Quién es el más importante

Carta de
Mons. D. Demetrio Fernández González
Obispo de Córdoba

demetrio fernandez gonzalez

Domingo 23 de septiembre de 2018

En el seguimiento de Jesús, él nos da lecciones muy bellas acerca de esta pretensión del corazón humano: No busques el primer puesto, porque puede estar reservado para otro y cuando llegue te lo quitarán (Lc 14,7-11), tú busca el último puesto. No busquéis los primeros puestos, porque ya están reservados por mi Padre celestial (Mc 10,40), el que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor. En el evangelio de este domingo, los discípulos de Jesús habían ido comentando por el camino quién era el más importante. Y Jesús les enseña: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Es lo que ha hecho Jesús. Su vida en la tierra no ha sido deslumbrante, y eso que era Dios. Ha preferido ocultar su gloria con el velo de la humildad, en una naturaleza semejante a la nuestra y sometida a toda clase de limitaciones, pasando como un hombre cualquiera, “el hijo del carpintero”. Nace pobre en un establo, vive una vida de familia normal, pasando desapercibido. Ejerce su ministerio, con signos milagrosos y con palabras de vida eterna, que le llevan a la Cruz. En la resurrección será ensalzado y colocado a la derecha del Padre. Su gloria brilla más cuánto más humillada ha sido su condición terrena. San Pablo nos invita a tener estos sentimientos de Cristo: “Tened entre vosotros los sentimientos de Cristo… que siendo Dios, se ha hecho hombre, se ha despojado de todo, obediente hasta la muerte de Cruz” (cf Flp 2,5ss). “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2Co 8,9).

Se busca este perfil en el discípulo de Cristo. La tendencia del corazón humano, herido por el pecado, es la ganar prestigio, ocupar primeros puestos, como si eso diera al hombre la felicidad. En el fondo, se trata de una inseguridad, que busca asegurarse agarrándose a lo que puede. Jesús, por el contrario, pone el acento en el servicio. No nos enseña a ser tontos o a parecerlo, no. Nos enseña a servir, poniendo el acento en esta actitud, como una meta permanente del corazón que quiere parecerse a él. En nuestro corazón y en nuestro alrededor, se finge hasta la mentira la apariencia de lo que uno no es. Jesús nos llama a conversión y a vivir en la verdad: los dones que adornan tu vida son dados por Dios para el servicio a los demás. Somos lo que somos a los ojos de Dios, no lo que parecemos o aparentamos a los ojos de los hombres.

La competitividad que debe incitar al cristiano es la de parecerse a Jesús y la de servir a los demás, a los de cerca y a los de lejos. Nos pone como ejemplo a los niños. Ellos no tienen picardía, no son maliciosos, tienen un corazón limpio. Jesús nos invita a parecernos a ellos. Es lo que llamamos “infancia espiritual”, que está tejida de humildad, de sencillez, de servicio, de amor. Es todo un programa de vida, porque en relación con nuestros padres de la tierra, cada vez somos menos hijos, menos dependientes de ellos (incluso, cuando llegan a mayores, dependen ellos de nosotros). Pero en relación con nuestro Padre del cielo, cada vez somos más hijos, más dependientes de él, más “niños”, hasta que nos hundamos plenamente en su seno paternal para siempre. “Si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).

En el momento supremo de su vida, Jesús nos dio esta gran lección. Al sentarse a la mesa para la cena pascual, se puso a lavar los pies a sus apóstoles: “Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,14). Con el gesto de lavar los pies, arrodillado a los pies de sus apóstoles, Jesús deja a su Iglesia el testamento de su amor y nos marca la pauta de su seguimiento: servir hasta el extremo.

Recibid mi afecto y mi bendición:

demetrio_fernandez_firma✠ Demetrio Fernández González
Obispo de Córdoba

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