Inmigrantes

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 24 de junio de 2018

Queridos fieles:

Nos hemos encontrado estos días en los medios de comunicación con las noticias relativas a los inmigrantes que llegaron en el barco Aquarius al puerto de Valencia el domingo pasado tras no haber podido desembarcar en Italia. Sin duda, la movilidad humana ha sido una constante desde el inicio de la historia. Pero, en ocasiones, en muchas ocasiones, estas migraciones se producen por necesidad. Son viajes en los que muchas personas deben abandonar sus lugares de origen porque la guerra o la miseria les impide desarrollar sus vidas con dignidad. La mayoría de ellos comienza caminos muy largos, desconocidos, inciertos, a veces peligrosos, o deben vivir durante gran parte de sus vidas en campos de refugiados esperando regresar a sus casas algún día.

Son muchos los sueños rotos y esperanzas que se quedan atrás al empezar a caminar donde empiezan a acompañarlos la pérdida y el desarraigo. En la carta pastoral “Ya no somos extranjeros: Juntos en el camino de la esperanza” de los obispos de México y Estados Unidos podemos leer cómo “las personas tienen el derecho de encontrar oportunidades en su tierra natal”. No es justo que alguien deba abandonar su tierra por obligación porque no pueda vivir allí con dignidad. En segundo lugar, aunque la Iglesia reconoce que “los Estados soberanos poseen el derecho de controlar sus fronteras”, y que sería muy deseable legalizar las emigraciones para evitar las mafias que se aprovechan de este drama humano para enriquecerse inhumanamente, este reconocimiento, coherente con el derecho internacional, no olvida que las naciones con mayor capacidad de proteger y alimentar a sus habitantes no pueden permanecer indiferentes a la situación del resto del mundo.

En definitiva, “las personas tienen el derecho de emigrar para mantenerse a sí mismas y a sus familias”. Según la Doctrina Social de la Iglesia, todos los bienes de la tierra pertenecen a todos los pueblos y no podemos condenar a alguien a vivir sin dignidad por el mero hecho de nacer donde ha nacido.

Os propongo mirar la realidad con el Evangelio como guía. No vemos lo mismo cuando ponemos a la persona y su dignidad en el centro. Así, “deberemos responder a quienes buscan refugio y asilo” huyendo de las guerras y la persecución y, sin entrar en cuestiones legales, “deberá respetarse la dignidad y los derechos humanos de los migrantes indocumentados”. Se necesitan políticas gubernamentales que respeten los derechos humanos de las personas indocumentadas porque, aun cuando el Estado pueda imponer límites razonables a la inmigración, no se está sirviendo al bien común cuando se violan los derechos humanos básicos del individuo.

Os animo a que reflexionéis sobre estas cuestiones y superéis los miedos que nos impiden el encuentro con el diferente, como hizo el Buen Samaritano al ver a su hermano apaleado al borde del camino.

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 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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