados de tanto ir de aquí para allá, buscando una puerta de salida para sus agobios económicos, sus desgracias asoladas, sus lutos y fracasos, sus miedos y soledades, sus preguntas sin respuesta? Dios mismo se pone a lavarlos, Él que sabe de tantos caminos polvorientos, rotos y rasgados. Él sabe que le queremos a pesar de todo y de tanto. Y no se escandaliza de nuestro escándalo, ni deja de intentarlo una y mil veces más para ver si volvemos del último despiste descarriado, del último llanto por nuestra penúltima frustración mundana, de la última añoranza y resquemor en un corazón que no ha sabido resolver cuanto ahí sigue extrañamente palpitando. Estos son nuestros pies que Jesús se puso a lavar aquella noche en el lavatorio del Cenáculo.

Finalmente, a aquellos discípulos les quiso confiar lo más sagrado. Y los hizo ministros, sí, ministros de otro modo, sin cartera de poderes, de engañifas y de estragos, sino ministros que sólo sirven para servir a los hermanos, teniendo en Jesús mismo, Buen Pastor, el modelo único y el más completo y acabado. Como el Padre le envió a Él, así ahora Él enviaba a aquellos pescadores otrora, recaudadores de antaño, gente tosca, iletrada y ruda, que tuvieron el privilegio raro de haberse encontrado con Jesús, el Mesías anunciado y esperado. El Sacerdote Jesús, el Sacerdote Único y Eterno, invita a aquellos discípulos a seguir su ejemplo confiándoles su secreto y compartiendo con ellos el divino encargo. Allí estábamos tantos que hemos ido viniendo después, siglo tras siglo y año tras año. Y nos sentimos comensales de aquella cena postrera de intimidades y gestos, que nos constituyeron en testigos de tanto amor inmerecido, en portavoces de tantas palabras de vida, en portadores de tanta gracia salvadora.

Jueves Santo en el que dar gracias por el amor fraterno, por la Eucaristía, por el sacerdocio santo. Tres rasgos de la mirada de Dios, de su compañía, de lo mucho que nos quiere cada día en esta historia de veinte siglos, sea cual sea nuestro nombre, nuestra edad, nuestro momento aciago o nuestro sereno gozo esperanzado. Jueves Santo, para quedarnos con Él en adoración silenciosa para que podamos escuchar con corazón abierto lo que en su Corazón abierto se nos ha revelado.

Feliz día tan santo en el que da comienzo este Triduo sacro. Dios os bendiga.

✠ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

29 marzo 2018

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