Santa Misa con el Rito de la Ordenación sacerdotal

Homilía de
Mons. D. José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena en España

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Parroquia de San Vicente de Paúl, Cartagena
Sábado 15 de septiembre del 2018

ORDENACIÓN SACERDOTAL DE
JOSÉ LUIS CAÑAVATE MARTÍNEZ, C.M.

Ilmo. Vicario
PP. Paules. Padre David, provincial
Queridos sacerdotes.
Religiosos y religiosas.
Querido diácono,
padres y demás familiares.
Queridos feligreses de esta parroquia.

Hermanos y amigos,

Querido hermano José Luis, en la misma celebración de tu ordenación sacerdotal, te invito a activar el ánimo, a poner en marcha todos los mecanismos interiores de tu ser creyente, llamado y elegido por el Señor, para trabajar por el Reino de los Cielos. Es la hora de la gracia y de la esperanza, de poner atención porque el Espíritu Santo estimula el presente en medio de nosotros. Lo aseguraba el santo Papa, Juan Pablo II, a los jóvenes cuando los exhortaba a ser “centinelas de la mañana” que vigilan, fuertes en la esperanza, en espera de la aurora [1]. Tu ordenación sacerdotal ya es una señal de esperanza, porque seguro que velarás como un centinela, para favorecer el sol de la Nueva Evangelización. Primero, porque se ha encargado el Espíritu de fortalecer tu vocación y te da la fuerza necesaria para ser un testigo, un apóstol. Segundo, porque sabes que tu primera tarea es vigilarte constantemente y mantenerte en la conversión para darle fuerza a tu dimensión profética.

Querido diácono, te has puesto en camino, has puesto toda tu vida a disposición de Dios, lo has dejado todo y estás alegre. No tengas nunca miedo, tu compañero de viaje es Cristo Resucitado, que te irá explicando y actualizando la Palabra e iluminará tu mente para que te mantengas en la alegría de servir y en la fidelidad a la misión recibida. La gente espera ver en ti la obra de Dios hecha realidad, su amor de entrega, su misericordia, su capacidad de acogida a todos, su perdón, su palabra que ilumine sus vidas, el alimento de su Cuerpo y su Sangre… Tienes que estar lleno de Cristo para dar a Cristo, tu vida será un icono de la presencia del Señor en el mundo, del don de Dios, aunque tengas la sensación de que eres una frágil vasija de barro (cf. 2Co 4, 7), pero el don de Dios siempre es más fuerte que la insuficiencia humana.

Caminar desde Cristo significa reencontrar el primer amor, el destello inspirador con que se comenzó el seguimiento. Suya es la primacía del amor. El seguimiento es sólo tu respuesta de amor al amor de Dios. Si “nosotros amamos” es “porque Él nos ha amado primero” (1Jn 4, 10.19). Tú eres consciente del paso que estás dando y vas a tener muchas ayudas en la Iglesia para mantenerte en la fidelidad, entre otras mediaciones puedes contar con los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, que te lo recordarán en vivo y en directo todos los días y te exigirán la radicalidad de la respuesta a Nuestro Señor:

La virginidad va a ensanchar tu corazón en la medida del amor de Cristo y te hará capaz de amar como Él ha amado. Te ayuda a consagrarte a Cristo de una manera nueva y fértil y te une a Él con corazón indiviso. El celibato, sin consagración total a Dios y sin radicalidad evangélica es soltería. La castidad es la medida de lo que somos capaces de hacer por Dios y sólo se sustenta en Él. Para mantenerte en el seguimiento debes mantener la fidelidad. El celibato es un don que hay que pedir humildemente. El concilio nos lo recomienda insistentemente.

La pobreza te va a hacer libre de la esclavitud de las cosas y necesidades artificiales a las que empuja la sociedad de consumo, y te hará descubrir a Cristo, único tesoro por el que verdaderamente vale la pena vivir. Traemos a la memoria a los apóstoles, pobres hombres, limitados y bastante corrientes, pero Jesús les pidió el desprendimiento, vivir la hermana pobreza, como decía San Francisco de Asís. Esta ha sido la línea de acción, el estilo de Dios en la historia, a la hora de elegir a sus colaboradores (Francisco de Asís, el Cura de Ars, Teresa de Calcuta, Vicente de Paúl…). Que nadie piense que Dios desprecia la cultura, a los sabios de este mudo… Todo esto es asumido por Cristo, pero esas cualidades y valores deben ser puestas al servicio del Evangelio con alma de pobre. Nuestra referencia es nítida: Mira a Jesucristo en el pesebre, en el establo. El Hijo de Dios llega al mundo en una pobreza material extrema. Mira quienes le visitan los primeros, los pobres. Mira a Jesucristo en la cruz. Al final de su vida se fue como vino: sin nada. No tuvo que preocuparse de herencias ni posesiones. No tuvo nada.

No se preocupó de tener en absoluto. Sus preocupaciones eran otras. Su preocupación era la voluntad del Padre; la predicación del Reino, la salvación de los hombres. La autosuficiencia, querido hijo, está condenada a la esterilidad. A Pablo, primero lo derriba y luego lo hace pobre. Este es el precio que se nos pide para ser transmisor de la liberación de Cristo [2].

La obediencia pone la vida enteramente en sus manos para que la realice según el diseño de Dios y haga una obra maestra. La obediencia hace duraderos los frutos de la caridad y necesita el valor de un seguimiento generoso y alegre.

Te ruego que mires siempre a la Santísima Virgen María, Madre de la Caridad, encomiéndate siempre a Ella, a tu persona y a tu ministerio, para que tu trabajo pastoral dé frutos abundantes. Te servirá la devoción a María para hacer bien las cosas, porque Ella fue asociada de modo único al sacrificio sacerdotal de Cristo, compartiendo su voluntad de salvar al mundo mediante la cruz. Así, cuando lleguen los momentos difíciles, no te asustarás ni te echarás atrás, sino que te sentirás con fuerzas para renovar tu adhesión a Cristo, como Ella, que comprendió mejor que nadie el sentido de las palabras de Jesús: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 8, 21). Que Ella te ayude a escuchar a su divino Hijo. Que te ayude a decir con la vida: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad (Heb 10, 7).

No necesitarás más para ser un buen sacerdote. Que Dios te ayude.

 


[1] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 6 de enero de 2001, 9.

[2] Cfr. 1Co 1, 16-31; 2Co 2, 17ss; 1Sam 1, 9-20; Lc 1, 46-56; 12, 22-24…

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