Santa Misa con motivo del inicio de curso en los centros de Estudios Teológicos de Toledo

Homilía de
Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo

Primado de España

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Toledo, 28 de septiembre de 2018

En el Proemio de la C. Apostólica Veritatis Gaudium (8.12.2017), el Papa Francisco nos habla de la alegría de la Verdad, la que deja inquieto el corazón del hombre hasta que encuentre éste, habite y comparta con todos la Luz de Dios, según aquellas palabras de san Agustín en la Confesiones (X, 23.33): “Nos hiciste para ti y nuestro corazón no descansará, hasta que descanse en Ti”. Pero esta verdad no es algo abstracta, es Jesucristo, el Verbo de Dios, en quien está la Vida que es la Luz de los hombres. En el encuentro con Jesús, el Viviente, el corazón del ser humano experimenta ya desde ahora, en el claroscuro de la historia, la luz y la fiesta sin ocaso de la unión con Dios y de la unidad con los hermanos en la casa común de la creación consumada, de las que él gozará por siempre en la plena comunión con ese Dios.

Pero resulta que “lo más frecuente es identificar el aprendizaje de la verdad con el esfuerzo árido, fatigoso, (…), mientras la alegría se vincula más al afecto, al juego, a las relaciones interpersonales” (Javier Prades, San Dámaso, Revista de la UESD, julio 2018, p. 3). Y no es así, pues el encuentro con la Verdad hecha carne, Jesucristo, enciende el corazón, según confiesan los dos de Emaús (Lc 24,34). Y nunca será posible ese encuentro sin la llegada del Paráclito, que quita la tristeza del corazón. Lo cual nos indica cómo funciona la verdad en la vida de la fe y el encuentro con Cristo. Es el Espíritu quien nos guía hacia la verdad plena, no únicamente nuestro esfuerzo intelectual, necesario, pero insuficiente. También es necesaria la unidad y el amor.

Me refiero también a la unidad de la Iglesia. Nos dice el Apóstol en la 1ª lectura que, en esta Iglesia, que es una sola, hay diferentes “dones” de su Señor, todos los cuales –según la diversa medida de la gracia recibida- actúan para edificar en unidad el cuerpo de Cristo. También actúan así Pedro y los Once, y hoy el Papa y los Obispos. Es algo que desarrolla ese texto de Ef 4,11-16. Interesante es, pues, el progreso en el pensamiento en esos versículos. En primer lugar, se mencionan los diversos dones distribuidos y la tarea común a la que llevan esos dones (v.11-13). Después, se pone de relieve el objetivo común de todos los servicios (v. 14-15). Y, finalmente, se hace recapitulación de todo en el v. 16.

Si queremos escuchar debidamente la exhortación del Apóstol a conservar en la paz la unidad del cuerpo, que es la Iglesia, entonces hay que reflexionar sobre un punto concreto: que Dios nos concedió a cada uno de nosotros la gracia según la medida del don de Cristo. Hasta ahora, en esta carta, san Pablo había hablado de la gracia del Señor como algo que Dios le había “dado” a él y a los apóstoles y profetas. Ahora habla de la gracia que nos ha dado “a cada uno de nosotros”. Cómo se entiende esto y de quién hay que entenderlo, lo vemos por lo que se nos dice en el v. 11, donde se enumeran como dones de Cristo los de ser apóstoles, profetas, evangelistas, etc.

Los dones en los que se contiene la gracia, según la medida de Cristo, son todos los que sirven para la “capacitación” (para el equipamiento) de los santos. Por consiguiente, con la frase “cada uno de nosotros”, que han recibido en diferente medida la gracia, se está aludiendo a aquellas personas que ejercen los servicios fundamentales para la edificación de la Iglesia. No se piensa ahora, por tanto, en cada uno de los miembros de la comunidad. San Pablo lo que sí hace es ampliar el círculo de los que recibieron la gracia con él, mostrando que abarca, además de los apóstoles y profetas, a los evangelistas y a los pastores y maestros de las iglesias locales.

Pero san Pablo no sólo explica los “dones” concedidos graciosamente por Cristo, y la gracia concedida en ellos según la medida dispuesta por Él, sino que nos dice también para que dio Cristo estos dones: para la edificación del cuerpo de Cristo, que es una solo, y para conducir todas las cosas bajo el señorío de Cristo. Vuelve así al pensamiento de la unidad de la Iglesia. Por esta razón, san Pablo menciona a los que han recibido y son portadores y administradores de la “gracia” diferenciada, los cuales son los fundamentos del edificio de la Iglesia, difunden el Evangelio y, finalmente, lo conservan y desarrollan.

¿Quiénes son estos? 1º) los apóstoles, entre los cuales se cuenta san Pablo mismo; es decir, los Doce y él mismo; 2º) los “profetas” del NT; 3º) los “evangelistas”, como Felipe, Timoteo, quienes fundaron Iglesias; 4º) y los pastores y maestros. Sabemos que el Pastor genuino es Jesús. Pero con el verbo “pastorear” se designa también la actividad de san Pedro en relación con la Iglesia universal, cuando Cristo reafirma la primacía de Simón Pedro, tras la negación de éste en la pasión del Señor (cfr. Juan 21, 15-19).

Solo de este modo llegamos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Porque en este campo podemos ser también como niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error. Con estas palabras de san Pablo en Ef 4,14, en mi opinión, está el Apóstol aludiendo a situaciones reales de la Iglesia, de antes y de ahora, que conviene evitar.

De este modo, en el v. 15 dice él algo muy a tener en cuenta también hoy, cuando se habla y se juzga a los pastores; también al Papa. Cuando se juzga, en realidad, al prójimo en su relación con nosotros sin tener en cuenta que es necesario que: “realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la Cabeza, Cristo” (Ef 4,16). Alethein, ciertamente es “decir la verdad”, por contraposición a mentir. Pero el decir la verdad del Evangelio acontece (ha de acontecer) en el amor (en agapé). Con esto, “decir la verdad” no solo está asociada con el amor, sino que se integra precisamente en el amor. La proclamación de la verdad se realiza bajo la forma del amor. La verdad tiene su representación en el amor, el cual se basa en la experiencia del amor de Cristo, por el poder del Espíritu, que es amor.

Con esta determinación positiva de la finalidad que Cristo se propone al conceder “sus dones”, no ha mencionado todavía san Pablo la meta suprema. En efecto, la frase “realizando la verdad en el amor” es solo el presupuesto para “hacer crecer todas las cosas”. La finalidad que Cristo quiere alcanzar al edificar su Cuerpo, que es la Iglesia, es la siguiente: que todo crezca hacia Cristo. Entonces, la finalidad pretendida por Cristo al distribuir sus “dones”, no sería sino lo que se menciona ya en el versículo 12: la edificación del Cuerpo de Cristo. Dicho brevemente: Cristo dio sus dones para la edificación del Cuerpo, a fin de que nosotros, como cristianos maduros, crezcamos hacia Él en todos los aspectos: hacia Él, de quien todo el Cuerpo recibe su estructura.

Pero el movimiento de la edificación del Cuerpo, que es la Iglesia, es cosa del “cuerpo entero”, es decir, de todos los “santos”, ya que todos “ellos” deben llegar a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, y deben “decir”, cada uno de manera diversa, la verdad en el amor. Es lo que yo pido al Señor para vosotros y para mí. Y lo hago por intercesión de María, Reina de los Apóstoles.

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