Santa Misa con el Rito de la Ordenación de presbíteros

Homilía de
Mons. D. DEMETRIO FERNÁDENZ GONZÁLEZ
Obispo de Córdoba

demetrio23062018

S.I. Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, Córdoba
Sábado 23 de junio de 2018

Homilía en la Ordenación de dos nuevos presbíteros

Saludos: Cabildo Catedral, Consejo Episcopal, sacerdotes, seminaristas, familiares, amigos, jóvenes.

Hoy es un día de grande fiesta para la diócesis de Córdoba. El día de la ordenación sacerdotal es el final de un itinerario y es el comienzo de una nueva vida para los ordenados.

1. Ungidos por el Espíritu Santo

Ya en la Misa Crismal de este año nos deteníamos en este aspecto de la unción del Espíritu Santo, que la lectura del profeta nos ha recordado y que Jesús tomó cuando llego a la sinagoga de su pueblo Nazaret. Jesucristo vivió este momento de la unción del Espíritu Santo con especial intensidad: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la salvación a los pobres” (Lc 4,18). San Ireneo, al comentar este pasaje evangélico, subraya que la carne de Cristo quedó por la unción del Espíritu Santo capacitada para la gloria. Esta nuestra carne mortal será glorificada, cuando llegue el día de la resurrección para cada uno de nosotros.

Pero ya desde ahora, la unción de ese Espíritu Santo hace capaz a nuestra carne y a nuestro espíritu de acciones que nos desbordan y que viniendo de Dios nos elevan a su nivel, a un nivel divino. Es lo que sucede con el bautismo, y con los demás sacramentos. El pan de la Eucaristía es transfigurado, transubstanciado en el cuerpo de Cristo por la acción del Espíritu Santo. Es lo que sucede hoy en la ordenación sacerdotal. Cada uno de vosotros, queridos ordenandos, soy transmutados, transformados por la acción de Espíritu Santo que os hace otros Cristo, os configura con Cristo cabeza de su Iglesia, siervo de su Pueblo, esposo de la Iglesia. Y esto para siempre, nada ni nadie –ni siquiera vosotros mismos- os podrá quitar lo que hoy realiza en vuestra vida el Espíritu Santo. Quedáis sellados, sois marcados para siempre como sacerdotes de Cristo. Asistimos a esta acción maravillosa de Dios en vuestro corazón. Y le pedimos a Dios con la oración de la Iglesia que seáis siempre sacerdotes según el Corazón de Cristo. Sacerdotes in aeternum, sacerdotes para siempre.

2. Expropiados para la misión

A partir de hoy ya no os pertenecéis, habéis dado vuestra vida al Señor, sois propiedad suya para el servicio del Pueblo de Dios. Este despojamiento será progresivo en vuestra vida. “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías, pero cuando seas presbítero, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras” (Jn 21,18). En este campo, no vale la reconquista, es decir, quitarle a Dios lo que un día le diste. Por su parte, él te lo dio todo; por la tuya, no te arrepientas nunca de haberle dado todo y para siempre.

Eso te llevará a la obediencia a tu obispo, el que tengas. Tu vida no se entiende sin esa referencia esencial en tu vida de presbítero. Vas a poner tus manos en las manos del obispo. Tú le prometes obediencia, él toma tus manos para hacerse cargo de tu vida. En este gesto simbólico hay una entrega y hay una acogida paternal. El carrierismo consiste en buscar un buen puesto, que el mundo valore; sin embargo, el dinamismo de la ordenación que hoy recibís os impulsa a despojaros y a vivir en humildad, en obediencia, no buscando otra cosa que los intereses de Cristo y de su Iglesia.

3. ¿Me amas, me amas más que estos?

Todo esto sólo se entiende en clave de amor. Si la ordenación sacerdotal fuera simplemente encontrar un puesto de trabajo, ¿para qué el sacramento del Orden, para qué tanta parafernalia? Trabajo no os faltará ciertamente, pero la ordenación no es una oficina de empleo. Por eso, qué importante será alimentar ese amor primero que os ha llevado a decirle a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Se trata de un pacto de amor, de corazón a corazón, del Corazón de Cristo a tu corazón, en camino de ida y vuelta. Jesucristo te ha llamado por tu nombre, y tú le has respondido a lo largo de tu vida: “Aquí estoy”. Hoy hemos vuelto a escuchar de vuestros labios esa disponibilidad con decisión. Por eso, hoy selláis un pacto de amor con él para siempre, procurad alimentar ese fuego de amor para poder decirle al Señor cada día: “Sí, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de nuestras debilidades y miserias, a pesar de nuestros pecados y nuestra negaciones, como Pedro, podamos repetirle: “Señor tú sabes que te quiero”, porque confiamos en su misericordia.

Eso supondrá cultivar un amor exclusivo y esponsal a Cristo esposo, en la observancia del celibato por el Reino de los cielos para toda la vida. Cuando uno está enamorado, no le es fácil explicar a otro lo que siente su corazón. Se nota en su vida. Para ser sacerdote, es preciso enamorarse de Jesucristo, sí. Si no, tu corazón buscará agarrarse a lo que pueda, y no siempre bueno. La obediencia y el celibato se viven en la pobreza y el desprendimiento, en la austeridad de vida. Ya no puedes plantear tu vida, tu tiempo, tus vacaciones, tu casa, tu coche, etc. como lo plantea el mundo. Tu vida es diferente, porque estás enamorado del Señor y expropiado para el servicio de su Iglesia.

4. Necesitamos sacerdotes

Queridos jóvenes, que hoy asistid a esta ordenación. Bastantes de vosotros sois seminaristas, es decir, habéis sentido en vuestro corazón la llamada del Señor y os habéis puesto en camino. No miréis atrás, mirad a Cristo que os ha llamado y que también a vosotros os pregunta: ¿Me amas, me amas más que estos? Y responded con generosidad: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Os felicito en este día tan feliz para el Seminario, y en el que veis con emoción cómo vuestros compañeros son consagrados presbíteros. En fecha cada vez más cercana llegará vuestra ordenación, aprovechad el tiempo de vuestra formación.

Quizá otros jóvenes como vosotros han sentido la misma llamada, y están dudosos en la respuesta. A esos los animamos a venir con nosotros, y les decimos como les dijo Jesús a aquellos jóvenes, sus primeros discípulos: “Venid y lo veréis”. Y ellos fueron y vieron y se quedaron con él aquel día. No tengáis miedo, Jesucristo no os quitará nada de lo bueno que tiene la vida, sino que os lo dará todo. Y si tenéis que hacer alguna renuncia, seréis capaces de hacerla con este amor por el que Jesús os pregunta. Acompañemos a todos estos jóvenes con nuestra oración.

La Iglesia necesita sacerdotes para la evangelización, sacerdotes para la Eucaristía, sacerdotes para repartir el perdón y la misericordia de Dios a todos, sacerdotes amigos de los pobres y necesitados a los que llevar una palabra de aliento y de esperanza, a los que presentar a Jesucristo como el mejor tesoro de nuestra vida. La diócesis de Córdoba necesita sacerdotes. Los jóvenes de vuestra generación necesitan de vosotros, jóvenes entregados y decididos, para ser los sacerdotes de sus vidas y las de sus hijos. Os animo a dar este paso, como el que dan hoy los que se ordenan, y no os arrepentiréis nunca de ello, porque es el Señor quien os llama.

Mi felicitación a vuestras respectivas familias. Bendita la familia que tiene un hijo sacerdote, aunque eso suponga un gran sacrificio. Dios os pagará con creces el don que hacéis. Mi felicitación especial a los rectores y formadores del Seminario San Pelagio y Redemptoris Mater, a los profesores que han colaborado en vuestra formación. Sigamos adelante con la gracia del Señor.

A María nuestra madre santísima os encomendamos especialmente en este día. Acudid a ella con toda confianza, que ella os libre de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita. Que así sea.

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