Santa Misa en el Domingo de Pentecostés

Homilía de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León

julianlopezmartin_pentecostes2018

CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

(S.I. Catedral, 20-V-2018)

“Recibid el Espíritu Santo”

Hch 2,1-11; Sal 103                  1 Cor 12,3b-7.12-13                         Jn 20,19-23

Jesucristo “exaltado por la diestra de Dios
y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo,
lo ha derramado”  (Hch 2,33).

Estamos celebrando la solemnidad de Pentecostés, la fiesta que clausura el tiempo de Pascua invitándonos a invocar la presencia del Espíritu Santo que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5) para que transforme nuestras vidas. Una vez más, en este día gozoso, un grupo de fieles cristianos van a ser confirmados en la fe por el sacramento que comunica personalmente “el don de de Dios” prometido por Jesús (cf. Jn 4,10) y que se derramó sobre los apóstoles “reunidos en el mismo lugar» el día de Pentecostés como escuchábamos en la primera lectura (cf. Hch 2,1.38).

1.- La presencia del Espíritu Santo estableció la Iglesia

Efectivamente San Lucas, al comienzo de su narración de la venida del Espíritu Santo, aludía a una asamblea de los discípulos de Jesús. Los congregados formaban ya una pequeña comunidad cristiana presidida por los apóstoles, mencionados por sus nombres, que perseveraban unidos en Jerusalén después de la ascensión del Señor al cielo (cf. Hch 1,12-14). El relato, preciso hasta en los detalles, alude al lugar «donde vivían» —el Cenáculo— y a la «estancia superior» en la que se encontraban. Con los apóstoles estaban también «algunas mujeres», entre ellas «María, la madre de Jesús» junto con sus parientes, integrados en una nueva familia basada no en los vínculos de la sangre sino en la fe en Cristo (cf. Mt 16,17).

El grupo constituía ya una Iglesia en pequeño pero apoyada no en la voluntad de los hombres como sucede en cualquier otra comunidad o grupo social, sino en la acción  del Espíritu Santo. En efecto, sólo el Espíritu de Dios que crea la unidad en el amor, hace posible la superación de cuanto divide o separa a los hombres entre sí. Sólo el Espíritu Santo que facilita la aceptación recíproca de la diversidad, puede liberar a los hombres no solo de la tentación frecuente de ir cada uno por su lado sino también del afán de prepotencia o de dominio sobre los demás. Por eso, gracias al Espíritu Santo, la Iglesia es una «asamblea santa» convocada para ser una verdadera comunidad de amor fundada y fortalecida en la escucha de la palabra de Dios y en la comunión del cuerpo de Cristo, que se manifiesta en las congregaciones de los fieles diseminados por toda la tierra. El Libro de los Hechos de los Apóstoles da fe de cómo aquellos primeros cristianos «perseveraban unánimes en la oración» (Hch 1,14).

2. Otros aspectos de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia

En efecto, a partir del acontecimiento de Pentecostés empezó a manifestarse la realidad más profunda de la Iglesia, precisamente a partir de la unión que hizo posible el Espíritu Santo entre los discípulos de Jesús, superando las diferencias humanas por razón del origen, la lengua o la cultura. Todos hemos oído muchas veces que los bautizados formamos el cuerpo místico de Cristo y que cada uno de nosotros somos miembros de ese cuerpo que es la Iglesia. De esta realidad hablaba la segunda lectura, tratando de la armonía de los diversos dones personales, los carismas destinados a enriquecer a la totalidad de la Iglesia. Quisiera comentar brevemente este aspecto de la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Pentecostés puso de manifiesto que en la Iglesia tienen cabida todas las lenguas y civilizaciones del mundo por diversas que sean desde el punto de vista humano, porque el amor cristiano facilita la acogida y comprensión recíproca entre la fe y los valores culturales. El relato mismo del acontecimiento, con su alusión al desconcierto de la multitud en la que cada uno oía en su propia hablar a los apóstoles (cf. Hch 2,6), daba a entender algo fundamental: que la Iglesia, desde su nacimiento en Pentecostés, es «católica», o sea, universal. Desde el principio anunció el evangelio en todos los idiomas y así lo ha venido haciendo siempre, porque el mensaje de la salvación que le fue confiado está destinado a todos los pueblos según el mandato de Cristo antes de subir a los cielos (cf. Mt 28, 19).

La Iglesia que nació en Pentecostés, no se reduce a un solo pueblo o a una comunidad particular sino que tiene vocación de llegar a todos incorporando las legítimas expresiones culturales de los hombres. Así nacieron las Iglesias locales, es decir, lo que hoy llamamos las diócesis, las parroquias y las comunidades cristianas repartidas por todo el mundo a medida que se propagaba el anuncio del Evangelio. Pero con ser Iglesias locales o particulares, todas forman la única Iglesia de Cristo. Esta realidad es fruto también de la acción del Espíritu Santo de manera que, según una hermosa expresión de san Agustín, «donde está la Iglesia, allí está el Espíritu Santo, y donde está el Espíritu Santo, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es la verdad; de manera que alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu» (Serm. 71,19: PL 38,462).

3. El sacramento de la Confirmación

Volviendo de nuevo al acontecimiento de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles se manifestó mediante unos signos semejantes a los que se habían producido en el monte Sinaí cuando el Señor entregó a Moisés los diez mandamientos (cf. Ex 19-20; etc.). El relato de san Lucas mencionaba el viento “impetuoso” y el fuego que tomó la forma de lenguas “como llamaradas que se dividían posándose encima de cada uno” de los reunidos, de manera que todos «se llenaron de Espíritu Santo» (cf. Hch 2,2-4). Aquellos signos constituían una referencia al acontecimiento del Sinaí, indicando que en Pentecostés comenzaba una nueva etapa en la historia de la salvación. Pero anunciaban también la renovación de la humanidad mediante una nueva creación o nuevo comienzo en el que la Iglesia nacía constituida no por voluntad humana sino por la fuerza del Espíritu Santo, superándose para siempre la maldición de Babel que había originado la dispersión de la humanidad y las rivalidades entre los pueblos (cf. Gn 11,7-9).

Pero esta dimensión universal y colectiva del acontecimiento de Pentecostés tiene también una dimensión personal e individual para cada ser humano que cree en Jesucristo y entra en la Iglesia por medio del Bautismo, siendo posteriormente fortalecido en esa fe mediante los otros dos sacramentos de la Iniciación cristiana, la Confirmación y la Primera Comunión que todos los creyentes en Jesucristo deben recibir. Hoy, fiesta del Espíritu Santo, es un día muy apropiado para celebrar la Confirmación. Así lo hicieron en la tarde de ayer más de cuarenta candidatos en una parroquia de León y dentro de unos momentos la recibirá aquí otro grupo de cristianos. La Confirmación, como su mismo nombre indica, es el sacramento que fortalece la unión de los fieles cristianos con Jesucristo perfeccionando también los vínculos con la Iglesia, otorgándoles además una especial fortaleza para dar testimonio de la fe y vivir como hijos de Dios (cf. CCE 1303).

Pidamos que el Espíritu Santo descienda sobre los que se van a confirmar y sobre los que ya lo estamos, para que nos ayude a todos a comprender mejor el mensaje de Jesús y para seguirle con mayor generosidad y fortaleza, porque “nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’ sino por el Espíritu Santo” como hemos escuchado en la segunda lectura (cf. 1 Cor 12,3).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s