Alegraos y Regocijaos (y IV): La santidad en el mundo actual y combate, vigilancia y discernimiento

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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Domingo 29 de julio de 2018

En el capítulo cuarto lo que pretende el papa es sacar las consecuencias de vivir el capítulo tercero, es decir, de vivir las bienaventuranzas y el Gran protocolo de Mt. 25, 31-46, relato del juicio final, en el que Dios nos juzgará por nuestras obras de caridad con los pobres y necesitados.

En el capítulo cuarto se diseñan «cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo”. Antes de ir a lo positivo, el papa, con mucha pedagogía, explica lo negativo indicando los riesgos y límites de nuestra cultura. “Estas notas que quiero destacar, dice, no son todas las que pueden conformar un modelo de santidad, pero son cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero de particular importancia debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy. En ella se manifiestan: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual» Son unas claves para interpretar el momento presente de nuestra cultura y ayudan mucho a conocer mejor en qué mundo nos movemos. (n. 111)

Y después de decir esto sí que nos explica ya algunas notas, cinco en concreto, de la santidad en el mundo actual que hay que vivirlas como manifestaciones del amor a Dios y al prójimo. (nn. 112-157).

La primera nota de la santidad es estar firmemente centrados en Dios. Desde esta firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos siendo ayudados por estas virtudes: el aguante, la paciencia y la mansedumbre. (nn. 112-114) La humildad, que se demuestra si se posee la capacidad de soportar las humillaciones, es una característica del santo, que tiene un corazón pacificado por Cristo. (nn. 118-121)

La segunda nota es la alegría y sentido del humor. La santidad «no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. El Señor «nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados» (nn. 122- 128)

La tercera nota es la audacia y el fervor. Si nos falta esto, que en el fondo es falta de fe, buscamos “refugios seguros” y el papa enumera algunos: «individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas» (n. 134) El santo desinstala y sorprende porque sabe que «Dios siempre es novedad, que nos empuja a salir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras» (n. 135)

La cuarta característica es el camino comunitario. La vida comunitaria preserva de la «tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás» (n. 146).

Finalmente la quinta característica es la oración constante. “La santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos. (n. 147)

En el capítulo quinto expone el papa tres temas de orientación espiritual, como si él fuera nuestro director o acompañante espiritual y nos orientara en el camino cristiano. Una espiritualidad cristiana supone combate, vigilancia y discernimiento.

La vida cristiana es un combate permanente (n. 158) y el papa indica que la santidad, que es lo grande, se consigue tantas veces haciendo bien lo pequeño. “Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño”. Aplicado a la vida espiritual sería esto: “Se trata de no tener límites para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy”. (n. 169)

Saber discernir en cada momento la voluntad de Dios y “conocer sus tiempos” (n.169) es un don de Dios que hay que cultivar con la oración y la escucha del Señor. “Aunque incluya la razón y la prudencia, el discernimiento las supera porque se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en medio de los más variados contextos y límites. No está en juego sólo un bienestar temporal, ni la satisfacción de hacer algo útil, ni siquiera el deseo de tener la conciencia tranquila. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero “para qué” de mi existencia que nadie conoce mejor que Dios. El discernimiento, en definitiva, conduce a conocer al Padre, el único Dios verdadero, y al que él ha enviado: a Jesucristo (cf. Jn 17,3). No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt 11,25)”. (n.170)

Con mi afecto y mi bendición

perez_pueyo_firma✠ Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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