DOMUND: una ocasión para cambiar el mundo

Carta de
Mons. D. José Luis Retana Gozalo
Obispo de Plasencia

jose luis retama

Queridos diocesanos:

Hace ya unos cuantos años, en una entrevista a la Madre Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad, le hicieron una pregunta que seguramente nos hemos hecho todos en alguna ocasión: «¿qué había que cambiar en la Iglesia?», «¿por dónde hay que empezar?» Ella, muy sensatamente, respondió con la lucidez que solamente los santos tienen: «por ti y por mí»[1].

Quiero comenzar con este ejemplo la carta que cada año dirijo a toda la diócesis con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, que este año celebrará toda la Iglesia el domingo 21 de octubre. «Domund. Cambia el mundo». Este es el lema que nos ofrece Obras Misionales Pontificias para esta Jornada misionera. Un lema tan simple, y a la vez, tan complicado; tan sencillo y tan difícil, tan atractivo y tan lleno de resistencias, exteriores e interiores.

Vivimos un tiempo de grandes cambios en todos los ámbitos. Podríamos hablar, más concretamente, de «una euforia de cambio, impuesta por un mundo que nos toca vivir»[2]. Seguramente, muchos de nosotros, vivamos en una paradoja con respecto a todas estas transformaciones. Deseamos que en nuestra vida se produzca un «cambio a mejor». Queremos que las rutinas diarias, la pesadez de los trabajos y ocupaciones, las relaciones difíciles con la familia y amigos, las luchas y desajustes interiores, los momentos complicados y dolorosos que la existencia nos brinda, desaparezcan y se alejen. Anhelamos levantarnos un día y que todos estos obstáculos se hayan marchado de nuestra historia. Pero cuando la realidad cotidiana se impone y abrimos los ojos, vemos que nuestras ilusiones, proyectos, deseos, anhelos, problemas, preocupaciones e inquietudes, no han cambiado ni mejorado, nos desanimamos, y aparecen en nuestra vida el tedio, la desesperación y la insatisfacción, entre otros muchos.

Pero ante esta realidad, a veces desesperanzadora, los misioneros nos muestran que es posible un «cambio a mejor» en nuestra vida personal, en la Iglesia y en la sociedad. Todos ellos, a lo largo de la historia, han sido un referente y un modelo de evangelización, de compromiso, entrega y generosidad. Sus vidas constituyen la prueba de que solamente en los corazones donde Dios se hace presente, se puede cambiar el mundo[3]. Los misioneros del Evangelio son para todos nosotros un referente de lo que significa anunciar a Jesucristo en territorios donde la Palabra de Dios no ha sido escuchada. En ellos, de manera clara, se ha manifestado los elementos necesarios para que el cambio sea posible[4]:

§ La vida es una misión. Cada uno de ellos, y también de nosotros, tenemos una misión en este mundo. Vivirla con gozo es una gran responsabilidad.

§ Anunciar a Jesucristo. Ofrecen aquello que han recibido: Jesucristo, muerto y resucitado, que se ofrece para la libertad y descubrir el sentido pleno de la vida. Es el tesoro y la perla que da alegría a la vida.

§ Transmitir la fe hasta los confines de la tierra. Esta tarea lo exige la vocación a la que hemos sido llamados[5] y debe hacerse por el contagio de la alegría y el entusiasmo de tener en el corazón al Señor de la vida.

§ Testimoniar el amor. El amor es el motor y la energía que debe mover la vida de un cristiano. Recordemos la conocida cita del Apóstol Pablo: «Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde»[6].

El cambio que quiere promover el Domund nace, como decíamos, del corazón donde Dios se ha hecho presente. Un corazón donde el amor vence al odio, el perdón a la venganza y la unidad a la discordia. Es necesario que pasemos de pensar solamente en nuestras necesidades y comodidades y reflexionar y actuar ante las necesidades de los demás, especialmente a aquellos que más necesitan de nuestra caridad y fraternidad. No olvidemos que solamente el Señor Resucitado, vivo y presente en su Iglesia y en el alma de los creyentes, es el que da la fuerza para que nuestra vida se vuelva hacia el cambio que necesitamos[7].

Este cambio que anhela nuestra vida no es el movimiento superficial o del barniz, que adorna el exterior y deja como está el interior. No. Es un cambio profundo, íntimo, que nos hace salir de nosotros mismos para que Dios entre en nuestra vida y desde ahí, podamos acercarnos a los demás con un corazón generoso y agradecido por los dones que Dios nos regala cada día. Es la transformación que solamente puede hacerse real dejando acoger la gracia de Dios en todos los rincones de nuestra existencia, apartando de nosotros el individualismo, el espiritualismo, la instalación, y el encerrarse en lo personal, entre otros.

Dejémonos contagiar por el Espíritu de Dios que quiere habitar en nuestros corazones a través de los sacramentos, de la escucha y acogida de la Palabra de Dios, de nuestros hermanos, especialmente de los misioneros. Que sean ellos, su vida, su ejemplo, un estímulo para que interioricemos que solamente desde el interior, desde el alma y el corazón de los creyentes, es posible operar el gran cambio que nuestro mundo necesita: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo»[8].

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✠ José Luis Retana Gozalo
Obispo de Plasencia

 


[1] Cf. PAPA FRANCISCO, Discurso del Santo Padre Francisco. Vigilia de oración con los jóvenes, (Río de Janeiro, 27 de julio de 2013).

[2] G. ZEVINI y P. G. CABRA (eds.), Lectio divina para cada día del año. Tiempo de Cuaresma y Triduo Pascual. Volumen 3, (Estella, 2004), 5.

[3] Cf. R. SANTOS BARBA (dir.), Revista Illuminare, (octubre 2018, Madrid), 3.

[4] Cf. PAPA FRANCISCO, Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos. Mensaje del Santo Padre Francisco Para la Jornada Mundial de las Misiones 2018, (Vaticano, 20 mayo de 2018).

[5] Cf. Ef 4,1.

[6] 1 Cor 13,1.

[7] Cf. A. GIL GARCÍA, “El gran cambio es desde dentro” en Revista Illuminare, (octubre 2018, Madrid), 4-6.

[8] Jn 17,3.

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