Pecado y misericordia en la vida sacerdotal

Intervención de
Mons. D. JORGE CARLOS PATRÓN WONG
Arzobispo-Obispo emérito de Papantla
Secretario para los Seminarios de la Congregación para el Clero

Encuentro con los Misioneros de la Misericordia

patron

Roma, 9 de abril de 2018

1. Introducción

En primer lugar, agradezco de corazón a S.E.R., Mons. Salvatore Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, su amable invitación a participar en el Encuentro de los Misioneros de la Misericordia en esta tarde, confiándole a un servidor la catequesis sobre el tema “Pecado y misericordia en la vida sacerdotal” y, luego, la presidencia de la celebración eucarística en la Solemnidad de la Anunciación del Señor. Extiendo mi gratitud a todos los colaboradores del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización por su dedicación y preparación de este encuentro; como asimismo a todos vosotros, Misioneros de la Misericordia, aquí presentes, por la labor que desarrolláis en la hermosa tarea de comunicar el Evangelio de la Misericordia, especialmente en la atención de las confesiones en vuestras comunidades eclesiales.

Os propongo que en esta catequesis, bajo el título “Pecado y misericordia en la vida sacerdotal”, nos dejemos guiar por la contemplación de la llamada del apóstol Mateo, uno de los Doce, cuyo ministerio apostólico sigue vivo en medio del pueblo cristiano a través de nuestro servicio sacerdotal.

2. El texto y contexto del relato de la vocación de Mateo

Leamos el texto en Mt 9,9-13:

Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: “¿Por qué vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?”. Jesús, que había oído, respondió: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,9-13; cf. Mc 2,13-18; Lc 5,27-32).

Permitidme una palabra sobre el contexto del pasaje. El evangelista nos lo trasmite después de la curación del paralítico en Cafarnaúm (Mt 9,1-8; cf. Mc 2,1-12). En esta narración, contemplando Jesús la fe de los hombres que llevaban a aquel paralítico sobre su camilla para presentárselo, lleno de compasión, le dijo al enfermo: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mt 9,2). Estas palabras despertaron la oposición de los escribas allí presentes. Es más, ellos juzgaron en su interior a Jesús como blasfemo. En realidad, estaban cerrados a reconocer la divinidad en el Maestro galileo. El Señor no dejó esperar su reacción, realizando la curación del paralítico, precisamente para mostrar quién era y cuál era su poder: “Para que vosotros sepáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al paralítico– levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9,6).

Este contexto pone de manifiesto el horizonte del pecado y de la misericordia en el ministerio salvador de Jesús. Él pasa entre los hombres haciendo el bien, promoviendo la salvación integral de sus hermanos y hermanas, sin reduccionismos ni espiritualistas ni de mero progreso terreno: perdona los pecados y restablece la salud del paralítico.

Se trata de un contexto que abarca también nuestra vida y ministerio en cuanto participamos y prolongamos al ministerio salvador de Jesús. En efecto, el Señor asoció a su misión a sus apóstoles y a otros discípulos durante su vida terrena (Mt 10,5-14; Mc 6,7-11; Lc 9,1-5; 10,1-11) y, luego, resucitado, los envió a extender su salvación hasta los confines del mundo, abarcando todos los tiempos hasta que Él vuelva en gloria a consumar su obra (cf. Mt 28,16-20; Mc 16,15-16; Jn 20,21- 23). A través de los siglos, el ministerio salvador del Señor ha sido participado y se ha prolongado en el ministerio de los Obispos, sucesores de los apóstoles, y en la colaboración ministerial que ellos reciben de los presbíteros y diáconos.

3. Asombro ante nuestra vocación sacerdotal

Volvamos sobre el pasaje de la vocación de Mateo. Ciertamente, el llamado de este apóstol pone al alcance de nuestros pensamientos y sentimientos el tema de esta catequesis: “el pecado y la misericordia en la vida sacerdotal”.

Ante todo, debemos subrayar la misericordia, pues el llamado de todo apóstol no se explica sino en razón de la compasión del Señor por su pueblo. En efecto, nos señala el Evangelio que Jesús sintió compasión “al ver a la multitud… porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). E inmediatamente dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9,37).

En el caso de Mateo, esta realidad es más que evidente. Su llamada no se debió a unos méritos alcanzados por su esfuerzo moral o ascético; muy por el contrario, el Señor lo llamó estando en una clara situación pecaminosa ante los ojos de los que intentaban vivir la Ley en aquella época. Mateo era cobrador de impuestos y colaboracionista con los opresores del pueblo elegido.

Aunque el relato evangélico sea sucinto y parco en detalles, podemos imaginar la sorpresa que la llamada de Jesús causó en aquel publicano, toda vez que no le exigió condiciones, ni le impuso plazos. Simplemente lo llamó a su seguimiento. Tal vez, alguno de vosotros haya tenido oportunidad de contemplar esta misma escena en la pintura de Caravaggio en la Iglesia de San Luis de los Franceses en las inmediaciones de la Plaza Navona –vale la pena detenerse un momento en esa iglesia para admirar la recreación de la escena evangélica—. El pintor enfatiza la gran admiración –el asombro— de Mateo ante la invitación del Señor: “Sígueme”.

El asombro, pienso debe ser la primera perspectiva desde donde consideremos “el pecado y la misericordia en la vida sacerdotal”. Cada uno de nosotros ha sido llamado por “pura misericordia” por el “Señor de la misericordia”. No en virtud de sus méritos u obras; y en muchas ocasiones a pesar de las situaciones de pecado en las que algunos lamentablemente nos pudimos encontrar y desde las cuales fuimos rescatados. En todo caso, todos debemos reconocer que si no fuimos rescatados de ellas, hemos sido preservados de aquellas situaciones por pura misericordia.

Entramos en la profundidad del misterio de nuestra vocación: ingresamos en el misterio de la misericordia del Buen Pastor, nos insertamos en su corazón. Nos enseñaba el Papa Francisco en el Jubileo de los Sacerdotes durante el Año de la Misericordia:

El corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino la misericordia misma. Ahí resplandece el amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado. Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5)… (de la Homilía del Santo Padre Francisco en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 3 de junio de 2016).

Por tanto, profundizar en el asombro ante la misericordia divina, que todos hemos sentido al ser llamados, es un modo concreto de experimentarla constantemente. Además, nos permite “renovar el primer amor”, es decir, vivir de continuo en el horizonte de la gratuidad divina, que nos llena de gozo. En esa perspectiva encuentran pleno sentido tanto los momentos de dicha y los frutos de nuestra vida y ministerio sacerdotal, como las contrariedades y fracasos que encontramos en este camino particular de seguimiento cristiano.

4. Llamada vocacional, libertad y responsabilidad

“Sígueme” es la invitación que Jesús hace a Mateo (Mt 9,9; cf. Mc 2,24; Lc 5,27). Así de simple; así de directa. Es la misma invitación hecha por el Maestro a Felipe (Jn 1,43) y también a Pedro, después de aquel entrañable diálogo acerca del amor, sostenido en la playa del lago de Galilea, después de la resurrección (Jn 21,19.22).

Se trata de una invitación que debe ser aceptada, realizada, puesta en acción. De hecho, en el pasaje se afirma inmediatamente que “Él (Mateo) se levantó y lo siguió” (Mt 9,9). Mateo no opuso resistencia alguna al llamado, al contrario “se levantó”. Por cierto, esta expresión verbal describe tanto el movimiento exterior, como el camino interior del publicano: se levantó del banco donde cobraba los impuestos e íntimamente se hizo libre –nuevo—, dejando en el pasado la esclavitud en la que había vivido.

Algo análogo nos relata el tercer evangelio respecto de la vocación de Pedro: Ante el signo maravilloso de la pesca milagrosa, a Simón no le cabe sino reconocer su pequeñez y dice a Jesús: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador” (Lc 5,8). Esta confesión va unida al gran temor, que él y sus socios, Santiago y Juan, experimentan en ese momento. Ante esta reacción el Señor le asegura a Simón: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5,10). Y, de inmediato, dice el texto: “ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11).

En consecuencia, la llamada de Jesús, por una parte, no es una imposición o una fuerza irresistible y, por otra, supone “levantarse” de la propia pequeñez o indignidad. Es una propuesta, una invitación, que hace libre.

En los evangelios sinópticos se nos relata la actitud diametralmente opuesta en la negativa del joven rico ante el idéntico llamado del Señor:

Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme. Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes (Mt 19,21-22; cf. Mc 10,21-22; Lc 18,22 23).

Sus muchas riquezas constituyeron el obstáculo de aquel hombre para seguir a Jesús: el apego a ellas le impidió ser auténticamente libre. De hecho, no siguió al Maestro, aun cuando lo había llamado mirándolo “con amor” (cf. Mc 10,21). Aquel joven prefirió sus bienes al amor ofrecido por Jesús. Así se pone a nuestra reflexión el enigma del rechazo del camino trazado por el Señor para cada uno de nosotros: la posibilidad de refutar la alegría del amor experimentado en el encuentro salvador con Él y su Reino.

Ciertamente, los obstáculos a una vocación no se reducen al apego a las riquezas. En efecto, en otros lugares de los evangelios, Jesús advierte la posibilidad de anteponer las seguridades de este mundo y los lazos familiares a la disponibilidad para su Reino (cf. Mt 8,19-22; Lc 9,57-62). El núcleo del problema está en anteponer otros amores al amor del Señor.

Esta consideración nos lleva a reflexionar acerca de la corresponsabilidad de la persona elegida en su propia respuesta vocacional en las coordenadas de la misericordia y el pecado en la vida sacerdotal. El seguimiento de la propia vocación involucra una decisión plenamente humana, que implica necesariamente una forma de vivir en la amistad con el Señor o lejos de ella. En este sentido, resultan particularmente elocuentes las palabras del Maestro ante el rechazo del joven rico:

Jesús dijo entonces a sus discípulos: “Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mt 9,23-24).

Me parece que no debemos entender aquí la respuesta del joven rico como un acto pecaminoso en el sentido de la teología moral clásica, sino como una actitud que lo alejó, lamentablemente, del Señor, exponiéndolo a una vida sin sentido y banal. Por lo mismo, su existencia se volvió aún más frágil ante la eventual caída en las tentaciones que la posesión de muchos bienes arriesga (cf. 1Tm 6,10).

Lo mismo podría decirse de otros apegos fundamentales al placer y/o al poder.

Tener presente, siempre consciente, la posibilidad del rechazo de nuestra propia vocación, nos debe ayudar a renovar y cultivar en nuestras vidas la gran admiración –el asombro— que la llamada del Señor ha suscitado en nosotros, de la cual acabamos de referirnos. Momentos privilegiados para ello son tanto el Jueves Santo, el aniversario de nuestra Ordenación sacerdotal, como los ejercicios espirituales anuales, en los que tenemos oportunidad de que nuestro “primer amor” rejuvenezca, precisamente volviendo sobre el encuentro o los encuentros en que nosotros experimentamos el amor del Señor que nos llamaba a su seguimiento. Ciertamente, ha sido el toque de su misericordia lo que nos ha hecho estar dispuestos a seguirlo dejándolo todo: personas, posesiones, otros proyectos…

El ejercicio de volver sobre el asombro en nuestra propia experiencia vocacional, nos permitirá ir profundizando en la gratuidad del don recibido y en la infinita misericordia de Dios, que ha hecho de cada uno de nosotros un auténtico enamorado. Ante ese don no nos ha cabido sino una respuesta totalizante, llena de gozo, como la de María santísima al aceptar ser la madre del Señor; o como la de tantos y tantos sacerdotes de todos los tiempos, quienes han hecho de su vida y ministerio una respuesta de amor al que los ha amado primero (cf. 1Jn 4,19). Solo en esta experiencia originaria de amor cobra pleno sentido la respuesta vocacional de amor al Señor que han dado, amándolo concretamente en la entrega total por las ovejas que su mismo Señor les ha confiado (cf. Jn 21,15- 17).

Esa experiencia originaria, por tanto, es la fuente de la caridad pastoral que unifica y realiza la existencia de cada sacerdote. Se debe tener presente también, entonces, que se trata de una experiencia que debemos renovar constantemente, cuidando no solo de que no se apague el amor primero, sino también comprometiéndonos en avivarlo de modo que crezca y madure en todas las etapas de nuestra vida y ministerio sacerdotal.

5. Vocación sacerdotal: experiencia eclesial

Se debe observar, sin embargo, que la misericordia del Señor que gustamos constantemente en razón de nuestra propia vocación sacerdotal, en especial al rememorar nuestra llamada ministerial, no se reduce a una experiencia individual o intimista; sino, muy por el contrario, se trata de una realidad comunitaria y eclesial. La compasión de Jesús que está a la base de nuestra vocación dice relación con las “ovejas fatigadas y abatidas”, a las que Él quiere proporcionar “buenos pastores” que actúen en su nombre y en su representación (Presbyterorum Ordinis, 2. 13). La compasión de Jesús redunda también en que esos pastores, todos nosotros, sean para las “ovejas” auténticos “Misioneros de la Misericordia”, precisamente porque testigos de la compasión del Señor en sus propias vidas y ambientes.

En el pasaje evangélico que comentamos, las ovejas “fatigadas y abatidas” están representadas por los “pecadores y publicanos” que acudieron a casa de Mateo, después de haber sido llamado por el Señor. Ellos fueron invitados a sentarse en la mesa de la misericordia, experimentando que la vocación de su amigo y colega “publicano” se convertía en una puerta abierta para ser también ellos acogidos por Jesús. Y así sucedió: compartieron la intimidad de la comida en común con el Maestro galileo. En efecto, compartir el mismo pan era –y sigue siendo— una experiencia fuerte del deseo de entrar en comunión entre los comensales. Puntualicemos que, en esa circunstancia, ese no era solo el deseo que animaba a aquellos publicanos y pecadores, sino también y sobre todo al Señor.

En la vida sacerdotal, hermanos, hemos tenido y tendremos estupendas ocasiones para alargar esta misma experiencia del “Evangelio de la Misericordia”. En concreto, con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestros gestos de misericordia para con las hermanas y los hermanos que han sido puestas en nuestro camino vocacional; en especial tantas y tantos que lamentablemente viven en situaciones que objetivamente distan de la senda trazada por el Señor. Estoy seguro que todos vosotros podríais emitir en este momento hermosos testimonios al respecto, provenientes de vuestra experiencia sacerdotal y, en particular, de vuestra misión como Misioneros de la Misericordia.

En efecto, el Señor quiere acercarse a todas las personas a través de nuestra vida y ministerio, sin excluir a nadie, para sanarlos y participarles su vida abundante en la integralidad de la salvación. Naturalmente, este camino supone también el discernimiento y el acompañamiento de todos, con el ejercicio de la pedagogía de la gradualidad y de la paciencia. Y no estoy pensando solo, por ejemplo, en los casos contemplados en el capítulo VIII de la Exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, sino también en el amplio espectro de la conversión cristiana.

Una faceta muy nítida de la misericordia en nuestra vida y ministerio sacerdotal es la paciencia. Ella nace de nuestra propia experiencia: ¡Cuanta paciencia han tenido con nosotros Dios y nuestros hermanos!

La consideración del discernimiento y del acompañamiento de todos los fieles que nos han sido confiados y/o que encontramos en nuestro camino de servicio sacerdotal, con el ejercicio de la pedagogía de la gradualidad y de la paciencia, nos lleva a reparar en la necesidad de alimentar una constante actitud de misericordia en nuestra vida y ministerio sacerdotal. Podríamos denominarla “constancia en la misericordia”. Se trata de un elemento decisivo para nuestra necesaria y continua conversión pastoral, tanto personal como comunitariamente.

Al respecto, durante el Jubileo Extraordinario, precisamente en el Domingo de la Misericordia, el Santo Padre planteaba a todos los cristianos este mismo desafío, bajo la consigna de continuar escribiendo el Evangelio de la Misericordia en nuestras vidas:

“Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos” (Jn 20,30). El Evangelio es el libro de la misericordia de Dios, para leer y releer, porque todo lo que Jesús ha dicho y hecho es expresión de la misericordia del Padre. Sin embargo, no todo fue escrito; el Evangelio de la Misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia. Todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy (de la Homilía del Santo Padre Francisco en el Jubileo la Divina Misericordia, 3 de abril de 2016).

Si este desafío corresponde a todos los cristianos, cuanto más a los sacerdotes, quienes estamos llamados a ser vivas imágenes de Jesús, Buen Pastor, entre nuestras hermanas y hermanos. Nuestra vocación se realiza plenamente en la medida que llegamos a ser buenos pastores, configurados de tal manera con Jesús, que somos capaces de recorrer incansablemente montes, alturas y precipicios para encontrar a la oveja perdida y traerla al redil. Y, como Él, en esto encontrar la fuente de nuestra alegría que compartimos con amigos y vecinos (cf. Lc 15,3-7; Mt 18,10-14 y Jn 10,1-18).

Estas mismas actitudes las apreciamos con nitidez en el buen samaritano. Él ante el malherido, abatido por los salteadores; detiene su camino y se abaja para atenderlo; limpia sus heridas, lo monta en su propia cabalgadura y lo conduce a la posada, pagando por adelantado lo que sea necesario para la recuperación del herido e, incluso, se compromete a pagar más si fuese necesario hacer otros gastos no contemplados en ese momento (cf. Lc 10,25-37). ¡Qué hermosa imagen del Buen Pastor!

6. Incomprensión y rechazo de la misericordia: sacerdote en salida

La hermosa realidad de la misericordia del Señor por los pecadores, con todo, puede leerse desde un ángulo torcido: los gestos de misericordia causan, entonces, escándalo y desazón, especialmente en las personas que tratan de asegurarse la salvación en unos estrechos esquemas que ellos mismos se han autoimpuesto. Prestemos atención al impacto de estas actitudes: aunque con diverso grado de implicancia, muchas veces esas personas escandalizadas y erradas hemos podido ser nosotros mismos. En efecto, somos conscientes de que en algunas circunstancias tendemos a sentirnos poseedores del criterio de la misericordia, cerrándonos al criterio de Dios manifestado diáfanamente en la vida y ministerio de Jesús.

Esta fragilidad la vemos nítida en la reacción de los fariseos en el pasaje que estamos comentando. Retomemos la lectura brevemente para contemplar la posición de estos expertos en la Ley de Moisés ante todo lo sucedido a Mateo y a sus amigos

Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9,11).

La pregunta esconde el duro rechazo de aquellos hombres. Ellos eran expertos en la Ley y en los numerosos preceptos con que los rabinos de esa época intentaban llevarla a la práctica en la vida de todos los días (recuérdese que estos preceptos fueron, luego, compilados en la Mishnah, un total de 613 mandamientos que se debía observar). Comer con publicanos y pecadores era acto reprochable desde el punto de vista moral, es decir, una especie, sino de aprobación de su situación pecaminosa, al menos de tolerancia descarada del mal. Y, además, hacía impuro desde el punto de vista ritual a quienes así se relacionaban con ese tipo de personas. Comer con pecadores y publicanos, en efecto, excluía eventualmente de la participación de los rituales sagrados en el Templo y/o en la sinagoga.

En la actitud de los fariseos encontramos reflejada una de las falencias más tristes en la vida y el ministerio de un sacerdote: transformarse en un obstáculo para la salvación, so pretexto de mantener la pureza moral y/o ritual dentro de unos límites rígidos, que él mismo se ha creado o a los cuales ha adherido, con el fin de preservarse al seguro de todo posible involucramiento con el mal. Sin duda, así frena el espíritu misionero y el celo por la salvación integral del rebaño a él confiado. Ante todo, es triste constatar que un sacerdote olvide que él mismo ha sido rescatado por el Buen Pastor y que no está libre de caer en las mismas situaciones de pecado que rechaza en las que se encuentran algunas de sus ovejas o, incluso, en otras mucho más difíciles.

En fuerte contraste con esta actitud, están los múltiples llamados que ha hecho el Papa Francisco a toda la comunidad eclesial y, por lo mismo, también a nosotros, sus pastores; a ser una “Iglesia en salida”. Entre tantos lugares del magisterio del Papa en que encontramos este apelo, les propongo leamos con atención el N° 49 de la Exhortación Evangelii Gaudium:

Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37).

Queda claro que salir en busca del que vive lejos del Señor es la actitud evangelizadora propia de todo cristiano; ella nace de su propio encuentro salvador con Jesucristo. Por un lado, no se puede ocultar la alegría de la salvación y, por otro, ella misma se desnaturaliza y/o se esfuma, cuando se pierde el ardor misionero, el deseo de la salvación integral de las hermanas y hermanos. Si esto que vale para todos los miembros de la comunidad eclesial, cuanto más toca el íntimo de la vida y ministerio de un sacerdote, cuya configuración sacramental con Jesús, servidor y Buen Pastor, hace –como dijimos hace unos momentos— que la caridad pastoral sea la plena realización de su existencia.

La caridad pastoral, en efecto, “constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades pastorales del presbítero y de llevar a los hombres a la vida de la Gracia” (Directorio para la vida de los presbíteros N°54). La podríamos llamar el “ardor misionero de un cura”, “su celo apostólico”, que lo hace ser auténticamente un “sacerdote en salida”. No es un añadido a la vivencia del gozo y la alegría en su vida, sino propiamente su núcleo más auténtico.

En este sentido, la pérdida de este celo es la puerta de muchas de las crisis que experimentan los sacerdotes. En efecto, sin él quedamos fácilmente vulnerables a las tentaciones del poder, del placer y del poseer en las variadas y lamentables formas que todos conocemos y/o hemos sido testigos; incluso en formas muy graves y dolorosas.

7. Misericordia y cambio de mentalidad

A la dura reacción de los fariseos a la que nos acabamos de referir, sigue la respuesta de Jesús. Permitidme que repita la lectura de la última parte del pasaje que nos ha servido de guía:

Jesús, que había oído, respondió: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,12-13).

Con estas palabras, el Señor explicita pone de manifiesto que Él se entiende a sí mismo como médico respecto de los pecadores; no como su juez. Por tanto, médico de Mateo y sus amigos publicanos, pero también de sus detractores, los fariseos. Respecto de ellos, Jesús es médico mostrándose también como el auténtico maestro. Esos expertos en las Escrituras deben ir y aprender más profundamente su sentido, pues es claro que no lo han comprendido. Seguramente deben descender de la cátedra en la que han pretendido sentarse y transformarse en discípulos del Evangelio.

Por cierto, “no son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos” es el criterio que los fariseos no han logrado captar. Se trata de la clave que permite entender las actitudes de Jesús hacia los pecadores: ellos necesitan ser sanados de sus enfermedades; no se los puede dejar deteriorarse y morir. De hecho, de nada les serviría un Mesías que se limitara a mostrarles –a constatar— sus dolencias; los enfermos precisan de un médico que sane sus heridas y quebrantos. Por tanto, no hay lugar a equívocos: el Señor entra en intimidad con los publicanos y pecadores, sentándose a la mesa con ellos, porque quiere su salvación. No porque avale sus errores y fallos.

Pero insisto, los fariseos también requerían de curación. El médico Jesús se las ofrece invitándoles a ir y aprender lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”. Esta penetrante sentencia de las enseñanzas de Oseas (cf. Os 6,6), sintetiza el reproche del profeta al culto practicado por Efraín y por Judá. Ambos reinos se esmeraban en ofrecer abundantes y selectos sacrificios al Señor en sus santuarios, pero al mismo tiempo, ejercían violencia despiadada contra los débiles y postergados de entre el pueblo (cf. Is 1,11-15). Para el Señor, este modo de proceder resulta vano –vacío porque carece de sentido—. Esta es la razón por qué el Señor afirme que prefiere la misericordia a los sacrificios. Es decir, una vida de compasión es el correlato necesario a un culto agradable al Señor. Esta sabiduría es lo que los fariseos precisan comprender interiormente para cambiar su duro modo de pensar, esto es, adquirir una nueva mentalidad, un corazón nuevo. También nosotros debemos continuamente beber de esa sabiduría, ponernos a los pies del Maestro para aprender sus enseñanzas. Ciertamente, es preciso reconocer que nosotros también necesitamos cambiar nuestra mentalidad y ser curados en nuestro duro corazón que se aferra a unos criterios que se alejan o deforman a los de Jesús.

8. Misericordia y Eucaristía

En la segunda lectura de la Santa Misa de hoy, Solemnidad de la Anunciación del Señor, escuchamos en la Carta a los Hebreos (cf. Hb 10,4-10), que Jesús, constituido sacerdote, al entrar en el mundo toma en sus labios las palabras del Salmo 40: “Tú no has querido sacrificio ni oblación”, pero de inmediato añade: “…en cambio, me has dado un cuerpo” (Hb 10,5b). …”. El conjunto resulta afín a la sentencia del Profeta Oseas que Jesús pronuncia en el evangelio: “Misericordia quiero y no sacrificios”. En efecto, podemos notar una interrelación entre ambas citaciones en boca de Jesús: una cierta correspondencia entre la misericordia divina que quiere el Señor con su cuerpo sagrado, es decir, con el misterio de su encarnación. El Señor no quiere sacrificios sino misericordia; al entrar en el mundo el Padre no ha querido sacrificios, sino ha dado un cuerpo al Hijo. Lo sabemos, en la Encarnación se ha producido ese “admirable intercambio” por el cual se ha abierto la puerta de la salvación para todos nosotros, esto es, el encuentro salvador con Él y la participación de su vida divina.

El pasaje de la Carta a los Hebreos prosigue poniendo de manifiesto desde la perspectiva de Jesús que el misterio de su Encarnación hace parte del designio de salvación de Dios, su Padre:

No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: “Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer, Dios, tu voluntad”. (Hb 10,6-7).

Así, el autor de la carta quiere enfatizar que Jesús era plenamente consciente de que su servicio salvador en favor de la humanidad, consistía en la realización del designio salvífico de Dios (cf. Rm 16,25-27). No se trataba de un proyecto autoimpuesto, sino de la adhesión vital y desde toda la eternidad al misterio de la salvación trazado por Dios Padre. Al mismo tiempo, pone de relieve que la voluntad de su Padre es para Jesús el criterio absoluto para su ministerio en el mundo (Lc 2,49; Jn 4,34; 5,30; 7,16-18).

El pasaje de la Carta a los Hebreos concluye este argumento afirmando:

Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre (Hb 10,10).

Con esta conclusión, el autor de la carta pone a la luz que la realización de la voluntad de Dios significó para Jesús la oblación de su propio cuerpo en el altar de la Cruz. Esa ofrenda sacrificial es única, pues es “hecha de una vez para siempre” y no tiene otro propósito que nuestra santificación. Por eso, es el momento sublime de la misericordia de Dios derramada en el mundo. En este sentido se refuerza la correspondencia entre este pasaje y el relato de la conversión de Mateo.

Es necesario puntualizar que al referirnos a la oblación de Cristo, lo hacemos respecto de su Misterio Pascual en su integridad, por el cual Él inaugura el tiempo nuevo, la plenitud de los tiempos, que se colmará con su plena consumación en el último día.

La Eucaristía es el memorial vivo de esta oblación. A través de los signos sagrados, el pueblo fiel participa del sacrificio redentor del Señor, se nutre de su mismo Cuerpo y Sangre y recibe en arras el reino futuro. Así fortalecido se vuelve, siempre más profundamente, signo visible de la presencia del Resucitado en el mundo y es, unido a Él, fermento de todas las realidades creadas y de todas las interrelaciones entre los hombres, y entre estos y el medio ambiente, nuestra casa común.

En esta perspectiva, se hace muy diáfano por qué la misericordia en nuestra vida y ministerio sacerdotal, por una parte, encuentra su fundamento en la Eucaristía y, por otra, se realiza en ella en su sentido más alto. En efecto, en la celebración eucarística el “Misterio de misericordia” –expresión con que san Juan Pablo II designa a la Eucaristía (cf. Encíclica Ecclesia de Eucaristia Nº 11, 2003)— está en nuestras manos para alimentar a nuestras hermanas y hermanos; y junto con ellos, en la participación eucarística nos vamos transformando siempre más profundamente en discípulas y discípulos misericordiosos del Señor.

9. Misericordia y los sacramentos de la curación

En nuestra vida y ministerio sacerdotal, a través de la celebración de los sacramentos de la curación tomamos contacto frecuentemente con el triunfo de la misericordia divina sobre la esclavitud del pecado y sobre toda otra forma de opresión de él derivada. En efecto, en el confesionario somos testigos del rescate de las ovejas descarriadas por el inmenso amor del Señor, quien “llevó sobre la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia…” (1Pe 2,24; cf. Is 53,4-5). El Sacramento de la Penitencia, sin duda, es para nosotros, ministros del perdón, ocasión privilegiada para testimoniar la inmensidad de la misericordia del Padre. ¡Cuántas lágrimas de consuelo! ¡Cuántos rostros resucitados, porque reconciliados! ¡Cuánta gratitud al Señor por la apertura de caminos de esperanza!

Lo mismo debemos aseverar cuando acudimos a atender a los enfermos que con la gracia del Sacramento de la Unción unen sus sufrimientos a la Cruz del Señor y, en algunas ocasiones, alcanzan también el perdón de sus faltas.

Permitidme que lo vuelva a decir, aunque ya lo hemos subrayado bastante, estas experiencias de misericordia no solo nos tocan en cuanto ministros de los sacramentos, sino también en cuanto cristianos en nuestra propia vida: nosotros mismos hemos sido tantas veces reconfortados por los sacramentos, siendo “llamados de la tinieblas a una luz admirable” (1Pe 2,9).

10. Misericordia y ministerio de la Palabra

En nuestra vida y ministerio sacerdotal, la misericordia también la experimentamos en el anuncio de la Palabra de Dios. Unidos al Buen Pastor, por la predicación del Evangelio llamamos a la conversión a todos en las distintas facetas que adopta este ministerio: desde el primer anuncio, pasando por una amigable invitación a los que están alejados y en el servicio a los que participan activamente de la vida eclesial.

Nuestro ministerio profético encuentra su raíz en el anuncio de la Buena Noticia que Jesús inauguró en la sinagoga de Nazaret al iniciar su misión, retomando las palabras del profeta Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19; cf. Is 61,1-2a).

En esta cita profética el Señor nos ofrece el tono salvador de su predicación y de todo su ministerio. El sentido de su misión es la redención. Coincide plenamente con las palabras de la respuesta de Jesús a los fariseos en el pasaje de la conversión de Mateo, condensadas en la sentencia final: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13).

En efecto, al inicio de su ministerio y en la sinagoga de su pueblo, Jesús describe su misión con los variados aspectos que recoge del oráculo profético. Todos ellos nos hablan de cómo la misericordia ocupa el primer lugar en su vida y ministerio:

– “Anunciar la Buena Nueva a los pobres”: Jesús evangeliza primeramente a aquellos que para muchos escribas y fariseos estaban excluidos de la asamblea sinagogal y, más aún, del culto en el Templo. Desde luego, son los paganos que no se sometían a las prescripciones de la Ley, pero también todos aquellos respecto de los cuales se dudaba de su ortodoxia y/o de su pureza ritual. Es el caso de los pastores y, muchas veces también, de los campesinos pobres o “hombres de la tierra”. Para el Señor los pobres, los marginalizados o “descartados”, en cambio, son los primeros destinatarios de la Buena del Reino. Anunciársela es una señal de que “el tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15; cf. Mt 11,4-5; Lc 7,21-22).

– “A anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos”: El Señor no se limita a proclamar la esperanza de una vida más plena, sino que su ministerio está acompañado de acciones y gestos que devuelven salud y dignidad a los que las han perdido. Así, por ejemplo, la suegra de Pedro y tantos otros enfermos curados en Cafarnaúm; así el ciego de Jericó y tantos otros sanados de sus dolencias en otras ciudades y campos; así el poseído por la legión de demonios en Geresa y tantos otros liberados de los espíritus malos que los oprimían; así la pecadora perdonada y tantos otros pecadores que encontraron en el contacto con Jesús el perdón y la paz. Por cierto, ese fue el caso de Mateo, cuya vocación hemos comentado.

– “Proclamar un año de gracia del Señor”: la inauguración de los tiempos mesiánicos y, por lo mismo, de la plena realización de la misericordia divina. La vida y ministerio de Jesús de Nazaret tiene como norte precisamente el arribo del Reino definitivo, que se ofrece a todos, no importando la gravedad de la situación de pecado en que se viva y/o las ofensas que pudieron haber cometido. Para Jesús, la misericordia ocupa el primer lugar en sentido absoluto. Por eso, la vida y ministerio de Jesús están tejidos de los gestos y las palabras de la misericordia del Padre: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).

Nuestro ministerio profético es también prolongación del anuncio de la Buena Noticia que Jesús realizó durante su misterio público, consumado en su Misterio Pascual.

Precisamente, el Resucitado envía a sus apóstoles a continuar la evangelización que Él mismo había iniciado:

Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación…” (Mc 16,15).

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo (Mt 28,19-20).

Además, somos testigos cómo el anuncio de la Buena Noticia en clave de misericordia nos llena de gozo y alegría, como hermanos entre hermanos y como pastores. Y no debemos temer cualquier “viento de doctrina” que intente ensombrecernos con voces que propugnan que este camino podría ocultar la verdad o truncar una auténtica metanoia cristiana. Muy por el contrario, la alegría del anuncio del Evangelio en clave de misericordia se condice plenamente con el llamado a la conversión. En la Misa Crismal del año pasado, el Santo Padre hacía notar esta realidad aludiendo a las “tres gracias del Evangelio”:

La Buena Noticia. Una sola Palabra —Evangelio— que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad. Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad –no negociable—, su Misericordia –incondicional con todos los pecadores— y su Alegría –íntima e inclusiva—. Verdad, misericordia y alegría: las tres juntas” (de la homilía en la Misa Crismal del 13 de abril de 2017).

Y en esa misma ocasión, más adelante, el Papa clarificaba que la misericordia del Evangelio nada tiene que ver con una suerte de inmovilismo de la miseria en cualquiera de sus formas. Al contrario, siempre implicará un camino hacia la vida nueva, gracias al acompañamiento personal y comunitario:

Nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso (de la homilía en la Misa Crismal del 13 de abril de 2017).

11. Conclusión

Ciertamente, podrían abordarse todavía otros aspectos muy relevantes acerca del pecado y la misericordia en la vida sacerdotal. Sin embargo, esta catequesis bíblica, contemplando la conversión y la llamada de Mateo, nos ha dado la ocasión de entrar en varios de los aspectos fundamentales de este argumento. En realidad, la misericordia divina que vence el pecado es una experiencia personal y comunitaria que toca nuestra vida entera. En efecto, nuestro ser cristianos y, además, pastores está transido por la misericordia divina que gustamos constantemente al contacto con Aquel que nos amó primero (cf. 1Jn 4,19). En el encuentro con el Señor, vamos comprendiendo, siempre mejor y más profundamente, en qué consiste la alegría, el gozo y la bienaventuranza de haber sido rescatados por Él y, también, el haber sido asociados como pastores a su obra de redención, por el inmerecido don de su llamada al sacerdocio ministerial. Se trata de una experiencia que nos hace entrar más y más en el espiral de las bienaventuranzas, en especial en aquella que proclama “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5,7).

Para concluir, quisiera recordar las palabras del Papa Francisco en relación con vuestro envío, queridos Misioneros de la Misericordia, que aconteció al final de la Santa Misa del Miércoles de Ceniza en el Jubileo Extraordinario de la Misericordia: En esta celebración están presentes los Misioneros de la Misericordia, para recibir el mandato de ser signos e instrumentos del perdón de Dios. Queridos hermanos, que podáis ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que vuestras manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de vosotros la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas (de la Homilía del Santo Padre Francisco en la Misa de bendición e imposición de la ceniza y envío de los Misioneros de la Misericordia, 10 de febrero de 2016).

Sin duda, en estas palabras encontramos una síntesis de lo que hemos intentado expresar en esta catequesis: que la misericordia tenga el primer lugar en la vida y ministerio de cada uno de nosotros, sacerdotes, y en particular en la de cada uno de vosotros, Misioneros de la Misericordia. Y, además, que cada uno de nosotros pueda crecer en corresponsabilidad ante el ministerio de reconciliación que el Señor ha confiado en nuestras frágiles manos, tanto personal como comunitariamente (cf. 2Co 5,20). Se trata en un verdadero programa para nuestra vida y ministerio: ser siempre más conscientes y, por lo mismo, más responsables de estar llamados a ser agentes de la misericordia en toda nuestra existencia sacerdotal; y cada vez más profundamente. Así os lo enfatizaba el Santo Padre a vosotros, Misioneros de la Misericordia, en la vigilia de vuestro envío en el Jubileo:

Ser Misionero de la Misericordia es una responsabilidad que se os confía porque requiere de vosotros que seáis en primera persona testigos de la cercanía de Dios y de su forma de amar. No a nuestra modo, siempre limitado y, a veces contradictorio, sino a su manera de amar y a su manera de perdonar que es, precisamente, la misericordia (Del discurso del Santo Padre Francisco en el encuentro con los Misioneros de la Misericordia, 9 de febrero de 2016).

Agradezco al Señor este encuentro con todos vosotros, sacerdotes, Misioneros de la Misericordia. Muchas gracias a cada uno de vosotros por su vida y por su ministerio, dedicado con intensidad a manifestar la Misericordia Divina, de la cual sois también testigos en primera persona. En unos momentos más, en la Santa Misa que celebraremos, todos juntos nos uniremos en acción de gracias al Señor por la gran bondad que ha tenido con nosotros al llamarnos y al enviarnos a la misión. También, muchas gracias por vuestra paciente atención.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s