Nuestras monjas contemplativas

Carta de
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez Plaza

Domingo 27 de mayo de 2018

La vida consagrada, tanto femenina como masculina, se describe con pocas palabras: es una historia de amor apasionado por el Señor, la Iglesia y por la humanidad. Tanto los religiosos (mujeres y hombres) como otras formas de vida consagrada (Institutos Seculares, vírgenes consagradas y un largo etcétera) son una riqueza para la Iglesia, pues ellos, junto a los fieles laicos asociados o no, son la mayoría en la Iglesia. Luego está la jerarquía de la Iglesia; no olvidamos, por ello, a los sacerdotes, religiosos o seculares. Obispos, sacerdotes y diáconos están al servicio del resto del Pueblo de Dios. ¿Y las monjas? Las monjas en la Iglesia son solo las monjas contemplativas, generalmente de clausura. Ellas son tan importantes que juntamente el día de la Santísima Trinidad la Madre Iglesia celebra una Jornada que se llama Pro Orantibus (“en favor” o “por los que oran”).

Son también hombres y mujeres que llevan adelante una vida singular, centrada en Cristo y con unas condiciones concretas. Son mayoría las mujeres, pues sus monasterios están en toda la geografía diocesana desde Siruela en Badajoz hasta El Toboso, en La Mancha. Esta forma de vida en el claustro, en   monasterios vienen de fundaciones de siglos, es sin duda una especial consagración, que se desarrolla en edificios cuya mayoría son ejemplares de valor patrimonial. ¿Qué son las Monjas contemplativas? Son mujeres consagradas también con una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad a través de la búsqueda del rostro de Dios, en una vida de silencio y oración que supone una relación íntima con Cristo. Son como una ofrenda de toda su vida, viviendo con el Señor, en Él y para Él, “para alabanza de su gloria” (Ef 1, 12).

Son las monjas contemplativas la voz de la Iglesia que incansablemente alaba, agradece y suplica por toda la humanidad, y con sus plegarias son colaboradoras del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable (Cf. Papa Francisco, Constitución apostólica Vultum Dei quaerere, nº. 9) Desde la oración personal y comunitaria estas Madres y Hermanas descubren al Señor como tesoro de sus vidas. Han entregado ésta precisamente retirándose en la celda de su corazón. De este modo, son imagen de Cristo que busca el encuentro con el Padre en el monte (cfr. Mt 14, 23)

Pero nos ocurre que esta hermosa realidad, esta riqueza que son la Monjas contemplativas no forma parte de la “cultura” de nuestra sociedad, no atrae a jóvenes que buscan la felicidad de su vida. No lo ven como posibilidad de vida cristiana. La consecuencia es terrible: apenas hay vocaciones para la vida contemplativa, no entra en la mente y el corazón de nuestras jóvenes esta forma de vida cristiana que es ser monja. Y nuestros monasterios languidecen en una proporción alarmante. Se encuentran tantos monasterios con tal precariedad, que no saben cómo solucionar su continuidad. Y en muchas ocasiones sufren solas la angustia de qué hacer para que la vida contemplativa continúe en tal o cual monasterio.

Sufrimos con ellas esta realidad, pero son ellas las que más sufren la indiferencia del resto del Pueblo de Dios. Nadie dice que el problema es fácil. No lo es, pero mi llamada es que todos los católicos se preocupen de cómo afrontar esta carencia de nuestros monasterios. No basta orar –siempre necesario-. Tiene que haber más soluciones a este drama, para que la decisión no sea únicamente el cierre paulatino de los monasterios de clausura. Ya conozco yo fuera de España ciudades donde las Monjas contemplativas “fueron”, pero ya no son. Me atrevo a pediros algo más que lamentos y consternación.

Os pido amor a lo que es nuestro y tesoro de la Iglesia. No habrá monjas contemplativas si no se ve en nuestro horizonte mental, en nuestros valores, la posibilidad de que algunas de vuestras hijas, nuestras jóvenes muestren interés por una vocación cristiana que, como deseaba santa Teresa, en el seguimiento de Jesucristo “Solo quiero que le miréis a Él”, “para conocerlo a Él, y la fuerza de la resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 10).

rodriguez_plaza_firma✠ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo, Primado de España

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