Buscando la verdadera respuesta: la santidad

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Carta Pastoral de
Mons. D. JUAN ANTONIO REIG PLA
Obispo de Alcalá de Henares

A nadie se le escapa que estamos viviendo, tanto en la sociedad como en la Iglesia, una etapa de verdaderas dificultades e incertidumbres. Da la impresión de que en poco tiempo se ha creado una atmósfera y un clima en el que, además de estar adentrándonos en una nueva época cargada de interrogantes, se presentan continuamente nuevos paradigmas que quieren abarcar la vida entera de la Iglesia y abrir cuestiones ya sedimentadas por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica.

No es este un tiempo para buscar respuestas parciales, ni para entretenernos en aspectos periféricos de la vida cristiana que nos pueden hacer olvidar lo esencial: el encuentro con Cristo y su presencia salvadora en la Iglesia.

Siempre, en los tiempos de oscuridad y confusión, la Iglesia se ha visto enriquecida con la luz de los Santos. En nuestra Iglesia complutense, en verdad, desde su fundación con el hallazgo de la tumba de los Santos Niños, Justo y Pastor, no nos ha faltado la mano de la Providencia que nos ha enriquecido con distintos santos, y acontecimientos que forman nuestro rico patrimonio espiritual.

Enraizados en la Tradición, celebraremos los 400 años del reconocimiento de las Santas Formas. Este hecho nos hará volver la mirada sobre la Eucaristía, de donde mana toda la santidad de la Iglesia.

Enriquecidos, pues, con el manantial de la Eucaristía, os invito a buscar juntos la respuesta adecuada para nuestro tiempo. Esta respuesta verdadera y única no es otra que la vocación a la santidad. Nuestra diócesis, como el resto de España, necesita la luz y el testimonio de los santos.

I. ESTAMOS EN GUERRA: UN COMBATE ESPIRITUAL

Hace unos años el filósofo norteamericano Peter Kreeft afirmó en su libro Cómo ganar la guerra cultural que estamos en guerra. Se trata de una guerra cultural que está atacando a las “almas” y destrozando a las personas y su libertad. La referencia bíblica que inspira a este filósofo es la advertencia de Jesús a sus discípulos: «No tengáis miedo a los que maten al cuerpo, pero no pueden matar el alma. Temed más bien al que puede perder el alma y el cuerpo en el fuego» (Mt 10, 28).

Más allá de las ideologías y de los medios de comunicación que las propagan; más allá del poder de los centros financieros y tecnológicos y de sus distintas organizaciones sociales o políticas; a pesar de las grandes estrategias de las distintas logias y lobbies que mueven los hilos de los grandes movimientos de masas, etc., para Peter Kreeft es necesario llegar al causante de toda esta guerra, al verdadero enemigo del hombre, al Padre de la mentira ( Jn 8, 44) que seduce al hombre y lo conduce a la esclavitud del pecado, su segundo enemigo.

Esta guerra cultural produce también muertos y mucha sangre (abortos, suicidios, terrorismo, etc.), rupturas matrimoniales y familiares, adicciones, guerras, pobreza, etc., y tiene como objetivo demoler a la Iglesia Católica y a cuantos promuevan la fidelidad al evangelio de Cristo. A lo largo de la historia las estrategias de Satanás, Padre de la mentira, han sido variadas y respondían a los puntos flacos de la Iglesia o del momento cultural. Por eso, insiste el autor en que es necesario en cada momento discernir en qué clase de guerra estamos inmersos, dónde se encuentra el principal campo de batalla y cuáles son las armas necesarias para derrotar al enemigo.

Como ya nos advirtió el apóstol San Pablo «nuestra lucha no es contra gente de carne y hueso, sino contra los Principados y Potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que moran en los espacios celestes» (Ef 6, 12). La estrategia del Maligno, después de procurar la corrupción de la Iglesia tentándola con el poder, ha derivado hacia lo más íntimo de la persona: su vocación al amor. Se trata de una lucha espiritual que no sólo modifica vidas sino la vida misma en su origen. Es, en el lenguaje del Papa San Juan Pablo II, la cultura de la muerte que ataca a las raíces del alma, entenebreciendo la inteligencia y pervirtiendo la libertad humana.

El objetivo último de esta guerra cultural es «pervertir las almas», provocar el deseo del mal presentándolo como bien mediante la utilización de grandes palabras: progreso, libertad, modernidad, etc. Sin embargo el camino seguido para lograr la corrupción de la sociedad ha sido, según este autor, comenzar por destruir el pilar fundamental que la sostiene: la familia. Se trata «de la única institución en la que la mayoría de las personas aprende la lección más importante de la vida: el amor desinteresado. Es el único lugar en el que son amadas no sólo por su conducta, sino por lo que son».

La mejor forma de destruir la familia, según el plan del Maligno, es acabar con su fundación: el matrimonio. Este (el matrimonio), se destruye, a la vez, desuniendo su pegamento: la fidelidad conyugal. Y esto es precisamente lo que se pretende con la revolución sexual promovida masivamente por los medios de comunicación para llegar a los corazones de las personas y corromper el alma.

Se trata, por tanto, de una guerra cultural, de una gran batalla espiritual que quiere acabar con la moralidad, y desprestigiar las virtudes para engendrar individuos que como marionetas son llevados por el viento de la propaganda y los estímulos de las redes sociales. Cuando una persona no es educada en la virtud para lograr la libertad para el bien, es llevada por los impulsos del placer y de la utilidad hasta afirmar la autonomía de su “libertad” que, al no estar anclada en la verdad de la persona, acaba corrompiéndola y destrozándola.

¿Cómo ha logrado el Maligno embotar la mente de las personas para que no descubran sus mentiras y sus propuestas de destrucción? Simplemente doblegando el espíritu al placer, esclavizándolo con los bienes de consumo; reduciendo el amor a un simple sentimentalismo y rompiendo los vínculos firmes de la persona con la familia, con la tradición y con Dios.

El resultado final de esta revolución es la reducción de la persona a individuo, la afirmación de la soberanía de la voluntad frente a la naturaleza de la persona, frente a la verdad del amor humano y frente a la realidad del bien y la virtud que la edifican y promueven la solidez de la familia y de la sociedad.

En el fondo, la llamada “revolución sexual” que desvincula la sexualidad del amor de donación y de la procreación hasta deconstruir el cuerpo humano con la ideología de género y el transhumanismo, no es más que la nueva versión de una de las herejías más antiguas del cristianismo: el gnosticismo. Como la antigua gnosis, la ideología de género nace del dualismo antropológico que rechaza el cuerpo humano como epifanía de la persona, dignificado por la obra de la Creación y por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. El cuerpo humano, diversificado sexualmente, es un bien de creación que afirma la bondad de la carne. Es la carne que Cristo no ha rechazado, sino que en su humanidad la ha llevado a su perfección.

La banalización de la sexualidad humana, la negación del cuerpo como la gramática prevista por Dios creador para la persona, la promoción masiva de la pornografía y la deconstrucción de la persona, del cuerpo humano, de la familia, del lenguaje y de la educación, no son más que la estrategia del Maligno para arruinar las almas olvidando el carácter sagrado de la vida humana, del sacramento del matrimonio y negando el designio de Dios creador.

Sólo una sociedad nihilista podría llegar tan lejos y así comprendemos que cuando Dios desaparece del horizonte lo que provoca es la muerte del hombre que no reconoce en su origen más que el azar y como destino final la muerte. Sin la influencia y la estrategia del Maligno no se entiende, en efecto, la exaltación del aborto (llamado salud reproductiva o derecho a decidir), del adulterio, del divorcio, de la deconstrucción del cuerpo humano, de las rupturas familiares, de la eutanasia (llamada muerte digna); la exaltación asimismo del individualismo y de la soberanía de la voluntad humana con el desprecio de las virtudes y, en especial, de la castidad que custodia y protege el amor humano.

En definitiva, el poder económico y financiero a través de la tecnología gobiernan fácilmente a las masas de individuos y a las instituciones sociales sin ninguna frontera ética que las limite, entrando a través del consumo hasta en las raíces del alma y del deseo humano. Este deseo siendo ilimitado -porque somos deseo de Dioses esclavizado por los bienes temporales, transformados en ídolos que generan masas de esclavos.

Si aceptamos la tesis de Peter Kreeft, si reconocemos que estamos en guerra, las consecuencias que se derivan son evidentes. En una situación de guerra lo primero que hay que hacer es alertar a las personas y a todas las instituciones de la Iglesia. Del mismo modo hay que poner en marcha todas las alarmas, detectar las estrategias del enemigo y estar prevenidos ante cualquier ataque. Tratándose de una lucha espiritual hemos de proveernos, sin embargo, de las armas de Dios, como también nos advierte el apóstol San Pablo: «En definitiva, cobrad fuerzas en el poder soberano del Señor. Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las tentaciones del diablo […] en el día malo y ser perfectos en todo. Manteneos firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y teniendo calzados los pies, prontos para anunciar el evangelio de la paz. Empuñad en todas las ocasiones el escudo de la fe, con el cual podéis inutilizar los dardos encendidos del Maligno. Tomad también el yelmo de la salud y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, orando sin cesar bajo la guía del Espíritu con toda clase de oraciones y súplicas» (Ef 6, 10.13-18).

Apoyados en la soberanía del Señor nuestra moral tiene que ser de victoria. No podemos, sin embargo, acomodarnos a este mundo (Rm 12, 2-3), ni desmerecer en nada la cruz de Jesucristo. La única respuesta frente a esta batalla espiritual, que nos presenta la revolución sexual global tal y como la describe Gabriele Kuby, es la santidad. El programa es Cristo y la consigna ser santos con la gracia de Dios y una voluntad deliberada, utilizando las armas de Dios.

«Quizá la idea popular que la gente se hace de los santos – comenta Peter Kreeft– sea agradable. Pero los santos de verdad no son personas amables. Son guerreros. Realmente molestan a la gente, tanto que a menudo acaban siendo martirizados. Eso es lo que dijo Jesús: “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” ( Jn 15, 20). No se aprehende a personas agradables y se las clava en la cruz. ¿Juzgamos a Jesús en base a nuestra idea agradable de lo que debe ser un santo, o acaso juzgamos nuestra idea de lo que es un santo en base a la información que tenemos de Jesús? […]».

Los santos aman la paz verdadera. También odian la paz falsa, la paz basada en las mentiras. Los santos odian la violencia y la intolerancia en contra de los pecadores. Pero también odian la tolerancia al pecado. Los santos aman más a los pecadores, y menos los pecados, que el resto de las personas. Estas dos excentricidades desconciertan a la gente y con frecuencia la ofenden. En la época de Jesús, la primera de estas dos obras de los santos –amar a los pecadores– ofendía a sus enemigos, puesto que la moda resultaba entonces demasiado cruel: una verdad sin paz. Hoy día, la segunda de estas obras –odiar los pecados– ofende a los enemigos de Cristo y de su Iglesia, porque la moda ahora es más bien demasiado amable: una paz sin verdad.

En los tiempos de Jesús, quienes amaban a los pecadores eran acusados de amar los pecados. En la actualidad quien habla en contra de los pecados (aborto, sodomía, suicidio asistido, etc.) es acusado de “homofobia”, de ilegal o de utilizar el “discurso del odio”.

Los santos no son «amables. Se enredan en controversias, inevitablemente, siempre. Esto es debido a que los santos están entregados a la verdad como lo están al amor; no son falsos profetas que dan a la gente lo que quieran en vez de lo que necesitan. Pero sin importar lo impopular que pueda ser la descripción del trabajo de un santo, su doble devoción a la verdad y al amor es la única arma que puede ganar la guerra contra la cultura de la muerte. Sólo los santos pueden salvar al mundo. La auténtica razón por la que la Iglesia es débil y el mundo se muere es que no hay suficientes santos. No, eso no es del todo cierto. La razón es que nosotros no somos santos».

II. ORIENTACIONES PASTORALES

Situados en esta perspectiva de la santidad, conviene afrontar el nuevo curso pastoral con las orientaciones que nos vienen sugeridas por el objetivo principal (la santidad) y por distintos acontecimientos eclesiales que nos invitan a hacer memoria de nuestra historia o a caminar con el Pueblo de Dios que guía el sucesor de Pedro, el Papa Francisco.

1. La iniciación cristiana

Difícilmente podemos aspirar a la santidad si no ponemos de manera clara los cimientos de este edificio que llamamos vida cristiana o si no vivificamos las raíces del sujeto cristiano: cada bautizado y cada comunidad cristiana.

Desde hace varios años venimos comprobando el declinar de la Iglesia en España, la mundanización de los cristianos y los fuertes impactos del secularismo que afecta a las nuevas generaciones. El caminar de la Iglesia católica, después de la celebración del Concilio Vaticano II, ha propuesto distintas reflexiones en los Sínodos de los obispos, en las pautas pastorales de los episcopados. Los temas que han sido tratados (la Eucaristía, la Palabra de Dios, la vida consagrada, los fieles cristianos laicos, el Sacramento de la penitencia, la familia, los jóvenes, etc.) los consideramos importantes y venían a ofrecer una palabra necesaria sobre los distintos aspectos de la vida eclesial. Sin embargo, mientras tanto, el edificio de la vida cristiana se iba desmoronando y renacía en la sociedad un nuevo paganismo.

Nuestra pastoral local en nuestra diócesis complutense ha vivido, como el resto de las diócesis españolas, manteniendo los restos de un catolicismo sociológico centrado en la vida sacramental y con algunas pinceladas sobre la llamada nueva evangelización al ritmo de los acontecimientos eclesiales marcados por los distintos Pontífices: San Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora el Papa Francisco. Siendo, como es, una diócesis recientemente restaurada, está caracterizada por la juventud de sus presbíteros, por la necesidad de ir creando las instituciones básicas de toda diócesis (Seminarios, Curia administrativa, pastoral y judicial), por instaurar las Delegaciones, Consejos del presbiterio y pastoral, etc., y por favorecer la atención primaria de los fieles (primer anuncio cristiano, catequesis, liturgia, jóvenes, familia…) en comunión con la vida consagrada, los movimientos eclesiales y las distintas realidades de la religiosidad popular.

Después de haber celebrado los veinticinco años de la restauración de la diócesis y de ir logrando poco a poco la identidad de Iglesia particular es bueno, contemplando el panorama de descristianización creciente, que nos planteemos seriamente –creo que es un déficit de toda la Iglesia– cómo gestar nuevos cristianos. Es lo que llamamos teológicamente la Iniciación cristiana y que comprende los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía.

Entiendo que el tema es de una envergadura que merecería una reflexión de toda la Iglesia, incluido el Sínodo de los obispos. No podemos continuar viendo como pasan generaciones que, habiendo recibido los tres sacramentos, no viven cristianamente. Los problemas que se crean en torno al matrimonio no pueden ser resueltos simplemente apelando a la subjetividad de los cristianos, a los atenuantes analizados en el fuero interno. Tampoco podemos reducir a la Iglesia –siendo muy importante– a un hospital de campaña donde recibir a todos los bautizados heridos en su humanidad y en su vida cristiana. Esto será siempre necesario. Sin embargo, el déficit mayor de la Iglesia está en recuperar la sabiduría de la iniciación cristiana, suscitando la conversión de los catecúmenos para que, dejando los ídolos de este mundo, pasen a formar parte del discipulado de Cristo, presente en la Iglesia y hecho experiencia de vida plena en la comunidad cristiana.

Sin sujetos cristianos –me lo habéis oído decir infinidad de veces– no puede haber familias cristianas. Más todavía: sin iniciación cristiana –capaz de generar la adhesión a Cristo y la fidelidad a la Iglesia– no habrá trabajadores ni empresarios cristianos; no se generarán verdaderos políticos cristianos, ni agentes ni medios de comunicación cristianos, ni jóvenes cristianos, ni vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Si la Iglesia Católica está atravesando una dura crisis (falta de vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal, rupturas matrimoniales, decrecimiento de la nupcialidad, escándalos y abusos de menores, falta de testimonio de los bautizados y falta de fuelle en la evangelización…) es porque falta una seria iniciación cristiana; es porque hemos olvidado la sabiduría de gestar nuevos cristianos y hemos abandonado los procesos de catecumenado que, con sus etapas y escrutinios, iban acompañando la conversión moral, la iniciación en los misterios, la verificación del cambio de vida y costumbres y la maduración de la fe en un verdadero proceso catecumenal en el ámbito de la comunidad cristiana.

En consonancia con estas reflexiones, contaremos con una guía para la formación permanente de los sacerdotes (Enrique Santayana, Fundamentos teológicos y pastorales de la iniciación cristiana) y con varias iniciativas que favorezcan el trabajo de nuestros catequistas y que colaboren en la renovación y profundización de la transmisión de la fe y de la iniciación y desarrollo de la vida en Cristo. Para ello necesitamos la formación de personas y medios para desarrollar la acción catequética en colaboración con los padres y el resto de la comunidad parroquial. Para este objetivo la Delegación de Catequesis cuenta con el desarrollo del Oratorio de Niños, la Escuela de Catequesis, las propuestas de nuevos materiales y la colaboración de la Asociación de los Santos Niños y la Escuela Diocesana de Tiempo Libre.

Teniendo como horizonte la santidad, que es la vocación de todo bautizado, hemos de tomar en serio la Catequesis de adultos y jóvenes no bautizados a través del proceso diocesano del Catecumenado. Cada vez son más los adultos y jóvenes que, por distintas circunstancias no fueron bautizados de niños y solicitan su incorporación a Cristo y a la Iglesia. El Camino a seguir está trazado en el Ritual de iniciación cristiana de adultos. Por nuestra parte, la Delegación de Catequesis ha ofrecido los criterios a seguir y la importancia de contar con catequistas formados, respetando las etapas y el proceso de acompañamiento de la parroquia y del obispo diocesano.

Junto a este Catecumenado, y en sintonía con lo dispuesto en la Diócesis, es importante contar en las parroquias con un Catecumenado postbautismal para aquellos que se alejaron de la fe o reclaman su dimensión comunitaria más plena. Para ello la Iglesia, gracias a Dios, cuenta con el proceso que ofrecen, tanto el Camino Neocatecumenal como otras realidades eclesiales y movimientos. Para todos se trata de dar a conocer a Cristo, vida nuestra, y su presencia y compañía en la comunidad cristiana a través de la escucha de la Palabra, la oración, la eucaristía y demás sacramentos, y la práctica de la caridad entre los hermanos. Un cristianismo sin comunidad es como querer vivir a la intemperie. Cristo tiene que llegar a nosotros y tocar nuestro corazón. El camino más corto para ello es incorporarse a su comunidad de discípulos y recibir el testimonio de los santos (los santificados por el Bautismo).

En lo que se refiere al Bautismo de niños y a su iniciación cristiana con la Confirmación y la Eucaristía, hemos de ir avanzando en varias direcciones. En primer lugar hemos de ofrecer a los padres, padrinos y familiares del niño que se va a bautizar una verdadera propuesta catecumenal en la que sea presentado Jesucristo como respuesta al sentido de la vida y la importancia del Bautismo como incorporación a Cristo y a la Iglesia. Este proceso, salvando las circunstancias extremas, requiere la formación de catequistas y la elaboración de un itinerario que incluya la enseñanza de la oración y la celebración de la Palabra, el significado de la liturgia bautismal y sus ritos, la corresponsabilidad de padres y padrinos en la transmisión de la fe y la catequesis de los neófitos. Para ello es necesario que toda la parroquia sea consciente de la importancia de la gestación de nuevos cristianos y que se dispongan los medios para acoger a las familias dándole a la parroquia un rostro familiar.

El nacimiento de un hijo es una ocasión espléndida para motivar a los padres, en ocasiones para promover su matrimonio o para profundizar en su vida conyugal. Nuestra preocupación, además de estar atentos a sus circunstancias, es que con esta ocasión puedan conocer la verdad de Cristo, sean llamados a una auténtica conversión que les ayude a descubrir la belleza de la vida cristiana. Desaprovechar la ocasión, y cumplir simplemente los trámites, es olvidar que el Señor nos quiere pescadores de hombres para sacarles del abismo del sufrimiento y de la muerte.

El trabajo de la catequesis para la Confirmación y la Eucaristía, que se desarrolla durante los tres años, también se ha de realizar en cooperación con los padres. Para ello los catequistas deben contar con itinerarios que lo faciliten e incluso provoquen que los padres en sus casas sean los que enseñen a sus hijos a orar y a introducirlos en la realidad de la vida contando siempre con Dios. La familia, llamada a ser iglesia doméstica, es un objetivo tanto de la pastoral familiar como de la Catequesis.

En el proceso catequético de los niños, siempre de inspiración catecumenal con etapas y escrutinios, los catecúmenos han de aprender a orar y a escuchar y meditar la Palabra de Dios (el Oratorio de los Niños, en sus distintas modalidades es un buen recurso que debe motivar a los padres para que oren y partan juntos la Palabra de Dios en casa). Otro elemento importante es la incorporación progresiva a la liturgia y a la celebración del Sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, conociendo bien los distintos ritos y significados, habituándoles a visitar al Señor en el Sagrario y a reconocer el gran don de la adoración del Santísimo.

En ningún momento se ha de despreciar la memoria y el conocimiento de la Historia de la salvación, llamada también historia sagrada. Los niños tienen que aprender de memoria las oraciones cristianas fundamentales y deben conocer las figuras bíblicas más relevantes, las etapas de la Salvación y los hechos y dichos fundamentales de Jesucristo a sus apóstoles. A su vez, deben descubrir a la parroquia como su casa, practicando los mayores con sus padres la hospitalidad cristiana. A la parroquia no solamente se va. Allí se vive con otros un estilo nuevo de vida. Allí se ora, se canta, se aprende, convivimos unos con otros y formamos la verdadera familia de Jesús, sus discípulos.

Junto a todos estos elementos, compartidos siempre con los padres, los niños tienen que aprender a cambiar de vida y a dar testimonio de la fe. La preparación y celebración del Sacramento de la Confirmación es un momento que se presta para adquirir ciertos compromisos. Es también el momento adecuado para presentar la Asociación de los Santos Niños e imponerles la pañoleta con los colores designados por la parroquia. Con este gesto y signo se les propone incorporarse al movimiento diocesano de niños que quieren seguir un plan de vida cristiano y que les ha de conducir a crecer en humanidad y fe.

Este también es un momento adecuado para presentarles la vida de los santos, como mejores amigos de Jesús, y resaltar en ellos las virtudes que necesitamos como cristianos para desarrollar en plenitud la vida cristiana. En esta edad los niños necesitan tener altos ideales y verlos reflejados en los verdaderos héroes que son los santos. La hospitalidad cristiana significa también buscar la intercesión de los santos y descubrir con ellos el destino final de nuestra vida y la belleza del cielo cuando hemos sido fieles a Cristo.

El Sacramento de la Penitencia merece una atención especial en el itinerario catequético. El objetivo principal es formar la conciencia moral, aprender a distinguir el bien del mal, acostumbrarse a oír en nuestro interior la voz de Dios que nos enseña a ejercer un juicio para escoger lo bueno y rechazar lo malo. Al mismo tiempo, es la ocasión para presentar el perdón de Dios y su misericordia. Para ello, los niños tienen que reconocer que los pecados son las enfermedades del espíritu que nos dañan y corrompen y que Jesucristo, mediante el ministerio de la Iglesia, es el médico que cura todas las enfermedades. Desgraciadamente, sólo en el ámbito de la catequesis es donde, además de conocer los mandamientos de Dios y de la Iglesia, que son los caminos del Bien, podrán conocer también los pecados capitales y los vicios que derivan de ellos y que acaban corrompiendo al hombre.

Frente a la vida desordenada de los pecados hay que presentar las virtudes (teológicas y morales) que capacitan a los niños y a los adultos para practicar el bien y desarrollar una vida honesta y virtuosa. Ello no será posible sin la Gracia de Dios. De ahí la importancia de iniciarles en la oración de la mañana y de la noche, invitándoles a la práctica del ofrecimiento de obras y al examen de conciencia, destacando siempre que la vida cristiana se desarrolla en compañía de Cristo resucitado que nos asiste y acompaña en cualquier momento del día.

La participación en la Eucaristía de manera plena con la Comunión supone haber conocido y participado en la liturgia dominical de la parroquia y en otras celebraciones que acompañan el itinerario catequético. Aunque a veces los padres salen los domingos a otros lugares, hay que insistir en la importancia del domingo, la pascua semanal, como signo de identidad católica. A ser posible, los niños con sus padres deben hacerse presentes en la Eucaristía. Es el modo de aprender que se han incorporado a un pueblo, el Pueblo de Dios, que da gracias por las maravillas que ha obrado en favor nuestro y celebra la victoria sobre el pecado y la muerte. Todo lo que podamos ganar en este sentido va en la buena dirección.

Para concluir este apartado, como antídoto frente al individualismo de nuestra cultura y el estar encerrado en los medios de comunicación, es bueno fomentar en la parroquia convivencias, retiros, peregrinaciones y actos que desarrollen lo que hemos llamado hospitalidad parroquial: juegos, representaciones, comidas de fraternidad, visitas a ancianos, enfermos, excursiones, campamentos, etc. Si la parroquia es nuestra casa común, allí hemos de acudir a celebrar con otros la vida que el Señor nos regala, eso sí, con humildad y sencillez.

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, la iniciación cristiana abre las puertas a la vida en Cristo y a la participación en el discipulado del Señor, desde donde somos enviados a anunciar al Evangelio y a ordenar la vida humana, personal, familiar y social según Dios.

2. El camino de la Santidad

Iniciados a la vida en Cristo, la vocación a la santidad es la vocación de todo bautizado. La palabra santidad no debe parecernos una abstracción. La santidad es Dios mismo, que nos ha alcanzado en Jesucristo –la norma incondicionada o el imperativo categórico del actuar cristiano– que se hace posible por la acción santificadora del Espíritu Santo. Dicho de otra manera: la santidad es la participación de la vida de Cristo que se hace motor de nuestra libertad. De ahí la primacía de la gracia que apela a nuestra responsabilidad hasta poder decir con el apóstol San Pablo: «para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir» (Fil 1, 21). Desde esta perspectiva todo bautizado debe ser conducido al encuentro con Cristo y educado para poder individuar siempre la presencia real en la acción humana de Cristo salvador.

La nueva creación operada por el Bautismo, que nos hace hijos de Dios, se manifiesta en el obrar moral que es expresión del encuentro con Cristo. Del mismo modo que la fe es recibida como un don, la moral contiene la recepción de la donación de Dios en Cristo en vista de la plenitud humana en el plan de salvación de Dios. La presencia de Cristo en nuestras acciones concretas es entonces el lugar natural de la moral, donde resuena la voz de Dios que nos guía en el camino en el que descubrimos la plenitud de nuestra existencia en Cristo. Un lugar habitado por la Iglesia en una comunión primera ofrecida al hombre como un don. Este don es la formación primera de la conciencia cristiana que es dócil a la voz de Dios, que escucha por la autoridad de la Iglesia.

En la Persona de Cristo, la eternidad ha entrado en el tiempo y, como dice el Concilio Vaticano II, «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes, 22). De este hecho deriva “lo serio” de la vida humana, ya que en el obrar de cada día se decide el destino eterno de cada hombre.

En la vida cristiana no se trata, pues, de seguir unas normas abstractas y extrínsecas a nosotros mismos. Se trata del seguimiento de Cristo que habita en nosotros y moviliza nuestra libertad hacia el bien. Lo ocurrido en el Bautismo es, en efecto, una operación traumática, ya que supone un trasplante de corazón. Pasamos de nuestro “yo” pequeño y débil a recibir el “Yo” de Cristo, adquiriendo su mente, su corazón y sus sentimientos (Fil 2, 5-11). De ahí la importancia de la educación cristiana y de la catequesis que deben conducir al bautizado al encuentro con Cristo, a reconocer su voz que resuena en su conciencia moral y a saber distinguir los gemidos del Espíritu Santo, que nos hace exclamar «¡Abba! ¡Padre!» y nos regala un espíritu de hijos adoptivos, rescatados de la esclavitud del pecado (Rm 8, 14-30).

Del mismo modo que decimos en el canto del Gloria «porque sólo Tú eres santo», la santidad que hoy nos llega a nosotros es participación de la santidad divina que nos alcanza en la carne de Cristo resucitado presente en los sacramentos.

Así pues, iniciación cristiana y vida de santidad son equivalentes, entendida esta iniciación como un don inicial que se despliega en el proceso de una vida santa dirigida por la gracia, que se hace presente como propuesta y motor de toda acción y elección humana.

Para ayudarnos a reconocer este camino de santidad, el Papa Francisco nos ha regalado su Exhortación Apostólica Gaudete et exultate (Alegraos y regocijaos, Mt 5, 12), palabras con las que Jesús se dirige a los que son perseguidos o humillados por su causa. Conocer y seguir esta Exhortación es otra de las directrices pastorales para este curso. Propongo, pues, que los sacerdotes la den a conocer a los fieles y que se aprovechen sus contenidos para la formación de los jóvenes y adultos. De un modo especial debe servir para la formación de los catequistas y para proponer itinerarios de formación para las Delegaciones de Pastoral juvenil, de Pastoral Familiar y de Pastoral Social.

En su Exhortación el Papa comienza con una llamada a la santidad que cada bautizado debe recibir como una llamada propia para descubrir su propio camino (Lumen Gentium, 11). «Todos estamos llamados a ser santos, viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra» (Exhortación Gaudete et exultate, 14). Del mismo modo el Santo Padre nos anima diciendo: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por Él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo en tu vida (cf. Gal 5, 22-23) […] En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los Sacramentos, los Santuarios, la vida de las Comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor “como novia que se adorna con sus joyas (Is 61, 10)» (GE, 15).

Para un cristiano, no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación. Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio» (GE, 19).

El designio de Dios Padre es Cristo, y nosotros en Él. En último término, es Cristo amando en nosotros, porque la santidad no es sino la Caridad plenamente vivida. Por lo tanto «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya. Así cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo» (GE, 21).

El Papa, en su Exhortación, nos advierte sobre dos enemigos sutiles de la santidad (el gnosticismo actual y el pelagianismo) que conviene conocer para que no arruinen nuestra vida cristiana, ni nos desvíen del seguimiento de Cristo. A los sacerdotes corresponde explicar a todos los fieles la importancia de esta advertencia.

Para la vida personal y para elaborar itinerarios de formación para las Delegaciones y movimientos, conviene centrarse en el desarrollo que el Santo Padre hace de las Bienaventuranzas y de lo que él llama el gran protocolo que es el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas expresan la interioridad de Jesús, su alma, su retrato íntimo que Él nos propone como camino hacia la felicidad y la vida plena en la bienaventuranza. No se trata de normas externas que radicalizan el Decálogo (los Mandamientos de la ley de Dios) y que por tanto son ideales inalcanzables. Las Bienaventuranzas son expresión de la vida en Cristo, son manifestaciones de la nueva vocación que nos viene del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (Rm 5, 5), son el mismo Cristo viviendo en nosotros. Esta es la sabiduría de los pobres que, por gracia de Dios, conocen que toda su riqueza es Dios en el cumplimiento de su Reino en nosotros.

De la presencia del Amor de Dios, derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado (Rm 5, 5), procede el reconocimiento de Cristo en los más pequeños, los pobres, los desnudos, etc. Este es el gran protocolo que el Papa nos invita a seguir y que ha venido inspirando la acción caritativa en la Iglesia.

De las notas que el Papa quiere destacar de la santidad en el mundo actual (el aguante, paciencia y mansedumbre; la alegría, la audacia y el fervor, etc.) conviene no pasar por alto la referencia a la comunidad. Dice el Papa Francisco: «Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las acechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados» (GE 140). «La comunidad está llamada a crear ese espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado. Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera» (GE, 145).

Del mismo modo conviene subrayar su llamada a la oración constante (GE, 147-157) y la importancia del combate, la vigilancia y el discernimiento (Cf. Cap. V). Y es precisamente en este final de la Exhortación donde se nos presenta de nuevo la vida cristiana como una lucha espiritual, reconociendo –como recogíamos del filósofo Peter Kreeft– que estamos inmersos en una guerra: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requiere fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE, 158).

«No se trata sólo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña […] Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones […] Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal» (GE, 159). No pensemos que es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos… y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades porque «como león rugiente, ronda buscando a quién devorar» (1 Pe 5, 8).

3. La Eucaristía, centro de la Iglesia

La participación plena en la Eucaristía culmina sacramentalmente el proceso de la iniciación cristiana. La Eucaristía, memorial del sacrificio del Señor, hace presente en verdad y realmente al autor de todos los sacramentos: al Señor, muerto y resucitado en su cuerpo, alma y divinidad. Podemos decir que la Eucaristía, como Paraíso en la tierra, es la meta y culmen de toda la acción cristiana. Así mismo, la Eucaristía es la fuente de donde mana toda la gracia (cf.Lumen Gentium, 11) de la santidad y la evangelización.

Cuando participamos en la celebración de la Eucaristía somos invitados a ponernos a los pies de la Cruz contemplando el amor ilimitado de Jesús, que se ofrece en un Sacrificio de amor por nosotros. Celebrar la muerte del Señor es reconocer su amor inefable, que ha llegado a la autodonación radical por nuestra salvación. Celebrar la muerte y resurrección, la Pascua del Señor, es participar del triunfo del Amor que nos invita a repetir el gesto de nuestra donación. Comulgar, en efecto, significa entrar en el mismo dinamismo del amor que ha llevado a Cristo a entregarse por nosotros, inmolado por amor.

De la fuente de la Eucaristía dimana todo el dinamismo de la santidad de la Iglesia, que impele a todos los fieles a vivir bajo el impulso de la misma caridad (agape) que llevó a Cristo a la Cruz. Por eso, cuando decimos que no hay cristianismo sin cruz, entre otras cosas, lo que queremos expresar es que lo que identifica al cristianismo es el amor de donación total e ilimitada que bebemos en la fuente de la Eucaristía celebrada y adorada.

Como nos recordaba el Papa San Juan Pablo II, «la incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el sacrificio eucarístico, sobre todo cuando esta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: “vosotros sois mis amigos” ( Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: “el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo “estén” el uno en el otro: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15, 4)».

«Al mirar a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en “sacramento” para la humanidad, signo e instrumento de salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16), para la redención de todos. La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21). Por tanto la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es su fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo”» (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 22).

Todo el dinamismo de la celebración eucarística permanece en la adoración al Santísimo que nos invita a interiorizar su dinamismo de donación y a estrechar los lazos de unión con el que es toda nuestra heredad. El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa, nos recuerda San Juan Pablo II, «es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino– deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual» (Ibid, 25).

Las Santas Formas

Nuestra diócesis Complutense cuenta con el testimonio de las Santas Formas, que son una señal de predilección y de compañía del Señor con nuestro pueblo. Precisamente en este año 2019 se cumplen los 400 años del reconocimiento de este hecho prodigioso, que implicó a la Iglesia local y a todas las instituciones de la ciudad.

Nuestra diócesis, además de ser por los Santos Niños Justo y Pastor una diócesis con vocación martirial, es una diócesis eminentemente eucarística. La profanación y robo de las Formas eucarísticas en 1597 fue ocasión para que, además de recobrarlas, el Señor nos ofreciera una señal de su presencia permanente al no consumirse con el paso del tiempo.

En 1619, después de varios estudios en los que participaron las autoridades eclesiásticas y los doctores de la Universidad, la Iglesia reconoció este hecho prodigioso permitiendo el culto público de las 24 Santas Formas que ahora continuamos con la adoración perpetua en la Capilla del Santísimo de la Iglesia de Santa María en la ciudad de Alcalá de Henares.

Este acontecimiento, testimonio de la riqueza de nuestro patrimonio espiritual, nos coloca en la misma perspectiva de la santidad que hemos evocado anteriormente. Nosotros, buscando alimentarnos de los frutos del árbol de la vida, que hoy es la Eucaristía celebrada y adorada, hemos de procurar que, a lo largo de este curso pastoral, incrementemos y mejoremos la celebración y participación en la celebración de la Eucaristía. Para ello será preciso fomentar la formación de los fieles para que puedan descubrir el tesoro que supone la Eucaristía. Para ello podemos recurrir, además de a la Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica, a los documentos recientes del Magisterio de San Juan Pablo II (Ecclesia de Eucharistia, Mane nobiscum Domine y Dies Domini) y de Benedicto XVI (Sacramentum Charitatis).

Del mismo modo, conviene fomentar el culto eucarístico con la Exposición del Santísimo como signo de gratitud en toda nuestra diócesis. En los arciprestazgos conviene arbitrar los medios para que durante todo el año haya un templo abierto con la presencia de adoradores y la posibilidad de celebrar el Sacramento de la Penitencia.

La Escuela Diocesana de Liturgia ofrecerá este curso una exposición detallada de toda la celebración eucarística, ofreciendo pautas para su enriquecimiento y su adoración, unida a los elementos de la religiosidad popular.

Esta conmemoración de los 400 años de las Santas Formas requiere también cuidar toda la dimensión eucarística del Año Litúrgico y favorecer en el pueblo cristiano la recuperación del Domingo como Día del Señor. Para ello conviene dar indicaciones, y también formación, sobre la importancia del Domingo como la pascua semanal, como el día de libertad y descanso, como el tiempo para el culto a Dios y para acrecentar la vida familiar y el ejercicio de la caridad, la visita a los enfermos, etc.

No podemos dejar pasar este año sin celebrar juntos como diócesis este feliz acontecimiento que, junto a la reversión de las reliquias de los Santos Niños, dio origen a grandes fiestas en Alcalá con una gran riqueza celebrativa y festiva, incluida la representación de autos sacramentales. Confiamos a la comisión extraordinaria, que será creada a comienzos de curso, que elabore una propuesta para conmemorar con gratitud este hecho prodigioso.

Lo que sí podemos hacer ya es acrecentar el número de adoradores para la Adoración perpetua de las Santas Formas. Nos animan a ello estas palabras hermosas del Papa San Juan Pablo II: «Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerzas, consuelo y apoyo!» (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 25).

4. El Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional

También el próximo Sínodo de los Obispos y nuestra pastoral de adolescencia y juventud han de colocarse en la perspectiva de la Santidad. La propuesta de Jesús para todos es el seguimiento radical: «El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mc 8, 34-36).

Hoy hemos de volver a mirar todos a nuestros adolescentes y jóvenes con cariño como lo hacía Jesús (Mc 10, 21) y no disminuir en nada las exigencias que propone el evangelio. Estas exigencias son nuestro bien y vienen precedidas por el amor de Dios y por su gracia. Sólo el Amor de Dios –manifestado en la humanidad de Cristo– puede despertar a nuestros adolescentes y jóvenes del letargo y del sueño que les provoca una cultura utilitaria, individualista, hedonista y despersonalizada. Me produce mucha compasión ver a nuestros adolescentes –también a los niños– y a los jóvenes, atrapados por los móviles, deambulando por las calles con auriculares que les abstraen de la realidad o arremolinados con sus videojuegos o sus pantallas. A veces pienso que son los nuevos pobres que, a pesar de las conexiones en la red, viven una gran soledad y están como pendientes de mil cosas, emociones y gustos sin darse cuenta de que les falta lo más necesario: una compañía amistosa, una comunidad donde sentirse queridos y un proyecto de vida que les entusiasme.

En definitiva para ellos, como para todos, la respuesta es la familia y la comunidad cristiana. Precisamente, por la abundancia de los déficits familiares y por la ausencia de la comunidad cristiana, vemos cada vez más jóvenes desarraigados y expuestos a los embates de una sociedad que hace de ellos mercado y consumo.

Estamos pues ante una emergencia educativa referida a niños, adolescentes y jóvenes y ante una nueva pobreza epocal de tantos jóvenes que no encuentran un hábitat donde crecer y madurar.

Para algunos, este diagnóstico puede parecer extremadamente pesimista. Yo les invitaría a conocer en profundidad lo que cuentan los padres y los profesores de cómo están las familias y las aulas de los institutos y de las universidades. ¡Claro que hay mucho de bueno! ¡Claro que hay muchachos excelentes y familias que luchan por su identidad cristiana! ¡Faltaría más! Pero, dando gracias a Dios por todo lo bueno que nos regala en la sociedad y en la diócesis, no podemos cerrar los ojos a la tendencia cultural hegemónica entre los jóvenes. Muchos de ellos están cargados de adicciones y son zarandeados por los mercaderes del ocio, que los expulsan con sus estímulos de las familias y los llevan a vagabundear por las calles los fines de semana cada vez más largos, o los encierran en los clubes nocturnos o en las discotecas, o los invitan a macroconciertos siempre cargados de alcohol y de droga. Mientras tanto, muchos de los que recibieron la “iniciación cristiana” abandonaron las parroquias y no aparecen por ellas ni siquiera en las fiestas patronales, ni se les ve en la visita pastoral. Sin querer cargar las tintas, a todo ello hay que añadir la dependencia constante de las pantallas y de los smartphones, navegando en la red por sitios que nunca debieron consultar.

¿Qué es lo que quiero decir con esta descripción parcial de lo que ocurre entre adolescentes y jóvenes? Simplemente, que nuestra sociedad y nuestras familias están olvidando el arte de vivir. Esto ya ha ocurrido otras veces, con otras características. Estoy escribiendo estas líneas en el monasterio cisterciense de Viaceli, en la fiesta de san Bernardo de Claraval. Su figura imponente (1090-1153) me recuerda la del gran monje Benito de Nursia (480-547). Ambos no fueron personajes excéntricos ni antisociales. Todo lo contrario. San Benito, viendo la decadencia del imperio romano y la corrupción de Roma, decidió emprender primero un camino de soledad para buscar a Dios (quaerere Deum) y después, con otros, emprendió el camino de la vida monástica, que no era otra cosa que enseñar de nuevo el arte de vivir. La vida monástica, con el lema de «no anteponer nada a Cristo», era un modo de jerarquizar y ordenar la vida comunitaria (social, diríamos nosotros). Se trataba de recuperar el arte de vivir, dedicando el tiempo correspondiente a la alabanza divina (oficio divino), al estudio y al trabajo manual (ora et labora). Con esto san Benito, y después san Bernardo y otros, ayudaban a vivir ordenadamente, con una regla de vida que sostenía todos los elementos esenciales de una existencia centrada en Dios y en el amor. A esto lo llamamos civilización cristiana, con los frutos culturales y con la belleza de recuperar lo “humano” en todo su esplendor, junto con la creación (naturaleza) vista como huella de Dios o como gramática del Creador.

Hoy nuestra vida, y especialmente la de los adolescentes y jóvenes, está desreglada y sin jerarquía de bienes ni orden en el arte de vivir. Más bien son estimulados como marionetas al servicio de aquellos que no buscan más que negocio. De nuevo conviene recordar la advertencia de Alasdair MacIntyre, quien, en su libro After Virtue, nos recuerda que durante la decadencia del imperio romano los bárbaros estaban en las fronteras; hoy, sin embargo, los tenemos gobernando. Nuestra época, como la decadencia del imperio romano, nos recuerda MacIntyre, está esperando a Benito. Con esta imagen, el filósofo norteamericano nos propone la necesidad del comunitarismo frente a una sociedad emotivista.

La reflexión de MacIntyre, traducida a nuestra realidad próxima, significa que nuestros adolescentes y jóvenes, vulnerables en sus emociones, necesitan familias y comunidades cristianas organizadas como santuarios y monasterios. Os lo he dicho otras veces. Sin regla de vida no se puede vivir el designio de Dios sobre nosotros. Necesitamos recuperar el arte de educar y el arte de vivir. Para eso no es necesario que seamos muchos. Estoy convencido de que el Señor hace cosas grandiosas a través de realidades pequeñas. La Biblia está cargada de ejemplos que garantizan esto mismo.

Todo esto lo vengo a referir porque nuestra realidad diocesana de la Pastoral Juvenil es una de esas realidades pequeñas a través de las cuales el Señor puede realizar una obra grande para atraer a los adolescentes y jóvenes. Para eso necesitamos conocer bien las claves de la educación, crear espacios significativos de encuentro comunitario y trabajar con la convicción de que el alma de los jóvenes está esperando una propuesta que les lleve por las sendas de la virtud y la santidad. Lo mismo cabe decir para los jóvenes universitarios. También la Delegación de Pastoral Universitaria puede pensarse como una realidad pequeña en la que Dios puede despertar una gran obra.

El Sínodo de los Obispos sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, es una oportunidad que debemos aprovechar. Las Delegaciones de Pastoral Juvenil y Universitaria cuentan con el Instrumentum laboris del Sínodo, el cual, junto con la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate del Santo Padre, debe marcar el rumbo de las propuestas para este curso pastoral.

Conviene, sin embargo, que no nos equivoquemos: la propuesta es siempre Cristo que, del mismo modo que miró con cariño al joven rico (Mc 8, 34-36), hoy mira a nuestros jóvenes y se hace presente en la Iglesia y en los sacramentos, que son su carne. De lo que se trata es de despertar su fe, posibilitarles el encuentro con Cristo y seguirlo por el camino de los Mandamientos y las Bienaventuranzas. Para ello necesitan verse juntos, los de las distintas parroquias, formando comunidad. Caminar solos es vivir a la intemperie, donde fácilmente somos asaltados por los lobos.

La Delegación de Pastoral Juvenil tiene preparada su propuesta para el nuevo curso pastoral. Colaborar con ella, sin olvidar a las familias, es una cuestión de emergencia que debe movilizar nuestras respuestas.

En el apartado correspondiente del Instrumentum laboris del Sínodo se encuentran las referencias al discernimiento vocacional y la llamada a redescubrir la experiencia familiar y la necesidad de recuperar la idea de la comunidad evangélica.

Como no podía ser menos, el Instrumentum laboris concluye con una llamada a la santidad de nuestros jóvenes: «La característica sintética y unificadora de la vida cristiana es la santidad, porque el divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y cofundador (LG 41). La santidad incluye desde el punto de vista cualitativo y global todas las dimensiones de la existencia creyente y de la comunión eclesial, llevadas a plenitud según los dones y posibilidades de cada uno» (IL, 212).

Vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal

En el origen del Sínodo de los Obispos hay una preocupación por las vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal. Se trata de una necesidad básica de la Iglesia que reclama la presencia sacramental de Cristo, Buen Pastor, y solicita la presencia de la vida consagrada y contemplativa para sostener nuestra fe y ver iconos de la presencia luminosa de Dios.

Como hemos repetido varias veces, la Pastoral vocacional compete tanto a las familias cristianas como a todas las parroquias y comunidades. Las vocaciones son un signo y una manifestación del nivel de nuestra adhesión a Cristo y de la intensidad de nuestra vida comunitaria. Las vocaciones florecen, en efecto, en las familias donde se vive con fe, donde se cuida el clima religioso de la vida, y en las parroquias y movimientos donde se hace presente el Señor con su llamada.

Entre todos hemos de facilitar que los niños se acerquen a Dios a través de la oración, la liturgia y los ambientes significativos de la fe. Cuidar que no falten monaguillos, marcarles un itinerario de formación, llamar personalmente a ciertos adolescentes y jóvenes y procurarles una dirección espiritual, son los caminos ordinarios para despertar vocaciones. Hemos de estar convencidos de que Cristo continúa llamando a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. La mejor pastoral vocacional es el testimonio de los consagrados y sacerdotes que con su entusiasmo y alegría son capaces de contagiar en un tiempo de distracción e indiferencia para reconocer la presencia de Dios.

El tema de las vocaciones, vinculado a nuestros seminarios y centros religiosos, nos reclama también la atención para promover la educación específica de los candidatos a la vida consagrada y sacerdotal. Para ellos también va dirigido cuanto hemos dicho sobre la iniciación cristiana y la vocación a la santidad. Para ellos es también urgente el reconocer la necesidad de caminar en una comunidad que, para los futuros sacerdotes, será como una esposa que reclamará su fidelidad esponsal y su vocación a la paternidad. Madurar en la afectividad, vivir gozosamente la virtud de la castidad, son condiciones necesarias para abrazar la vida consagrada y sacerdotal.

En este mismo orden de cosas es necesario cuidar el silencio, la oración, la escucha y meditación de la Palabra, y aprender a ser testigo de Cristo conociendo por propia experiencia la gracia de la Redención. El encuentro diario con Cristo en la Eucaristía es el camino más corto para despertar la vocación y escuchar el susurro de quien nos invita a ser santos por el “camino justo” que tiene como propuesta para cada uno de nosotros (Sal 23, 3). De todas las parroquias esperamos la oración intensa por las vocaciones y a todos los sacerdotes os confío el cuidado de ellas.

Jornada Mundial de la Juventud

Unido al acontecimiento del Sínodo, está en marcha la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Panamá del 22 al 27 de enero de 2019. El lema de esta Jornada es «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1, 38).

También en la diócesis de Alcalá de Henares hemos de procurar seguir los itinerarios de preparación de la Jornada. Con el mismo lema de la JMJ 2019 hay que cuidar la peregrinación mariana del comienzo del curso. Asimismo, convendría trabajar las catequesis preparatorias y tener como referencia a María, contemplada en el misterio de la Anunciación y proponerla como prototipo del creyente y fiel discípulo del Señor.

5. La santidad matrimonial y las familias cristianas

También la vocación esponsal–matrimonial es una vocación a la santidad. Y esto por dos razones. En primer lugar, porque la vocación a la santidad es propia de todos los bautizados y, en segundo lugar, porque los esposos reciben en el momento del matrimonio la caridad esponsal de Cristo, que es el camino concreto por donde discurre la santidad de los cónyuges.

El drama del secularismo con la pérdida del carácter sagrado del matrimonio, ha convertido a este en una simple unión afectiva entre dos personas, incluso del mismo sexo. Para salir de esta trampa, como nos enseñó repetidamente el Papa San Juan Pablo II, hay que volver la mirada “al principio” y recuperar la dimensión sacramental del matrimonio.

Con la expresión “al principio”, Jesús se remontaba al designio de Dios creador (Mt 19, 4) quien había previsto la unión esponsal entre el hombre y la mujer con anterioridad al pecado original. El fundamento del matrimonio –un bien de creación– descansa en la diferencia sexual entre el varón y la mujer concebida por el Creador para el don recíproco y la procreación: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó Dios, los bendijo y les dijo: sed fecundos y multiplicaos, poblad la tierra […] Por eso, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gn 1, 27-28; 2, 24).

Este designio de Dios se vio alterado por la realidad del pecado que provocó la dureza de corazón. Por esta dureza de corazón Moisés permitió el repudio (Dt 24, 1). Sin embargo, por el Bautismo Jesucristo nos redime y nos regala el ser hijos de Dios (una nueva creación); con la gracia bautismal alcanzamos la redención del corazón, superando su dureza (esclerocardía) que nos impedía cumplir la voluntad de Dios.

Además del Bautismo y de todo el proceso de la iniciación cristiana (Confirmación y Eucaristía), en el sacramento del Matrimonio el Espíritu Santo infunde a los esposos la “caridad esponsal” (la agape divina) con la que Cristo ama a la Iglesia con un amor fiel y exclusivo hasta la muerte.

En el sacramento del Matrimonio, como en los demás sacramentos, hemos de distinguir tres estratos. El primero es el signo del sacramento. En el caso del matrimonio el signo visible son el esposo y la esposa dándose el consentimiento e intercambiándose los anillos: «yo te quiero a ti y prometo serte fiel en las alegrías, en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida».

Por las palabras del mutuo consentimiento y entrega, la acción de la gracia primera que se deriva es el vínculo conyugal. Este es el segundo estrato o nivel del sacramento que constituye a los novios en esposos llamados a consumar el matrimonio siendo una sola carne. Este vínculo no significa simplemente que después tienen que cumplir la promesa del consentimiento mutuo. No se trata de un vínculo moral que apela a la responsabilidad del esposo y la esposa. Siendo promesa y apelando a la responsabilidad de ambas conciencias, se trata de un vínculo que regala un nuevo ser y una nueva condición humana. Siendo simplemente dos individuos diferenciados como varón y como mujer, ahora son esposos, se pertenecen mutuamente y no están disponibles para conjugar su carne con nadie más que su esposo/a. Esta es la verdad de la persona–cuerpo que, por ser única e irrepetible, cuando se da no puede menos que darse en totalidad y exclusividad, en su ser y en su poder ser, hoy, mañana y siempre, hasta que la muerte los separe.

La dignidad de la persona y su verdad descansan en su ser único, en ser alguien, que en la unidad cuerpo–espíritu es un sujeto que subsiste en sí mismo, y en su donación mediante el lenguaje del cuerpo no da algo de lo que tiene sino que se da a sí mismo. Darse a sí mismo como persona tiene siempre un carácter totalizante y definitivo que expresamos con el término vínculo conyugal.

Esta nueva realidad que nace con el sacramento del matrimonio y que llama a los esposos a ser una sola carne, se ve engrandecida por la gracia de la caridad esponsal, la participación en el amor de Cristo por la Iglesia (tercer estrato).

Es el Espíritu Santo quien infunde, cuando se dan las condiciones, esta caridad que es la gracia final del sacramento. Se trata nada menos que del amor (agape) mismo de Cristo, quien en la Cruz se entregó totalmente de manera fiel y exclusiva a la Iglesia. Esta gracia final (la caridad esponsal) rompe la dureza de corazón y hace que el vínculo conyugal penetre y alcance la mente, el corazón, la libertad y los sentimientos de los esposos. Este es el impresionante regalo de bodas. El vino, que suplicaba María para los esposos de Caná, se ha convertido en la sangre de Cristo que redime el corazón humano y lo capacita para un amor fiel e indisoluble.

Nos viene bien recordar estas cosas para salir al paso de la situación cultural que vivimos, en la que el matrimonio ha sido vaciado de contenido y donde las personas, especialmente las más jóvenes, están con muchas dificultades para conocer el verdadero amor y la grandeza del matrimonio.

Haber contribuido a demoler el edificio del matrimonio, incluso y fundamentalmente desde las leyes, es uno de los principales males que padecemos. Destruir el matrimonio y con él las familias, es destruir el pilar fundamental que sostiene la sociedad. Hoy nos encontramos en una situación en la que se hace difícil pensar y conocer todo el bien y la riqueza del matrimonio y de la familia. Por eso urgen el testimonio de las familias cristianas y de aquellos matrimonios en los que se visibilice la grandeza del amor conyugal y la gracia del sacramento del matrimonio.

«El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole» (GS 50). Sin embargo, ambos aspectos (procreación y educación de los hijos) están en España en situación de verdadera emergencia. Como es sabido, la natalidad ha descendido tanto en España que cada año vamos perdiendo población y con ello capacidad de mantener una identidad como civilización cristiana y como nación anclada en la tradición católica.

Si a la baja natalidad añadimos menos capacidad educativa de las familias e ideologización de los programas de educación escolar, el panorama se nos convierte en sombrío. Sin embargo, esta es una ocasión de gracia que hemos de aprovechar. Como los primeros cristianos, hemos de ser capaces, con la gracia de Dios, de revitalizar nuestras parroquias y comunidades cristianas con rostro familiar y cooperar con los padres y colegios en su tarea educativa. Pastoralmente, ahora mismo, unida a la iniciación cristiana, la tarea más importante de la Iglesia, es la misión educativa.

La comunidad cristiana y las familias cristianas, en el contexto actual, están llamadas a ser verdaderas fortalezas donde florezca la nueva sociedad. Para ello, hemos de reconocer que la fe no se agota en el ámbito de lo privado. La vocación de los laicos cristianos, de las familias y de la misma comunidad cristiana no es estar yuxtapuestos al mundo. El Señor nos quiso como levadura que fermenta la masa, como la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt 5, 13-14). Por tanto, lo que somos como discípulos de Cristo no se puede separar de lo que somos como familias o como ciudadanos en la vida pública. Por eso decíamos antes que, sin una verdadera iniciación cristiana, no habrá sujetos cristianos, ni familias cristianas, ni empresarios o trabajadores católicos, ni políticos o agentes de la comunicación coherentes con su fe, etc.

De nuevo hemos de curarnos de la maléfica enfermedad que supone la separación del binomio fe–vida. Tanto la liturgia cristiana con su belleza, como la vida de las familias y de la comunidad cumplen una misión educativa que debe llenar de bien y de belleza nuestra sociedad y debe promover una cultura y arte de vivir que contagie a otros y sean como faros que iluminan la noche cultural que padecemos.

Este ha sido el empeño del Papa San Juan Pablo II desde su primera Encíclica centrada en Cristo, redentor del hombre, pasando por su magisterio sobre la vida, la familia y la vida laboral, económica y política. Este ha sido también el empeño del Papa Benedicto XVI, quien nos enseñó a volver a poner a Dios, el logos amante, en el centro de la vida y apreciar la Verdad en un contexto relativista. Y este, finalmente, es el empeño del Papa Francisco, quien nos orienta hacia la santidad descubriendo la alegría del Evangelio.

Acaba de celebrarse en Irlanda la Jornada mundial de las Familias invitándonos a continuar profundizando en el Evangelio de la familia que, como no puede ser de otra forma, es Cristo, la roca sobre la que hay que edificar la casa para que se mantenga firme y pueda resistir el embate de las distintas dificultades internas o externas (Mt 7, 24-27).

Acabamos de celebrar también los 50 años de la promulgación de la Humanae vitae de Pablo VI. En nuestro Congreso, celebrado a comienzos de este año, pudimos comprobar tanto la raigambre social de esta encíclica como su carácter profético. Recientemente, el profesor Gilfredo Marengo, del Pontificio Instituto Teológico San Juan Pablo II, ha publicado lo contenido en los archivos vaticanos sobre los preparativos y las circunstancias concretas que concurrieron hasta la publicación del texto definitivo de la encíclica. Su libro La nascita di un´enciclica, Humane vitae alla luce degli archivi vaticani (Editrice Vaticana, 2018) es todo un testimonio de la acción del Espíritu dirigiendo el actuar del sucesor de Pedro.

A la luz de la Humanae vitae, profundizada por la teología del cuerpo presente en las catequesis sobre el amor humano del Papa San Juan Pablo II, hemos de continuar la labor hermosa de la Pastoral Familiar en nuestra diócesis. Esta luz nos hará comprender también la Exhortación del Papa Francisco Amoris laetitia y nos posibilitará caminar seguros bajo la guía del Magisterio.

Tal como empezamos esta carta pastoral, también toda la Oración de familias, como las distintas actividades de la llamada Pastoral de la Familia y de la Vida, tienen que ser ofrecidas para despertar la vocación a la santidad. Con ello me refiero tanto a la labor educativa y preventiva (educación afectivo-sexual de adolescentes y jóvenes) como al acompañamiento de la vocación al amor (preparación próxima) y la preparación inmediata a la celebración fructuosa del sacramento del matrimonio.

Del mismo modo, el acompañamiento de grupos matrimoniales, con la colaboración de los movimientos familiares, tiene que volver a plantear el itinerario de santidad que se inició con la celebración del sacramento del matrimonio. Este camino de santidad tiene como contenido, como hemos visto antes, la caridad esponsal de Cristo. Los esposos, unidos en el Señor por el sacramento nupcial, continúan caminando con Cristo, orando juntos, escuchando su Palabra, viviendo en el amor y formando una pequeña Iglesia doméstica.

Esta pequeña iglesia, que es cada familia, encuentra el hábitat de su fe en la comunidad cristiana, donde cada matrimonio y sus hijos introducen en la Iglesia la comunión de personas. La comunidad cristiana, respetando la dimensión personal, no se identifica con una asociación de individuos, sino como una Familia de familias. Es la familia de la fe, la familia de los bautizados que formamos el Pueblo Santo de Dios.

En estos momentos es decisivo el asociacionismo familiar, la unión de las familias para fortalecerse juntas y para promover entre ellas espacios educativos para sus hijos y espacios de verdadera fraternidad. El espacio ordinario son las parroquias y los movimientos, desde donde deben surgir las vocaciones para las responsabilidades públicas.

Un tema central es, en colaboración con las Delegaciones de Catequesis y Enseñanza, plantearse seriamente la educación cristiana de los hijos y su participación en los grupos de pastoral de la infancia, adolescencia y juventud. En este sentido la parroquia tiene que ser dinamizadora de los grupos de oración familiar, de su formación y acompañamiento y, a su vez, llamar a la presencia de los padres en los itinerarios catequéticos de sus hijos, en las asociaciones de padres de alumnos y en la promoción de la Asociación de los Santos Niños, Escuela Diocesana de Tiempo Libre y Pastoral Juvenil.

Verdaderamente, ser padres equivale también a ser educadores, ya que la familia es el primer sujeto educativo. En este sentido, además de recuperar con determinación la misión educadora de la familia, hemos de estar atentos para no caer en el desaliento. Sin lugar a dudas es posible educar cuando se adquiere conciencia de lo que el Señor nos ha confiado y conocemos el deseo que cada persona lleva escrito en su corazón. En este corazón está escrito el deseo de infinito, el deseo de Verdad, de Bien y de Belleza y, en definitiva, el deseo de Dios. Educar es introducir a alguien, con nosotros, en la realidad, respondiendo a sus preguntas primeras y también a las últimas.

Para educar, introduciendo en la verdadera realidad y no simplemente en las apariencias y engaños de este mundo, los padres han de ayudarse mutuamente a vivir como testigos coherentes ante sus hijos, sabiendo de su debilidad, pero ofreciendo la posibilidad de ser camino para encontrarse con Cristo y con la Iglesia que prolonga su existencia en el tiempo. Para eso se necesita tiempo para estar juntos, diálogo, acogida en cualquier momento, oración en familia y aprovechar los acontecimientos de la vida (nacimiento de un hijo, enfermedad, estudios, trabajo, la muerte, etc.) para enseñar el arte de vivir en cristiano y generar una verdadera persona.

Recibir el don de un hijo es ser consciente de que viene con una misión y que está destinado al cielo. Esto nos debe ayudar a abrirnos generosamente a la vida. Ser llamado para alcanzar por toda la eternidad la felicidad que Dios regala a sus hijos. Para que no se pierda ningún hijo en el camino que conduce a Dios y a la Gloria, Dios ha provisto a dos centinelas, el padre y la madre, que en su conyugalidad han de acoger al hijo y prepararle una morada que es su estilo de vida y su coherencia interior con lo que manifiestan y hacen. Si no queremos disminuir el proyecto de Dios, todos, padres e hijos, estamos llamados a ser santos por la gracia de Dios. Esta santidad debe quedar reflejada en el ambiente de vida que se cree en casa, jerarquizando y ordenando los amores y los bienes. Si esto es así, y lo vivimos con otros, en la Iglesia, podremos juntos servir de contraste en medio de una sociedad paganizada. No lo olvidemos: somos minorías creativas y de estas minorías, plenamente identificadas con el designio de Dios, depende el futuro de nuestra sociedad.

Unido a lo anterior, somos también conscientes de nuestras debilidades y de nuestras carencias. Por eso nuestra diócesis contempla con cariño y promueve iniciativas para acoger y curar las heridas en la vida matrimonial. Nuestro Centro de Orientación Familiar, Regina Familiae, es la respuesta para la prevención y sanación de estas heridas y para promover los medios que faciliten el cuidado de los novios, la preparación al matrimonio y la formación inicial y permanente de las personas que colaboran en los arciprestazgos y parroquias en la Pastoral Familiar. Los distintos proyectos (educación afectivo–sexual, preparación próxima e inmediata al matrimonio, maduración en la masculinidad y feminidad, proyecto Raquel, formación de monitores para la observación del ritmo de fertilidad de la mujer, atención a matrimonios y familias, etc.) son un modo de ofrecer la hospitalidad cristiana y la acogida a cuantos están necesitados del verdadero médico, Jesucristo, que es quien cura todas las heridas, particularmente las que afectan a nuestro espíritu.

También los servicios de Cáritas y de la Pastoral Social, con sus distintos proyectos y casas de acogida, la Pastoral Penitenciaria, la Pastoral de Enfermos, deben mostrar el Rostro de Cristo y servir para que los más débiles conozcan su amor. Cuando cualquier persona acude a nuestros centros, a quien busca de verdad es a Cristo, aunque no lo sepan. Por eso, nuestra respuesta y nuestra ayuda, siendo importante, se quedaría a mitad de camino si no indicara la senda que conduce al Maestro y Médico que necesitamos para rehacer nuestra vida y para aprender el arte de vivir cristiano que conduce a la santidad.

Os lo he dicho de diferentes maneras. Lo que necesita nuestra sociedad, lo que necesita nuestra Iglesia, son santos, tocados por la Gracia de Dios, que sean como antorchas de luz que nos guíen en la noche y nos visibilicen la alegría de seguir a Cristo y vislumbrar el destino final: la gloria del cielo.

6. Una santidad misionera

Además de los acontecimientos recordados anteriormente (Jornadas Mundiales de la Juventud y las Familias, aniversario de la Encíclica Humanae vitae, Sínodo de los Obispos, aniversarios de la reversión de las reliquias de los Santos niños, 400 años de las Santas Formas) el Papa Francisco nos ha convocado a preparar una gran misión en la Iglesia universal para el mes de octubre de 2019.

En nuestra Diócesis, a través de varias iniciativas (la Escuela de Evangelización, Grupo Kerygma, Misiones Populares, etc.) hemos ido creando un ambiente propicio para despertar a las parroquias en su vida interna y en su vocación misionera. Durante este curso, en comunión de estas realidades con la Delegación de Misiones, conviene que preparemos itinerarios que puedan servir para realizar el octubre misionero al que el Santo Padre nos invita.

Tampoco hay que separar estas iniciativas del objetivo general de despertar la vocación a la santidad. En realidad, los santos son los verdaderos misioneros que transmiten con su vida la belleza y atracción del evangelio de Cristo. Todo este camino de preparación contará con la iniciativa de los distintos centros de formación de la Diócesis (Instituto Diocesano de Teología, Pontificio Instituto Teológico San Juan Pablo II, Escuelas Diocesanas de Liturgia y Catequesis) y el Aula Cultural Civitas Dei.

A nuestros monasterios les confío su intercesión y su renovado intento de ser, desde la vida consagrada, iconos de Cristo y de los consejos evangélicos. Tanto las hermanas contemplativas como la vida consagrada en general forman parte del alma de nuestra diócesis que nos alienta y nos propone continuamente que con Dios lo hemos alcanzado todo.

Finalmente confío a las Cofradías y Hermandades que se sumen a este movimiento general de búsqueda de Dios y que, juntos, podamos celebrar los acontecimientos centrales de los misterios de la Vida del Señor, de su Santísima Madre y los 400 años del reconocimiento de las Santas Formas.

A los Santos Niños, Justo y Pastor y a la Virgen María, puerta del cielo, le confiamos este curso contando con su divina asistencia.

firma reig pla
✠ Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares

Viaceli, 22 de agosto de 2018

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