Amabilidad

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

2017_morga_iruzubieta_celso

Domingo 1 de julio de 2018

Queridos fieles:

Ha caído en mis manos últimamente un libro titulado El poder oculto de la amabilidad, de un sacerdote norteamericano llamado Lawrence G. Lovasik, que me ha llamado la atención y me ha hecho bien.

Se trata de un libro centrado en el poder de la amabilidad como virtud humana y cristiana para cambiar el mundo. “El mundo necesita amabilidad: siendo amables -dice el autor en el prólogo- seremos capaces de convertirlo en un lugar más feliz en el que vivir, o podremos, al menos, aliviar mucha de la infelicidad que existe en él y construir otro mundo muy diferente”.

Estamos al final de este mes de junio dedicado al Corazón de Jesús, modelo y fuente de amabilidad, y me ha parecido bien proponeros algunas ideas extraídas de este libro de Lawrence Lovasik. Todos vemos cuánta infelicidad se esconde en un mundo aparentemente feliz. Nos sorprende de vez en cuando oír o leer la noticia de que un famoso actor o artista, un hombre de negocios con todo a su favor, hombres y mujeres ricos, jóvenes, con la vida sonriéndoles y, sin embrago, se entregan a la droga, al alcohol o, en casos extremos, se quitan la vida. Vemos sociedades social y técnicamente muy desarrolladas con preocupantes datos de suicidios. La soledad es hoy un problema social de primera categoría.

No se puede ocultar que en el mundo de hoy, junto a la miseria corporal y económica, existe mucha miseria espiritual: una fe que agoniza, una esperanza hecha añicos, amores destrozados, las dudas profundas; dudas de aquellas que afectan al mismo núcleo de la persona, errores de bulto, pasiones totalmente incontroladas, pecados graves y muy graves. El amor no puede ignorar o cerrar los ojos ante este panorama; no puede ignorar tanta miseria.

Un día, la muchedumbre puso delante de Jesús a un hombre afectado por una cruel parálisis. El Señor, sin embargo, vio en él una desgracia aún peor, que sin la fe y el amor verdadero no se ve, vio la enfermedad del espíritu, la enfermedad del alma. Conmovido en su amor por aquel hombre, Jesús pronuncio estas palabras: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mt 9,2). El Señor sabía que la necesidad de su alma era mucho mayor que la de su cuerpo.

Nuestro espíritu es más profundamente consciente de sus necesidades que el cuerpo. Quien sufre sólo en el cuerpo puede ser feliz, mientras su alma permanezca íntegra, sana, con la conciencia tranquila, como lo hemos visto a lo largo de la historia y lo vemos hoy en tantas mujeres y hombres que tienen la fe y el amor cristianos o que, simplemente, saben amar y sacrificarse por los demás. Pero aquel o aquella cuya alma esté enferma, nunca puede hallar reposo, por sano y vigoroso que se encuentre físicamente.

El pecado esclaviza, como dice claramente nuestro Señor, y esa esclavitud es muy dura cuanto más avanzamos en la vida. Solo los sacerdotes pueden proferir esa palabra omnipotente que, pronunciada en la persona de Cristo, redime de la miseria del pecado, pero todos podemos pronunciar, con prudencia y afecto sincero, una palabra oportuna que ayude a recomponer “lo interior” de la persona, allí donde se encuentra con Dios. Y más importante que las palabras es el ejemplo de una vida coherente y la oración.

morga_firma
 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s