Santa Misa con el Rito de la Ordenación sacerdotal

Homilía de
Mons. D. José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena en España

lorca21072018

Parroquia de la Purísima, Yecla
Sábado 21 de julio de 2018

ORDENACIÓN SACERDOTAL DE
PABLO ROMERO SANTA

Ilmo. Vicario General y vicarios episcopales,
Rectores de los seminarios San Fulgencio y Redemptoris Mater y formadores,
Queridos sacerdotes, saludo a D. José Antonio Abellán,
Religiosos y religiosas,
Un cordial saludo a los padres y demás familiares del ordenando,
Seminaristas de los seminarios mayores y de San José,
Queridos feligreses de esta parroquia de La Purísima de Yecla,
Hermanos y amigos.

Querido diácono Pablo,

Tu ordenación sacerdotal nos ha puesto en marcha a todos, tu generosa entrega al Señor ha removido nuestro interior y no nos hemos podido resistir a no estar contigo cuando Dios envíe el Espíritu Santo sobre ti y te consagre sacerdote, un elegido para ser profeta en este tiempo. Tú vas a ser un sacerdote que anunciarás la palabra de Cristo, la fe de la Iglesia y no tus propias ideas. Esto es lo grande, que te tendrás que decir todos los días: yo no vivo de mí y para mí, sino que vivo con Cristo y de Cristo, y por ello lo que Cristo me dice se convierte en mi palabra, aunque no es la mía. La vida del sacerdote se identifica con Cristo y, de esta forma, la palabra no propia se convierte, sin embargo, en una palabra profundamente personal. San Agustín, sobre este tema, hablando de los sacerdotes, dijo: “Y nosotros ¿qué somos? Ministros (de Cristo), sus servidores; porque lo que os distribuimos no es nuestro, sino que lo sacamos de su despensa. Y también nosotros vivimos de ella, porque somos siervos como vosotros” (Discurso 229/E, 4).

Pablo, tu consagración y misión son las dos caras de una misma y única moneda. Cristo es el único sacerdote y tú participarás en la consagración y en la misión de servicio a la Iglesia, sabiendo que Cristo es el centro y la razón de tu ministerio sacerdotal. La misión de la Iglesia es continuar la misión de Jesucristo. Está claro cómo el Señor se entregó totalmente al anuncio del Reino, lo acabamos de escuchar en el Evangelio, tanto que el Señor no tenía tiempo ni para comer.

Tú has sido llamado por el Señor para el servicio de la evangelización: “Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis” (Jn 15,16). El responsable de la llamada es siempre el Señor y la respuesta no puede ser otra que comprometerse con todas las fuerzas y todo el ser para el servicio. Es verdad que la naturaleza humana es frágil y débil, por lo que siempre se debe estar en guardia para no decaer, es decir, para no buscar nuestros intereses, sino los de Dios. San Agustín advertía que hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con el oficio, y les denuncia porque se buscan a sí mismos. Evidentemente, esto es grave. Mirarse a sí mismos y no a los que se les encomiendan, es grave. La gravedad es que no les importa el interés de Dios, la voluntad de Dios. Esta situación puede ser frecuente y muy fácil de llegar si descuidamos nuestra esencia, la identificación con Cristo, nuestro único modelo. El mismo San Agustín nos anima a escuchar al Señor, que nos ayudará a decir cosas verdaderas en vez de cosas que sólo sean nuestras (cfr. Sermón 46, sobre los pastores).

Ser sacerdote es un regalo muy grande de Dios, porque es alguien que sabe saborear el misterio de Dios y de esta manera podrá anunciar a Jesús. Esta será tu tarea, con la fuerza del Espíritu: predicar, anunciar la belleza de la fe, la alegría de ser de Cristo, “que el fuego del Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la alegría del Señor. Sólo podréis ser mensajeros y multiplicadores de esta alegría llevándola a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos”, decía Benedicto XVI. Te recuerdo las palabras de San Pablo a Timoteo, cuando le está señalando el estilo de su ministerio: “Guarda el depósito de la fe con la ayuda del Espíritu Santo; soporta las fatigas como buen soldado de Cristo; acuérdate de Cristo Resucitado de entre los muertos que si sufrimos con Él, reinaremos con Él; evita las discusiones tontas y la palabrería vana… practica la justicia, la fe, el amor y la paz con todos. Debes ser amable, saber enseñar y soportar los sufrimientos con paciencia, corregir con dulzura; permanece fiel en lo que has aprendido; predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo… que la Palabra no está encadenada”. La tarea sacerdotal no sólo es acoger, decir cosas, escuchar con gusto o mostrar una sincera amistad. Lo que se le pide al sacerdote es que ayude a mirar a Dios, a subir hacia Él. Esta idea tenía el santo Cura de Ars: “Yo te enseñaré el camino del cielo”, le dijo al pastorcillo que le mostró el camino para llegar a Ars, es decir: te ayudaré a convertirte en un santo. “Allí donde los santos pasan, Dios pasa con ellos”, precisará él más tarde.

En la tarea evangelizadora que se te encomiende, tendrás que enseñar a los hermanos, pero “no con la presunción de quien impone verdades propias, sino con la humilde y alegre certeza de quien ha encontrado la Verdad, ha sido aferrado y transformado por ella, y por ello no puede menos que anunciarla” (Benedicto XVI). Te ruego, Pablo, que le pidas a Dios en la oración diaria, que es lo propio de nuestra condición, que aprendas a ser sencillo, humilde, fiel y diligente y que lleves por delante la transparencia de tu fe y la santidad.

Existe otra dimensión sacerdotal que no quiero dejar a un lado, es la que nos recuerda el Papa Francisco: la cercanía, la proximidad. Que quien se encuentre herido en la propia vida, de cualquier modo, pueda encontrar en ti la atención y la capacidad para escuchar. Algo hermoso que harás será administrar el sacramento de la reconciliación, el sacramento de la misericordia, donde tú, en el nombre del Señor, vas a acoger, escuchar, aconsejar y absolver… Pero no olvides que lo ejercerás mejor revisando cómo vives tú el sacramento en primera persona, cómo te dejas abrazar por Dios Padre en la confesión y cómo permaneces dentro de este abrazo… “Si uno vive esto sobre él en el propio corazón, puede también donarlo a los otros en el ministerio”, dice el Papa Francisco.

Te encomiendo a la Santísima Virgen del Castillo, La Purísima, que como Madre de Jesús y Madre nuestra te ayudará a mantenerte en la fidelidad que todos te deseamos.

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