¡Un corazón así, no se improvisa!

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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Domingo 1 de julio de 2018

Cuentan que un joyero se distraía mirando la calle detrás del mostrador. Un buen día observó cómo un niño se acercaba al escaparate y apretando su nariz contra el vidrio contemplaba fijamente un collar de turquesa azul. Al cabo de un rato volvió y le pidió al joyero si le podía enseñar el collar.

–Es para mi hermana mayor, susurró. Es su cumpleaños. Envuélvalo en papel de regalo y póngale el lazo más bonito que tenga. Desde que murió mi mamá ella cuida de mí y de mis hermanos. No tiene tiempo para ella misma. Y sé que este regalo le va a hacer muy feliz. Hace juego con sus ojos.

–¿Cuánto dinero tienes? le preguntó el joyero.

Sin dudar, sacó del bolsillo su pañuelo arrebujado y fue deshaciendo los nudos. Puso sobre el mostrador unas cuantas monedas y mirándole a los ojos le preguntó: ¿alcanza? Es todo lo que tenía en mi hucha.

Conmovido el joyero fue a la trastienda y colocó el collar en el estuche y lo envolvió con un papel rojo e hizo un vistoso lazo con una cinta verde. Y se lo entregó al muchacho.

–Llévalo con cuidado, le indicó el joyero.

El salió feliz corriendo y saltando calle abajo.

Aún no había terminado el día cuando una linda joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en la joyería. Colocó sobre el mostrador el estuche y le preguntó al joyero:

–¿Este collar fue comprado aquí?

–Sí, señorita, le respondió el dueño.

–¿Y cuánto costó?

–¡Ah!, exclamó, el precio es siempre un asunto confidencial con el cliente.

–Pero mi hermano no tenía más que unas pocas monedas en su hucha, replicó la joven. No ha podido pagarlo.

El señor tomó el estuche, rehizo el envoltorio con cariño, colocó la cinta y se lo devolvió a la joven diciéndole:

–Él pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: dio todo lo que tenía.

Se produjo un silencio elocuente. En la mejilla de ambos se deslizaron algunas lágrimas y se fundieron en un abrazo entrañable.

¡Un corazón así, realmente no se improvisa! Al imponer las manos sobre la cabeza de John Mario Moná Carvajal, el primer presbítero que he ordenado, quisiera agradeceros a cada uno por haber modelado el corazón de este nuevo pastor para nuestra Diócesis. Dios puso en vuestras manos, como insignes «escultores», la vida de este joven para que le ayuda seis a quitar lo que sobraba y emergiera la bella «escultura» que Dios había soñado.

¡Cómo no agradecer al Señor tantas y tan privilegiadas mediaciones! La mediación de sus papás, Marina y Manuel; la de sus hermanos, Paola y Andrés; la de su cuñada Sandra; la de sus sobrin@s, especialmente Clara; la de su tía Neli; la de Alba y Marina, amigas de su mamá que han querido acompañarle en este día tan significativo de su vida; la mediación de Fredy, Wílber, Beatriz, Fabiola, Neli, Walter… de su comunidad neocatecumenal de origen y también la de Barbastro; la mediación de Don Alfonso Milián que le invitó a venirse de Colombia a nuestra Diócesis; la de Paco, Rector de nuestro Seminario; la de los formadores, compañeros y personal del Seminario Metropolitano de Zaragoza; la de los profesores del CRETA donde se ha ido formando; la mediación de las comunidades cristianas de San Francisco, de Fraga, de Aínsa, de Laspuña y el grupo de pueblos que le ha tocado atender y que le han ayudado a curtirse como pastor; la de sus compañeros de equipo, Rafael, Alejo y Edbin; la mediación de todo el presbiterio diocesano tan nutridamente representado en esta iglesia catedral; la de l@s consagrad@s y la de l@s laic@s de los diferentes grupos apostólicos. Todos hemos contribuido en este imperceptible milagro. Así acontece en cada vocación (laical, consagrada, sacerdotal), al hacerse visible la hermosa talla que Dios ha escondido en nuestro corazón. La tarea es sencilla aunque ardua y delicada. Se trata simplemente de irse desasiendo, vaciando de todo lo que es innecesario hasta que emerge lo más auténtico y genuino de uno mismo.

¡Cómo me gustaría que vuestro obispo, cada uno de los sacerdotes, religios@s, animadores de la comunidad, catequistas, profesores de religión, voluntarios de Cáritas, Manos Unidas, Misiones, de pastoral de la salud, cofrades, animadores o monitores juveniles, agentes de evangelización de los diferentes grupos apostólicos descubriéramos en el corazón de los demás las actitudes con que Dios les ha adornado: su sencillez, bondad, alegría, diálogo, responsabilidad, libertad, solidaridad, fraternidad, corresponsabilidad, apertura, confianza, autenticidad, humildad, ternura, capacidad de servicio, valentía, audacia, compromiso, entrega, capacidad de asombro… y nos atreviésemos a invitarlos a colaborar apostólicamente, a servir a los más necesitados, a regalarse, a ofrecer su vida en favor de los demás…

Ser sacerdote es una de las posibles formas de vivir con fecundidad y plenitud de sentido la vida. Os lo dice este pobre pecador, que está encantado con el don recibido por Dios para poderos querer y servir hasta la muerte.

Con mi afecto y mi bendición,

perez_pueyo_firma✠ Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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