Santa Misa con motivo de la clausura del Año Jubilar con motivo de los 75 años de Exposición permanente de Jesús Eucaristía en el Monasterio de las HH. Clarisas de Soria

Homilía del
Card. D. JUAN JOSÉ OMELLA OMELLA
Arzobispo de Barcelona

omella clausura clarisas

Monasterio de Santo Domingo, Soria
Sábado de agosto de 2018

Vaya mi saludo afectuoso para todos vosotros:
Don Abilio, Obispo de Osma-Soria, Hermano en el Episcopado,
Hermanos sacerdotes,
Hermanas Clarisas de este Monasterio,
Hermanos y Hermanas en Cristo nuestro Salvador: Paz y Bien

Clausuráis hoy el Año Jubilar del 75 aniversario de la Adoración Permanente en este Monasterio. Y lo celebráis precisamente en este día en el que celebramos, en la Iglesia universal, la fiesta de Santa Clara, vuestra Fundadora. ¡Felicidades! Damos gracias a Dios por tantas gracias derramadas a lo largo de estos 75 años a través de esa presencia silenciosa, pero real, del Señor en el corazón de esta hermosa ciudad de Soria. Una presencia permanentemente adorada por los sorianos, sostenida y acompañada por vosotras Hermanas Clarisas.

I
Quiero ver a Dios

Quiero empezar contándoles una pequeña historia que cuenta el escritor ruso Tolstoi. Dice así:

Un rey convocó a los sacerdotes y sabios del país y les pidió que le enseñasen el camino para ver a Dios. Los sabios y sacerdotes le dijeron que nadie ha visto nunca a Dios y ellos no sabían, por lo tanto, el camino. Como no le dieron respuesta hizo una convocatoria general para que cualquier ciudadano que supiese el camino para ver a Dios fuese al palacio real a informarle y sería recompensado. Se presentó un pastor de ovejas y cabras que vivía sencilla y pobremente en la montaña. Se presentó con la ropa con la que trabajaba: camisa vieja, pantalones apedazados, albarcas en los pies… Le dijo al rey: “Majestad, yo no sé cuál es el camino para ver a Dios pero sé mostrarle cómo es Dios, cómo es su Corazón, cómo se comporta Dios”. El rey le dijo: “Eso me basta, muéstreme cómo es el Corazón de Dios, cómo actúa Dios”. El pastor le dijo: “Para eso es necesario que intercambiemos los vestidos. Usted se vestirá con mi ropa de pastor y yo me vestiré con sus vestidos de rey”. Así lo hicieron y el pastor dijo: “Eso mismo es lo que ha hecho Dios. Se despojó de su rango de Dios, tomó nuestra condición humana, se hizo uno de nosotros naciendo en pobreza, creció como nosotros, padeció como nosotros y murió ignominiosamente en una cruz. Él conoce nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. Y todo eso lo hizo por amor a todos y cada uno de nosotros. Él está donde hay dolor y alegría, no nos deja solos nunca, camina con nosotros sosteniéndonos y ayudándonos. Ojalá aprendiésemos esta lección y supiésemos ser más solidarios con todos, especialmente con los más pobres”.

Queridos hermanos: Mirad, ese Dios que se ha hecho uno de nosotros, que nos acompaña en el camino de la vida, se ha quedado para siempre con nosotros. No se ha desentendido de nosotros y, en un arranque de amor sin límites, se ha quedado en un trozo de paz y un poco de vino, la Eucaristía. ¡Impresionante milagro de amor por nosotros, por toda la humanidad! Sí, Dios está realmente presente en la Eucaristía. Así lo entendía Santa Clara. Se ve claramente en el episodio de los sarracenos. Ante la cajita que contiene la Eucaristía ella reza pidiendo que proteja su comunidad ante el ataque de los sarracenos y oye una voz que dice: “No temas, Yo te defenderé siempre”. Y pidiendo la protección sobre la ciudad, la misma voz responde: “La ciudad sufrirá muchos peligros pero será protegida”.

La verdad es que nos cuesta entender y aceptar esa humildad de Dios, esa pequeñez y fragilidad de verle presente en un trocito de paz, en la Eucaristía.

Y ante esa fragilidad y pequeñez no nos queda sino acoger, adorar y alabar. Y eso es lo que hacen ustedes, Hermanas Clarisas, y eso es lo que hace la gente que viene a estar junto al Señor expuesto permanentemente.

Porque los regalos no se rechazan, se acogen. No se exigen sino que se reciben. No se desprecian sino que se aceptan.

Ante esa inmensidad de amor de Dios presente en la Eucaristía no queda sino adorar. Adorar que no es otra cosa que callar, contemplar en silencio, dejar que la mirada de Dios nos penetre. Porque, como dice muy bien san Juan de la Cruz, “el mirar de Dios es amar”. Y, en esa adoración, Dios va haciendo su trabajo y nos va transformando. Y sentimos, aunque no lo sepamos expresar con palabras, el consuelo de Dios, la paz de Dios, el gozo infinito de ser hijos de Dios.

Y, por eso, el otro movimiento que brota de nuestro corazón es la alabanza, la acción de gracias, el canto jubiloso. 

II
Pon tu alma ante el espejo, que es Cristo

Recordamos, en este día, a Santa Clara. Mujer excepcional que ha marcado, como San Francisco de Asís, la historia de la Iglesia. Sus vidas sencillas y unidas a Cristo han dejado huella.

Santa Clara tiene un principio que guía y fortalece su vida. Nos pide, y pide especialmente a sus Hijas Clarisas, que la imitemos en ello. Se trata de mirar y mirarse en el espejo que es Cristo. Desde ese espejo se construirá la propia vida. Dice así:

Pon cada día tu alma ante ese espejo (Cristo)
y escruta continuamente tu rostro en É,
para poder adornarte de todas las virtudes.
 

Mírate cada día en el espejo de la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo,
y observa en Él tu rostro.

Si sufres con Cristo, reinarás con Él;
si con Él lloras, con Él gozarás;
si mueres con Él en la cruz de la tribulación
poseerás las moradas eternas
en el esplendor de los santos
y tu nombre, inscrito en el Libro de la Vida,
será glorioso entre los hombres.

Ésa es la estrella polar que guía su vida y quiere que así sea entre sus hijas. ¡Qué bello consejo también para nosotros! Sabemos que no es fácil y que hay muchas sirenas en el camino diario que intentan alejarnos de ese objetivo. Pero solamente conseguiremos avanzar hacia la casa del Padre, hacia la santidad, si tratamos de imitar a Jesús, aunque sea torpemente, en su manera de orar, de vivir la sencillez, de personas, de entregarse a los demás desprendiéndose de lo que más cuesta, que es el propio ego.

Porque Clara amaba a Dios con todo su ser le consagró su vida en la castidad. Porque le amaban entrañablemente, le siguió en su pobreza y humildad, en su existencia llena de amor al Padre y a los hombres, en el trabajo y en el sufrimiento: Clara soñó con el martirio. Porque le amaba, buscó constantemente, en el silencio y la oración, el encuentro y la unión transformante.

Su fidelidad absoluta al Señor le indujo a construir la vida fraterna con sus hermanas según el modelo de las relaciones de Jesús con sus discípulos.

III
Gracias, Señor, porque me creaste
(Santa Clara de Asís)

No quisiera acabar sin citar esa hermosa poesía hecha oración que compuso Santa Clara. Dice así:

Me pensaste desde siempre,
Señor de la eterna alba,
y me creaste en el tiempo
con amor, a tu hora exacta. 

Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias. 

Me cuidaste como un Padre
a su hija muy amada,
y me infundiste tu Espíritu
para fuego de mi llama. 

Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias. 

Gracias por mi tierra umbra
y por mi nombre de Clara,
y por mi padre San Francisco
y por mis santas hermanas. 

Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias. 

Por mi vida, por mi muerte,
por mi bienaventuranza,
por ti mismo, por tu gloria
conocida y ensalzada… 

Gracias porque me pensaste;
porque me creaste, gracias.

Su vida queda reflejada en esta hermosa poesía-oración compuesta por ella en la que nos muestra que su vida es un canto agradecido, un canto de alabanza al creador de quien proceden todos los bienes, todo lo que es y lo que tiene.

Sabe que Dios la ama desde toda la eternidad, desde antes de nacer, porque su vida y su persona estaban desde siempre en el Corazón de Dios, en la mente de Dios hasta que decidió llamarla a la vida.

Y, a partir de ese momento, todo es regalo de Dios: sus padres, la tierra umbra (su región, su país), su padre san Francisco, y, de manera especial, esas mujeres que Dios ha puesto junto a ella en el convento y a las que llama sus santas hermanas.

Pidámosle que nos enseñe a mirar todo con ojos agradecidos porque todo es don, regalo de Dios, y que no perdamos el tiempo en criticar, refunfuñar y protestar o criticarlo todo.

Y pidámosle también que no falten personas que sigan manteniendo esa hermosa actividad misionera que es la adoración permanente en el Monasterio. Que no falten en Soria centinelas en la noche del mundo sin luz que nos recuerden que la verdadera luz y el sentido de la vida se encuentran en Cristo, Pan vivo y verdadero, alimento de nuestras almas y verdadero “fármaco de eternidad”.

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