Santa Misa con el Rito de Beatificación de la Venerable Sierva de Dios Clelia Merloni, religiosa

Homilía del
Card. GIOVANNI ANGELO BECCIU
Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos

Beatificazione Clelia Merloni

Basílica Papal de San Juan de Letrán, Roma
Sábado, 3 de noviembre de 2018

Queridos hermanos y hermanas,

La palabra de Dios que ha sido proclamado nos ayuda a comprender el centro de la experiencia humana y cristiana de la beata Clelia Merloni, destacando los elementos esenciales de su “rostro” espiritual. Es el rostro de una mujer cuya existencia estuvo marcada de manera impresionante por los sufrimientos y las tribulaciones: ¡La cruz fue el sello de toda su vida! Pero su mirada, especialmente en el momento de la prueba, siempre estaba dirigida hacia Dios.

En la segunda lectura, el apóstol Pablo se dirige a los cristianos de Corinto indicando la caridad como «el camino más excelente» para alcanzar los mayores carismas (cf. 1 Co 12, 31), y afirma: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa no se […] irrita, no toma en cuenta el mal […]. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo  soporta» (Ibid. 13, 4-6). Por su parte, el evangelista Lucas pone estas palabras en los labios de Jesús: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan» (Lc 6, 27).

Estas exhortaciones parecen encontrar una actualidad nueva en la vida de la Madre Clelia, que las hizo suyas radicalmente, especialmente cuando fue azotada por calumnias que determinaron su destitución del gobierno y luego incluso la expulsión del Instituto que fundó. Fue el período de su calvario. Una calvario personal duro y agotador, hecho de soledad y aislamiento, de debilitamiento de la salud y miseria, al límite de la desesperación. Fue el momento del encuentro con su esposo, Jesús Crucificado. ¿Cómo no podemos verla asimilada a Aquel que en la cruz padeció el abandono, el desprecio, la ignominia, el fracaso, el despoje  de toda la dignidad humana? La beata Clelia, siguiendo el ejemplo de María, que se mantuvo firme e inquebrantable al pie de la Cruz, no dudó de su fe en Dios, en Aquel que  nunca abandona a sus hijos en cada tiempo de  la existencia, especialmente en la hora dolorosa, muchas veces inextricable de entender y dura de aceptar.

Ella compartió la herida del Corazón de Jesús, respondiendo a la hostilidad y al desprecio con la caridad. Ponía a los pies del Tabernáculo cada contrariedad: allí estaba su punto de apoyo. Frente al Corazón de Jesús, reconocía su deseo de reconciliación con todos, encontrando la fuerza para perdonar a quienes la perseguían. A pesar de tener un carácter fuerte, mostró una extraordinaria ternura para olvidar las ofensas sufridas, dando así testimonio de la potencia vencedora de la caridad, que no se irrita, no toma en cuenta el mal, todo lo excusa, todo lo soporta. Nunca habló mal de nadie, ni siquiera de aquellos que, especialmente dentro de su Congregación, eran hostiles con ella; abrazaba los sufrimientos, ofreciéndolos al Señor y viendo en ellos las diversas facetas del amor de Dios por ella.

Así, con su vida dada en total oblación, fue la fundadora de las Apóstolas del Sagrado Corazón de Jesús, testimoniando en su carne el carisma del Instituto. Un carisma actual y fascinante: ofrecerse total y alegremente al Corazón de Jesús para ser un signo vivo y creíble del amor de Dios por la humanidad.

El centro de su fe siempre fue el Cristo, encontrado sobre todo en el misterio eucarístico, en las largas horas pasadas en la capilla, incluso de noche y enferma. Cuenta un testigo: «Después de los acontecimientos graves, se refugiaba en la capilla y muchas monjas ancianas que la vieron cuentan que había que sacudirla con la mano para que respondiera porque se hundía en la contemplación de Dios y en Él se detenía como en un profundo éxtasis» (Informatio, 67).

Esta centralidad eucarística se notaba en su atención al decoro del altar, de las funciones litúrgicas, de las iglesias, para la solemnidad de los días festivos, especialmente hacia los sacerdotes, ministros del altar, por los cuales rezaba en particular, especialmente por aquellos en crisis.

Era una religiosa que siempre ha mirado solamente a Dios; su lema era “solo Dios”. Dios sobre todo y sobre todas las cosas. Valía la pena elegirlo como el único Ideal de la vida y confiar solo en Él, sobre todo a la luz de la experiencia, vivida en su propia carne, del colapso de tantas certezas humanas. Con razón recomendaba a sus hermanas: “Graba en tu corazón que solo Dios es tu único bien y tu único refugio”.

Toda y solo de Dios, saboreó su presencia continua, viviendo sumida en lo sobrenatural, hasta el punto de ser transformado en una “llama de amor”.

En efecto, en la beata Clelia, la vida de oración contemplativa fue intensa y constante. Los testimonios concuerdan en afirmar que rezaba continuamente, manteniendo su mirada fija en Dios, escrutando su Palabra y entrelazando su oración con cada una de sus acciones: su vida se había convertido en oración. Estaba tan apegada a la oración que la unión interna con Dios la llevó a saltarse las comidas. «Cuando le preguntaban: “Madre, ¿cómo puede vivir sin comer?”, respondía que su comida era la oración» (Informatio, 35).

Pero he aquí otra línea del rostro espiritual de la beata Clelia Merloni: precisamente porque era una mujer toda de Dios, fue una mujer toda de los hermanos, especialmente de  los pequeños, los pobres, los simples, los indefensos. Su amor por Dios no podía sino  reflejarse y encarnarse en el amor por el hombre,  imagen viva y palpitante de Dios. Su corazón estaba abierto a todos, especialmente a los enfermos y a los que sufrían; supo hacer suyas las necesidades de los demás, llegando a privarse a menudo de lo  necesario; siempre mostraba una ternura especial, una compasión innata por todo tipo de sufrimiento, y para aliviarlo se sometía a cualquier malestar y fatiga, apagando esa sed de caridad y celo que ardía en ella. En las obras de caridad no conocía límites y se identificaba plenamente con los problemas de los demás; los que vivieron junto a ella afirman: «Si veía a un necesitado y no podía ayudarlo, sentía que le faltaban las fuerzas por la pena. Frente a la caridad no entendía nada» (Informatio, 53).

Queridos hermanos y hermanas, los santos y los beatos son para nosotros mensajes vivos y vividos de Dios, por eso la Iglesia nos los propone como ejemplos para ser venerados e imitados. Por lo tanto, abrámonos al mensaje que la beata Clelia Merloni nos transmite de manera muy clara a través de su vida y sus obras. El sufrimiento moral la convirtió en una mujer fuerte y valiente que supo testimoniar el amor de Jesús en todas las circunstancias. Unirse al Corazón traspasado de Jesús y querer vivir la pasión de Cristo implica la conciencia de que el abrazo de la Cruz es una condición esencial para hacer que la vida brote a nuestro alrededor y no permitir que la muerte prevalezca sobre ella, el odio sobre el amor, la división sobre la comunión. La beta nunca se rindió ante los ultrajes  y las calumnias de todo tipo. Reaccionó expandiendo amor en todas partes, especialmente entre los más débiles, los más desfavorecidos y trabajando por la asistencia y la educación religiosa de las generaciones más jóvenes. No solo eso, sino que supo hacer partícipes de su ardiente deseo de amar a Dios y a los hermanos a otras compañeras con quienes comenzó una experiencia original de vida religiosa dedicada al Sagrado Corazón, donde emergen  como elementos esenciales del carisma la oración y el sufrimiento. Dimensiones que nunca faltaron en la existencia de la beata y con las que hizo crecer al instituto y lo gobernó dejando como herencia a la Iglesia una interpretación muy actual del sentido de autoridad como autoridad en el don y en el  amor.

Queridas apóstolas del Sagrado Corazón de Jesús, hoy nos regocijamos con vosotras al ver a la Madre Clelia inscrita entre las beatas. Os pedimos que mantengáis vivo su carisma y sobre todo su espiritualidad oblativa, cuyo fulcro es el amor que todo lo soporta y todo lo perdona. La misión, para la cual se fundó vuestra familia religiosa, es siempre actual. El lema de vuestro Instituto, Caritas Christi urget nos —el Amor de Cristo nos impulsa—, os compromete a hacer vuestras estas palabras de San Pablo, irradiando amor sin descanso y sin límites.

Pidamos al Señor que el sendero de santidad, que la Madre Clelia Merloni nos ha mostrado con la vida sostenida por el amor de la Cruz, pueda convertirse cada día en el trazado  luminoso y seguro de nuestro camino de amor a Dios y a nuestros hermano.

Repitamos juntos: Beata Clelia Merloni, ruega por nosotros.

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