Conferencia de presentación del Instrumentum laboris de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

Intervención del
Card. LORENZO BALDISSERI
Secretario General del Sínodo de los Obispos

Lorenzo Baldisseri

Oficina de Prensa de la Santa Sede
Martes 19 de junio de 2018

Saludo cordialmente a todos vosotros que participáis en esta conferencia de prensa. Quiero ayudar a todos y cada uno a ponerse en sintonía con el Instrumentum laboris del próximo Sínodo de los jóvenes sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, que tendrá lugar en Roma del 3 al 28 de octubre próximo.

Como habréis ciertamente notado, es un texto bastante amplio y articulado, del que intentaré ilustrar algunos de los elementos principales, a partir del decir algo sobre la finalidad del Sínodo, del método utilizado y de la estructura del documento.

El objetivo principal del Sínodo es hacer que toda la Iglesia tome conciencia de su importante y nada facultativa tarea de acompañar a cada joven, ninguno excluido, hacia la alegría del amor; en segundo lugar, tomando esta misión en serio, la Iglesia misma podrá readquirir un renovado dinamismo juvenil; en tercer lugar también es importante para la Iglesia aprovechar esta oportunidad  de discernimiento vocacional, con el fin de descubrir cómo puede responder mejor hoy a su llamada a ser alma, luz, sal y levadura de nuestro mundo.

Como consecuencia de estos propósitos, el Instrumentum Laboris  está redactado según el “método del discernimiento”. Con esto quiero decir que, sustancialmente, el mismo Sínodo es un ejercicio de discernimiento, cuyo proceso se  realiza dando los mismos pasos que ayudan a todos los jóvenes a arrojar luz sobre su vocación. El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium 51, presenta el proceso de discernimiento con tres verbos: reconocer, interpretar, elegir. Por esta razón, el texto se divide en tres partes, cada una refiriéndose a uno de los tres verbos.

El primer paso del discernimiento está marcado por el verbo reconocer. Inmediatamente viene a la mente el relato de Emaús, donde se dice que «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24, 31). Por lo tanto, es evidente que “reconocer” no es un ver genérico o un simple escuchar, sino que dice mucho más: se trata de dejarse habitar por la gracia para tener la mirada del discípulo, una comprensión de la realidad que es capaz de ver con el corazón, la inteligencia que surge de las entrañas de misericordia que moran en cada uno de nosotros. “Reconocer” significa participar de la mirada de Dios sobre la realidad, observando la forma en que Dios nos habla a través de ella

El segundo pasaje  se centra en el verbo interpretar. La realidad es más importante que la idea, pero las ideas se vuelven necesarias cuando se reconocen las llamadas que provienen de la realidad. Se necesita un marco de referencia para interpretar la realidad; de lo contrario, se es presa de la superficialidad. Es necesario profundizar, hacia un nivel bíblico y antropológico, teológico y eclesiológico, pedagógico y espiritual. Las buenas ideas iluminan, aclaran, desatan nudos, ayudan a desenredar la madeja, a vencer la confusión y resolver la fragmentación, acompañando hacia una visión integral y sinfónica.

El tercer momento se concentra en la necesidad de elegir. Después de reconocer e interpretar, la fase más delicada e importante es tomar decisiones valientes y previsoras a la luz del camino recorrido. El discernimiento corre demasiadas veces el peligro de encallarse en el análisis interminable de muchas interpretaciones diferentes, que no llegan a buen término, es decir, a las decisiones concretas, proféticas y prácticas. Por eso es importante completar el camino a través de opciones compartidas que nos ayudan en nuestro recorrido de conversión pastoral y misionera.

Los contenidos

Es imposible arrojar aquí luz sobre todos los contenidos del Instrumentum laboris. Considero brevemente algunos de ellos, pasando en reseña el documento en forma lineal. También surgirán así las elecciones fundamentales que han guiado su compilación.

1.1. Primera parte: “Reconocer: la Iglesia a la escucha de la realidad”

Después de haber aclarado en la introducción los propósitos, el método y la estructura, la primera parte se compone de cinco capítulos.

Los dos primeros ofrecen una visión bastante amplia de los diferentes contextos, mostrando que en efecto existen muchas diferencias y muchas similitudes entre los jóvenes de todo el mundo: la globalización crea mucha homologación, pero las diferencias sociales, económicas, culturales, religiosas y espirituales siguen siendo importantes. Entre las diversas preocupaciones indicadas, subrayo el tema de las relaciones intergeneracionales -que ven a los adultos en competencia tendencial más que en alianza con los jóvenes- y la presencia ya transversal del continente digital, que es una plataforma de vida sin precedentes para los jóvenes y conlleva importantes oportunidades y nuevos peligros.

Siguen tres capítulos que podemos definir tres focos específicos sobre cuestiones puntuales.

La primera lupa mira a los jóvenes más pobres y abandonados, que son continuamente rechazados por un mundo que se “auto-comprende” a partir del paradigma del descarte,  ese de “comprar, usar y tirar”. Cuando esta “cultura” se aplica a las personas humanas, se pierde cualquier consideración de su dignidad: el trabajo (tanto desde el punto de vista de su falta como desde el de la explotación), la migración, la discriminación y la exclusión social son un triste ejemplo.

La segunda lupa, el cuarto capítulo, ofrece una lectura más profunda sobre seis “desafíos antropológicos y culturales” que la Iglesia está llamada a enfrentar hoy en su compromiso pastoral con los jóvenes: la nueva comprensión del cuerpo, de la afectividad y de la sexualidad; el advenimiento de nuevos paradigmas cognitivos que transmiten un enfoque diferente de la verdad; los efectos antropológicos del mundo digital, que impone una comprensión diferente del tiempo, el espacio y las relaciones humanas; la desilusión institucional generalizada tanto en la esfera civil como eclesial; la parálisis decisional que aprisiona a las generaciones más jóvenes en caminos limitados y limitantes; por último,  la nostalgia y la búsqueda espiritual de los jóvenes, que parecen menos “religiosos”, pero más abiertos a experiencias auténticas de trascendencia.

El tercer y último foco de la primera parte se refiere a escuchar la palabra de los jóvenes. Partiendo del dato de que a la Iglesia hoy le cuesta trabajo escuchar, surgen las demandas y las cuestiones de los jóvenes: piden coherencia, autenticidad, espiritualidad; desean una capacidad relacional renovada y una dinámica de acogida profética; piden una liturgia viva y vivaz; piden un compromiso desinteresado con la justicia en el mundo. Están sedientos de fraternidad. La voz de los seminaristas y de los jóvenes religiosos y religiosas sobre estos temas es particularmente valiosa.

1.2. Segunda parte: “Interpretación: fe y discernimiento vocacional”

La segunda parte consta de cuatro capítulos. A la luz de la fe, ofrece una visión panorámica desde diferentes puntos de vista sobre las palabras clave del Sínodo: juventud, vocación, discernimiento, acompañamiento.

El primer capítulo, de naturaleza bíblica y antropológica, tiene la tarea de acompañar al lector para profundizar la idea de la juventud a partir de algunas constantes bíblicas que iluminan sus rasgos fundamentales. A través de varios textos emerge que la juventud es el tiempo del amor y de la alegría, de la fuerza, de la conquista y del riesgo, de la incertidumbre y del miedo, de la caída y de la conversión, de  la disposición a escuchar y de  la maduración. Sobre todo, es un momento de contacto salvífico con el Dios de la alianza y del amor que ofrece su Palabra y la relación con Él de cara a una vida plena y abundante.

El segundo capítulo es de naturaleza teológica y eclesiológica. Partiendo de la escucha de los jóvenes y de los educadores / formadores, es evidente la necesidad de ofrecer un marco de comprensión amplio de la cuestión vocacional, que la haga capaz de ser significativa para todos los jóvenes, ninguno excluido, y no solo en el sentido más específico de vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada. Por eso el capítulo parte de la necesidad de iluminar la vida desde el horizonte vocacional y termina invitando a valorizar todo tipo de vocaciones en la Iglesia y en el mundo. Entre ellas, la familia ciertamente tiene una posición prominente, algo que nos vincula fuertemente con el Sínodo anterior. También hago notar el surgimiento en la Iglesia de una cuestión menos habitual sobre la colocación vocacional de personas que eligen permanecer “solas” sin referirse ni al matrimonio ni a una consagración particular; de hecho, se observa que en muchos países su número va en aumento.

El tercer capítulo entra luego en los dinamismos del discernimiento vocacional. En un mundo que perciben como confuso y fragmentado, muchos jóvenes piden que se les ayude a leer los acontecimientos de su vida a la luz de la fe. El capítulo aclara, pues, el significado y el contenido del discernimiento, haciendo hincapié en los tres verbos de reconocer-interpretar- elegir. La confrontación con la conciencia personal sigue siendo decisiva en este camino.

El último capítulo está dedicado al tema del acompañamiento. Se ofrece una perspectiva de los diferentes tipos de acompañamiento: en efecto hay un acompañamiento de ambiente y de comunidad;  hay un acompañamiento en la lectura de los signos de los tiempos, uno de tipo psicológico y uno más espiritual, así como se es acompañado en la familia y entre iguales. También emerge la relación entre el Sacramento de la Reconciliación y el acompañamiento. Muy interesantes son las palabras de los jóvenes cuando resaltan las cualidades que se esperan de las personas que los acompañan. Constatan con pesar que en muchas situaciones y en muchos contextos eclesiales no encuentran personas preparadas y adecuadas.

1.3. Tercera parte: “Elegir: caminos de conversión pastoral y misionera”

El título de la tercera parte retoma una frase de Evangelii Gaudium. Es una perspectiva exigente: después de haber reconocido e interpretado, la referencia a la elección está decididamente orientada a la conversión del corazón y de la mente y a la renovación de las prácticas pastorales. Aquí también, como en la segunda parte, tenemos cuatro capítulos.

El primero es introductorio y sirve de orientación: acompaña la redefinición del rostro de una Iglesia que desea ser generativa con los jóvenes, haciendo del discernimiento su forma habitual de proceder y su estilo inconfundible. Una Iglesia llamada a cuestionarse sus formas y su manera de habitar el mundo de hoy; llamada a ser un signo de fraternidad en un mundo desgarrado; llamada a trabajar por el reino de Dios de una manera integral, desinteresada y descentralizada.

El segundo capítulo es el más consistente de todo el Instrumentum laboris. Muestra la necesidad de que la Iglesia se confronte con la vida cotidiana de los jóvenes y esté presente y operativa donde viven su existencia concreta. A menudo se culpabiliza a los jóvenes, atribuyéndoles la responsabilidad de que muchos se han alejado de la Iglesia. Pero tantas veces han vivido situaciones tales que los llevan a afirmar que es la Iglesia la que se ha alejado de ellos. Y lo dicen abiertamente. En muchos casos no la han sentido y no la sienten cercana  en las diferentes experiencias y en los diferentes ámbitos de su vida: escuela, universidad, mundo laboral, compromiso político, entorno digital, música, deporte y amistad. Sin excluir la cercanía y el sostén necesarios en el malestar  y la marginación: discapacidad y enfermedad, dependencias y otras fragilidades, prisión, violencia y guerra, migraciones y muerte. Ser parte de la vida cotidiana de los jóvenes significa ser capaces de reconocer que su existencia está atravesada por la presencia de Dios y por la acción de la gracia que debe ser acogida, acompañada y llevada a cumplimiento.

El tercer capítulo es un foco sobre la forma y la fuerza de la comunidad eclesial hoy en relación con su identidad y misión para y con los jóvenes. En diez pasajes se analizan los  puntos de fuerza, de debilidad, de profecía y de discusión surgidos  de las peticiones de los jóvenes y de las respuestas de las Conferencias Episcopales en todo el mundo. Hay muchos puntos que deben profundizarse: desde la forma familiar de la Iglesia hasta su propuesta espiritual, desde la evaluación de su pasión educativa hasta la participación de las familias en el ministerio vocacional juvenil, desde la calidad de la iniciación cristiana hasta la valorización de la Palabra de Dios y de la liturgia, del servicio y del voluntariado desde el punto de vista del discernimiento vocacional de la vocación de la Iglesia como abierta y acogedora para todos.

El último capítulo del Instrumentum laboris está dedicado a la animación y organización de la pastoral. Aquí también surgen numerosas opciones y elecciones, porque las cuestiones planteadas tras la escucha han sido innumerables: ¿cómo promover el protagonismo  juvenil en una realidad eclesial tendencialmente todavía dominada por el clericalismo? ¿Cómo crear comunión entre los diversos niveles de animación de la pastoral (mundial, diocesano, parroquial)? ¿Cómo podemos poner en marcha o fortalecer una labor de comunión entre los diferentes sujetos de la pastoral juvenil vocacional (clero, religiosos y religiosos, movimientos y asociaciones)? ¿Cómo fortalecer el trabajo en red no solo en la Iglesia, sino entre diferentes religiones y diferentes sujetos civiles, sociales y religiosos? ¿Cómo estructurar programas educativos y pastorales que puedan unificar eventos extraordinarios y vida cotidiana de los jóvenes? ¿Cómo diseñar propuestas de formación apropiadas para los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, acompañándolos en un camino de maduración en libertad y discernimiento progresivo en vista de una elección definitiva? Finalmente, ¿desde qué perspectiva pensar en una pastoral verdaderamente integrada y orientada hacia la centralidad de los jóvenes?

El Instrumentum laboris termina con un “relanzar” hacia la santidad. En tres breves pasajes se aclara que la santidad es la vocación única y unificadora de toda la humanidad, porque nadie está potencialmente excluido de esta meta de la existencia. Luego se subraya que también la juventud, como todas las otras edades de la vida, es un tiempo propicio para la santidad, es decir, para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. Por último, se recuerda que tenemos a nuestra disposición una multitud de jóvenes santos que nos han mostrado la mejor manera de experimentar esa edad entusiasta de la vida que es la juventud.

La esperanza

Como se puede ver, el Instrumentum laboris brinda innumerables ideas para la reflexión y llama a buscar respuestas concretas. Es, ciertamente, un documento interlocutorio que recoge y  hace que converjan  tantas indicaciones de muchos sujetos. Quiere ayudar a reconocer, interpretar y elegir. Y alienta a caminar, a arrojar luz sobre los problemas y a encontrar formas de resolverlos.

Sobre todo, en un mundo que ya no nos ayuda a soñar, puede leerse como una invitación a recomenzar a desear lo imposible, a soñar para y con los jóvenes, grandes cosas. El n. 43 del Instrumentum laboris recoge lo que dicen los jóvenes en el Documento de la reunión pre-sinodal: «A veces, terminamos abandonando nuestros sueños. Tenemos demasiado miedo, y algunos de nosotros hemos dejado de soñar. Esto se ve en muchas presiones socio-económicas que pueden robar el sentido de esperanza de los jóvenes. En ocasiones, ni siquiera tenemos las oportunidades para seguir soñando». Y en el n. 81, en el apartado dedicado a la antropología bíblica, refiriéndose a un pasaje muy querido por Francisco del libro de Joel, se afirma que «los sueños de los ancianos y las profecías de los jóvenes sólo se dan juntos (cf. Jl 3, 1) confirmando la bondad de las alianzas intergeneracionales». Si nosotros, adultos y ancianos, no soñamos, ¡los jóvenes no podrán profetizar!

He aquí que el Sínodo dedicado a los jóvenes nos brinda la oportunidad de redescubrir la esperanza de una vida buena, el sueño de la renovación pastoral, el deseo de la comunión y de la pasión por la educación. Para hablar aquí solo de esperanza, pero no de una esperanza inmanente y genérica, sino cristiana, me refiero a un hecho muy triste que nos obliga a pensar. La escucha que hemos llevado a cabo durante los últimos años  en vista  del Sínodo nos ha hecho registrar una carencia bastante generalizada de esperanza: en lugar de cultivar una esperanza fiable, y vivir de ella, muchos jóvenes tientan continuamente la suerte: las apuestas en todos los campos aumentan exponencialmente, se propaga el juego de azar entre los jóvenes, en nuestras ciudades las salas de juego se multiplican donde se deja de esperar, confiando la vida a un golpe de suerte improbable. Efectivamente, cuando se pierde la esperanza, se tienta la suerte.

El mayor deseo que me gustaría comunicar es que este Sínodo sea una ocasión de vida y esperanza para los jóvenes, para la Iglesia y para el mundo. Para que todos los jóvenes, en un mundo que les está robando los afectos, los vínculos y las perspectivas de  vida, redescubran la belleza de la vida a partir de la relación feliz con el Dios de la alianza y del amor. Para la Iglesia, para que en un momento que no es fácil, readquiriera, a través de un camino de auténtico discernimiento en el Espíritu, un dinamismo juvenil renovado. Y finalmente para todo el mundo, para que todos los hombres y mujeres puedan redescubrirse como destinatarios privilegiados de la buena nueva del Evangelio.

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