Santa Misa con el Rito de la Ordenación de diáconos permanentes

Homilía de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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S.I. Catedral-Basílica de Nstra. Sra. del Pilar, Zaragoza
Domingo, 28 de octubre de 2018

ORDENACIÓN DE TRES DIÁCONOS PERMANENTES

“El que quiera servirme que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor” (Jn 12, 26).

Queridos hermanos obispo de Solsona, Mons. Xavier Novell, Responsable del Departamento de Pastoral Gitana de la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española; hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de vida consagrada y fieles laicos:

Estamos participando en la Eucaristía del trigésimo domingo ordinario (Ciclo B), cuyo tema de fondo es creer para ver. En la primera lectura (Jer 31, 7-9), tenemos un dato en consonancia con el evangelio proclamado, la curación del ciego Bartimeo. Entre la gran multitud de israelitas repatriados del destierro por Dios, ve el profeta Jeremías caminar a ciegos y cojos. El Señor ha salvado a su pueblo, el resto fiel de Israel. Y el salmo responsorial canta la alegría del regreso: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos  alegres (Sal 125).

En el ciego Bartimeo, mendigo marginado al borde del camino en Jericó, Jesús reconoce a la humanidad caída, necesitada de luz, alegría y salvación de Dios; por eso se le acerca y lo cura. Te bendecimos, Padre, por el corazón compasivo de Cristo que en el oasis de Jericó tuvo lástima del ciego del camino. Hacemos nuestros, Señor, los gritos de la fe suplicante. Haz, Señor, que tu palabra y tu amor despierten nuestra fe, para que sigamos a Cristo, luz del mundo.

Dentro de esta Eucaristía, celebramos la ordenación de los tres primeros diáconos permanentes de nuestra Diócesis: D. José Agustín Gabarre Giménez; D. José Javier Martín Escobar; y D. Pedro Antonio Serrano Luna. Son el primer fruto de la institución del diaconado permanente en nuestra Diócesis de Zaragoza, instaurado el 1 de diciembre de 2015, como un servicio al pueblo de Dios. El Documento final del Sínodo de los Obispos que el Papa Francisco ha clausurado hoy en Roma recomienda también el diaconado permanente, que representa un “recurso” que debe ser desarrollado plenamente para la misión de la Iglesia.

Expreso mi agradecimiento sincero, de modo especial, a D. Fernando Arregui, Rector del Seminario y Director para la formación del Diaconado Permanente y a D. Ernesto Brotons, colaborador y Director del CRETA, así como al Claustro de Profesores y Formadores.

Hoy es un día de alegría para nuestra Diócesis. ¡Alégrate, Iglesia particular de Zaragoza, porque Dios te bendice con tres diáconos permanentes! ¡Cuánta gracia de Dios derramada en el curso de la vida de José Agustín, de José Javier y de Pedro Antonio! ¡Qué misterio de amor y belleza el de la vocación al ministerio ordenado!

Estamos de enhorabuena, queridos diáconos. Lo están vuestras parroquias de origen, todos los responsables de vuestra formación y cuantos os han acompañado hasta aquí en vuestro proceso vocacional. Están de enhorabuena vuestras esposas e hijos, y también vuestras familias. Está de fiesta el Departamento de la Pastoral con los Gitanos de la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española. Nos alegramos todos los aquí presentes: obispos, sacerdotes, miembros de vida consagrada, fieles laicos y amigos, asociados a vuestra fiesta por vínculos de sangre, de fe, de comunión eclesial, de amistad y de  estima.

El ministerio del Diaconado

El Diaconado recibe su razón de ser de la Eucaristía y se concreta en el servicio a los pobres, que llevan en sí el rostro sufriente de Cristo. La dimensión servidora, litúrgica, evangelizadora, difusora de la Palabra, de este ministerio diaconal es a la vez reto y misión para el conjunto de la Iglesia y para cada uno de sus miembros.

El Diaconado, que recibís es un ministerio para el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres. Mediante la imposición de mis manos y la oración litúrgica de consagración vais a ser configurados sacramentalmente con Cristo Siervo,  y recibís una gracia especial para encarnar en vuestras vidas las actitudes del mismo Cristo “que no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28). Mirad al Siervo de Yavé, humilde y  paciente, que tomó sobre sí nuestros pecados (cfr. Is 53, 3-5); contemplad a Jesús, el Buen Samaritano (cfr. Lc 10, 33-34), que se inclinó amorosamente sobre el hombre tirado en la cuneta y le curó con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza; mirad a Cristo, “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2, 8), que se inmoló dando su vida (cfr. Mt 20, 18), que dio testimonio de su amor hasta el fin, hasta el extremo (cfr. Jn 13, 1).

De este “ser siervo” de Jesús, forma parte el lavatorio de los pies (cfr. Jn 13, 1-17). Esta escena del lavatorio de los pies a sus discípulos por el Maestro tiene que ser un paradigma e icono en vuestra vida y espiritualidad de diáconos. La unión con Cristo, que es necesario que cultivéis en la oración intensa, en la vida sacramental y, en particular, en la adoración eucarística, es de suma importancia para vuestro ministerio de diáconos, para que podáis testimoniar realmente el amor de Dios.

Al ser ordenados de diáconos ejercitáis un triple servicio, una triple diakonía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad.

Servicio de la Palabra. Por ello, en la ceremonia de ordenación os entregaré el libro de los santos Evangelios con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reducciones, sin miedos y sin complejos. No puede ser domesticada a fin de acompasarla a nuestros gustos o al de los oyentes, o adaptada a la moda de los tiempos, o a lo políticamente correcto. La Palabra de Dios no es una ideología, porque en último término la Palabra es una persona, el Verbo de Dios, Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Servicio de la Eucaristía. Como diáconos seréis también colaboradores del Obispo y de los sacerdotes en la celebración de la Eucaristía, el gran misterio de la fe. Se os entrega el Cuerpo y la Sangre de Cristo para que los recibáis y se alimenten los fieles. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, que sean expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea. No trivialicemos la Eucaristía.

Servicio de la caridad. Como diáconos, se os confía de modo especial el servicio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de los diáconos, como leemos en el Libro de los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 6, 1-7). El ministerio de la caridad brota de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. La Eucaristía lleva a la comunión con Cristo y con los hermanos, especialmente con los más pobres y necesitados. Atender a las necesidades de los otros, solidarizarse con sus gozos y esperanzas, angustias y tristezas, son los signos distintivos de un cristiano y, de modo singular, de un diácono. Recordad el aviso del bienaventurado Policarpo: “Misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos” (San Policarpo, Ad Phil. 5, 2) Dedicad a los otros vuestras personas, vuestro tiempo, vuestro trabajo y vuestra vida.

Queridos hermanos: la Eucaristía que estamos celebrando es el acto supremo del sacrificio de Cristo al Padre y de servicio a los hombres. Que Ntra. Sra. del Pilar, tan querida y venerada en nuestra tierra aragonesa, en España y en Hispanoamérica, acompañe siempre en sus caminos a nuestros hermanos José Agustín, José Javier y Pedro Antonio. Y que San Valero, Patrón de nuestra Diócesis, en este año en que conmemoramos el VIIº centenario de la elevación a Archidiócesis, interceda por vosotros. Felicidades. Enhorabuena. Amén.

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