Santa Misa matinal en la fiesta del Santo Cristo de los Milagros

Homilía de
Mons. D. Julián Ruiz Martorell
Obispo de Huesca

ruiz_martorell

S.I. Catedral de la Transfiguración del Señor, Huesca
Miércoles 12 de septiembre de 2018

HOM. SANTO CRISTO DE LOS MILAGROS MAÑANA 2018

Queridos hermanos en el Señor:

1) Cuando, en sintonía con la voz orante de Israel, cantamos el salmo 117, experimentamos en nuestro interior una emoción particular. Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el “Hallel pascual”, es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (vv. 1 y 29).

La palabra “misericordia” designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la “casa de Aarón”, es decir, los sacerdotes, y “los que temen a Dios”, los fieles y los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor. Se repite tres veces: “Que lo diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Que los diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Que lo digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia”.

En medio de una procesión por las calles de Jerusalén se eleva un himno de acción de gracias, que contiene un mensaje esencial: incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación.

El poeta usa imágenes fuertes y expresivas: a los adversarios crueles se los compara con un enjambre de avispas (“me rodeaban como avispas”), o con un frente de fuego que avanza reduciéndolo todo a cenizas (“ardiendo como fuego en las zarzas”). Pero la reacción del justo, sostenido por el Señor, es vehemente. Tres veces repite: “En el nombre del Señor los rechacé” y se pone de relieve una intervención destructora con respecto al mal. El poeta describe una situación angustiosa. Emplea una imagen: alguien que se ve rodeado: “Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé; me rodeaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé”.

Es la diestra poderosa de Dios, es decir, su obra eficaz, la que interviene y no la mano débil del hombre. Por esto, la alegría por la victoria sobre el mal desemboca en una profesión de fe muy sugestiva: “el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación”.

Nos pueden rodear los enjambres de avispas, las preocupaciones, los problemas, las inquietudes, las incertidumbres. Experimentamos a nuestro alrededor el fuego que todo lo consume, que acaba con nuestros sueños, ilusiones y esperanzas. Pero, decimos: “En el nombre del Señor los rechacé”.

Esta mañana decimos con agradecimiento ante el Santo Cristo de los Milagros: “En el peligro grité al Señor, y me escuchó poniéndome a salvo”. Y añadimos: “El Señor está conmigo: no temo”. Y también: “El Señor está conmigo y me auxilia”.

A pesar de los empujes y forcejeos, el salmista afirma: “Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó”.

2) El Papa Francisco escribe en “Gaudete et exsultate”: “Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy” (GE 23).

“Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina” (GE 24).

Añade el Papa: “nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad” (GE 63).

“Volvamos a escuchar a Jesús, con todo el amor y el respeto que merece el Maestro. Permitámosle que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida. De otro modo, la santidad será solo palabras” (GE 66).

“Jesús recuerda cuánta gente es perseguida y ha sido perseguida sencillamente por haber luchado por la justicia, por haber vivido sus compromisos con Dios y con los demás. Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque “quien quiera salvar su vida la perderá” (Mt 16,25) (GE 90).

“Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban” (GE 131).

“Recordemos que “es la contemplación del rostro de Jesús muerto y resucitado la que recompone nuestra humanidad, también la que está fragmentada por las fatigas de la vida”” (GE 151); “dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús” (139).

2) En la segunda lectura contemplamos la humildad y la humillación de Cristo. San Pablo nos ha dicho: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. “La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad. La santidad que Dios regala a su Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ése es el camino. La humillación te lleva a asemejarte a Jesús, es parte ineludible de la imitación de Jesucristo: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas” (1 Pe 2,21). Él a su vez expresa la humildad del Padre, que se humilla para caminar con su pueblo, que soporta sus infidelidades y murmuraciones (cf. Ex 34,6-9; Sb 11,23-12,2; Lc 6,36)” (GE 118).

“No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: “En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios” (1 Pe 2,20). No es caminar con la cabeza baja, hablar poco o escapar de la sociedad. A veces, precisamente porque está liberado del egocentrismo, alguien puede atreverse a discutir amablemente, a reclamar justicia o a defender a los débiles ante los poderosos, aunque eso le traiga consecuencias negativas para su imagen” (GE 119).

“No digo que la humillación sea algo agradable, porque eso sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él. Esto no se entiende naturalmente y el mundo se burla de semejante propuesta. Es una gracia que necesitamos suplicar: “Señor, cuando lleguen las humillaciones, ayúdame a sentir que estoy detrás de ti, en tu camino”” (GE 120).

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