Santa Misa en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Homilía de
Mons. D. SANTOS MONTOYA TORRES
Obispo auxiliar de Madrid

montoya03062018

S.I. Catedral de Sta. María la Real de la Almudena, Madrid
Domingo 3 de junio de 2018

Estimados todos en nuestro Señor Jesucristo.

Don Carlos, nuestro querido cardenal, aquejado de una dolencia de espalda, no puede estar hoy con nosotros y presidir esta celebración. En su nombre, les saludo cordialmente a todos ustedes.

Saludo al señor Nuncio, a don Antonio obispo, a los vicarios episcopales, a los miembros del Cabildo; a don Pedro, el representante del presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid; a los sacerdotes concelebrantes, a este equipo de liturgia que nos asiste, a la Coral que nos ayuda a rezar en la celebración, y a todos los presentes. También a los que nos siguen por la televisión y por otros medios, especialmente a los enfermos y los impedidos.

Queridos todos: celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo. Hemos escuchado la palabras de Jesús en el Evangelio: «Tomad, este es mi Cuerpo. Esta es mi sangre de la Alianza». Las conocemos. Sin embargo, ¿cómo las recibimos? ¿Cómo recibimos estas palabras? ¿Qué impacto generan en nosotros? ¿Nos dejan igual, o nos conmueven? ¿Hemos quizá perdido la capacidad de asombrarnos ante este misterio? Jesús no nos está dando, con estas palabras, una mera información. No es algo que simplemente se dijo, o que ocurrió en otra época y que quedó ahí sin mayor  transcendencia, como si ahora carecieran de sentido.

«Tomad, esto es mi Cuerpo. Esta es mi sangre» es el testamento de Jesús. Para que nos aprovechemos de Él. Para nutrirnos hoy. Para que lo hagamos nuestro de tal manera que nos ayude a ofrecer la vida sin reservas. Para la salvación de todos.

Estas reservas que a veces obstaculizan nuestro camino de santidad y el de los demás, como nos recuerda el canto eucarístico que todos conocemos: «Cantemos al amor de los amores». Dice este himno eucarístico: «Dios está aquí». Ciertamente, Dios está aquí. Especialmente aquí, en la Eucaristía. La fe lo señala de un modo especial. Como también sabemos que está presente en la palabra, en los sacramentos, en las personas, sobre todo en los más necesitados.

La Eucaristía ilumina el mundo. Es alimento para la vida del mundo. No es un filtro que ciega o que aleje de la realidad cotidiana. «Haced esto en memoria mía», que diremos luego en la consagración, que dijo el Señor; este texto, esta frase, «Haced esto en memoria mía», es inseparable de esta otra afirmación del Señor: «anda y haz tú lo mismo», que dijo nuestro Señor Jesucristo al maestro de la ley que le preguntaba sobre quién era su prójimo, y le contestó con la palabra del Buen Samaritano. No podemos separar una afirmación de la otra.

No podemos separar la persona de Jesús de su misión. Reconocerlo presente en la Eucaristía, en el templo, nos lleva a reconocerlo fuera del templo. En las carencias de nuestro mundo, para transformarlas en bien para todos; en la política, evidentemente; en la economía, en la global y en la personal; en los medios de comunicación; en los desvalidos, dentro y fuera de nuestras fronteras; en las víctimas.

No nos extrañe que la tradición de la Iglesia salga a la calle en procesión, como haremos esta tarde, a las 19:00 horas, si Dios quiere, si el tiempo no lo impide. Para decir a todos que humanidad y divinidad están definitivamente unidas en el regalo de la Eucaristía. Que no se puede ocultar. Que no se puede ocultar lo que Dios ha querido mostrar. Que no hay miedo ni complejo en quien se afirma en esta presencia del Santísimo Sacramento del altar. Puede que haya dos peligros, que tengamos dos tentaciones, de ayer y de hoy, no es algo nuevo, que han de vencerse. Por una parte, encerrar a Cristo en el templo para evitar la intemperie de la calle, de lo público, de lo que incomode; y, otra tentación, ir a las calles, es decir, a los distintos ambientes, sin la caridad de Cristo que se nos ofrece perpetuamente en la Eucaristía. Ambos peligros pueden acecharnos.

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, cuya capilla tenemos aquí al lado, en la girola de la catedral, supo unificar, como tantos otros en la Iglesia, la presencia de Cristo en la Eucaristía y la urgencia de salir a socorrerlo en los hermanos.

La labor de Cáritas, tenemos aquí a algunos de sus representantes. La labor de Cáritas, que celebra hoy su Día de Caridad. Y recordémoslo: no es una ONG, sino la acción caritativa de la Iglesia. Es un testimonio constante del amor de Dios, expresado en el servicio que Jesús practicó en la Última Cena. Agradecemos a tantos voluntarios de Cáritas su dedicación, sus gestos de servicio en los distintos tipos de pobreza donde siempre estará presente la Iglesia.

Nuestro cardenal, en su carta pastoral de esta semana, titulada Canto al Señor, nos invita a mirar a Jesús. A Jesús Eucaristía. Y a dejarnos mirar por Él. Terminaba su carta diciendo estas palabras: «Os propongo que seamos valientes, atrevidos y arriesgados, para presentar en medio de nuestra cultura y nuestro tiempo a Jesucristo, el mismo que se ha quedado con nosotros en el misterio de la Eucaristía».

Pan de la Unidad. Pan de la Unidad. Así se ha presentado la jornada de este año del Corpus Christi en la diócesis. La unidad de vida, debida con «b», y de la vida con «v», que nos es tan necesaria. La unidad de vida tan necesaria. Sabemos que la Eucaristía no es un museo. Quien se acerque con fe a este misterio vivo y vivificante quedará transformado. Se lo pedimos así al Señor. Así sea.

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