El diaconado permanente: un servicio al pueblo de Dios

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 28 de octubre de 2018

Queridos diocesanos:

Con motivo de la ordenación de tres diáconos permanentes en nuestra Diócesis (28.10.2018), José Agustín, José Javier y Pedro Antonio, quiero ofrecer en esta carta pastoral algunas consideraciones sobre la naturaleza y finalidad del diaconado permanente. Desde aquí les damos a ellos y a sus familias nuestra cordial y fraterna enhorabuena. Mi gratitud se extiende al director para el diaconado permanente, D. Fernando Arregui, para el colaborador, D. Ernesto Brotóns, y para todo el claustro de profesores del CRETA.

Un deseo expreso

Desde mi llegada a la diócesis de Zaragoza, el 21 de diciembre de 2014, expresé mi deseo de instaurar en nuestra Diócesis el diaconado permanente. Así lo manifesté al Consejo Episcopal de Gobierno, al Consejo Presbiteral, al Consejo Diocesano de Pastoral y en otros encuentros con sacerdotes, miembros de vida consagrada y fieles laicos. Mi deseo expreso se apoyaba en la convicción de que el diaconado permanente es un don del Espíritu Santo a la Iglesia.

Las razones teológicas y pastorales, que respaldaban mi deseo, se fundamentaban en la Tradición de la Iglesia apostólica, testificada por el Nuevo Testamento (cfr. Hch 6, 1-6; Fil 1, 1; 1 Tim 3, 8-13); en los Padres (Didajé 15, 1; Carta de San Policarpo a los Filipenses 5, 1-2) y en los concilios de los cuatro primeros siglos de la Iglesia.

Pero, sobre todo, estaba convencido de su conveniencia y necesidad, porque la instauración del diaconado permanente en la Iglesia está en consonancia con el Concilio Vaticano II, que se centró en la comprensión de la Iglesia; en la comunión de la comunidad de los fieles y de los ministros, en los ministerios sacramentales y en la organicidad de los mismos; en la dimensión sacramental y celebrativa de la Iglesia; en la escucha de la Palabra de Dios que nos pone en camino de la evangelización. La restauración del diaconado permanente es coherente con toda la obra conciliar. El Concilio Vaticano II, lo ha reinstaurado como un “grado propio y permanente de la Jerarquía” (LG, 29; cfr. También OE, 17 y AG, 16).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda también que “los diáconos participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo (cfr. LG, 44; AA, 16). El sacramento del Orden los marcó con un sello (“carácter”) que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo “diácono”, es decir, el servidor de todos (cfr. Mc 10, 45; Lc 22, 27; San Policarpo, Epístola a los Filipenses 5, 2)” (n. 1570). Por eso, citando al Concilio Vaticano II, juzga “apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia un ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en las obras sociales y caritativas, sean fortalecidos por la imposición de las manos transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (n. 1571).

La vocación al diaconado permanente

“La vocación al diaconado permanente -dicen las últimas Normas básicas para la formación de los diáconos permanentes en las diócesis españolas- se configura a partir de la llamada de Dios y de la respuesta del que se siente llamado, verificadas por la elección pública de la Iglesia y la ordenación sacramental. Los candidatos al diaconado permanente deben ser personas probadas e irreprensibles, sinceras y dignas, íntegras en guardar el tesoro de la fe, serviciales, generosas y compasivas, y capaces, si la tuviere, de guiar la propia familia (cfr. CIC, cn. 1029). Se les pide la madurez humana necesaria (responsabilidad, equilibrio, buen criterio, capacidad de diálogo) y la práctica de las virtudes evangélicas (oración, piedad, sentido de Iglesia, espíritu de pobreza y de obediencia, celo apostólico, disponibilidad, amor gratuito y servicial a los hermanos)” (Normas básicas, 16).

Al instaurar el diaconado permanente en nuestra diócesis de Zaragoza, damos gracias a Dios por este don que hace a nuestra Iglesia con este ministerio. Un don que nos recuerda a todos cuál es nuestra común dignidad, vocación y misión: servir a Dios y a los hermanos desde el amor.

Pedimos al Espíritu Santo que sea una realidad gozosa en nuestra Iglesia particular, que se halla inmersa en la puesta en marcha de un nuevo Plan Diocesano de Pastoral 2015-2020, con el lema: Id y anunciad en Evangelio” (Mc 16, 15), en sintonía con la Exhortación Apostólica del papa Francisco, Evangelii gaudium.

Que Dios nuestro Señor, por intercesión de Santa María del Pilar, la sierva humilde y obediente a la voluntad de Dios, nos conceda muchas y santas vocaciones al ministerio diaconal.

Con mi afecto y bendición,

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