Abrir la in­te­li­gen­cia

Carta de
Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

CesarFrancoMartinez

Domingo 15 de abril de 2018

El hom­bre es un ser do­ta­do de ra­zón. Gra­cias a ella po­de­mos re­la­cio­nar­nos con el mun­do y con los hom­bres de for­ma ver­da­de­ra, por­que la ra­zón apun­ta a la ver­dad de las co­sas, aun­que a ve­ces nos cues­te re­co­no­cer­la. Con fre­cuen­cia es duro o di­fí­cil acep­tar la ver­dad. En­ton­ces te­ne­mos dos ca­mi­nos: abrir­nos a ella hu­mil­de­men­te por­que las co­sas son como son; o dar la es­pal­da a la ver­dad cons­tru­yén­do­nos nues­tro pro­pio mun­do. Hoy está de moda, pre­ci­sa­men­te, la de­cons­truc­ción de la reali­dad ob­je­ti­va y cons­truir la que sub­je­ti­va­men­te me con­vie­ne. Quie­re de­cir que el pe­li­gro de ser ra­zo­na­ble es de­jar de ser­lo.

En el evan­ge­lio de este ter­cer do­min­go de Pas­cua, Je­sús se apa­re­ce de nue­vo a los após­to­les para con­du­cir­les a la fe en su re­su­rrec­ción. No era la pri­me­ra vez que se apa­re­cía, pero, aún así, no es­ta­ban dis­pues­tos a creer. En esta nue­va apa­ri­ción, los após­to­les, lle­nos de mie­do, creen ver a un fan­tas­ma. Para con­du­cir­les a la ver­dad, Je­sús da tres pa­sos. El pri­me­ro es mos­trar­les las ma­nos y los pies para que vean que es él mis­mo «en per­so­na». Las ma­nos y los pies por­ta­ban las se­ña­les de los cla­vos, el signo de su iden­ti­dad. El se­gun­do paso es in­vi­tar­les a que le to­quen por­que un fan­tas­ma no tie­ne car­ne ni hue­sos como él te­nía. ¿Pue­de ha­ber algo más real que lo que to­ca­mos con nues­tras pro­pias ma­nos? En ese mo­men­to, el mie­do ha dado paso a la ale­gría, pero in­clu­so esta les im­pi­de creer, como dice el evan­ge­lis­ta. Pen­sa­rían qui­zás que su­frían una enaje­na­ción co­lec­ti­va, una es­pe­cie de ilu­sión mís­ti­ca. En­ton­ces Je­sús da el ter­cer paso y pre­gun­ta si tie­nen algo que co­mer. Le ofre­cie­ron un tro­zo de pez asa­do, que tomó y lo co­mió de­lan­te de ellos. Su pe­da­go­gía ha­bía lle­ga­do al fi­nal.

Fue en­ton­ces cuan­do les abrió la in­te­li­gen­cia para que com­pren­die­ran lo que ha­bía su­ce­di­do. De todo ello les ha­bía ha­bla­do Je­sús cuan­do vi­vió con ellos. Les ha­bía ex­pli­ca­do su des­tino, con­for­me a lo di­cho por los pro­fe­tas. Pero no ha­bían en­ten­di­do. Los após­to­les, como todo hom­bre, con­ta­ban con la ra­zón. Pero les fal­ta­ba leer en el in­te­rior de la reali­dad (eso sig­ni­fi­ca en­ten­der), abrir­se to­tal­men­te a la ver­dad que su­ce­de en la his­to­ria, ante nues­tros pro­pios ojos. Te­nían a Je­sús de­lan­te, pero creían ver un fan­tas­ma; lo to­ca­ban, pero du­da­ban; co­mía de­lan­te de ellos y no lle­ga­ban a creer. Fue ne­ce­sa­rio que Je­sús les abrie­ra la in­te­li­gen­cia.

La fe es una gra­cia de Dios. Pero es una gra­cia que se otor­ga a se­res in­te­li­gen­tes. Dios vie­ne en ayu­da de nues­tra ne­ce­si­dad para abrir­nos ho­ri­zon­tes más am­plios que los con­tem­pla­dos por los sen­ti­dos fí­si­cos, in­clu­so por la ra­zón. Dios res­pe­ta siem­pre al hom­bre, do­ta­do de ra­zón y li­ber­tad. Le da las prue­bas su­fi­cien­tes para en­ten­der la reali­dad en su to­ta­li­dad, pero es pre­ci­so que el hom­bre se abra a una in­te­li­gen­cia del es­pí­ri­tu que va más allá de lo me­ra­men­te ma­te­rial. Un ár­bol siem­pre será un ár­bol, pero pue­de ser en­ten­di­do de ma­ne­ra dis­tin­ta por al­guien que ha des­can­sa­do a su som­bra en una tar­de ca­lu­ro­sa, que por otro que lo ve como un ár­bol más. Dice el evan­ge­lis­ta que Je­sús abrió la in­te­li­gen­cia de los após­to­les por­que que­ría ha­cer de ellos tes­ti­gos de todo lo que ha­bía ocu­rri­do con él se­gún las pro­fe­cías. «Vo­so­tros sois tes­ti­gos de es­tas co­sas», les dice al fi­nal de su apa­ri­ción.

El cris­tiano tie­ne que acos­tum­brar­se a in­da­gar con la ra­zón los se­cre­tos ín­ti­mos de la reali­dad, su ni­vel más pro­fun­do y es­con­di­do. Una mi­ra­da su­per­fi­cial y li­ge­ra no es pro­pia del hom­bre. Sig­ni­fi­ca que­dar­se en el ni­vel más sen­si­ble de las co­sas. La in­te­li­gen­cia va siem­pre más allá: pre­gun­ta, in­da­ga, bus­ca. Y sabe leer la pre­sen­cia del Ser que sos­tie­ne el mun­do y deja ver los sig­nos inequí­vo­cos de su ac­tuar en él. Sólo así será tes­ti­go de lo que su­ce­de.

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✠ César Franco Martínez
Obispo de Segovia

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