Avanzar en la conversión pastoral y misionara de toda nuestra diócesis

Carta de
Mons. D. Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander

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El Plan Pastoral Diocesano busca evitar el trabajo pastoral desde la improvisación, a salto de mata, sin prever ni revisar. No agota la acción pastoral de la diócesis. No es una fórmula mágica que resuelva sin más los desafíos que tenemos planteados hoy. Tampoco pretende realizar actividades espectaculares, sino fomentar el trabajo de todos, respetando los diversos carismas. Señala unas prioridades, marca unas pautas comunes… que contribuyen a crear sentido de diócesis. Se aconseja que sea un “proyecto común, sencillo y realista, elaborado con la colaboración de todos, que nos proporcione unidad en la tarea, que genere una sintonía en toda la diócesis y así podamos sentirnos implicados y comprometidos todos en el camino”. Un plan pastoral ha de ayudarnos a acompasar, en armonía, los pasos y el ritmo de todos, porque de nada aprovecha un don o carisma si no es para el crecimiento común (cf. 1Cor 12,1-11). Y contamos con la labor del Espíritu Santo, verdadero protagonista de la nueva evangelización. Es Él quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien hace aceptar y comprender la Palabra de salvación. (Cf. PABLO VI, EN. 75)

El anterior Plan Pastoral Diocesano abarcaba del año 2014 al 2017. En la Programación del curso 2017-2018, en continuidad con el Plan Pastoral anterior (Una Iglesia diocesana en conversión y salida), se ha subrayado la conversión y la salida en las Parroquias y Unidades Pastorales motivándolas a cultivar una actitud misionera. Para ello se ha dado prioridad a las acciones de Primer Anuncio y se ha dado continuidad a las acciones de evangelización iniciadas. También se ha ido creando un ambiente para sentir la necesidad de renovación, quitando miedos, prejuicios, etc. y provocando receptividad hacia la renovación misionera.

Como preparación para elaborar el Plan Pastoral Diocesano 2018-2021 se ha reflexionado y trabajado el documento “Evangelizadores con Espíritu” con el que se pretendía motivar a las comunidades a entrar en una dinámica de discernimiento que nos ayudara a elaborar las líneas maestras del nuevo Plan Pastoral para nuestra diócesis. Una Comisión Mixta, integrada por miembros del Consejo Presbiteral y del Consejo Pastoral Diocesano me ha prestado una gran ayuda con vistas a la redacción del nuevo Plan Pastoral que ahora presento. También os adelanto que nombraré una Comisión de seguimiento para asegurar en la medida de lo posible su puesta en práctica.

Comento las grandes líneas del nuevo Plan Pastoral Diocesano:

1. Transmitir la alegría del Evangelio

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (FRANCISCO, Evangelii gaudium [EG] , 2)

Hace falta que las convicciones misioneras se hagan carne en una vida interior que movilice, que otorgue entusiasmo y ardor a la opción misionera. En EG el papa quiere abrir una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría (FRANCISCO, EG 1): “La Buena Noticia ha de transmitirse no a través de evangelizadores tristes o desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros (…) cuya vida irradia la vida de Cristo” PABLO VI, EN 80).

La alegría postulada por el papa no es un simple entusiasmo provocado por una exaltación de la sensibilidad. Es un gozo interior sereno, nacido de una fe iluminada por la experiencia. Porque el buen misionero tiende a destacar los aspectos luminosos de la realidad sobre los sombríos. E infunde a los demás aliento y ganas de vivir. Es inasequible a un desaliento duradero. El papa reconoce con realismo que “la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras”. Pero “siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo” (FRANCISCO, EG 6).

2. Privilegiando la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo y resucitado (Primer anuncio)

Es de importancia capital encontrarse personalmente con Jesucristo. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, nos recordaba Benedicto XVI al comienzo de su primera encíclica. Facilitemos el encuentro de cada persona con Jesucristo. Promovamos vivencias de fe que dejen huella y marquen un hito en la vida de mucha gente que tenemos a nuestro lado. Anunciemos con nuestra vida que el mensaje de las Bienaventuranzas no es pura utopía, sino que se puede vivir en la vida de cada día y que realmente aporta una felicidad duradera. Pronto vendrán momentos en que los que de verdad se han encontrado con Cristo, nos pedirán una formación seria en la fe y pondremos a su disposición auténticos catecumenados.

El primer anuncio del Evangelio es prioritario en la acción evangelizadora de la Iglesia. Su finalidad es suscitar la fe, la conversión y la adhesión global a Jesucristo y a su mensaje. Este primer anuncio del Evangelio va dirigido, por una parte, a los no cristianos, es decir, a aquellos que nunca han tenido el don de conocer el mensaje revelado, cada día más numerosos entre nosotros. También son destinatarios los que han sido bautizados pero permanecen alejados de la fe y de la vida cristiana. Por ello, conviene prestar especial atención a la incidencia evangelizadora que pueden tener hoy en España la celebración de determinados ritos y sacramentos (bautizos, bodas, exequias), celebraciones que cuentan con la asistencia de personas que sólo se acercan a la Iglesia ocasionalmente.

Es el primer anuncio por dos razones: porque es el más importante y porque hay que empezar por ahí. Todo lo demás viene después. Por eso la propuesta del Papa es bien misionera. Nos pide que allí donde estemos nos concentremos en ese anuncio y que nos aseguremos de que todos, absolutamente todos, reciban personalmente ese anuncio, ya que «la alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (EG, n. 23). Por eso “todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a otros” (EG 121)

3. Una Iglesia diocesana en permanente estado de misión (EG 25)

El problema mayor en Europa, en España y también en nuestra diócesis, lo constituyen los que un día fueron bautizados y hoy viven completamente al margen de la fe cristiana y de la Iglesia. Y aquellos también que tienen una fe tan débil que, al no resistir el ambiente laicista que se quiere imponer, están a punto de desfallecer. Por todo esto nuestra tarea principal es anunciar al Dios amigo de la vida que se nos ha revelado definitivamente en Jesucristo. El Dios que no exige sin antes darnos mucho más de lo que nos pide. El que nos conoce por nuestro nombre y no se escandaliza de nuestras miserias sino que las hace desaparecer ejercitando su misericordia.

“No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón” (EG 266).

Es tan grande el desafío, que tenemos que ser capaces de inventar permanentemente formas de llegar a los demás, y para que eso ocurra tenemos que dejar a un lado el miedo a equivocarnos o a ser cuestionados. Por eso nos reclama ser «audaces y creativos» y actuar con más «generosidad y valentía». Para lograrlo, tenemos que «repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades» (EG 33).

4. En la dinámica de la conversión pastoral

Se trata, no sólo de una conversión personal, sino también y a la vez de una ‘conversión pastoral’, puesto que tendremos que emprender acciones distintas de las que hasta ahora hemos realizado y realizar de manera diferente muchas de las actividades ordinarias de la Iglesia. A lo largo de estos años deberíamos preguntarnos de una manera continuada -e ir alcanzando las respuestas correspondientes- en qué medida vamos comprometiéndonos en una pastoral verdaderamente misionera.

“Siempre hacer falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración” (EG 262)

La fecundidad apostólica proviene de la misericordia de Dios. Por esto, los planes pastorales son escasamente eficaces si se subestima la práctica sacramental de la penitencia: « Se ha de poner sumo interés en la pastoral de este sacramento de la Iglesia, fuente de reconciliación, de paz y alegría para todos nosotros, necesitados de la misericordia del Señor y de la curación de las heridas del pecado […] El Obispo ha de recordar a todos los que por oficio tienen cura de almas el deber de brindar a los fieles la oportunidad de acudir a la confesión individual. Y se cuidará de verificar que se den a los fieles las máximas facilidades para poder confesarse. Considerada a la luz de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia la íntima unión entre el sacramento de la reconciliación y la participación en la eucaristía, es cada vez más necesario formar la conciencia de los fieles para que participen digna y fructuosamente en el banquete eucarístico en estado de gracia » (JUAN PABLO II, PG 39).

5. Formando discípulos misioneros (EG 120)

Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos “discípulos y misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros”. «El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (EG, n. 266). Por eso, tampoco se siente solo cuando anuncia el Evangelio, porque sabe que Jesús está allí con él: «Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie» (EG 266).

6. Fomentando una pastoral vocacional misionera

Una pastoral vocacional en salida misionera impide añorar con nostalgia el pasado y fosilizarse en una pastoral ‘de espera’, o dirigida a los de siempre y recluida solamente en nuestros espacios. Hemos de superar el miedo o la apatía para plantear la pregunta vocacional dentro de un buen acompañamiento espiritual de los candidatos al ministerio. Para llevar adelante una pastoral vocacional misionera debe arder en nuestro corazón la pasión por Jesucristo y una pasión por los demás para hacerles llegar la salvación de Dios. Nuestras comunidades cristianas han de estar más despiertas ante las posibles vocaciones que surjan en su seno. Sin olvidar que el kerigma vocacional responde a las expectativas y necesidades más profundas del ser humano y es capaz de llenar de sentido su vida.

7. Redescubriendo la belleza de la familia cristiana como lugar de encuentro y de transmisión de la fe.

Tenemos que reconocer que la familia, medio efectivo de transmisión de la fe durante siglos, se ha desmoronado en pocos años. La fe es, ciertamente, un don de Dios. Para los cristianos, el don de Dios por excelencia. Es El quien se revela y se nos hace asequible, quien nos invita a creer en El y mueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad para que le aceptemos como apoyo y centro de nuestra vida. Pero a la vez la fe es respuesta del hombre, decisión personalísima, absolutamente intransferible, por la cual cada uno define su propia vida. Una sencilla observación sobre nuestra propia vida nos hace caer en la cuenta de que la mayoría de nosotros hemos nacido a la fe y a la vida cristiana gracias a la influencia de nuestra familia. Ellos nos llevaron al bautismo y ellos se encargaron de que creciera en nosotros personalmente la fe recibida. Nuestros padres y abuelos fueron quienes realmente nos iniciaron en el conocimiento y en el ejercicio de la vida cristiana.

Os invito a recuperar la confianza en la capacidad educativa de las familias y en su eficacia para la transmisión de la fe. Nuestras familias pueden dejar de ser el lugar del silencio y del ‘neutralismo’ religioso, para convertirse en la primera y más fundamental ‘escuela de fe’. La familia es quien ejerce mayor influencia en el desarrollo del ser humano porque en ella se dan las más tempranas e intensas experiencias de deseos y frustraciones, de emociones como miedo, amor, placer, seguridad y afecto…, experiencias que configuran para toda la vida la personalidad humana.

8. Una Iglesia servidora de los pobres

“El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad” (EG 177).

Lo que atrae y seduce del Evangelio es la íntima unión entre espiritualidad profunda y compromiso social, es esa unión entre amor a Dios y amor al prójimo, es la fuerte relación entre mística y opción por los pobres, entre la amistad con Dios y nuestra preocupación por la sociedad. La unión entre las dos cosas es lo que manifiesta la hermosura y el atractivo del Evangelio. Cuando anunciamos el kerygma a los demás, tenemos que mostrarles lo bueno de vivir como hermanos, de apoyarnos unos a otros, de hacer el bien a los demás como Jesús, de entregamos por los otros como lo hizo él. Y si acercamos a alguien a la comunidad, tendremos que mostrarle cómo se vive fraternalmente, cómo se sirve a los demás, cómo se experimenta el fervor misionero. En cambio, si le mostramos una comunidad de gente individualista, encerrada en su pequeño mundo, eso debilita el atractivo del Evangelio y esa persona perderá sus deseos de entregarse al Señor.

Desde un punto de vista pragmático a nadie se le ocurre llevar adelante un gran proyecto con los marginados y excluidos de la sociedad. Pero desde el punto de vista de la fe, creemos en los efectos misteriosos de la opción por los pobres que nos pide el Evangelio. Si no nos convencemos, recordemos lo que dijo el mismo Jesús: «Cuando des un banquete no invites a tus amigos o a los vecinos ricos… Invita a los pobres, a los cojos, a los ciegos… que no te pueden corresponder» (Lc 14, 12-14). Eso es Evangelio puro. Entonces, en la tarea misionera, y en nuestra evangelización persona a persona, no podrán faltar los pobres y abandonados, los descartables de la sociedad. Si nos olvidamos de ellos, nuestra misión no tendrá toda la fuerza del Espíritu. Es una cuestión de fe.

El papa Francisco sostiene que la opción preferencial es amor a ellos. En esto se distingue de cualquier ideología que pretenda utilizarlos al servicio de otros intereses (EG 198). Reivindica para ellos también una atención espiritual y se lamenta de que sea tan insuficiente: “Quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tienen una especial apertura a la fe: necesitan de Dios” (EG 200).

9. La Liturgia, celebración del misterio de Cristo

La Eucaristía dominical ha de ocupar el centro de nuestra actividad evangelizadora. Conviene diversificar las celebraciones según niveles de fe sin imponer un estilo y un gusto a todos los fieles. La música no es algo meramente funcional, cuando es bella sirve de mediación para el encuentro con Dios. Por eso hemos de cuidarla con esmero. La homilía es un instrumento privilegiado en el que se entabla un diálogo cercano y cálido entre Dios y su pueblo (cf EG 137-140). Hoy se ve como un gran desafío. Las iglesias y el contexto litúrgico siguen siendo, mayoritariamente, el lugar donde no solo los creyentes habituales, sino también muchos alejados participan en actos diversos (funerales, sacramentos…) en los que la Palabra de Dios es proclamada y explicada. Deben ser espacios privilegiados para la evangelización. De ahí la importancia de que los sacerdotes se apliquen en la buena preparación de la homilía, para que sea «sencilla, clara, directa y acomodada» (EN 40). Muchas veces cómo se predica es tan importante como el contenido predicado.

El sacramento de la Confirmación que debía ser la culminación de la iniciación cristiana es muchas veces la ocasión para abandonar la práctica religiosa. ¿No habría que abandonar el concebir la preparación como un asistir a clases de Confirmación? ¿No convendría insertar a los que se quieren confirmar en el grupo de jóvenes de la parroquia donde lo que se pretende es favorecer el encuentro personal con Jesucristo y formar discípulos misioneros?

10. Un compromiso de toda la Iglesia particular: Trabajar por una mayor integración de los miembros de la Vida Consagrada y los laicos en la pastoral orgánica diocesana

A los presbíteros, consagrados y laicos nos recuerda el Papa que hemos de ser profetas en medio de nuestro mundo. Para ello no podemos olvidar que “la verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado” (JUAN PABLO II, VC 84).

A los laicos se os pide que el Evangelio se escuche en diversos areópagos difundiendo con valentía y convicción la esperanza cristiana. Hoy continuáis siendo un elemento importante para la evangelización de la cultura. Dialogar con la cultura que no ha sido evangelizada o que ha perdido sus raíces cristianas, comporta estar atentos para no diluir la propia identidad. De lo contrario, vuestro dialogo dejará de ser fecundo y creativo, dejará de ser una alternativa cultural, para convertirse en un mensaje vacío de contenido o simplemente en un mensaje de moda. Es urgente y necesario iluminar los nuevos problemas con la luz del Evangelio que no cambia, ofreciendo una visión que dé sentido a toda la vida.

A los consagrados os invitamos a ser «expertos en comunión». En una sociedad del enfrentamiento, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de desigualdades, estáis llamados a ofrecer un modelo concreto de comunidad que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y del compartir el don que cada uno lleva consigo, permite vivir en relaciones fraternas. No cedamos a la tentación de los números y de la eficiencia, y menos aún a la de confiar en las propias fuerzas. Continuemos y reemprendamos siempre nuestro camino con confianza en el Señor.

Estemos todos atentos al desarrollo del próximo Sínodo de Obispos sobre los jóvenes y del Congreso de Apostolado Seglar para secundar con prontitud sus orientaciones.

Santander, 9 de julio de 2018

sanchez_monge_firma
✠ Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander

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