Santo Tomás de Villanueva

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Carta Pastoral de
Mons. D. GERARDO MELGAR VICIOSA
Obispo Prior de Ciudad Real

Santo Tomás de Villanueva

Padre de los pobres
Formador y reformador del clero
Evangelizador y misionero incansable

Motivación de esta Carta Pastoral

El día siete de septiembre de 1618, SS. Paulo V, en Santa María la Mayor de Roma, hizo público el decreto en el que declaraba beato al siervo de Dios, Tomás de Villanueva.

Al celebrar este año el cuarto centenario de tan gozoso acontecimiento, he creído que era bueno acercar, un poco más, a todos los diocesanos de Ciudad Real su vida, su categoría personal y el importante mensaje que nos ha dejado, principalmente en sus sermones y en su vida como pastor.

Por ello, me he decidido a publicar esta carta pastoral en la que se recoje lo más importante del mismo, con un mensaje que nos hace bien a nosotros como reflexión hoy. Nos deja un valioso testamento de actitudes y virtudes que es necesario que también nosotros nos planteemos y vivamos en este momento histórico que nos ha tocado vivir.

Santo Tomás de Villanueva es «nuestro Santo» y está profundamente ligado a nuestra diócesis de Ciudad Real. Nació en Fuenllana, vivió sus primeros años en Villanueva de los infantes y es el patrono de nuestra diócesis, aunque, a decir verdad, hasta ahora se haya celebrado poco y el conocimiento de su vida y, sobre todo, de su mensaje no sea de los más conocidos entre nuestra gente.

Tres han sido los motivos principales que me han movido a escribir esta Carta Pastoral dedicada a quien es el patrono de nuestra Diócesis de Ciudad Real: santo Tomás de Villanueva.

El primero es aprovechar este año del 400 aniversario de su declaración como beato para rehabilitar y revitalizar en la Diócesis la festividad de santo Tomas de Villanueva como patrono de la misma y celebrarla oficialmente, el día 10 de octubre, con la solemnidad que se merece.

Con este motivo, quiero institucionalizar oficialmente la celebración solemne de la eucaristía en la S.I.B. Catedral de Ciudad Real, dándolo a conocer a través de los medios de comunicación de la diócesis y de la provincia para que los fieles puedan participar.

Como fiesta solemne de santo Tomás de Villanueva como patrono de toda la diócesis, antes de la eucaristía celebraremos una procesión con la imagen del santo por las cercanías de la catedral y los jardines del Prado, para volver a la catedral y continuar con la eucaristía.

A dicha celebración solemne invitaremos a todos los fieles de la diócesis y por supuesto a todos los sacerdotes de la misma a concelebra en ella.

Es mi deseo que, a partir de este año, revitalicemos la celebración de su fiesta en toda la diócesis, con una especial solemnidad honrándole como se merece, como patrono de la misma.

Un segundo motivo ha sido poner un grano de arena más en la divulgación de la vida y mensaje de tan insigne personaje entre nuestros diocesanos. Un personaje tan importante a todos los niveles debe ser conocido, honrado e imitado por todos sus paisanos y como patrono de esta Diócesis ser celebrado, conociendo un poco más el rico patrimonio cultural y de vida que nos dejó, el contenido de sus mensajes, sus opciones pastorales preferenciales etc., transmitidas, principalmente, a través de sus sermones y sus actitudes personales como pastor.

Un tercer motivo por el que me he decidido a escribir esta Carta Pastoral es que en santo Tomás de Villanueva podemos encontrar todos, –sacerdotes, religiosos y laicos– un modelo a imitar.

Para todos, como cristianos, él es un verdadero modelo de creyente y de seguidor de Jesús, que imitó en su vida las actitudes preferenciales de Cristo, en especial, en la predilección del Señor por los pobres, a los que entregó no solo todo lo que tenía, incluida la cama que ya tenía dada a los pobres, sino que les entregó todo su amor y su vida.

Los obispos y sacerdotes encontramos en él un verdadero modelo de pastor, que, en todo momento, trató de imitar a Cristo Buen Pastor y encarnó en su vida el modelo de sacerdote según el corazón de Cristo, lleno de ardor evangelizador, para dar respuesta a los problemas pastorales del momento.

Espero que esta carta pastoral nos ayude a todos a replantearnos y refrescar nuestra fe como discípulos de Cristo. A los sacerdotes nos ayudará a vivir mejor nuestra identidad sacerdotal, contrastando nuestra manera de vivir nuestra fe, nuestro ardor pastoral y nuestra condición de ministros de Cristo, con el estilo, ardor pastoral y la vivencia que descubrimos en él en su ministerio y en su concepción del sacerdocio, que él puso como modelo para su tiempo y que seguro que es válido también para nosotros hoy.

Breve reseña biográfica

Tomás de Villanueva, Tomás García Martínez, nació cuando finalizaba el año 1486 en Fuenllana (Ciudad Real). Era el mayor de seis hijos del matrimonio formado por Alonso Tomás García y Lucía Martínez Castellanos.

Era una familia económicamente desahogada, con tierras y ganados. Habitualmente residían en Villanueva de los Infantes. En 1486 se había trasladado toda la familia a Fuenllana por dos razones: primero, para huir de una epidemia de peste que sufría Villanueva y, segundo, para que la madre, que tenía toda su familia en Fuenllana, estuviera más cerca de su familia y los suyos y pudiera recibir la ayuda necesaria en el momento de dar a luz a su hijo primogénito.

Fue bautizado en la iglesia de santa Catalina, de Fuenllana. Toda su infancia y adolescencia la pasó en Villanueva donde había un convento fundado por los Franciscanos en 1483. En él se impartía enseñanza, y seguramente él hizo allí sus primeros estudios. En ese mismo convento su madre fundó una capilla para enterrar en ella a su familia. Además de este convento, existía otro centro de enseñanza que era el colegio menor, uno de esos centros creados en pueblos importantes en los que se impartía la enseñanza elemental y que, en algunos casos, era el primer paso para acceder a la universidad.

En ambos centros santo Tomás recibió una buena y sólida piedad y educación cristiana, y fue desarrollando su fe, a la que también contribuyó grandemente la aportación valiosísima de su familia en este aspecto. En su familia tuvo Tomás su primera experiencia de fe y descubrió la alta valoración que, para sus padres, tenía el cultivo de la misma. Fue especialmente importante la aportación de su madre en este sentido creyente, que le transmitió las verdades de la fe y le impulsó al ejercicio de la caridad. Su familia, para el pequeño Tomás, fue, como lo es siempre para todos los hijos que viven en una familia realmente cristiana, la primera escuela de aprendizaje de vida cristiana, el primer templo en el que descubrió presente a Dios. Sus padres fueron los primeros evangelizadores.

Esta valiosísima aportación de la familia hizo que, desde muy niño, como cuentan los testigos del proceso de beatificación, tuviera unas actitudes marcadamente caritativas y de amor a los pobres. Así lo expresa alguien de su mismo pueblo que fue testigo en dicha causa y que cuenta detalles concretos sobre cómo era Tomás de niño: «Fue siempre inclinado al ejercicio de la limosna y caridad en tanto extremo, que se le vio muchas veces, hiendo como niño a la escuela, dar a los pobrecitos la merienda que llevaba en su cestica y quedarse sin comerlo por dárselo» [1].

Así, podemos decir de Tomás, lo que dice el evangelista Lucas de Jesús en su infancia: «Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia» [2]. Él crecía físicamente, desarrollaba su mente y aprendía a vivir los valores humanos y el desarrollo de las virtudes teologales.

Parece ser que a Tomás, desde muy pequeño, le llamaban la atención las labores del campo, hasta el punto de que su mismo padre le llamaba el labradorzuco. Su afición a las tareas rurales cambió debido a que de pequeño se rompió un brazo y le quedaron determinadas secuelas que, a medida que iba madurando, le imposibilitaban dedicarse a las labores del campo. Esta circunstancia hizo que surgiera en él una clara vocación al mundo de los estudios a la que dedicó toda su vida.

Tras aquella formación inicial, que adquiere en Villanueva de los Infantes, comienza su vida universitaria en 1501 o 1502, a los 15 o 16 años en Alcalá de Henares. Es aquí donde realiza el estudio de la Gramática, la Retórica y la Dialéctica, culminando con la obtención del Bachillerato en Artes en 1508, la licenciatura, y poco después el Magisterio en Artes. Fue un estudiante que destacó siempre por su aplicación, interés y aprovechamiento, de tal manera que constantemente era propuesto por quienes le conocían, especialmente por sus profesores, como modelo de estudiante.

Durante los años siguientes realizó estudios de Teología, aunque nunca llegó a alcanzar grado en esta disciplina. Posteriormente se trasladó a Salamanca. Solicitó y obtuvo su ingreso en el monasterio de San Agustín. A punto ya de cumplir los 30 años, en 1516, recibió el hábito agustiniano, y terminado el año de noviciado, emitió la profesión el 25 de noviembre de 1517. El 18 de diciembre, cuando acababa de cumplir 32 años, recibió la ordenación sacerdotal.

A lo largo de su vida como agustino gozó de un gran prestigio tanto intelectual como espiritual y ocupó cargos de alta responsabilidad en la Orden Agustiniana: Prior del convento de Salamanca por dos veces, Prior Provincial de la Provincia Bética, Provincial de la Provincia de Castilla, Definidor Provincial y Prior del Real Monasterio de Burgos y un largo etcétera.

Todo ello, juntamente con su currículum académico y las actividades colegiales de santo Tomas de Villanueva, nos ayuda a formarnos una idea más cabal del ambiente cultural y humano donde formó su mente y forjó su carácter, así como el papel destacado e importante que tuvo en la renovación religiosa de la Orden de los Agustinos.

Carlos V, el 26 de junio de 1544, le presenta como arzobispo de Valencia. Santo Tomás, agradeciendo la deferencia y el nombramiento, pidió tiempo para reflexionar antes de aceptar, advirtiendo que nunca aceptaría el episcopado sin un mandato expreso de su Provincial, requisito este que fue muy pronto cumplido: el 2 de agosto del mismo año.

El 10 de octubre de 1544 el papa Pablo III firmaba su nombramiento, siendo consagrado obispo en la iglesia del convento de San Agustín de Valladolid, el 7 de diciembre del mismo año, por el cardenal Juan Tavera, arzobispo de Toledo. A partir de esa fecha, sin dejar de ser agustino, Tomás de Villanueva comienza su servicio episcopal como arzobispo de Valencia, servicio que prestó durante diez años y nueve meses, hasta que murió el 8 de septiembre de 1555. En este tiempo vivió de tal manera que se convirtió en modelo de obispos y pastores y padre de los pobres por su gran amor y dedicación a los mismos.

Circunstancias históricas que motivaron los grandes empeños de santo Tomás de Villanueva

Entre las circunstancias históricas que motivaron los grandes empeños que santo Tomás de Villanueva tuvo durante su vida, fue la situación cultural y social de España en los tiempos en los que vivió.

La España de santo Tomás de Villanueva fue una España de una importancia y vitalidad extraordinaria en el arte, la literatura, el pensamiento; en grandes escritores, grandes filósofos, teólogos, pintores y músicos. La cultura española adquirió tal importancia y una personalidad tal, que se tenía como si hubiese llegado a los españoles la edad de la madurez creativa, hablándose de España en el mundo entero, precisamente por el auge que iba adquiriendo nuestra nación tanto en lo militar como en lo diplomático, en lo cultural y en lo artístico.

La España del XVI atravesó una situación social y económica en la que no faltaron las revueltas y los odios, una sociedad en la que reinaban las clases sociales y etnias en continua confrontación: la burguesía contra la nobleza, el enfrentamiento de moriscos y judíos con los cristianos viejos, el bandolerismo en los caminos, etc.

En esta situación el pobre era cada vez más pobre; el mendigo era considerado un delincuente en potencia, comparado tantas veces con el malhechor.

Esta situación de desequilibrio económico, de riqueza de unos pocos y el empobrecimiento de la mayoría, llegó a preocupar, y mucho, tanto a la sociedad civil como a la Iglesia por el crecimiento enorme del número de pobres que deambulan por el país.

La Iglesia y las órdenes mendicantes ejercen su labor a favor de los pobres y los predicadores no dejan de llamar a los cristianos a que escuchen los gritos de los pobres. Algunos mercaderes dejan, a su muerte, la hacienda y sus bienes para los pobres, lo cual era considerado como un pase para el cielo y su salvación personal. Se multiplican los centros de atención a los enfermos, a los pobres y desahuciados, ofreciendo ayuda material, ropas, comidas y limosnas.

Para nuestro santo, la práctica de la caridad con los pobres y menesterosos fue una norma que se impuso a sí mismo y que en todo momento cumplió inflexiblemente; norma que manifestará repetidamente en sus sermones y que lleva tan a las últimas consecuencias que llega a decir en uno de ellos: «Si me halláis, señores, al tiempo de mi muerte un real, tened mi alma por perdida y no me enterréis en sagrado» [3]. Este desinterés por lo material y este amor y caridad con los pobres y menesterosos, lo inculcará a sus más inmediatos colaboradores, de tal manera que les dirá insistentemente que no tomen nada por sus servicios ministeriales, que si alguna vez les faltaba algo, él les atenderá.

Santo Tomás de Villanueva fue siempre un hombre generoso, que se comportó en todo momento con generosidad. Se mostró siempre auténticamente enamorado de los pobres y necesitados a quienes se entregó como pastor de la Iglesia y siendo arzobispo de Valencia lo hace con todos, sin distinción de clase social, raza, pueblo o religión.

A los clérigos que no tenían medios de subsistencia, él los socorría convenientemente, y no solo a ellos, sino también a los familiares de los mismos, y si caían enfermos les proveía de médicos y de medicinas. No quería, sin embargo, que los clérigos viviesen de la beneficencia, sino que tuvieran sus bienes propios para subsistir. A la vez que auxiliaba a los clérigos en su necesidad material, procuraba que fueran encontrando trabajo del que vivir decentemente.

Esta actitud que demostraba con los sacerdotes, los aconsejaba que ellos la tuvieran también con sus fieles a los que vieran necesitados de su ayuda.

Además de esta atención y ayuda material a todos, procuraba también que estuvieran atendidos, y bien, en todas sus necesidades espirituales, creando parroquias y procurando que las ya existentes fueran atendidas convenientemente.

Por su continua entrega a los necesitados, por su constante auxilio a los indigentes, por su atención a los menesterosos tratando de socorrer sus miserias y dando cuanta ayuda le pedían y necesitaban, y sabiendo descubrir el rostro de Cristo entre aquellos marginados de la sociedad y desposeídos de todo, se le conoció en Valencia como «padre de los pobres», título con el que la Iglesia posterior quiso que se le recordase, proponiéndolo, en el ejercicio de la caridad, como modelo digno de imitación.

Para santo Tomás la caridad es justicia, y dar a los pobres no es un gesto de gratuidad sino acción obligatoria y exigida por este convencimiento suyo: «La limosna que se da al necesitado no es del que la da, sino del pobre, de tal manera que se le devuelve al legítimo propietario».

Respecto a la limosna decía, igualmente, que consistía más que dar unas monedas que nos sobran en sacar de la necesidad y liberar de ella al que la padece, siempre que sea posible.

Tenía una gran sensibilidad hacia los pobres, fruto de una personal hondura espiritual y de un profundo respeto por el pobre y necesitado, que antes que nada es hombre en quien se refleja el rostro de Cristo humillado y sufriente.

Insistía y repetía, una y otra vez, que los bienes y las rentas del arzobispado no eran suyos, sino de los pobres en general y con gran sentido de justicia repartía a los pobres, doliéndole mucho cuando se enteraba de que alguien empleaba mal la ayuda dada. Nunca esperaba agradecimientos, sino que decía que se lo agradecieran a Jesucristo nuestro Señor, que «es quien os ha socorrido de su hacienda».

Mantenía diariamente la tradicional «olla de comida caliente» como alivio urgente para los pobres desfallecidos, consistente en potaje de carne o pescado. Cada pobre recibía el potaje, un vaso de vino y un dinero. Cuando alguien le decía que algunos le engañaban, él solía responder que los pobres no engañan, por más que finjan, pues quien con ánimo compasivo les socorre, no les da limosna como a ricos, sino como a menesterosos o necesitados. Para todos los pobres y menesterosos tenía un boticario a quien podían acudir siempre que fuera menester, dos médicos y un cirujano con sus salarios muy buenos, para que sirviesen, con toda diligencia, la necesidad o enfermedad que padeciesen, quienes ni tenían medios materiales para pagar».

Personalmente se distinguió por su austeridad personal. Fue tan pobre de corazón y de obra, y vivió con tanta verdad la pobreza evangélica y religiosa, que cuantos le conocieron y trataron, no terminaban de encarecer y destacar lo mucho que se ejercitó en esta virtud.

Denunciaba la actitud de los pastores diciéndoles con toda claridad que los bienes de la Iglesia no son de los pastores, que ellos son solo administradores, sin embargo ellos los poseen como si fueran de su propiedad. Los pobres reclaman lo que es suyo y los ministros de la Iglesia se lo apropian. Estos no pueden llevar una vida de opulencia estando al margen de las miserias que afligen al pueblo con el que tendrán que solidarizarse.

En toda su doctrina no hay ninguna idea tan clara como la de la caridad y el amor. Algo que él vivió en toda su exigencia haciendo todo lo posible para que los sacerdotes, llamados al ministerio pastoral, lo viviesen como alma del apostolado.

Santo Tomás: formador y reformador

Santo Tomás, como pastor y obispo de Valencia, apuntó especialmente a la reforma del estado clerical, al mismo tiempo que a la vida cristiana en general. Centró su atención en la reforma de la vida sacerdotal y su pontificado en Valencia marcó a la diócesis en la línea pastoral que trazó.

La formación y reforma del clero era otra de sus más profundas convicciones, por la cual luchó y empeñó su vida y gastó energías, convencido de la necesidad de un clero bien formado que, a la vez, llevara una vida digna como ministro del Señor y modelo para la grey que tenía encomendada.

En este aspecto se vio influenciado, marcando su rica personalidad, por la universidad de Alcalá de Henares y todo cuanto él vivió en ella: sus movimientos culturales, su ambiente universitario y religioso, sus maestros, sus condiscípulos y discípulos dejaron una impronta imborrable en él.

El cardenal Cisneros, a la hora de crear la universidad de Alcalá, tuvo como preocupación principal la reforma de la Iglesia. Desde esta motivación, estableció los fundamentos mediante los que llevar adelante la reforma y la solución de los problemas de la selección del clero. Su intención fue hacer de la universidad de Alcalá un organismo al servicio de la enseñanza eclesiástica, que permitiera elevar el nivel religioso e intelectual de los clérigos del tiempo.

Este clima y esta finalidad de la universidad de Alcalá, supuso en nuestro santo una impronta decisiva. Participa desde el principio como estudiante de aquel clima que quiso inculcar su fundador: renovar las estructuras eclesiásticas desde su raíz. Ante un clero del tiempo, inmerso en la indolencia y la ignorancia, era imprescindible poner todo el esfuerzo en mejorar notablemente una preparación moral e intelectual del mismo.

El cardenal Cisneros concibió Alcalá como un gran seminario al que pudieran acceder los clérigos para lograr una buena formación y, una vez adquirida, poder volver a sus diócesis de origen a ejercer su ministerio pastoral dotados de una buena formación teológica, moral y espiritual, con la que responder a la gran tarea que tenían encomendada y a la gran dignidad que suponía el sacerdocio y el ministerio encomendado por Cristo a sus ministros.

En este ambiente se formó santo Tomás. Así lo pondría en práctica y lo demostraría tanto como religioso agustino en los diversos y altos cargos que desempeñó en la Orden Agustiniana, como siendo arzobispo de Valencia, inculcándolo con la claridad y precisión de una mente vigorosa como la suya, con el peso de ciencia y prudencia, y con el vigor de su temperamento resoluto y valiente. Así se fue preparando para regenerar la Iglesia de su tiempo.

Desde finales del siglo XIV y durante todo el siglo XV la decadencia y corrupción del clero había llegado a tal punto y a cuotas tan inadmisibles, que la simonía o venta de cargos dentro de la Iglesia estaba a la orden del día y ya eran patrimonio de la época. No solo se compraban y vendían los episcopados, sino incluso los cardenalatos eran puestos a la venta.

Así las cosas, era necesario iniciar en la Iglesia una apuesta por la renovación espiritual y evangélica, como el único medio de devolver al clero la dignidad que había perdido y de recuperar su verdadera identidad.

La corrupción del clero secular contribuyó a que cada vez fueran adquiriendo más importancia las ordenes monásticas para el logro de esta renovación y recuperación espiritual y evangélica que, aunque también estuvieran necesitadas de reforma, sin embargo cada vez fueron más tenidas en cuenta como representantes del ideal cristiano.

Fue en ellas donde el cardenal Cisneros empezará tan importante y urgente reforma llevada adelante por medio de tres realizaciones:

1. La reforma de la Orden Franciscana.

2. La fundación de la Universidad de Alcalá de Henares.

3. El impulso y dirección de la Biblia políglota de Alcalá.

En España, por otra parte, se estaba produciendo, en los últimos años del siglo XV, el paso de una espiritualidad de práctica de las virtudes y de desarraigo de vicios a una espiritualidad de ascesis más depurada, de seguimiento de la humanidad y divinidad de Jesucristo y de transformación por amor.

Desde principios del siglo XVI, hay en España una tendencia hacia la renovación de la vida espiritual por medio de un proceso de unión con Dios.

El cardenal Cisneros contribuyó a la difusión del ideal contemplativo con la traducción de algunos libros de espiritualidad para uso de religiosos y fieles, en los que se invitaba al cristiano a abrir su corazón a la iniciativa de la gracia de Dios y a seguir el dictado de la misma.

Entre 1525 y 1560 se producen las máximas reformas religiosas y de desarrollo teológico, vinculando más estrechamente la religión y la vida.

Con el crecimiento demográfico se inicia una reorganización de la red parroquial urbana y rural para asegurar un mínimo de vida cristiana a los bautizados en la Iglesia. Comienzan, a finales del siglo XV, a aparecer los movimientos laicales, cofradías, nuevos grupos de espiritualidad, hospitales de acogida de pobres y necesitados. Los laicos pudientes tenían su confesor, su capilla y su altar portátil, libros devocionales y estampas como instrumentos de devoción personal.

Todo esto nos da una idea del tipo de religión que se practicaba y vivía, cargada de individualismo y con ciertos tientes de capillismo.

Los autores de espiritualidad invitan a los fieles a la contemplación de la pasión de Cristo, con el fin de edificar a los cristianos y moverlos a la compasión. En esta línea se mueve especialmente el tratado titulado «La imitación de Cristo» atribuido a Tomás de Kempis.

Las devociones más importantes de la época eran a Cristo, a los ángeles, a la Virgen María y a los santos. Cristo ocupa un puesto central, pues se le identifica con el destino de los hombres, especialmente en los momentos de más fragilidad, como son la infancia y la agonía. Por eso, se representa a Cristo, sobre todo, como crucificado, humillado, flagelado, clavado y muerto en la cruz.

Todo esto hemos de tenerlo en cuenta sobre todo para comprender bien la novedad y la aportación de santo Tomás de Villanueva, así como el camino de santidad que tuvo que recorrer.

San Agustín y santo Tomás de Villanueva

Tomás descubre que Dios le llama a una vida de entrega total. Para responder a esta llamada divina opta por el claustro como lugar donde entregarse a Dios por medio de los consejos evangélicos en la Orden de San Agustín.

San Agustín había introducido en su orden, como elemento original, el sacerdocio que, aunque él lo rehuía por la gran responsabilidad que suponía, cuando debió aceptarlo, no quiso privarse de las ventajas monásticas, intuyendo en ellas la fuente de una gran fuerza y fecundidad de la vida apostólica.

Por eso, juntó ambas realidades: el ideal monástico y el sacerdocio. Fue obispo, pero permaneciendo monje, y así se lo enseñó a los religiosos: «Se puede ser sacerdote y permanecer monje».

Esta innovación trae al instituto monástico un espíritu nuevo: el espíritu del apostolado y la sensibilidad por las necesidades de la Iglesia.

Santo Tomás, ya sacerdote, comienza a irradiar la luz del Evangelio por todas las partes. Las palabras de san Agustín: «Si la Iglesia reclama nuestro concurso […] no antepongáis vuestro ocio a las necesidades de la Iglesia […] pues si no hubiese buenos ministros que se determinasen a asistirla cuando ella da a luz, no hubiésemos encontrado modo de nacer» [4] le llevan a empeñar su vida en el servicio a la Iglesia, que desde ese momento sería algo que él vive con una intensidad especial y de una forma peculiar.

Esta exigencia la pone en lugar primordial en su vida personal, de tal manera que, una vez que había respondido a la llamada del Señor, él se considera que ya no se pertenece a sí mismo sino a la Iglesia, de tal manera que sus necesidades las va a vivir como sus propias necesidades.

Su palabra y su predicación eran muy atrayentes para quienes le oían, pero no lo fue menos su testimonio sacerdotal. En todo momento procuraba transparentar su condición religiosa y sacerdotal y muchos eran los que acudían a él para que los aconsejara. «Admiraba a todos en común la doctrina que predicaba, pero las personas de calidad lo que más ponderaban y estimaban en él, era su prudencia y los consejos tan acertados que con ella daba a todos» [5].

La renovación espiritual por su predicación y por su acción ministerial pronto se dejó sentir, especialmente en los jóvenes universitarios, que se sentían llamados a abandonar su estado seglar, ingresar en los monasterios o ir a las misiones a evangelizar.

Santo Tomás dedicó un cuidado especial a los religiosos, sobre todo en los primeros años de vida religiosa, en el periodo de su formación, creando en la práctica una escuela de formación sacerdotal con una verdadera ecuanimidad pastoral. «Principalmente guardaba lo que nuestro padre San Agustín encarga a los prelados que guarden: tengan paciencia con todos y amonesta que templen la modestia con la severidad de una autoridad completa. Atendía con cuidado las necesidades de todos; lúcido en la liberalidad, dando luego con gusto lo que convenía que se diese. Parecía en particular que ardía todo en caridad» [6].

Vivió su sacerdocio y su estado religioso con una total e incondicional disponibilidad al servicio del bien de la Iglesia en todos sus estamentos y en especial de la Orden Agustiniana.

La talla cultural de santo Tomás Villanueva

Catorce o quince años, es decir, de los quince a los treinta años de edad, pasó en Alcalá de Henares, un tramo de tiempo decisivo en la formación de una persona.

En este periodo obtiene el Bachiller en Artes y participa en el gobierno y en la administración del colegio/universidad Complutense; ejerció la docencia en la facultad de Artes, durante dos cursos como Bachiller y Maestro en artes liberales.

Hombre de grandes dotes para la docencia, pasaba por ser un hombre de gran espiritualidad, entregado a la actividad docente y al apostolado a través de su palabra y sus escritos.

Sus cualidades para la docencia, una vez ingresado en la Orden Agustiniana, le llevarán a desempeñar un papel destacado en la renovación de la vida religiosa entre los agustinos observantes de la provincia de Castilla, ayudando a superar la tradicional actitud antiacadémica que había entre ellos.

Santo Tomás, hombre sensible y de profundas creencias religiosas recibidas ya en el seno de su familia, capta el mensaje del cardenal Cisneros de ofrecer a los sacerdotes una auténtica formación intelectual y lo hace suyo. Cisneros se había propuesto crear unas instituciones docentes que fomentaran los estudios teológicos, para que en ellas se prepararan adecuadamente quienes optaran por ocupar beneficios eclesiásticos, abriéndose como un ideal nuevo de vida sacerdotal.

Una buena formación intelectual era requisito imprescindible para un mejor y más fructífero desempeño del ministerio sacerdotal en la administración de los sacramentos, en la labor pastoral y en el apostolado de la palabra. Es decir, Cisneros quiere elevar el nivel cultural del clero como cauce y premisa para restablecer la disciplina clerical y el fomento de la vida religiosa del pueblo.

Este mensaje del cardenal Cisneros, lo asume y lo hace suyo nuestro santo, de tal manera que formará parte de su escala de valores, que alimentará su pensamiento e impregnará toda su actividad.

Santo Tomás se convertirá en un verdadero abanderado del nuevo ideal de religioso observante de vida austera y retirada, bien provisto de doctrina, hermanando ciencia y virtud, y cultivando entre los hermanos de la Orden Agustiniana una mayor estima a los estudios para el mejor desempeño del apostolado de la palabra y de los escritos. Introduce nuevas orientaciones en el ejercicio de las virtudes cristianas que tienen como base la devota imitación de Cristo, predominando lecturas espirituales tomadas de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. Promueve un fuerte ascetismo, logrando copiosos frutos espirituales en el clero.

Santo Tomás de Villanueva fue un hombre docto, dotado de grandes cualidades intelectuales y morales, y adornado de altas dotes de ciencia y de virtud.

Fue elogiado, admirado y respetado por los reyes contemporáneos por su talla intelectual y espiritual. Elogio, admiración y respeto que le otorgaron y rindieron también diversos autores protestantes. Respeto, elogio y admiración por su talla intelectual y en la virtud que ha seguido siendo realidad en los siglos siguientes hasta nuestros días.

Aportación de santo Tomás a la Teología del sacerdocio

A. Importancia de la reforma sacerdotal llevada a cabo por santo Tomás de Villanueva:

Aunque, ciertamente, la teología y la espiritualidad sobre el ministerio sacerdotal no ha encontrado una sistematización adecuada hasta el siglo XX por medio de los documentos del Concilio Vaticano II y en las encíclicas y las exhortaciones apostólicas de los últimos papas, sin embargo, santo Tomás de Villanueva, como religioso agustino y como arzobispo de Valencia, con su magisterio y testimonio, fue un eslabón importante en esa teología y espiritualidad ministerial sacerdotal.

Nuestro santo encontró en su visión ideal del pastor el punto desde el que enfrentarse a la reforma de la Iglesia en el siglo XVI y la base de su orientación espiritual y pastoral, cifrando como obispo su existencia y su actuación pastoral en la atención a los clérigos y a los fieles.

En medio del florecimiento político–económico, social y religioso del siglo XVI en España, su figura, vida y ministerio no solo fueron ejemplares y luminosos, sino que tuvieron una transcendencia nacional y universal.

Santo Tomás desarrolla y ofrece una imagen evangélica de pastor: un pastor desprendido de toda adherencia humana, dedicado plenamente a su labor pastoral, una figura de pastor que evoca a la del Buen Pastor, imagen que él expondrá en sus múltiples sermones y encarnará personalmente como arzobispo de Valencia.

Durante los dos años que estuvo como Provincial de la Orden Agustiniana en Andalucía, residiendo habitualmente en Sevilla, fue testigo de las primicias apostólicas de san Juan de Ávila que, a través de múltiples actividades y trabajos apostólicos, producía sazonados frutos de vida cristiana, de tal manera que, santo Tomás de Villanueva, llegaría a afirmar del Maestro Ávila que, desde los Apóstoles hasta su tiempo, no habrá quien haya producido más fruto que el venerable Juan de Ávila, reconociendo en él su talla sacerdotal y la admiración por el mismo que nuestro santo sentía.

Santo Tomás, en el itinerario recorrido, por donde iba pasando, iba dejando un auténtico y marcado poso de renovación espiritual, produciendo verdaderas conversiones, fruto de su ministerio sacerdotal. «En todos los lugares que vivió y residió, no solo predicando en público, hizo tan gran fruto […] pero, en particular, también en que fue notable la mudanza de costumbres y vida que hicieron todas las personas que con él se confesaron o trataron familiarmente, así eclesiásticos y religiosas, como seglares y casados» [7].

Tuvo relación con muchos clérigos a los que orientaba en el camino de la virtud. Durante el cumplimiento de sus obligaciones, propias de los cargos que desempeñó en la Orden Agustiniana, se encontró con una variada gama de realidades eclesiales, de obispos, eclesiásticos e inquietudes concretas. Desde estas realidades, él va formando los criterios que conducen a la visión clara y a la plena conciencia de lo que debe ser realmente el ministro de Dios.

Su estilo y trayectoria como religioso, en todos los aspectos del apostolado eclesial, es muy fecundo y reconocido por todos sus contemporáneos. Por eso se ve requerido para múltiples tareas eclesiales: como la formación de religiosos y misioneros; el ejercicio del ministerio de la palabra, la dirección de almas en el camino de la virtud y como consejero, ofreciendo consejos a los responsables de la Iglesia y de la sociedad civil y ejerciendo cargos importantes y de gran responsabilidad en la Orden Agustiniana, como Prior local, Superior, Provincial y Visitador General.

Toda esta riqueza de vida le va a capacitar para delinear la imagen de sacerdote según el deal trazado por Cristo, Buen Pastor.

B. La formulación del modelo de pastor diocesano:

Otra de las grandes aportaciones que hizo santo Tomás de Villanueva a la teología del sacerdocio, siguiendo y desde la imagen del Buen Pastor, fue la formulación del modelo de pastor diocesano, al que definía con tres características muy significativas:

a. como alguien abrasado de celo pastoral;

b. con un buen bagaje doctrinal;

c. entregado por completo al servicio del pueblo de Dios.

En esta formulación del modelo de pastor diocesano se anticipa, y a nosotros nos trae a la memoria, el mensaje de los últimos papas, hablando del sacerdocio y del sacerdote como pastor. El beato Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, todos ellos en sus exhortaciones pastorales, han especificado las características que debe tener el pastor de la Iglesia hoy, coincidiendo con las de todos los tiempos al hablar del pastor, como pastor según el corazón de Cristo, es decir, lo mismo que decía santo Tomás cuando describe al pastor, siguiendo el modelo del buen pastor.

El beato Pablo VI, en Evangelii nuntiandi, dice: «Todos nosotros, los Pastores, estamos pues invitados a tomar conciencia de este deber, más que cualquier otro miembro de la Iglesia. Lo que constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal, lo que da unidad profunda a la infinidad de tareas que nos solicitan a lo largo de la jornada y de la vida, lo que confiere a nuestras actividades una nota específica, es precisamente esta finalidad presente en toda acción nuestra: “anunciar el Evangelio de Dios”. He ahí un rasgo de nuestra identidad, que ninguna duda debiera atacar, ni ninguna objeción eclipsar: en cuanto Pastores, hemos sido escogidos por la misericordia del Supremo Pastor, a pesar de nuestra insuficiencia, para proclamar con autoridad la Palabra de Dios; para reunir al pueblo de Dios que estaba disperso: para alimentar a este pueblo con los signos de la acción de Cristo que son los sacramentos; para ponerlo en el camino de la salvación; para mantenerlo en esa unidad de la que nosotros somos, a diferentes niveles, instrumentos activos y vivos; para animar sin cesar a esta comunidad reunida en torno a Cristo siguiendo la línea de su vocación más íntima» [8].

San Juan Pablo II en la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, reclama la santidad de vida para los sacerdotes como algo que contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del mismo ministerio.

«Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del presbítero y el ejercicio de su ministerio, descrita así por el Concilio: ˝Al ejercer el ministerio del Espíritu y de la justicia (cf. 2 Cor 3, 8-9), (los presbíteros) si son dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la vida del espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día, como por todo su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los presbíteros, ellos mismos se ordenan a la perfección de vida. Por otra parte, la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio˝ […]. En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad» [9].

El papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, pide evangelizadores con Espíritu que, guiados por su acción y fuerza, convierta a los mismos en valientes portadores del mensaje salvador de Cristo y anunciadores de la novedad del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, llenos de coraje, incansables como tantos hermanos entre los primeros cristianos que llenos de alegría y capaces de una gran resistencia activa, fueron portadores del encargo que Jesús les había hecho.

«Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente» [10]. «Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón […]. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración» [11].

Santo Tomás de Villanueva vivió una de las épocas más agitadas y fructíferas de la historia, con todos los avatares de una Iglesia de reforma profunda, ansiosa de una espiritualidad y con muchos problemas en todos los campos: filosóficos, teológicos y pastorales. Él supo situarse en ese contexto histórico y supo encontrar y dar respuesta adecuada a los problemas, produciendo en la Iglesia de entonces una de las más profundas reformas, como respuesta a las necesidades que la Iglesia de aquel momento tenía.

La Iglesia actual se enfrenta a un momento de su historia ilusionante, y muy importante, en el que se le pide que sepa ofrecer la respuesta adecuada, desde la fe, a los problemas que la sociedad y el hombre actual tiene y le presenta.

Hoy estamos en uno de esos momentos en los que la sociedad ha cambiado radicalmente. Estamos viviendo una nueva época, como afirman algunos, en la que se ha ido generando y ha ido apareciendo un hombre nuevo, con nuevos valores, distintos a los de los seres humanos de no hace mucho tiempo, cambios todos ellos que están pidiendo a los pastores unas actitudes nuevas, una nueva forma de llevar el mensaje al hombre actual y al corazón del mundo, que decía san Juan Pablo II.

En el momento actual que estamos viviendo se hace necesario e imprescindible dar el paso importante de una pastoral de cristiandad a una pastoral evangelizadora y misionera. Tal vez el secreto para lograr dar este paso sea, también hoy, el logro y la existencia de unos pastores como él los describe: como «pastores abrasados de celo pastoral», con un «buen bagaje doctrinal», y «entregados por completo al servicio del pueblo de Dios». Tres actitudes que hoy, lo mismo que entonces, se hacen imprescindibles para ser buenos pastores y poder cumplir con la misión que ellos tienen encomendada.

La Iglesia de aquel momento y de aquella época aparece como una Iglesia desfigurada por sus mismos hijos, que no viven la vida cristiana. Santo Tomás apunta especialmente a la reforma del estado clerical, además de la revitalización de la vida cristiana en general, convencido de que no habrá esta sin aquella, porque sabe la importancia que el clero tiene para poder llevar adelante una auténtica evangelización de entonces y en el momento actual.

Nuestra Iglesia actual es una Iglesia que se mueve en medio de una sociedad en la que existe una indiferencia general de tantas y tantas personas ante el mensaje cristiano, ante la fe y todo cuanto se refiere a Dios y a la vida cristiana; una sociedad en la que hay un gran desconocimiento de Dios, que es el gran desconocido e ignorado; una sociedad que pasa de la fe y del mensaje cristiano como algo que no interesa, como algo de tiempos pasados; una sociedad en la que el materialismo se ha apoderado de tantas y tantas personas, también de los cristianos, produciéndose el fenómeno de que solo reaccionan, cuando el fruto de su reacción, su efecto, se puede cuantificar materialmente.

Ante una sociedad así; ante una indiferencia religiosa tan grande como la actual; ante un momento como el presente, en el que reina el materialismo, el secularismo y la indiferencia ante Dios y la fe en Él, ¿no estaremos necesitando un nuevo talante de pastor, que centre sus esfuerzos no en mantener una pastoral de cristiandad, que hace lo de siempre aunque no se vean sus frutos, como si nada hubiera cambiado, como si todos fueran verdaderos seguidores de Cristo y cristianos en el pleno sentido de la palabra, ofreciendo una verdadera formación a los fieles, centrando su acción y priorizando aquello orientado y destinado a suscitar verdaderos seguidores de Jesús, anunciando el amor de Dios a los hombres para que se encuentren con Jesús, se conviertan a su estilo de vida y se salven?

¿No será el momento, en nuestra acción evangelizadora, de dejar de hacer lo de siempre porque en ello los pastores nos sentimos más seguros y son nuestros espacios de confort, aunque no veamos el fruto a los muchos y grandes esfuerzos que ponemos cuidando, dedicando esfuerzos y acariciando solo a las ovejas que tenemos dentro, mientras cada vez son más las que se quedan lejos y fuera?

¿No será el momento de que los agentes de pastoral cultivemos mucho más la creatividad pastoral y nos decidamos a romper con lo que siempre hemos hecho y que no produce seguidores de Jesús y su mensaje, para ser más creativos en nuestra forma de llegar a todos y que sea verdadera respuesta a las verdaderas necesidades de los fieles del momento actual, aunque cuando lo hagamos nos sintamos menos seguros y mucho más a la intemperie?

«La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral de “siempre se ha hecho así”. Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades» [12].

¿No será el momento de iniciar un nuevo modo de evangelizar, desclericalizando nuestras parroquias y nuestra acción pastoral, en las que los sacerdotes luchamos como francotiradores, y dar verdadera cancha a los laicos en la tarea evangelizadora y misionera, especialmente en los campos que les son propios, para que en ellos puedan desarrollar la misión que les es propia, aunque antes tengamos que prepararlos para que sepan cumplir bien con la misma?

«En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible «in credendo». Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación» [13].En virtud del bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios, se ha convertido en discípulo misionero […] La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados […] Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos » y “misioneros“, sino que somos siempre “discípulos misioneros”» [14].

¿No será el momento de abrir nuestras parroquias para que entre aire fresco y nuevo y en las que los de dentro salgan y sientan la necesidad de salir a buscar, a ofrecer el mensaje de Jesús, a dar testimonio de la valoración y la vivencia que ellos tienen del mismo, para que los que están lejos o fuera se sientan interpelados por el testimonio de los que salen de las comunidades cristianas hacia las periferias existenciales y se sientan llamados a retornar a las comunidades cristianas parroquiales, sabiendo que van a ser bien acogidos?

«La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. […] Tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión» [15].

¿No será el momento de abandonar una pastoral sedentaria y de espera a que vengan, para salir a buscar a tantos que están lejos, que no se sienten llamados porque no escuchan la voz de los pastores ofreciéndoles el mensaje del Señor en sus casas, en sus barrios, en su vida concreta? ¿No será el momento de abandonar una pastoral de francotiradores, y con tanto tinte parroquialista, para impulsar y dar paso a una evangelización mucho más comunitaria, en la que tengan cabida todos los carismas; una pastoral más de conjunto y más arciprestal y diocesana en la que todos descubran en los pastores una unidad de actuación «para que el mundo crea»?

«La formación de los laicos y evangelizadores de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante» [16]. La nueva evangeliza ción debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados […]. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús» [17]. «El Espíritu Santo también enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas. Son dones para renovar y edificar la Iglesia. No son un patrimonio cerrado, entregado a un grupo para que lo custodie; más bien son regalos del Espíritu integrados en el cuerpo eclesial, atraídos hacia el centro que es Cristo, desde donde se encauzan en un impulso evangelizador» [18].

Sin ningún duda, hoy estamos necesitando este nuevo talante de pastor:

– Un pastor abrasado en el celo pastoral que debe llevarle a dar lo mejor de sí mismo, sin esperar ver frutos importantes enseguida; un pastor que no escatime entrega, en cuerpo y alma, a la tarea evangelizadora y misionera; que no escatime tiempo, ni dedicación ni entrega total a la misión, en estrecha unidad con los demás pastores y el testimonio de amor, que haga presente el amor de Dios a los hombres

 – Un pastor que pierda el miedo a quedar a la intemperie y no busque seguridades en su trabajo pastoral, sino que se arriesgue a presentar el mensaje de Cristo con nuevo estilo, un estilo atrayente para el hombre actual, que ayude a encontrar la auténtica respuesta a tantos interrogantes importantes como el hombre de hoy tiene planteados.

– Un pastor abrasado en el celo pastoral que le lleve a vivir su sacerdocio con verdadera alegría, que deje traslucir su identidad sacerdotal y la vivencia personal de su sacerdocio como lo mejor que le ha podido suceder en su vida; que está contento de haber dejado todo lo demás porque ha encontrado su gran tesoro en el seguimiento del Señor y en el cumplimiento de la misión que Él le ha encomendado.

«A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno […]. El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar» [19].

«No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. […] El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él» [20].

– Un pastor con un buen bagaje teológico porque los problemas nuevos de nuestra sociedad exigen una formación cada día mayor: formación teológica, moral, pastoral y cultural que capacite a los pastores para poder ofrecer la ayuda que necesitan los hombres y mujeres de hoy, para ayudarles a encontrar respuesta adecuada a los problemas tradicionales del ser humano y a los nuevos problemas que viven en esta sociedad nueva.

– Un pastor entregado por completo al servicio del Pueblo de Dios que no se reserve para su esparcimiento personal tiempos y espacios sino que se entregue del todo –en alma y cuerpo– al servicio de la misión que tiene encomendada. Ello pide al pastor actual huir del estilo del funcionario que cumple un horario o realiza unos actos y el resto lo dedica a lo que a él le parece, a sus aficiones. Luchar por desechar de su vida el egoísmo que le centre solo en sí mismo, buscando un estilo de vida cómoda y acomodada. Luchar por no dejar entrar en su vida la mundanidad, esa mundanidad que se traduce en estilos de vida sin esperanza ni alegría, cargados de disconformidades y de quejas contra todo y contra todos, y cargados de materialismos y de esfuerzos e intereses por mantener la buena imagen, predicándose a sí mismo en vez de a Cristo y su mensaje, tentaciones todas ellas a las que estamos sometidos constantemente en nuestra tarea pastoral, apostólica y evangelizadora.

La entrega por completo al servicio del Pueblo de Dios pide del pastor estar siempre en una actitud de buena acogida al que llega; de búsqueda del que está lejos y de ofrecimiento a todos del mensaje salvador de Cristo.

Pide no escatimar dedicación ni tiempo a la misión que se nos ha encomendado. Pide preocupación y consciencia de la responsabilidad que tenemos en la fe o en la ausencia de la misma en los demás.

La entrega por entero a la misión pide de los agentes de la evangelización y de los pastores que nos debe preocupar que cada día haya más personas indiferentes a la vida y al mensaje de Cristo, que viven como si Dios no existiera y debemos poner todo lo que esté en nuestra mano, dedicando tiempo, esfuerzo, ciencia y testimonio en orden a que a todos les llegue dicho mensaje y puedan encontrarse con el Señor, sanar su vida y convertirse, según el modelo que ven en Cristo, y lograr entrar así el camino de la salvación.

Tomás de Villanueva, modelo de obispo y pastor

a. Tomás de Villanueva, pastor y obispo en el arzobispado de Valencia

Santo Tomás de Villanueva fue nombrado arzobispo de Valencia por el papa Pablo III el 10 de octubre de 1544. Un momento en el que en Valencia se está experimentando una renovación espiritual por la traducción de la Biblia a la lengua vernácula y la vulgarización de las obras místicas. La cultura valenciana experimenta igualmente una renovación con la creación de la universidad.

Cuando santo Tomás llega a Valencia, el desamparo secular en el que había estado aquella Iglesia al haber tenido una serie de arzobispos que brillaron por su ausencia de la sede episcopal, de las tareas pastorales y de su vivencia a espaldas de toda preocupación pastoral, eran realmente notorias.

El edificio de la archidiócesis estaba desmoronado tanto en lo espiritual y moral debido a la gran relajación que reinaba en ella, como en lo material donde imperaba una total negligencia.

Esta situación reclama, a gritos, la existencia de una atención pastoral conveniente como clave de una reforma eclesial auténtica y punto de encuentro y batalla entre dos mundos: el de una nueva mentalidad religiosa animada fundamentalmente por el ideal apostólico, desde la acción efectiva que protagonizaba el nuevo arzobispo, y el mundo medieval decadente, adormecido en formas culturales, sociales y religiosas ya superadas.

Sorprende la clarividencia del nuevo arzobispo, que pone en práctica, a las pocas semanas de su toma de posesión, un plan pastoral coherente, gradual, completo y riguroso. Este plan pastoral se apoyaba y sostenía sobre tres columnas importantes:

a. La elección del equipo de sus colaboradores más inmediatos,

b. La realización de una visita pastoral a toda la diócesis,

c. La celebración de un sínodo para corregir los abusos y restaurar la observancia religiosa de todos los cristianos, estamentos e instituciones.

b. El cambio que pide y ofrece el nuevo Arzobispo a sus sacerdotes

La situación con la que se encuentra al llegar a Valencia fue la de un gran número de eclesiásticos sin conciencia de la dignidad y el estilo de vida personal que les pedía su condición de personas consagradas a Dios y a la Iglesia.

Él es muy consciente de que, a pesar del deterioro y la situación en la que se encuentra los mismos, sin embargo, tiene que contar con ellos para llevar adelante la acción y misión evangelizadora y misionera que se le ha encomendado y que quiere llevar adelante. Es consciente de que le son necesarios para poder llegar a todos los rincones de la diócesis.

Frente al concepto administrativo de las estructuras eclesiales, Tomás de Villanueva ofrece una visión pastoral de los problemas y quiere actuar con esta visión e inculcarla a sus pastores.

Tras realizar la visita pastoral a toda la diócesis, decreta la apertura de un sínodo diocesano desde el que dicta las normas pertinentes para la adecuada atención a los eclesiásticos, dando gran importancia a la cercanía y atención personal que hay que dar a los sacerdotes, que él presta a los suyos con dos actitudes de las que está plenamente convencido y que muestran su talante de pastor: con la dulzura y el cariño.

Movido por el gran cuidado de la salud de sus ovejas en el tiempo litúrgico de la Cuaresma, llamaba cada año a los predicadores y confesores a las iglesias de San Esteban y Santo Tomás y les hacía una larga plática con mucha doctrina y espíritu. Les enseñaba y encargaba cómo tenían que hacer en aquel santo tiempo su oficio y lo que merecerían a los ojos de Dios haciéndolo bien [21].

Ofrecía a los sacerdotes maneras de actuar concretas:

– A los predicadores, les decía que debían prepararse para desempeñar este ministerio por medio de la oración y el estudio, conocer bien la realidad de aquellos a los que se predica; cuáles eran los pecados que más se cometían entre ellos; que no predicasen mostrándose personas letradas para tener buena imagen o el aplauso del pueblo sino para hacer la guerra a los pecados de los hombres y sacarlos de las garras del demonio.

– A los confesores les decía que, tras haber escuchado la Palabra de Dios que debía hacer renacer en ellos el deseo de volver al buen camino y actualizar en sus vidas el perdón y la misericordia de Dios, la actitud que debían tener con los penitentes debía ser una actitud ecuánime y equilibrada; que no debían ser ni excesivamente indulgentes y absolver a todos, sino a los que vieran bien dispuestos; ni excesivamente rigurosos; que no se espanten ni escandalicen ante los pecados que oigan en la confesión y siempre, escuchar a todos con paciencia.

Les recomendaba también que atendieran bien el culto y prestaran buen servicio religioso a los fieles; que los ornamentos, vasos sagrados y lugares de culto, tuvieran la dignidad que requería la acción que en ellos se realizaba.

Recomendaciones todas ellas que ofrecía a los sacerdotes y que no han quedado trasnochadas, sino que nos recuerdan mucho las recomendaciones que el papa Francisco hace a los sacerdotes en la exhortación Evangelii gaudium, cuando habla de la homilía y de la confesión [22] y que, perfectamente, podrían ser unas recomendaciones plenamente actuales que los obispos deberíamos, tal vez, hacer hoy a los sacerdotes de vez en cuando.

Entre estas recomendaciones, unas son de más importancia, como son las que se refieren a la predicación de la Palabra de Dios, para la cual se debe estar bien preparado con la meditación y el estudio, conocer la gente a la que nos estamos dirigiendo y utilizando, no un lenguaje especialmente técnico y especifico, sino sencillo e inteligible para los que nos escuchan. Otras tal vez hoy no tengan tanta importancia, pero nunca estaría de más que las recordáramos y la pusiéramos en práctica, como son las que se refieren a la confesión y a la dignidad de los lugares y utensilios litúrgicos que utilizamos para los ritos sagrados y las celebraciones litúrgicas.

No le faltaron al nuevo arzobispo de Valencia clérigos díscolos e indisciplinados, hecho este que, junto a determinados abusos que entre el clero se estaban produciendo, hicieron nacer en él la conciencia de la urgencia que pedía una auténtica reforma del clero.

En lograr esta reforma del clero empleó mucho tiempo y muchas energías. Comenzaba por conocer la situación de cada uno de los clérigos, –como vivían, sus enfermedades espirituales– y les aplicaba la medicina, siempre llevado por su celo pastoral, con cariño y dulzura.

En un libro, a modo de cuaderno secreto, iba apuntando el nombre y alguna referencia de cada uno de los clérigos que eran acusados de algún vicio, la dirección donde residían, situación en la que se encontraban, etc. Era un cuaderno que solo él entendía. Les corregía siempre con verdadera comprensión, indulgencia y dulzura, sin dar escándalo y a solas con el clérigo afectado.

Con su delicadeza, mansedumbre y amabilidad mostraba y manifestaba a los mismos el gran amor de Dios, y dichas actitudes personales hacían que la corrección calase profundamente en ellos, de tal manera que alguno cambiaban radicalmente de vida a raíz de la corrección que recibían de él.

En el trato con los clérigos que había de corregir seguía un protocolo bien concreto: les pedía primero unos días de retiro, para que tomaran conciencia de su pecado y de su situación; luego los confesaba y, con sus palabras y lágrimas en los ojos, les hacía volver sobre sí, hasta que les veía bien dispuestos y convertidos a Dios. Luego les imponía una penitencia.

A los sacerdotes les decía con estas palabras cómo debían realizar el ministerio de la predicación, cumpliendo y viviendo lo que predicaban: «Quien predica bien y obra mal, enseña condenándose a sí mismo […]. El predicador habla cosas maravillosas contra los vicios y los pecados y él mismo yace en la cárcel del pecado. No subas, te ruego, al púlpito sin haber repasado los libros con madura consideración. Debes distinguirte por las perlas y otras piedras preciosas, o sea, las virtudes, la castidad, la humildad y el celo por las almas. Que en todo te muestres como ejemplo de buenas obras […]. Si los clérigos y los religiosos fuéramos tal como se debe ser, ¡oh, cómo nos respetarían y temerían los pecadores!» [23].

Crea en sus pastores una conciencia misionera haciéndoles tomar conciencia de la responsabilidad que tienen en lo que puede ocurrir a sus fieles por indolencia suya, pidiéndoles al mismo tiempo, dedicar todas sus energías para que no se pierda ninguna de las ovejas que tienen encomendadas.

Cuando hoy, en pleno siglo XXI, observamos estas recomendaciones de santo Tomás cinco siglos antes, podemos decir, sin lugar a dudas, que nos encontramos con alguien cuyas palabras y enseñanzas son plenamente actuales.

Hoy nos encontramos con las palabras del papa Francisco referidas a los agentes de la evangelización en este momento, y podríamos decir que no son las mismas que las de santo Tomás a sus sacerdotes, pero sí las mismas ideas y el mismo contenido, hablando de la preocupación que deben tener los sacerdotes por practicar y convertir su acción evangelizadora en una pastoral misionera, así como la preocupación y responsabilidad que debemos sentir como pastores por el hecho de que tantas personas se hayan ido separando de Dios y de la Iglesia y vivan al margen de Dios y de la fe en Él, llevando una vida como si Dios no existiera, mientras los pastores estamos contemplando y mimando solo a los que tenemos dentro y cerca y no preocupándonos demasiado por la realidad de tantos alejados e indiferentes como tenemos en nuestras comunidades hoy.

El papa Francisco, en Evangelii gaudium, lo dice textualmente:

«La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre […], no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas»24. Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones25. […] Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo […]. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida» [26].

c. Medios que utiliza para realizar su misión pastoral

Tres fueron los medios que puso en marcha y que utilizó para llevar adelante su misión pastoral:

a. La elección de sus colaboradores más cercanos e importantes para el buen gobierno de la archidiócesis.

b. La visita pastoral que llevó a cabo enseguida de la toma posesión de la archidiócesis para conocer la situación real, sus problemas, la situación del clero y las necesidades que una evangelización viva estaba reclamando la situación encontrada en toda la diócesis.

c. La convocatoria de un sínodo diocesano en 1548 para la reforma de las costumbres del clero y de los fieles de la diócesis por medio de sus constituciones en las que hace notar que quiere inculcar el espíritu de renovación en la línea que Cristo pide.

La visita pastoral le sirve para tener un conocimiento de los problemas y de la situación general de la diócesis y, desde este conocimiento que le da el contacto directo con toda la diócesis, va elaborando un plan para el estado eclesiástico orientado a la formación y reforma del mismo.

En las constituciones del sínodo quiere abolir los abusos de los eclesiásticos y del pueblo y crear una imagen del sacerdote pastor, entregado a su ministerio con una vida íntegra y buenas costumbres.

El sínodo diocesano es una síntesis preconciliar de Trento para la reforma del clero y del pueblo cristiano, constatándose en ella una gran ecuanimidad ni con exceso de rigor, ni con excesiva blandura.

Somete a revisión la formación intelectual de los sacerdotes, sus virtudes y su celo pastoral, el conocimiento de sus fieles, el cumplimiento cultual de sus obligaciones, teniendo en todo momento una visión y una actitud personal llena de comprensión de sus problemas.

La espiritualidad la orienta principalmente en vistas al cumplimiento de la tarea pastoral. Este cumplimiento como pastores pide santidad de parte del sacerdote, santidad que plantea como una auténtica exigencia de las obligaciones pastorales.

La solución del problema de la formación del clero fue la creación de los seminarios y colegios mayores y menores, debidamente orientados, en los que los adolescentes y jóvenes de valer, pero sin recursos económicos, pudieran dedicarse por completo a su preparación sacerdotal.

Con la fundación del Colegio de la Presentación de nuestra Señora, santo Tomás de Villanueva soñaba con repoblar la Iglesia y, especialmente, la archidiócesis de Valencia, de sacerdotes ejemplares, debidamente instruidos para el apostolado.

El objetivo principal del colegio era la preparación de los sacerdotes para que vivieran el ministerio sacerdotal con auténtica ejemplaridad y competencia doctrinal. En la formación del mismo destacaba la importancia que daba a la formación social, tal como él la vivía, así como otros aspectos importantes de la vida del sacerdote, como el respeto a los superiores, la castidad, la santidad de vida, etc.

d. Visión del sacerdocio expresada en sus sermones

No ofrece Tomás de Villanueva en sus sermones un tratado doctrinal del sacerdocio, sino que trata el tema como exigencia de su predicación. No tiene ninguna teoría especial sobre el mismo, sino que su exposición la condiciona al cumplimiento de su misión pastoral, su actuación amorosa con los sacerdotes y su entrega incondicional a la Iglesia.

Destaca la importancia que da al sacerdote en la configuración de todo el quehacer cristiano.

No expone matices teológicos que distingan el sacerdocio de los obispos del de los presbíteros, ya que a ambos los trata indistinta y conjuntamente como pastores de almas.

El sacerdocio ha sido instituido por Jesucristo al servicio de los hombres, concibiéndolo como una dedicación esencial a los demás y al sacerdote como un hombre para los hombres.

Por la ordenación sacramental, el sacerdote se inserta en la potestad y misión apostólica recibida de Cristo por medio de la Iglesia. El ministro es el que prolonga la acción sacerdotal de Cristo. El sacerdote es, a través de su ministerio, una manifestación del amor de Dios y su razón de ser se apoya en Cristo y en la Iglesia. La obra salvadora de Cristo llega a todos los hombres por medio de la Iglesia y esta realiza su misión por medio de los ministros.

Sí desarrolló santo Tomás el concepto de sacerdocio de los fieles, al que llama espiritual y del que participamos todos los bautizados, para ofrecer espiritualmente la vida al Señor.

Ambos sacerdocios son distintos, pero complementarios, ya que el sacerdocio ministerial no desplaza al de los fieles, sino que se sirve de su colaboración para edificar la Iglesia y le sirve a él. Los dos forman parte del sacerdocio de Jesucristo y forman parte de la estructura esencial de la Iglesia [27].

La relación del presbítero con la Iglesia, con la comunidad cristiana, no es como algo aislado de ella, sino como pastor y servidor de la comunidad eclesial. Destaca la importancia del ministerio sacerdotal en cuanto que su ministerio es insustituible en la función sacrificial de la eucaristía [28].

También, al hablar del ministerio sacerdotal relacionado con el sacramento de la penitencia, concede una importancia grande al sacerdote, cuya actitud hacia los penitentes siempre debe estar motivada en él por el amor y la comprensión. Por ello, debe ser benigno, si bien debe tener garantía de propósito de la enmienda, aconsejando también que, en casos extremos, se demore la absolución [29]. Concede una gran importancia al ministerio de la predicación como elemento imprescindible para la regeneración del pueblo cristiano.

El ministerio sacerdotal lo coloca con el contexto eclesial, al pastor con su rebaño, con sus súbditos, con sus oyentes.

Define la tarea y el ministerio del sacerdote en la Iglesia y entre los hombres y convoca a los sacerdotes a estar entre los hombres para servirlos dándoles el Evangelio y a agotar su vida en su servicio para llevarlos a Dios [30].

Esta visión del sacerdote la muestra nuestro santo, y lo repite varias veces especialmente en el sermón del domingo del Buen Pastor, en el que descubrirá la responsabilidad que tiene el pastor respecto a las ovejas que se le han encomendado a su cuidado pastoral [31].

La espiritualidad sacerdotal la concibe en función de esta tarea pastoral. Debe responder a la necesidad que la Iglesia tiene de sus ministros. En la vida del sacerdote deben brillar, especialmente, estas virtudes: el don de la fe, el celo apostólico y la ciencia sagrada.

En esta dimensión eclesial de servicio al pueblo, concibe toda la existencia sacerdotal en la adecuación entre lo que es y para lo que es. El sacerdote lo es en cuanto que sirve a los demás en su propia misión. Todo su ser y actuar debe estar al servicio de aquellos de los cuales es sacerdote.

Las tres grandes preocupaciones ministeriales de santo Tomás de Villanueva

Santo Tomás de Villanueva tuvo tres preocupaciones principales que fueron constantes en toda su vida, desde su juventud hasta su muerte:

a. La preocupación por los pobres, siguiendo el modelo de Cristo, que siempre demostró una auténtica predilección por ellos, hasta el punto de llegar a identificarse con los mismos: «Cuando lo hicisteis con un de estos mis hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

b. La preocupación por la formación y la reforma de la vida de los sacerdotes, a la que dedicó gran parte de su vida y grandes esfuerzos para lograr una buena formación teológica y una auténtica conversión y reforma de su vida, como algo esencial en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

c. La evangelización de los fieles. Fue su constante esfuerzo como arzobispo de Valencia a medida que fue conociendo cómo estaban situados sus fieles, a partir de la visita pastoral que hace al comienzo de su pontificado.

Estas son las tres preocupaciones principales, que él vivió y a las que trató en todo momento de dar una respuesta adecuada, desde una única mirada: la mirada al Buen Pastor. Son problemas y preocupaciones que piden una respuesta adecuada en cada momento y que seguro que también entran de lleno en las preocupaciones principales de la Iglesia actual y de los pastores de hoy, que podemos encontrar en la actualidad y que son las mismas que vivió nuestro santo, y cuya respuesta puede ser un modelo para nosotros hoy, desde la misma mirada del Buen Pastor.

a. La preocupación por los pobres

El amor, la entrega y su opción por los pobres y desheredados de la tierra son hechos y actitudes que llaman especialmente la atención hoy.

En un momento y en una sociedad en la que se utilizan y manosean las grandes palabras de justicia, solidaridad, bien común, igualdad, lucha contra la pobreza, sociedad del bienestar etc., todas ellas son palabras no siempre llenas de contenido real, sino que muchas veces aparecen claramente vacías.

Los pobres cada vez son más pobres y los ricos cada vez más ricos, se comparte poco y la injusticia, a veces, aparece manifiesta.

La situación económica mundial a la que hemos llegado ha sido fruto de las injusticias y de los trapicheos, de la avaricia y el egoísmo, de buscar el enriquecimiento rápido, sin pensar quienes son los perjudicados.

Cuando algún necesitado nos pide ayuda, y hoy, por desgracia, son muchos los que llaman a nuestra puerta de mil formas, tal vez, miramos para otro lado, porque los realmente importantes somos nosotros mismos, cegados, frecuentemente, por el materialismo que nos circunda y envuelve y por el egoísmo que no nos deja ver la necesidad del otro.

A este propósito, el papa Francisco llama la atención sobre la responsabilidad y obligación que tiene cada cristiano y cada comunidad de escuchar el clamor de los pobres y atenderlos, porque cada cristiano es instrumento de Dios para escuchar ese clamor de los pobres.

«Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres […]. Esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo […]. Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre ˝clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado˝ (Dt 15,9). Y la falta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relación con Dios […]. Recordemos también con cuánta contundencia el Apóstol Santiago retomaba la figura del clamor de los oprimidos: ˝El salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos˝ (5, 4)» [32].

Los obispos brasileños llamaban la atención, en un documento de la Conferencia Nacional de los obispos de Brasil, sobre la obligación que tenemos los cristianos de escuchar el clamor de los pobres: «Deseamos asumir, cada día, las alegrías y esperanzas, las angustias y tristezas del pueblo brasileño, […] Viendo sus miserias, escuchando sus clamores y conociendo su sufrimiento, nos escandaliza el hecho de saber que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta. El problema se agrava con la práctica generalizada del desperdicio» [33].

El papa Juan XXIII afirmaba más rotundamente lo que debe ser el sueño y la aspiración de todo cristiano, que no debe conformarse con asegurar a todos la comida o un decoroso sustento, sino que tengan una prosperidad sin exceptuar bien alguno, como son la salud, el trabajo, el salario justo, etc. [34].

La Iglesia, y cada uno de nosotros, como cristianos, hemos de hacer una opción preferencial por los pobres como hizo Jesús, que se identifica especialmente con los más pequeños (Cf. Mt 25, 40). Cada uno de nosotros, como seguidores de Jesús, estamos llamados a cuidar de los frágiles, de los más pobres de la tierra. Hemos de prestar atención y estar cerca de las nuevas pobrezas y fragilidades: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los ancianos y abandonados, los migrantes, las diversas formas de trata de personas, las mujeres en situaciones de exclusión, maltrato y violencia; porque en ellos vamos a descubrir al Cristo sufriente [35].

Tanto desde el testimonio de santo Tomás de Villanueva de apuesta y predilección por los pobres, como desde la voz de la Iglesia reclamando, como exigencia imprescindible de todo cristiano, la atención y el cuidado de los pobres y desheredados; nuestra actitud respecto a los demás, especialmente en relación a los más pobres y necesitados del momento presente, se queda, cuanto menos, muy corta, en relación al interés y la predilección que los cristianos deberíamos tener en nuestra vida por los pobres.

Cuando machaconamente estamos oyendo la situación que viven familias enteras, que sigue habiendo millones de parados a los que no les llega lo que reciben para poder vivir dignamente; cuando sabemos que hay un número muy alto de familias en las que todos sus miembros están en el paro; cuando se nos llama, repetidamente y con urgencia, a tomar conciencia y a saber desprendernos de algo nuestro; como mucho, tal vez, metemos la mano en el bolsillo, y damos unas monedas para tranquilizar nuestra conciencia, pero no somos capaces de desprendernos de algo significativo, sin lo cual nosotros podemos vivir holgadamente, mientras otros pasan por una auténtica penuria económica, no teniendo para llegar a fin de mes y nuestra solidaridad les ayudaría y mucho a vivir su vida con verdadera dignidad.

Nuestro santo dio todo lo que tenía, incluso la cama en la que murió, que era lo único que le quedaba, ya la había regalado a los pobres. Por eso, era capaz de hacer aquella afirmación: «Si me halláis, señores, al tiempo de mi muerte un real, tened mi alma por perdida y no me enterréis en sagrado» [36].

Un testimonio que tiene mucho que decirnos hoy, y de hecho nos cuestiona, nos interroga, nos interpela y nos llama a la solidaridad con los que están cerca de nosotros y sabemos que tienen necesidad de nuestra ayuda; y con aquellos otros de lejos, que son también hermanos necesitados y a los que también podemos y debemos socorrer.

Entre nosotros, en la sociedad actual en la que estamos viviendo, se están produciendo muchas pobrezas materiales que echan profundas raíces en familias y personas que no tienen lo imprescindible para vivir y no pueden permitirse nada más que lo imprescindible para subsistir, fruto y consecuencia de la crisis económica. Pero además de este tipo de pobreza, nos damos cuenta de la existencia de otros tipos de pobreza más importante: la espiritual, que subyace bajo las otras pobrezas materiales. Es la crisis de valores y de actitudes humanas y espirituales profundas; es la crisis de valores morales; es la pobreza de tantas personas que se niegan a admitir a Dios en su vida; la crisis de la dignidad del ser humano, cuando la persona no ocupa el centro de la vida social; cuando el dinero y lo material se convierte no en un medio al servicio de la persona, sino en un fin en sí mismo y a cuyo servicio se pone a la persona.

Detrás y debajo de la crisis financiera, subyace y asoma el fracaso de esta sociedad del bienestar y de un modelo de desarrollo que no ha logrado disminuir las desigualdades ni reducir la pobreza, sino que las desigualdades son, cada día, mayores y los pobres, cada vez más numerosos y más extremadamente pobres.

Es esta una situación que nos interpela a todos, especialmente a nosotros los cristianos, no solo en orden a una mayor responsabilidad en la comunión y comunicación cristiana de bienes, sino también respecto a una conversión personal y comunitaria; en orden a admitir a Dios en nuestra vida y recuperar los valores perdidos, porque una sociedad sin valores es una sociedad enfilada al fracaso, mientras que reconoce a Dios como su creador y quien cuida de todos los seres humanos, una sociedad con valores es una sociedad con futuro.

Esta invitación a cimentar nuestra convivencia en Dios providente y los valores de la comunión y la participación solidaria, afecta a todo ser humano, pero adquiere una particular relevancia y significación en nosotros, los creyentes en Cristo, que nos acercamos, cada día, cada domingo, a recibir al Señor en la eucaristía, como sacramento de la comunión.

Porque todos formamos un solo cuerpo, todos estamos llamados a cooperar, sabiendo compartir con los que menos tienen, siendo solidarios con los pobres de la tierra, sea la pobreza que sea la que tienen y sufren; para que salgan de dicha situación de precariedad y pobreza y pueda renacer en ellos la esperanza. Con la cooperación de todos, y el cuidado de los más necesitados a semejanza de santo Tomás, estaremos haciendo renacer esa nueva sociedad en la que sean realidad los valores auténticamente humanos y cristianos, la igualdad y la justicia, que, tal vez, tenemos perdidas, olvidadas o descuidadas.

b. La preocupación por la formación y la reforma de la vida de los sacerdotes.

Santo Tomás de Villanueva, desde muy joven, tuvo conocimiento de la realidad en la que se encontraba el clero de su tiempo. Recordemos su tiempo de alumno y de docente en Alcalá de Henares. La universidad, el ambiente que allí reinaba entre alumnos, profesores etc., fueron una de las principales influencias en la rica personalidad de santo Tomás: sus movimientos culturales, su ambiente universitario y religioso, sus maestros, sus condiscípulos y discípulos dejaron una impronta imborrable en él.

Hagamos memoria de que el cardenal Cisneros, a la hora de crear la universidad de Alcalá, tuvo como preocupación principal la reforma de la Iglesia. Desde esta motivación estableció los fundamentos mediante los que llevar adelante la reforma y la solución a los problemas de la selección del clero. Su intención fue hacer de la universidad de Alcalá un organismo al servicio de la enseñanza eclesiástica, que permitiera elevar el nivel religioso e intelectual de los clérigos del tiempo.

Este clima, y esta finalidad de la universidad de Alcalá, los vivió nuestro santo de forma muy intensa y dejó en él una impronta decisiva. Él participa desde el principio como estudiante de aquel clima que quiso inculcar su fundador el cardenal Cisneros: renovar las estructuras eclesiásticas desde su raíz. Ante un clero del tiempo, inmerso en la indolencia y la ignorancia, era imprescindible poner todo el esfuerzo en mejorar notablemente una preparación moral e intelectual del mismo.

Cisneros concibió Alcalá como un gran seminario al que pudieran acceder los clérigos para lograr una buena formación y, una vez adquirida, poder volver a sus diócesis de origen.

En este ambiente se formó santo Tomás, que demostraría como religioso agustino, y como obispo de Valencia, con la gran claridad y precisión de una mente vigorosa, con el peso de ciencia y prudencia y con el vigor de su temperamento resoluto y valiente, que dicha preocupación la llevaba muy dentro de sí. Así se fue preparando para regenerar la Iglesia de su tiempo.

Su llegada a Valencia como arzobispo fue para él una confirmación de lo que estaba plenamente convencido: se encuentra con un clero que necesita una reforma moral y sacerdotal en general.

Somete a revisión la formación intelectual de los sacerdotes, sus virtudes y su celo pastoral, el conocimiento de sus fieles, el cumplimiento cultual de sus obligaciones.

La espiritualidad es orientada en vistas al cumplimiento pastoral, que pide santidad de parte del sacerdote y esta santidad es la fuente y la motivación, que harán posible el buen cumplimiento de sus obligaciones pastorales.

Con este mismo fin, de dar una buena preparación a los futuros sacerdotes, crea seminarios y colegios mayores y menores y, especialmente, con la fundación del Colegio de la Presentación de Nuestra Señora, pretendió formar de sacerdotes ejemplares que vivieran el ministerio sacerdotal con auténtica ejemplaridad y competencia doctrinal para el apostolado. En la formación que en él imparte destaca la importancia que da a la formación social, tal y como él la vivía, poniendo a los pobres en la primera fila de sus preocupaciones, el respeto a los superiores, la castidad, la santidad de vida, etc.

Destaca la importancia que da al sacerdote en la configuración de todo el quehacer cristiano y evangelizador.

No expone matices teológicos que distingan el sacerdocio de los obispos del de los presbíteros. A ambos se refiere indistinta y conjuntamente como pastores de almas.

Concibe el sacerdocio como instituido por Jesucristo al servicio de los hombres, como una dedicación esencial a los demás. Define al sacerdote como hombre para los hombres. El sacerdote lo es en cuanto que sirve a los demás en su propia misión. Todo su ser y actuar debe estar al servicio de aquellos de los cuales se es sacerdote.

Por la ordenación sacramental, el sacerdote se inserta en la potestad y misión apostólica recibida de Cristo por medio de la Iglesia y prolonga la acción sacerdotal de Cristo, a través de cuyo ministerio manifiesta el amor de Dios, llevando así a todos los hombres la obra salvadora de Cristo por medio de la Iglesia, que realiza su misión por medio de los ministros.

Distingue muy bien el concepto de sacerdocio de los fieles, al que llama espiritual y del que participamos todos los bautizados, para ofrecer espiritualmente la vida al Señor y el ministerial, considerándolos distintos pero complementarios, ambos forman parte del sacerdocio de Jesucristo y de la estructura esencial de la Iglesia.

La relación del presbítero con la Iglesia, con la comunidad cristiana es una relación de pastor y servidor de la misma.

Destaca la importancia del ministerio sacerdotal en cuanto que su ministerio es insustituible en la función sacrificial de la eucaristía.

Concede una gran importancia al ministerio de la predicación, como elemento imprescindible para regeneración del pueblo cristiano y coloca el ministerio sacerdotal en la relación del pastor con su rebaño.

La tarea del ministerio sacerdotal es estar entre los hombres para servirlos, dándoles el Evangelio y, en esa tarea de servicio para llevar a los hombres a Dios, debe agotar toda su vida.

La espiritualidad sacerdotal la concibe en función de esta tarea, debiendo brillar en ella especialmente tres aspectos importantes: La fe, el celo apostólico y la ciencia sagrada.

En esta dimensión eclesial de servicio al pueblo, concibe toda la existencia sacerdotal en la adecuación entre lo que es y para lo que es.

c. La evangelización de los fieles

Santo Tomás de Villanueva, en el desempeño y cumplimiento de su misión evangelizadora, fue realmente un modelo de pastor bueno, un auténtico ejemplo de evangelizador, lleno de ardor pastoral por las almas, tanto en sus predicaciones, como en el trato que tenía, lo mismo con los fieles que con los sacerdotes de su diócesis.

Cuando llega a la archidiócesis de Valencia como arzobispo, comprueba el desmoronamiento, tanto material como espiritual y moral de la misma, debido al desamparo en el que había estado durante tiempo, en el que los obispos anteriores habían brillado por su ausencia, pues, a pesar de ser obispos residenciales, no residieron en ella, produciéndose un total abandono a nivel pastoral y de presencia del pastor.

Con este panorama en la diócesis, sorprende la clarividencia del nuevo arzobispo, que, a las pocas semanas de tomar posesión, comienza poniendo en marcha todo un plan pastoral coherente, gradual, completo y riguroso.

Tres fueron las claves sobre las que construyó su plan pastoral:

a. Elección de un equipo de colaboradores íntimos e inmediatos.

b. Iniciar una visita pastoral a toda la diócesis para tener un conocimiento en directo de los problemas y situaciones que tenía y buscar para ellos una respuesta pastoral auténtica.

c. Celebrar un sínodo diocesano para que del mismo saliera una normativa desde donde corregir todos los abusos y restaurar la observancia religiosa de todos los cristianos, estamentos e instituciones.

El equipo de colaboradores íntimos los eligió a modo como lo hizo Jesucristo con los apóstoles: después de mucha oración y de pedirle insistentemente al Señor el acierto en la elección, pues ellos iban a colaborar, muy estrecha e íntimamente con él, en el gobierno de la diócesis y en buscar y encontrar solución y camino para solucionar los problemas existentes.

El segundo paso era conocer directamente lo que estaba sucediendo en la diócesis, sus problemas y sus necesidades, cómo estaban las personas etc. Vio en la visita pastoral, realizada cuanto antes a toda la diócesis, la mejor manera de hacerlo, y así lo hizo. Esta visita pastoral le sirvió para conocer personalmente todo cuanto acaecía en la diocesis para la que estaba nombrado como pastor y poder aplicar el remedio que le pedía tal situación como padre y pastor.

Comenzó esta visita pastoral por la ciudad de Valencia, siguiendo después por todos los pueblos por pequeños que fueran, predicando y enseñando en todos ellos, como misión principal del obispo, para que sus ovejas, que durante tanto tiempo habían estado abandonadas, vieran que tenían pastor y el pastor conocía a las ovejas que tenía encomendadas.

Fruto del conocimiento real que le da la visita pastoral, acomete una profunda y completa reforma religiosa y espiritual, renovando las estructuras y la vida y misión del clero, por medio del sínodo diocesano.

Justifica la celebración del sínodo diocesano como instrumento de la Iglesia para abolir los abusos de los eclesiásticos y del pueblo, así como instaurar las buenas costumbres. Lo celebra con renovado afán para reformar el estado de las ovejas a él encomendadas.

Santo Tomás encarnó el modelo de pastor, estando dedicado plenamente al servicio de sus ovejas y a las necesidades que estas tuvieran, con una entrega y dedicación total a ellas.

Lo mismo que en su juventud universitaria y en su vida de religioso, como arzobispo de Valencia llenaba los días de una gran actividad, en la que sacaba tiempo para atender todas las obligaciones que le exigía el ministerio episcopal y las inquietudes de su vocación: intensa oración, que era de donde sacaba fuerzas para lo que tenía que ser y lo que tenía que hacer, continuo estudio y reflexión para que sus sermones reflejaran lo que él había meditado, dedicación constante a escuchar y atender a todo el que le necesitaba, consciente de que había aceptado la mitra para servir a la gente, sin des- ánimo ni descanso, sin importarle quién fuese ni a qué hora llegase.

Desde ahí podemos entender que él pidiera a los sacerdotes que debían estar todo el tiempo, sin reservarse nada para ellos, al servicio de las necesidades de los fieles, y que les advirtiera de la responsabilidad que tenían como pastores en la salvación de los demás. Por lo mismo, debían de hacer todo lo posible por ofrecer el mensaje de Cristo y la llamada a la conversión de todos, para que nadie, por ignorancia o por desidia de los pastores, no se convirtiera y no obtuviese la salvación.

Todo ello nos hace ver que fue realmente un pastor a quien el ardor pastoral le abrasaba y le llevaba a una entrega total de tiempo, energías y saber, puesto todo al servicio de la salvación de los hombres.

Todas estas actitudes de entrega total, dedicación sin reservas y de ardor pastoral que santo Tomás de Villanueva vive en toda su exigencia, nos están recordando la entrega ministerial que el papa Francisco pide para todos los agentes de la evangelización, especialmente los sacerdotes como ministros, elegidos por Dios y enviados a evangelizar.

Además de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, en la que aparece prácticamente en cada una de sus páginas el desarrollo de las actitudes que debe tener un buen evangelizador y la entrega que el ministerio pide a todos y cada uno; la entrega y dedicación plena al servicio del ministerio en otros momentos de encuentro, principalmente con obispos de distintas conferencias episcopales, con sacerdotes, con miembros de vida consagrada y seminaristas, el Papa vuelve a insistir en ello como algo realmente importante.

El papa Francisco habla muchas veces de la unción, de la gracia, del favor recibido del Señor, y refiriéndose al sacerdote dice con claridad: «Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo, esto es una prueba clara» […]. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, ˝las periferias˝ donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas» [37].

Es necesario salir a las periferias para experimentar nuestra unción, porque la gracia se activa en dar «la poca unción que tengamos, a quien no tiene nada de nada» [38]. Urge a que tengamos un espíritu misionero, que conlleva el esfuerzo por lograr una «conversión misionera siempre renovada» [39], y estemos disponibles para aceptar la misión sin poner condiciones [40], y dispuestos a no quedarnos en el despachos, sino salir a buscar a los que no vienen, a los que están lejos y llevarles el mensaje salvador de Cristo a cuantos viven en las periferias existenciales [41].

Francisco habla de la entrega y de la entrega misionera como el único camino por el que todo cristiano puede realizarse, pero, sobre todo, el sacerdote está llamado a esta entrega misionera, porque la misma le lleva a salir de sí mismo, de nuestra cueva interior, de la cueva del yo-me-mi-conmigo-para-mí” del egoísmo mezquino […] del que el demonio se vale para encadenarnos a la comodidad, a buscar pasarlo bien en el momento» [42].

«El sacerdocio y la vida consagrada no son instrumentos de ascenso social, sino un servicio a Dios y a los hombres» [43].

Nos recuerda a los sacerdotes y consagrados el Papa la gran responsabilidad que tenemos de evangelizar como lo diría san Pablo: «˝¡Ay de nosotros, si no compartimos, ay de nosotros si no somos testigos de lo que hemos visto y oído˝ (cf. 1 Co 9, 16)» [44].

El papa Francisco, tanto en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, prácticamente en todo lo que compone el texto de la misma, como en sus homilías en diversos encuentros con obispos, sacerdotes y personas de vida consagrada, lógicamente, con un lenguaje más suyo y, tal vez, de forma más concreta, nos muestra cómo debe ser nuestra entrega y dedicación plena al ministerio de evangelizar, de buscar a los que están lejos, de desarrollar en nosotros esa actitud de entrega a fondo perdido al ministerio.

Santo Tomás, además de los aspectos más importantes y preocupaciones más sobresalientes que definen su ministerio y tarea pastoral, nos da un verdadero testimonio de otras virtudes que resaltan también en su vida, entre ellas podríamos citar:

a. El amor a los fieles que tiene encomendados, a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos. En todo momento les demostró su cariño y su amor tratándolos siempre con delicadeza y prudencia, incluso cuando tenía que corregirlos, para que nadie se sintiera humillado, sino que viera en la corrección la voz del pastor que amablemente les urgía con amor de padre a cambiar de vida en algún determinado aspecto de la misma.

Este amor a las personas que tenemos encomendadas es realmente algo muy importante que los sacerdotes lo mostremos y lo demostremos. Los sacerdotes no podemos olvidar este aspecto tan importante de amar a los que se nos han encomendado como rebaño que hemos de evangelizar. Se trata de un amor hecho cercanía, acogida, respeto, cuidado y preocupación por sus necesidades y, especialmente, la preocupación por su salvación, de la que nosotros como sacerdotes tenemos una buena parte de responsabilidad.

b. Otro aspecto importante que nuestro santo siempre cultivó fue el cuidado de la oración. Recordemos cuándo tuvo que elegir, al llegar a Valencia, su equipo de colaboradores, antes, y siguiendo el estilo de Jesús, estuvo largo tiempo en oración, pidiendo al Señor acierto en la elección.

En la oración encontraba él la fuerza necesaria para trabajar sin descanso por la salvación de sus fieles. Era lo que alimentaba su ardor pastoral. La oración le llevaba al trabajo y la entrega total y a fondo perdido a la tarea evangelizadora y las dificultades y todo lo que vivía en la misión evangelizadora, le llevaba a la oración.

Hemos de tomar buena nota de santo Tomás en su valoración y vivencia de la oración. La oración y el cuidado de su espiritualidad es algo que siempre ha sido, y sigue siendo, muy importante para el sacerdote.

La oración es lo que nos va a ayudar a mantener viva nuestra identidad sacerdotal y nuestro ardor pastoral en el ejercicio de nuestro ministerio. Sin ella, o no dándole la importancia que tiene que dársele, el sacerdote se sentirá extraño en él, y terminará no viendo sentido a lo que vive y a lo que compone su vida como sacerdote.

La oración nos ayuda a estar bien arraigados en Cristo. Por medio de la oración conocemos y contemplamos cómo vive Jesús, cómo evangeliza Cristo, Buen Pastor. Solamente desde la oración profunda, el sacerdote se verá libre de la tentación de apacentarse a sí mismo y del culto y cultivo narcisista en su trabajo pastoral, y ella le llevara a una entrega total y sin reservas al servicio de Dios y de los hermanos.

Santo Tomás de Villanueva es para todos nosotros, obispos y sacerdotes, un verdadero ejemplo y modelo de evangelizador, que vivió personalmente y en grado heroico, cuantas actitudes apostólicas, evangelizadoras y misioneras pedía para los sacerdotes.

En algún momento de esta carta pastoral me he permtido decir, y ahora quiero hacer de nuevo la afirmación, que en santo Tomás de Villanueva nos encontramos, salvadas las peculiaridades de su tiempo distintas de las del momento actual, con un santo de plena actualidad, por sus preocupaciones preferenciales, por su modo de vivir su sacerdocio y su episcopado y por el estilo evangelizador y misionero que él desarrolló en su vida como religioso de la orden de san Agustín, y como obispo después.

Los santos, y por lo mismo santo Tomás, no son un relicario trasnochado que no tiene que decir nada o casi nada al hombre actual y, especialmente, al sacerdote y al creyente actual, sino que siguen interpelando nuestra vida, nuestro estilo y nuestra entrega. Precisamente porque él lo hizo y lo vivió siempre teniendo como modelo a Cristo, Buen Pastor, que es siempre el mismo, ayer, hoy y siempre.

El testimonio y el modelo personal que nos ofrece nuestro Santo, es un motivo más que suficiente para que como patrono de la Diócesis, lo tengamos muy presente a la hora de identificarnos con el modelo de evangelizador que él nos ofrece, con su entrega a la misión evangelizadora, con su amor por los pobres y su ardor pastoral que quemaba su corazón de pastor teniendo, además, en cuenta que, en todo momento, su modelo de evangelizador, el que él vive y propone a encarnar por los demás, no es otro que el del Buen Pastor, que tan encarecidamente presentaba a sus sacerdotes para que su vida fuera un continuo esfuerzo por reflejar como evangelizadores esa imagen misma de Cristo Buen Pastor.

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✠ Gerardo Melgar Viciosa
Obispo Prior de Ciudad Real

 


[1] (De posición del testigo Juan Gallego Pedrosa, nació en 1507, realizada en Villanueva de los Infantes, el 17 de junio de 1602. ASV., Congr. Riti, Vol. 3633, folio 241).

[2] Lc, 2, 52

[3] Archivo secreto vaticano. Ritos. Manuscrito 2362, Folio 134.

[4] San Agustin, Epístola 48. Obras de san Agustín, BAC, Madrid 1961. Vol 8, 283.

[5] Miguel Salón, Vida de santo Tomás de Villanueva, Valencia, 1620, 27.

[6] Tomás de Herrera, Historia del Convento de san Agustín de Salamanca, Madrid 1652, 230.

[7] Miguel Salón, Ob. cit. 41.

[8] Evangelii nuntiandi, 68.

[9] San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 24.25.

[10] Francisco, Evangelii gaudium, 259.

[11] EG, 262.

[12] EG 33.

[13] EG, 119.

[14] EG, 120.

[15] EG, 28.

[16] EG 102.

[17] EG 120.

[18] EG 130.

[19] EG 265.

[20] EG 266.

[21] Cf. Miguel Salón, Ob. cit., 265.

[22] EG 135-159.

[23] In feriam III post Dominicam II, Quadraguesimae concio, 1, 8, Vol. I, 479; In festum Santi Joannis, concio 45, 14, Vol. 5, 207-208.

[24] EG 47.

[25] EG 48.

[26] EG 49.

[27] Cfr. In festum santi Augustini, concio 3,1, Vol. 5, 283- 284.

[28] Cfr. De novo sacerdote. Vol. 5; 521.

[29] Cfr. In feriam VI post dominicam IV, Quadragesime, concio 1, 8. Vol. 1, 178.

[30] Cfr. De novo sacerdote. Vol. 5, 520; In festum Santi Joanni, concio 2, Vol. 2, 333-334.

[31] Cfr. In dominicam II post pascha, concio I, Vol. 2, 324- 332, Ibid. concio 2, Vol. 2, 333-334.

[32] EG 187.

[33] EG, 191. Conferência Nacional dos Bispos do Brasil, Documento Exigências evangélicas e éticas de superação da miséria e da fome (abril 2002), Introducción, 2.

[34] Juan XXIII, Mater et magistra, 3.

[35] EG, 209-212.

[36] Archivo secreto vaticano. Ritos. Manuscrito 2362, folio 134.

[37] Francisco, Homilía de la Misa Crismal 2013.

[38] Francisco, Homilía de la Misa Crismal 2013.

[39] Francisco a los obispos de la Conferencia Episcopal de Polonia. 7 de febrero de 2014.

[40] Francisco, Discurso a los sacerdotes, religiosos y seminaristas en Ecuador. 8 de julio de 2015.

[41] Francisco, carta en la beatificación del cura Brochero, 14 de septiembre de 2013.

[42] Cf. Francisco, carta en la beatificación del cura Brochero, 14 de septiembre de 2013.

[43] Francisco, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Madagascar, 28 de marzo de 2014.

[44] Francisco, Discurso a los sacerdotes, consagrados y seminaristas, Morelia-México, 16 de febrero de 2016.

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