Prefacio al libro “Liberar la libertad. Fe y política en el tercer milenio”

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La relación entre fe y política es uno de esos grandes temas que está desde siempre en el centro de la atención de Joseph Ratzinger–Benedicto XVI, y que atraviesa todo su camino intelectual y humano. La experiencia directa del totalitarismo nazi lo condujo, ya siendo un joven estudioso, a reflexionar sobre los límites de la obediencia al Estado a favor de la libertad de la obediencia a Dios: «El Estado —escribe en este sentido en uno de los textos propuestos— no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda la esperanza humana. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Y esto es válido no solo para un Estado al que se puede calificar de Babilonia, sino para cualquier tipo de Estado. El Estado no es la totalidad. Esto le quita un peso al hombre político y le abre el camino de una política racional. El Estado romano era falso y anticristiano precisamente porque quería ser el totum de las posibilidades y de las esperanzas humanas. Pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Su mentira totalitaria le hacía demoníaco y tiránico».

Sucesivamente, también sobre esta misma base, acompañando a san Juan Pablo II, Joseph Ratzinger elabora y propone una visión cristiana de los derechos humanos capaz de debatir a nivel teórico y práctico con la pretensión totalitaria del Estado marxista y de la ideología atea sobre la que se fundaba. Porque el auténtico contraste entre marxismo y cristianismo para Ratzinger no está, ciertamente, dado por la atención preferencial del cristiano por los pobres: «Deberíamos aprender —de nuevo no solo teóricamente, sino en el modo de pensar y en el actuar— que además de la presencia real de Jesús en el templo, en el sacramento, existe aquella otra segunda presencia real de Jesús en los más pequeños, en los pisoteados de este mundo, en los últimos: en todos ellos quiere él que lo encontremos», escribe Ratzinger ya en los años setenta con una profundidad teológica y, a la vez, con esa inmediata accesibilidad, que son propias del auténtico pastor. Ese contraste tampoco está dado, como él mismo subraya a mitad de los años ochenta, por la falta de un sentido de equidad y solidaridad en el magisterio de la Iglesia y, por tanto, «en la denuncia del escándalo de las claras desigualdades entre ricos y pobres —se trate de desigualdades entre países ricos y países pobres o de desigualdades entre círculos sociales en el ámbito del mismo territorio nacional que no es ya tolerado—». El profundo contraste, nota Ratzinger, está dado, más bien (y antes que por la pretensión marxista de situar el cielo en la tierra y la redención del hombre en el más acá), por la diferencia abismal que subsiste en referencia al cómo deba tener lugar la redención: «La redención, ¿acontece por la liberación de toda dependencia, o su único camino es la plena dependencia del amor, que, entonces, sería también la verdadera libertad?».

Y así, con un salto de treinta años, Ratzinger nos acompaña a la comprensión de nuestro presente, dando testimonio de la inmutable frescura y vitalidad de su pensamiento. Hoy, de hecho, más que nunca, se propone nuevamente la mismísima tentación del rechazo de toda dependencia del amor, salvo el amor del hombre por su propio ego, por el «yo y sus caprichos»; y, por tanto, el peligro de la «colonización» de las conciencias por parte de una ideología que niega la certeza de fondo según la cual el hombre existe como varón y mujer y a ellos se les asigna la tarea de la transmisión de la vida. Esa ideología lleva a la producción planificada y racionalizada de seres humanos y —quizás incluso por algún fin que se considera «bueno»— a considerar lógico y lícito eliminar aquello que no se considera ya creado, donado, concebido y generado, sino hecho por nosotros mismos.

Estos aparentes «derechos» humanos que están totalmente orientados a la autodestrucción del hombre —y esto es lo que nos muestra con fuerza y eficacia Joseph Ratzinger— tienen un único denominador común, que consiste en una única y gran negación: la negación de la dependencia del amor, la negación de que el hombre es criatura de Dios, hecho amorosamente por Él a su imagen para que lo anhele, como busca la cierva corrientes de agua (Sal 41). Cuando se niega esta dependencia entre criatura y creador, esta relación de amor, se renuncia en el fondo a la verdadera grandeza del hombre, al baluarte de su libertad y dignidad Así, la defensa del hombre y de lo humano contra las reducciones ideológicas del poder pasa hoy, de nuevo, por fijar la obediencia del hombre a Dios como límite de la obediencia al Estado. Recuperar este desafío, en el verdadero y claro cambio de época que hoy vivimos, significa defender la familia. Por su parte, ya san Juan Pablo II había comprendido bien el alcance decisivo de la cuestión; llamado, con razón, el «papa de la familia», subrayaba no por casualidad que «el futuro de la humanidad pasa a través de la familia» (Familiaris consortio, 86). Y, en esta misma línea, también yo he insistido en que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (Amoris laetitia, 31).

Y así, me alegro particularmente de poder introducir este segundo volumen de textos selectos de Joseph Ratzinger sobre el tema «fe y política». Junto a su impresionante Opera omnia, los textos nos ayudarán ciertamente a todos nosotros a comprender nuestro presente y a encontrar una sólida orientación para el futuro, pero también serán verdadera y auténtica fuente de inspiración para una acción política que, poniendo a la familia, la solidaridad y la equidad en el centro de su atención y de su programación, se orienten de veras al futuro con longitud de mira.

francisco firma

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