“Sentado a la mesa con ellos” (Lc 24,30). El ministerio de la santificación

Carta de
Mons. D. Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela

2017_barrio_barrio_julian

Queridos diocesanos:

Me alegra presentaros el Plan Pastoral Diocesano para el nuevo curso con el deseo de ofreceros una posible ayuda para vivir el compromiso cristiano de nuestro bautismo. El hilo vertebrador con el que queremos tejer el tapiz pastoral de este curso es el ministerio de la santificación siguiendo las orientaciones del Sínodo diocesano.

“Una sola es la espiritualidad de la Iglesia, que se funda en el Bautismo y se nutre de la palabra de Dios y de los santos sacramentos, aun cuando se viva de maneras diferentes según la gracia y la situación en que el Señor ha querido a cada uno de sus siervos” [1]. Ciertamente entre los medios de salvación que Dios ha dispuesto están la Palabra y los sacramentos, sabiendo que en la Iglesia todos estamos llamados a la santidad y al servicio mutuo para el crecimiento del Cuerpo Místico de Cristo.

El sacerdote debe mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio y tiene la tarea de santificar a los hombres a través de los sacramentos y del culto de la Iglesia. El Concilio Vaticano II nos lo recuerda diciendo: “Los pastores deben procurar que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes para una celebración válida y lícita, sino que también los fieles participen en ella consciente, activa y fructíferamente” [2]. Asimismo subraya: “De la liturgia, y sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros, como de una fuente, la gracia, y se obtiene con la máxima eficacia la salvación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios, a la que tienden todas las demás obras de la Iglesia como a su fin” [3].

En los últimos tiempos la participación eucarística de los cristianos se ha visto tergiversada. Esta tergiversación no sólo parece afectar a la Eucaristía en particular, sino a los sacramentos en general, por ejemplo, al sacramento de la Penitencia. ¿Cuáles son las causas de este fenómeno? La causa principal parece concretarse en el hecho de que el hombre actual y, por tanto, también el cristiano, está orientado hacia el hacer, hacia el producir. La técnica nos ha llevado a contemplar todos los ámbitos de la vida como susceptibles de sometimiento y manipulables, como si fuese una especie de “procesamiento de datos”. Nadie negará que esta perspectiva técnica se haya introducido en muchos sectores de la vida y al mismo tiempo haya contribuido a que algunos problemas, a los que en otro tiempo no se les veía solución, hoy se presenten como solubles. Sin embargo, el punto de vista de que todos los ámbitos de la vida son manipulables con la ayuda de medios técnicos, no corresponde a la verdad y allí donde se defiende eso, se conduce al hombre moderno a situaciones sin salida.

Un ámbito de la vida cristiana, que por causa de una exagerada sensibilidad técnica se vio abocado a la crisis, es el de los sacramentos. En éstos no se trata en última instancia de nuestro hacer, sino de que nosotros estamos prestos en la fe a recibir de Dios la salvación, realidad que da sentido y consistencia a nuestra vida. Desde luego, este recibir es también una acción e, indudablemente, una acción de una profundidad que muchas personas en la actualidad no están en condiciones de asumir.

Los primeros cristianos, que utilizaron la palabra Eucaristía para la liturgia principal cristiana, manifestaron un profundo discernimiento. La palabra griega “Eucaristía” significa acción de gracias. Quien da gracias reconoce que ha recibido o todavía recibe algo, expresando en agradecimiento que ese don es necesario para él, pues vive de él. Mientras esta concepción no sea el fundamento a partir del cual se vive la participación en la celebración eucarística, no se puede esperar una comprensión auténtica de la misma.

“Ningún hombre por sí mismo, partiendo de sus propias fuerzas, puede poner a otro en contacto con Dios. El don, la tarea de crear este contacto, es parte esencial de la gracia del sacerdocio. Esto se realiza en el anuncio de la Palabra de Dios, en la que su luz nos sale al encuentro. Se realiza de un modo particularmente denso en los sacramentos. La inmersión en el Misterio pascual de muerte y resurrección de Cristo acontece en el Bautismo, se refuerza en la Confirmación y en la Reconciliación, se alimenta en la Eucaristía, sacramento que edifica a la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Por tanto, es Cristo mismo quien nos hace santos, es decir, nos atrae a la esfera de Dios. Pero como acto de su infinita misericordia llama a algunos a «estar» con él (cf. Mc 3, 14) y a convertirse, mediante el sacramento del Orden, pese a su pobreza humana, en partícipes de su mismo sacerdocio, ministros de esta santificación, dispensadores de sus misterios, «puentes» del encuentro con él, de su mediación entre Dios y los hombres, y entre los hombres y Dios (cf. PO 5)” [4]. Subestimar el ministerio santificador del sacerdote tal vez ha podido contribuir a la no valoración de la eficacia salvífica de los sacramentos.

“La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor” [5]. Es la acción de Cristo mediante la Iglesia, que en el sacramento de la Eucaristía hace presente la ofrenda sacrificial redentora del Hijo de Dios; en el sacramento de la Reconciliación, la muerte del pecado lleva a la vida nueva; y en cualquier otro acto sacramental a la santificación“ [6]. Es importante, por tanto, promover una catequesis adecuada para ayudar a los fieles a comprender el valor de los sacramentos, pero asimismo es necesario, siguiendo el ejemplo del santo cura de Ars, ser generosos, estar disponibles y atentos para comunicar a los hermanos los tesoros de gracia que Dios ha puesto en nuestras manos, y de los cuales no somos «dueños», sino custodios y administradores. Sobre todo en nuestro tiempo, en el cual, por un lado, parece que la fe se va debilitando y, por otro, emergen una profunda necesidad y una búsqueda generalizada de espiritualidad, es preciso que todo sacerdote recuerde que en su misión el anuncio misionero y el culto y los sacramentos nunca van separados, y promueva una sana pastoral sacramental, para formar al pueblo de Dios y ayudarlo a vivir en plenitud la liturgia, el culto de la Iglesia, los sacramentos como dones gratuitos de Dios, actos libres y eficaces de su acción de salvación” [7]. Para los sacerdotes es una llamada a la humildad y a la generosidad en la administración de los sacramentos, respetando siempre las normas canónicas.

En este sentido el papa Benedicto XVI exhortaba a “volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia divina, junto a la presencia real en la Eucaristía” [8]. Esta es el centro de la tarea de santificar. El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio de la Fe. La exhortación Sacramentum caritatis hace referencia al arte de celebrar que afecta decisivamente pero no exclusivamente al sacerdote y que “expresa precisamente la capacidad de los ministros ordenados y de toda la asamblea de actuar y vivir según el sentido de cada palabra y de cada gesto litúrgico, de manera que se dejen tocar e invadir por el misterio celebrado. Es por lo tanto, un servicio a la edificación del cuerpo de Cristo como templo santo” [9].

Exhortación final

Como siempre pido a todos los diocesanos asumir el compromiso del Plan Pastoral Diocesano con la colaboración y la disponibilidad tanto para los proyectos diocesanos como para los planteamientos parroquiales. Arzobispo y Obispo Auxiliar, miembros del Consejo Episcopal, delegados diocesanos, párrocos, diáconos, personas de la Vida Consagrada, catequistas, consejo pastoral diocesano y consejos pastorales parroquiales, asociaciones y movimientos eclesiales, todos los colaboradores en las actividades pastorales hemos de secundar el Plan diocesano. Estoy seguro de que su puesta en práctica ayudará a la edificación espiritual en nuestra tarea apostólica. Encomendando los frutos del Plan pastoral al patrocinio del Apóstol Santiago y a la intercesión de la Virgen María, os saluda con afecto y bendice en el Señor,

firma_barrio
 Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela

 


 [1] E.BIANCHI, Presbíteros. El arte de servir el pan y la palabra, Salamanca 2011, 19.

[2] Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 11.

[3] Ibid., 10.

[4] BENEDICTO XVI, Audiencia General, 5 de mayo de 2010.

[5] JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistía, 1.

[6] Cf. Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, 5.

[7] BENEDICTO XVI, Audiencia…

[8] BENEDICTO XVI, Discurso a la Penitenciaría apostólica, 11 de marzo de 2010.

[9] E. BIANCHI, Presbíteros. El Arte de servir el pan y la palabra, Salamanca 2011, 27.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s