Tiempo de vacaciones

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 22 de julio de 2018

Descanso, cultivo del espíritu,
contemplación de la naturaleza,
vida de familia, tiempo de oración

Queridos diocesanos:

Durante el verano muchos disfrutan de las necesarias y reconfortantes vacaciones, que encierran muchos valores. Una de las finalidades de las vacaciones es descansar, para recuperar las fuerzas físicas desgastadas durante el año y contribuir al equilibrio mental y psicológico. Para ello, es conveniente interrumpir las ocupaciones habituales e incluso salir del ambiente en el que se desarrolla la vida cotidiana.

Por ser tiempo de descanso, en vacaciones se deberían cuidar más los momentos de interioridad, de reflexión personal, de oración, de silencio, de escucha. Las múltiples ocupaciones y afanes de la vida ordinaria y del trabajo, con frecuencia, no nos dejan espacio para algo tan fundamental como el silencio interior. La gente de hoy apenas tiene tiempo para pensar y meditar con calma y sin prisas. Vivimos en una sociedad agitada y sin sosiego, que nos hace perder la capacidad de prestar atención a las necesidades del prójimo, e incluso la capacidad de encontrarnos a solas con nosotros mismos y con Dios.

Por eso es muy recomendable en este tiempo de verano y vacaciones -cada vez son más los que lo descubren- el retiro o ejercicios espirituales, la visita o peregrinación a santuarios y otras actividades veraniegas que ayuden al silencio exterior y a la escucha interior.

También la lectura de algún libro es un elemento muy importante y recomendable en vacaciones. Un buen libro que ofrezca grato descanso y pensamientos reconfortadotes es, sin duda, un amigo que puede dar a las vacaciones un valor enteramente nuevo y hacer gozar de la riqueza del vacar en el trabajo.

Vivir las vacaciones es una oportunidad preciosa para admirar la naturaleza y contemplar la creación, que nos habla de Dios, hasta poder exclamar con el salmista: “Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8).

Inseparable de toda esta riqueza, es la oportunidad que se nos ofrece para el cultivo de las relaciones humanas: las relaciones en familia, que, a veces durante el año, resultan escasas, insuficientes y dominadas por las ocupaciones y preocupaciones diarias; relaciones de amistad en la libertad y el gozo del tiempo libre y no interesado; relaciones y amistades nuevas con gentes venidas de otros lugares. Uno de los valores de las vacaciones es el reencuentro con los seres queridos, el compartir momentos de paz, de diálogo, de charla apacible y de la mesa.

Otro de los valores de las vacaciones es dedicar tiempos a la meditación y a la oración. Meditar quiere decir “hacer memoria” de lo que Dios ha hecho, no olvidar sus numerosos beneficios (cfr. Salmo 103, 2). Frecuentemente nos fijamos sólo en las cosas negativas; debemos retener en nuestra memoria también las cosas positivas, los dones que Dios nos ha concedido y sigue concediendo; estar atentos a los signos positivos que vienen de Dios y recordarlos.

En nuestro tiempo estamos absorbidos por numerosas actividades y compromisos, con la agenda muy apretada de ocupaciones; frecuentemente, se tiende a llenar todas las horas del día, sin tener un momento para detenerse a reflexionar y alimentar la vida espiritual, el contacto con Dios. San Agustín compara la meditación sobre los misterios de Dios con la asimilación de los alimentos y usa un verbo recurrente en toda la tradición cristiana rumiar; los misterios de Dios deben resonar continuamente en nosotros mismos para que nos resulten familiares, guíen nuestra vida, nos nutran como sucede con el alimento necesarios para sostenernos.

Por tanto, meditar quiere decir crear en nosotros una actitud de recogimiento, de silencio interior, para reflexionar, asimilar los misterios de la fe y lo que Dios obra en nosotros. Podemos hacer esta “rumia” de diversas maneras: por ejemplo, tomando un breve pasaje de la Sagrada Escritura; también el santo rosario es una oración de meditación, al volver sobre los misterios de gozo, dolor, gloria y luz. Pero podemos detenernos también en alguna experiencia espiritual intensa, en palabras que nos han quedado grabadas al participar en la eucaristía.

La constancia en dedicar tiempos a la oración es un elemento fundamental para el crecimiento espiritual. En definitiva, el objetivo de la meditación es abandonarnos cada vez más en las manos de Dios, con confianza y amor, seguros de que sólo haciendo su voluntad somos verdaderamente felices.

Con mi afecto y bendición,

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