Santa Misa en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía de
Mons. D. ABILIO MARTÍNEZ VAREA
Obispo de Osma-Soria

abilio03062018

Monasterio de Santo Domingo Soria
Domingo 3 de junio de 2018

Queridos telespectadores de La 2 de TVE, hermanos todos en el Señor:

Hoy celebramos la Solemnidad del Corpus Christi, el día de la caridad. Las calles de nuestros pueblos y ciudades se han engalanado para adorar a Jesús Sacramentado al paso de la custodia. Es una forma sencilla pero eficaz de señalar que, en el Pan de la Eucaristía, Cristo se encuentra verdadera, real y sustancialmente presente. Por esa presencia de Cristo exclamamos con fervor y emoción las palabras de Santo Tomás de Aquino: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte”.

Hoy volvemos nuestros ojos a la Sagrada Eucaristía, hacia ese Jesús que -de esto hace ya casi dos mil años- decidió quedarse en el sagrario para ser nuestro alimento, nuestra fortaleza, para dar sentido a nuestra vida. Cuando el sacerdote pronuncia en el altar las palabras de la consagración -“tomad y comed todos de Él”- tiene lugar el mayor misterio, el mayor milagro que se puede dar entre los hombres: el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, permaneciendo los signos externos que llamamos las especies sacramentales. La respuesta que se espera de nosotros ante esta maravilla no puede ser otra que la adoración. Y, junto con la adoración, un deseo muy grande de comulgar, que es nuestra incorporación a Cristo y a su vida de entrega.

Hoy la Iglesia entera revive la institución de la Eucaristía, iluminada a la luz de la Resurrección. Ahora se nos revela plenamente el significado del Jueves Santo cuando Jesús fue a Jerusalén a celebrar la Pascua. Una fiesta que se celebraba en el interior de las casas en recuerdo de aquella pascua en Egipto, en donde la sangre del cordero pascual rociada en las puertas les protegía de la muerte. Pero hay una gran diferencia: Jesús no se encierra sino que, saliendo y entregándose, es como vence a la muerte. Como nos dice el Papa Benedicto XVI: “Sólo así el don de la Eucaristía, instituida en el Cenáculo, se realiza en plenitud: Jesús da realmente su Cuerpo y su Sangre. Cruzando el umbral de la muerte, se convierte en Pan vivo, verdadero maná, alimento inagotable a lo largo de los siglos. La carne se convierte en pan de vida” (Homilía, 26 de mayo de 2005)

Esta fiesta nos recuerda que también nosotros, tal y como hizo Jesús, tenemos que salir de nuestro Cenáculo, de nuestra comodidad, de nuestra zona de confort. Salir al encuentro de Dios y de los demás. El Papa Francisco habla de una Iglesia en salida, abundando en la dimensión misionera de la Iglesia “porque sólo saliendo y dejando las seguridades (que tantas veces son mundanas) es como la Iglesia se centra. Sólo dejando de ser autorreferencial somos capaces de recentrarnos en Aquél que es fuente de vida y plenitud” (XXXVI Asamblea General Ordinaria del CELAM, 10 de mayo de 2017)

De esta manera, la Eucaristía se convierte además en el sacramento de la caridad, en la escuela de la solidaridad y del compromiso. Como expresa el Papa Benedicto XVI: “Quien se alimenta con el Pan de Cristo no puede quedar indiferente ante quien, incluso en nuestros días, carece del pan cotidiano” (Homilía, 25 de mayo de 2007). La Solemnidad de hoy nos habla del amor al prójimo que, además de un mandato, es una respuesta al amor de Dios a los hombres: “¿Has gustado la Sangre del Señor y no reconoces a tu hermano?”, se preguntaba San Juan Crisóstomo; “deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso” (Homilía sobre 1 Co 27, 4)

En este año el lema que Caritas propone es “Tu compromiso mejora el mundo”. Un lema significativo y evocador que nos anima e involucra a todos en la tarea de transformar el mundo, como lo hizo Jesús, que dio su vida para liberarnos del mal y hacernos pasar de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz. Todos sabemos que hoy el compromiso no está de moda, que incluso arranca sonrisas irónicas ante las distintas manifestaciones en favor de los más pobres y débiles, de los excluidos. En su mensaje, los Obispos de la Comisión de pastoral social constatan que se ha impuesto una cultura de lo virtual y de lo pasajero, en la que la preocupación por los demás es algo trasnochado. Para los cristianos, sin embargo, el compromiso en favor de los más débiles y por la transformación del mundo pertenece a nuestra identidad cristiana. Creemos en un Dios Padre que ha entregado a su Hijo para la salvación del mundo y que, lejos de despreocuparse, envía el Espíritu Santo que nos hace vivir en comunión con todos, como Pueblo de Dios “que tiene por ley el mandato del amor como el mismo Cristo nos amó (Jn 13, 34)” (LG 9)

Caritas es la institución eclesial que realiza la tarea de la caridad, que es un elemento integrante necesariamente de la Iglesia: “Pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 25). Por ello, la Iglesia, para ejercer la caridad, desarrolla programas dirigidos a la atención de las diversas necesidades. Y lo hace sin olvidar que, detrás de los números, hay personas reales que, gracias a la generosidad de los cristianos y de colectivos e instituciones, han conseguido salir de su situación de pobreza y precariedad. No quiero olvidarme de los voluntarios de las diversas Cáritas que dan lo mejor de sí mismos en favor de los más pobres. ¡Cuánta entrega y cariño se derrama por parte de las personas que componen las Cáritas parroquiales! El Señor, que ve en lo escondido, os lo recompensará; os felicito por la labor bien hecha: ¡Seguid así porque vuestro compromiso mejora el mundo!

Estamos en el Monasterio de las Hermanas Clarisas de Soria; aquí, con ocasión de los 75 años de la Exposición permanente de Jesús Eucaristía en esta iglesia, el Papa Francisco ha concedido un Año Jubilar. La vida de la Madre Clara fue un cántico perenne de alabanza, de acción de gracias, de adoración al Amor, al Amor entregado en la Eucaristía: Ella vivió muy fuerte la Exposición del Santísimo. Para ella Jesús Sacramentado era locura de Amor: “Aquí el Amor es amado” decía ella. Quizá por eso para ella era tan importante atender a los demás, a los pobres, lo que le llevaba a proclamar: “¡Viva siempre la Eucaristía en sus hermanos, para estimarlos y venerarlos como a preciosos sagrarios que son!”. La Madre Clara entendió perfectamente esa doble dimensión, interna y externa de la Eucaristía, de la que nos habla el Papa Francisco: “Fortalecidos por el Pan vivo estamos llamados a llevar esperanza a los que viven en las tinieblas y en la desesperación” (Congreso Eucarístico Nacional de la India, 2014). Tan apasionadamente vivía la Venerable Madre Clara esta Presencia personal de Jesucristo en el Pan de la Eucaristía que a una hermana que le pedía ayuda para su diálogo con el Señor en la contemplación eucarística le decía con fogosa convicción: “Mira, tienes que ver a Jesús allí como me ves a mí; como me ves a mí personalmente, pues así, personalmente, tienes que ver a Jesús sacramentado”.

Que María Santísima, el primer sagrario de nuestra historia, nos ayude ver a los demás como sagrarios donde habita Jesús Eucaristía. Que Ella nos ayude a atender, cuidar y ayudar a nuestro prójimo, recordando que “cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 31-46)

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