La blasfemia contra el Espíritu

Carta de
Mons. D. César Franco Martínez
Obispo de Segovia

CesarFrancoMartinez

Domingo 10 de junio de 2018

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo siempre sorprenden a los lectores. Dice que «todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre» (Mc 3, 28-29). ¿Cómo es posible que este pecado no tenga perdón? ¿No es infinito el amor de Dios e infinita su capacidad de perdonar?

Para entender esta afirmación de Cristo, conviene situarla en su contexto histórico. La enseñanza y la actividad de Jesús suscitó fuertes controversias, muchas alimentadas por la admiración hacia su persona y otras por el odio que alentaban sus enemigos. Sus propios familiares, dice Marcos en el evangelio de este domingo, llegaron a pensar que estaba loco. En este contexto, se añade que los escribas de Jerusalén pensaban que estaba endemoniado y que expulsaba los demonios por un pacto con el jefe de los demonios. Contra esta acusación, Jesús se defiende con un argumento contundente: Es imposible que Satanás luche contra sí mismo para dividir su reino. Los milagros de Jesús, especialmente las curaciones de posesos, indican que él es más fuerte que Satanás y puede arrebatarle sus rehenes. Y para dejar claro en qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo, añade el evangelista: «Se refería a quienes decían que tenía dentro un espíritu inmundo».

Equiparar al Espíritu Santo con Satanás constituye una blasfemia imperdonable, pues da por supuesto que quien llega a tal extremo se cierra al arrepentimiento y al perdón. Un teólogo de nuestro tiempo comenta así esta blasfemia contra el Espíritu Santo: «Es una abierta oposición a Dios, cuyo Espíritu, activo en la obra de Jesús es visible a quien lo quiera ver. Allí donde actúan los hombres —también la Iglesia— su acción puede ser criticada, pero donde es Dios mismo el que actúa, el hombre que se opone a él se condena a sí mismo». Se explica así por qué Jesús, cuando invita a creer en él a quienes se le oponían de modo pertinaz, les ofrecía el testimonio de sus obras: «Si no creéis en mi, al menos creed en mis obras» que dan testimonio de mí. Si Jesús, en efecto, realizaba milagros, cuyos contemporáneos reconocían, era en razón de su poder espiritual y de su estrecha unión con su Padre. Interpretar este poder como signo de un pacto con el demonio significaba oponerse radicalmente a Dios y negar en definitiva el bien supremo. Tal posición incapacita para recibir el perdón. No es que Dios no pueda perdonar; es el hombre el que se opone a recibir la verdad y el amor.  Aquí radica el drama enorme de la libertad humana que puede oponerse a Dios hasta sus últimas consecuencias.

El evangelio de este domingo, sin embargo, no es sombrío, a pesar de esta seria advertencia de Jesús. Cuando le dicen a Jesús que su madre y familiares le buscan, Jesús afirma: «¿Quiénes son mi madre y ms hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,35). En contraste con aquellos que blasfemaban contra el Espíritu, aparece la comunidad de Jesús, que escucha su palabra y le sigue. Son los bienaventurados y sencillos de corazón que perciben en Jesús la presencia misma de Dios, actuando en la historia, y se adhieren con fe y alegría a quien revela la autoridad de Dios en sus gestos y palabras. Esta es la familia de Jesús, que no se rige por categorías de carne y sangre sino por la fe. Esta familia nacida en torno a Jesús, la Iglesia, es el signo más elocuente de que la acción de Cristo desautoriza la crítica de sus enemigos.

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✠ César Franco Martínez
Obispo de Segovia

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